El estado social, como el
hipnótico, no es sino una forma del sueño, aquí sueño de mando convertido en
acción. No tener sino ideas sugeridas y creerlas espontáneas: tal es la misión
del sonámbulo, y asimismo la del hombre social.
Fue […] necesario, al principio
de cualquier sociedad antigua, un gran despliegue de autoridad ejercido por
unos cuantos hombres imperiosos y positivos. ¿Acaso gobernaron esencialmente,
como se dice, mediante el terror y la impostura? De ninguna manera. Dominaron
por su prestigio. El ejemplo del hipnotizador nos hace comprender la profunda
significación de esta palabra. Para ser creído ciegamente por el hipnotizado,
el hipnotizador no precisa mentir; tampoco necesita aterrorizar para ser
obedecido pasivamente. Es prestigioso: ello lo explica todo.
Ser sumisos es un mecanismo perfecto de dominación, tan inmejorable que incluso cuando dejas de creer en dioses y la Superioridad y en todos los sofismas en base a los cuales se ha construido tal artificio siguen existiendo marcas en lo más recóndito del espíritu que la razón no alcanza a borrar. Hemos de sentirnos culpables, infractores, pero ahí está el todopoderoso, los todopoderosos, para concederte el perdón.
Te perdonarán. Si te arrepientes. Si no lo haces de
nuevo. Resígnate pues. Sé paciente. En este mundo sufrirás, sometido a los que
están por encima de ti. Así es la vida, que no te angustien las calamidades, ya
tendrás tu recompensa. Llegará en el otro mundo. O, si perseveras, incluso en
este, te dicen los omniscientes definidores encargados de formar ciudadanos, es
decir, seres dóciles.
Culpa. Hay que sentirse siempre culpable de algo,
por algo, es la base de todo poder. Sin culpa no hay miedo.
Lo único que nos queda es la renuencia. La
defección ante la epidemia espectacular y la aceptación de la inutilidad de
cualquier aspiración es la única resistencia posible, la soledad la única
compañera fiable. No erraba de pequeño al preferir mi mundo, si es que de un
mundo propio puede hablarse en medio de la locura egotista. Un asedio
permanente, sin embargo, contaminaba y degradaba toda experiencia, lo que
producía en mí una cada vez mayor aversión por los elementos distorsionadores
que impedían su natural evolución, elementos siempre debidos a la acción del
hombre, o a su inacción, tanto da.
El fiasco, el desengaño, la indignación, la
frustración, la impotencia fueron así absorbidos y superados por la aversión.
No hay otra salida posible.
“El sol se durmió sobre el Adriático” (1910). Joachim-Raphaël Boronali.
Con motivo de la edición de 1910 del Salón de Artistas
Independientes de París se presentaba públicamente pocos días antes de su
inauguración –que tuvo lugar el 18 de marzo– una nueva vanguardia pictórica
denominada excesivismo. Lo hizo a
través de un manifiesto al estilo futurista, que se publicó en los periódicos,
en el que se abogaba por “destruir los museos y pisotear las infames rutinas”.
El excesivismo –que llegó a causar gran revuelo– estaba representado en el Salón por un solo cuadro: El sol se durmió sobre el Adriático. No había más obras, ni las habría en un futuro. Y es que el autor del cuadro, Joachim-Raphaël Boronali, era en realidad un asno. Boronali era el anagrama de Aliborón, el asno de las fábulas de La Fontaine.
El Lapin Agile en 1913.
Veamos cómo se gestó el movimiento y cómo se pintó esta obra
única en todos los sentidos. La idea fue del periodista Roland Dorgelès,
habitual de Montmartre y del cabaret Lapin Agile, el más antiguo de París, cuyo
ambiente era más intelectual que el del resto de los cabarets parisinos. Entre
sus clientes habituales, además de Dorgelès, y entre otros, estaban Guillaume
Apollinaire, Charles Dullin, Maurice Utrillo, Max Jacob, Amedeo Modigliani y Pablo
Picasso.
Père Frédé (Frédéric Gérard), su dueño, era músico, pintor, poeta y animador. Un individuo sin duda peculiar, de pelo y barba canosos, largos y descuidados, siempre con su pipa y su sombrero o gorra típica de los marineros. De vez en cuando cogía la guitarra y anunciaba que iba a hacer “un poco de arte”, interpretando generalmente algunos poemas de Ronsard y otras antiguas canciones. Entre tema y tema, algún joven poeta declamaba sus últimos versos sin prestar demasiada atención a la rima. Otras canciones, de procaces letras la mayoría, eran coreadas por la clientela mientras la joven Eliane, siempre sonriente, se movía la sala con su bandeja llena de vasos. Sobre su puerta aparecía escrito en letras blancas: ‘El primer deber del hombre es tener un buen estómago’.
El Lapin Agile en 1907.
Frédé tenía un asno, Lolo, quien sería el encargado de pintar con su cola la obra que expondrían en el Salón haciendo creer a todo el mundo que su autor era un tal Joachim-Raphaël Boronali, principal representante de un nuevo movimiento. Contaban para ello con la colaboración del pintor Pierre Girieud y del joven crítico André Warnod, que trabajaba para la revista satírica Fantasio. Con gran regodeo, llenaron unos cubos con los colores azul, verde, amarillo y rojo y con el asno iban dando vueltas a su alrededor hasta que este se paraba junto a uno de ellos, que resultaba ser el elegido y en el que mojaban su cola, a la que habían atado un pincel. Entonces le mostraban zanahorias y tabaco, sus manjares preferidos, para estimularle y que la agitara. Llevaron a cabo la acción en presencia de un alguacil a fin de que diera fe del proceso seguido en la ejecución. El resultado fue una especie de marina recargada de color a la que pusieron el ampuloso título de El sol se durmió sobre el Adriático.
Frédé y su asno Lolo.
Frédé y su asno Lolo.
Lolo pintando el cuadro.
Obviamente, se divirtieron de lo lindo con la ocurrencia, pero el regocijo alcanzó su cenit cuando, inaugurada la muestra, leyeron los comentarios de los críticos. El cuadro no pasó desapercibido, los representantes del fauvismo, el cubismo o el futurismo, las tendencias más en boga de las vanguardias pictóricas, no merecieron tanta atención. Se dijeron muchas cosas sobre él, que si era una obra que indicaba una “precoz habilidad”, “una torpeza en la factura”, “un temperamento todavía confuso y colorista” o, incluso, un “exceso de personalidad”, y se vendió ¡por cuatrocientos francos! Las carcajadas aún resuenan en La Butte. Días después, Le Matin, en cuya redacción se había presentado Dorgelès con las pruebas que revelaban la verdadera personalidad del autor, publicaba un artículo suyo con el sugerente título “Un asno, líder de una escuela”.
Publicado anteriormente en este blog el 31 de enero de 2018.