¡A vivir, que son dos días! O uno si no te portas bien (dicen)

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Desde que venimos al mundo, a este por lo menos, dominado por la codicia y la vanidad, se nos instruye en la idea que necesariamente hemos de vivir más años que las generaciones anteriores, y estas a su vez más que las previas a ellas, y así sucesivamente desde que los expertos contemporáneos elevaron vida y muerte a categorías políticas.

Se nos instruye para que temamos a la muerte en la ambición de una vida lo más longeva posible, eso sí, basada en el trabajo y en la indolencia. No fumes, no bebas, no te drogues, no comas esto ni aquello, no estés tanto tiempo sentado, no te estreses… No, siempre no, la vida desde la negación, la prohibición. Nos sentimos obligados a hacer esfuerzos continuamente si queremos vivir, y lógicamente luego exigimos la recompensa, pues nos creemos dueños de nuestro destino. Normas, reglas, dictámenes, exámenes. Desde pequeños. Y, si no, el castigo: la muerte. Si no comes, si no duermes lo que debes, si no cumples con los preceptos de Dios o de los superiores, si no te arrepientes, si no rezas, si no eres casto, si no cumples las obligaciones con los maestros, con los padres, con los que deciden y determinan, el castigo: la muerte, prematura y presumiblemente dolorosa. O el apartamiento, que viene a ser lo mismo, o parecido.

49 muertos que a nadie importan. Y van…

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El busque ‘Sar Mastelero’ busca a los desaparecidos al levante de la isla de Alborán. / Salvamento Marítimo, vía ‘El País’.

Anoche, de madrugada, me enteré a través de un telediario, de que había sido localizada una patera, parcialmente hundida y partida, cuya búsqueda se había iniciado 48 horas antes en el mar de Alborán. En ella viajaban 52 varones de origen subsahariano, de los que solo han sobrevivido tres: un chico de 17 años y dos de 25, que fueron trasladados al hospital de Almería con síntomas de deshidratación e hipotermia.

Esta mañana me he puesto a buscar la noticia en la prensa diaria, en los periódicos españoles más leídos y, por tanto, de mayor difusión, en sus ediciones digitales. Por un momento llegué a pensar que, al estar medio somnoliento, no había escuchado bien lo que decían en el noticiario, o incluso que lo había soñado. Y es que cuesta encontrar la noticia, pues en sus portadas figura relegada a un lugar secundario de la información. En El País aparece casi al final, antes de la sección de deportes, como una noticia menor. Público le otorga mayor relevancia, pero tampoco es una noticia destacada. En El Mundo ni está, o no la encuentro. En ABC tampoco, ni en La Vanguardia, en El Periódico, eldiario.es o El Confidencial. Y ya dejo de rastrear. Sucede que la noticia se conoció ayer por la tarde –la consulta la realizo hoy día 5 a las 11:30– y, sí, todos los medios citados, y muchos otros más, la publicaron, pero ya han pasado muchas horas, hay nuevos temas de los que ocuparse y otros ya conocidos que, no obstante, siguen dando más juego. Vamos, que ya no es noticia.

Claro que, bien mirado, ¿por qué tendría que continuar siéndolo, como ocurre con los muertos por atentado terrorista o por accidente en Occidente? No son de “los nuestros”, son “los otros”. Los medios se hacen eco fundamentalmente de dos tipos de noticias: las que les interesan a ellos –a quienes financian el medio, obviamente– para influir en eso que se llama “opinión pública”, algo que no sé muy bien en qué consiste, y las que prometen incrementar el número de lectores (u oyentes, o televidentes, según). Esta, desgraciadamente, no entra en ninguno de los dos grupos, pues en el fondo los migrantes –como los refugiados– nos importan un bledo e incluso que tememos una posible competencia material (alojamiento, empleo, etc.) y cultural (el peligro de ser “desbordados” por los extranjeros). Y solo han sido 49 muertos. Según la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía (Apdha), 6.000 personas “han fallecido en el Estrecho de Gibraltar desde 1997 intentando alcanzar una vida digna en España. Pues unos pocos más.

Me quedo con estas palabras sobre el hecho que leo en Kaos en la red dentro de la noticia titulada “[Genocidio migratorio] Mueren 49 personas al hundirse una patera en el mar de Alborán”: “Prácticamente ya no son ni noticia: esta vez han sido, según fuentes de la propia Guardia Civil, 49 como mínimo las víctimas del horrible crimen de querer huir a la desesperada de la miseria, de la guerra o de cualquier sanguinaria dictadura, es decir, de la barbarie a que la democrática y civilizada Europa somete a los pueblos africanos. Eso sí: los gobiernos y los domesticados medios de comunicación masivos volverán a decirnos machaconamente, por enésima vez, que se trata de una desgracia inevitable o, en todo caso, de las consecuencias de la acción de unas malvadas y desalmadas mafias que engañan a pobres e ingenuos inocentes”.

Y nosotros seguiremos como si nada, porque eso son para nosotros: nada. Por eso los gobiernos y los medios actúan como actúan, porque esas políticas y ese tratamiento informativo apenas tienen contestación.

Nadie, ni nada, es lo que es, sino que lo que aparenta

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Despreciamos los extremos cuando sin ellos nada seríamos. Hemos creído en el poder del ser humano sobre la naturaleza, como si no formáramos parte de ella y nos perteneciera. La primavera, como el otoño, son lo mismo: el tránsito del frío al calor en el primer caso y del calor al frío en el segundo. ¿Por qué, pues, preferimos la primavera al otoño? Queremos salir de la oscuridad para ver la luz, pero no estamos dispuestos a arrebatar de una vez por todas el interruptor que da o quita la luz a quienes lo poseen desde tiempos remotos, nos conformamos con que nos iluminen alguna que otra vez, las precisas para poder ver entre las tinieblas, y así vivimos, en ellas.

No elegimos, hemos perdido esa capacidad y la conciencia de ser, aceptamos el justo medio no como mal menor, ni siquiera necesario, sino como la materialización misma de la realidad, convirtiendo la apariencia en experiencia. Hay lugares en los que siempre hace frío a pesar de que el termómetro marque 38° y otros verdaderamente cálidos aunque nunca sobrepasen los 0°, pongamos por caso. Los primeros nos parecen excesivamente bochornosos, los segundos demasiado gélidos, y nos refugiamos en nuestras madrigueras y ponemos el aire acondicionado, y ahí, en ese espacio que consideramos nuestro, creemos encontrar el equilibrio, aislados, indiferentes a cuanto suceda más allá de nuestras fronteras, hasta que los definidores, por medio de sus representantes, indican, desde refugios más seguros en los que están entre otras cosas los termómetros, que hemos de ayudar a construir el equilibrio, que hemos de laborar con empeño para asegurar el orden de las cosas, nuestro orden, el que se sustenta en el justo medio, en el rechazo de los extremos, aunque quienes nos certifican esto lo hagan desde uno de ellos.

Pero eso no importa, alguien tiene que velar por el bien general, alguien ha de tener la suficiente amplitud de miras, y eso solamente puede hacerse desde lo alto, donde la perspectiva es siempre mejor. Los más, los demás, miran alguna vez hacia arriba y se dan cuenta de que algunos tienen su mismo origen y han llegado a situarse bastante más por encima de lo que jamás imaginaran. Después miran hacia abajo, las más de las veces, donde ya están, y advierten la presencia de los competidores, y aunque saben que hay miseria suficiente para todos bregan por conseguir una buena porción. Arriba y abajo, si bien prescinden de mirar hacia lo más elevado, saben que ahí nunca llegarán. Por eso buscan la relatividad de las cosas en el mundo de lo absoluto. Creen que hay listos, inteligentes, letrados, en contraposición a los torpes, los ignorantes o los analfabetos, y ricos, pudientes y poderosos que confrontan a los pobres, los menesterosos o los desgraciados. También creen, nos lo dicen en la escuela, que con esfuerzo, con sacrificio, sin aversión ni violencia, conseguirán ser no el más listo pero tampoco el más tonto, y sus bienes y propiedades no serán cuantiosos pero siempre habrá quien tenga menos, pues no carecen de referentes.

La mediocridad, garantizada por los mecanismos del poder, disfraza la mentira y convierte en abstracciones los valores. Nadie, ni nada, es lo que es, sino que lo que aparenta. Las cosas son lo que representan, lo que significan. Una piedra es una piedra y un perro es un perro. Sin embargo, una piedra de cincuenta mil años de antigüedad es más preciada que otra más reciente, e independientemente de ello, la piedra reciente, o la de cincuenta mil años, es asimismo más estimada según el lugar que ocupe, según el edificio de que forme parte. O un cuadro. Prescindiendo de sus cualidades artísticas, o estéticas, que al fin al cabo son las que los expertos han creído ver en él, no es otra cosa que una tela manchada de colores. Naturalmente, no todos emborronan igual las superficies ni manejan con la misma destreza los pigmentos, ni tienen la misma habilidad con el dibujo, ni captan del mismo modo ambientes o rostros. No todos los cuadros son iguales, tampoco las personas. Pero he aquí que no es eso lo importante, pues un cuadro que se atribuía a un determinado autor y se consideraba una obra maestra, digna de un genio, pierde valor y estimación cuando se descubre que no pertenecía a dicho pintor sino a otro de menos relevancia. El cuadro, no obstante, sigue siendo el mismo, pero lo que parecía ser ya no es. Al perro que tiene dinero le llaman señor perro, dice un proverbio árabe. Como los cuadros, somos en función de nuestra cotización, de cómo se nos aprecia públicamente, o parezca que se nos aprecia.