Los corchos también se hunden

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Abatido por el peso de los pensamientos que, como siempre, se presentan sin avisar, de los recuerdos que anclan mi identidad a un espacio y tiempo determinados, a una historia que no es la mía, dejo de ser consciente y me duermo. No sé a qué hora, nunca miro el reloj, es un detalle del que siempre prescindo. Si no miro la hora no hay tiempo, no puedo medirlo.

Despierto cuando el sol ya debe estar harto de contemplar cómo todo, lo pertrechado durante la noche o lo improvisado en el momento, se va desmoronando bajo su luz. Me ducho, desayuno, me visto y me dirijo a donde siempre: a ningún sitio.

Por el camino encuentro miríada de personas que van al mismo lugar. Como el corcho sobre el agua deambulan, dejándose llevar. Flotan, las aguas están calmadas. Nada hace predecir la catástrofe. De repente, una inesperada crecida. Nadie sabe qué hacer. Es imposible seguir deambulando. Todo el mundo trata de agarrarse a cualquier saliente, pero no hay bastantes. Mas cuando la gran mayoría elige los del mismo tipo. La deriva se convierte en el único e insalvable motor, un motor asíncrono que se alimenta de la inercia y la pasividad, que jamás había dejado de funcionar pero que ahora tiene mayor energía que nunca. El caos es absoluto y las grietas del ánimo, que permanecían poco profundas, se abren cada vez más y afloran a la superficie, presagiando un hundimiento irremediable.

Publicada originalmente en:  https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/08/27/los-corchos-tambien-se-hunden/

El forastero misterioso

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Con doce años leí Las aventuras de Huckleberry Finn. La obra de Mark Twain me cautivó hasta tal punto que mi imaginación –que no debía ser poca, siempre me decían que estaba en las nubes– nada pudo transformar ni añadir. Prácticamente devoré las casi cuatrocientas páginas que comprendían la historia de Huck, un muchacho poco mayor que yo, secuestrado por su propio padre, un borracho al que todos daban por muerto, porque quería los seis mil dólares que en su día se encontró en una cueva con su amigo Tom Sawyer, que consiguió huir de donde aquel le tenía encerrado pero en vez de regresar a la cómoda casa donde le habían acogido decidió marcharse del pueblo, ya que no quería ser “civilizado”, no le gustaban las buenas costumbres que trataban de inculcarle ni ir a la escuela, y escapó con Jim, un negro esclavo de la casa, río Misisipi abajo en un accidentando y largo viaje lleno de toda clase de aventuras.

Aunque la obra termina “bien”, el principio de rebeldía que destilaba, la reflexión que hacía sobre la arbitrariedad de las convenciones sociales, el contagioso anhelo de libertad de sus protagonistas, la visión crítica del racismo que traslucían las situaciones en que se veía envuelto Jim, la importancia que Twain daba a la amistad, fueron aspectos que me calaron muy hondo.

La intuición de que el mundo era más amplio de lo que hasta entonces había pensado y más desigual de lo que hasta el momento había observado, y que ello se debía a la ignorancia, al miedo a lo desconocido, al comportamiento egoísta y mezquino del común de la gente, comenzó a transformarse en evidencia cuando, poco después, leí  otra obra de Twain con el mismo o mayor ahínco. Se titulaba El forastero misterioso y su trama se ubicaba en una aldea austriaca en el siglo XVI, aunque bien hubiera podido suceder en cualquier otro lugar y cualquier otra época. En esta ocasión, el protagonista era también un muchacho, Theodor Fischer. Él, y sus dos amigos inseparables, eran los únicos que sabían que el forastero llegado a la aldea que tanta ascendencia tenía sobre sus vecinos era en realidad un ángel llamado Satanás, sobrino del mismo diablo, que decidió quedarse en el cielo pero conservaba las simpatías por su tío.

La crítica hacia el comportamiento humano, que Twain mostraba a través de la figura de Satanás, era inmisericorde. Los habitantes de la aldea, que vivían en un permanente estado de opresión, miedo y superchería, resultaban fácilmente manipulables en aquel ambiente. Para Satán, al menos, era pan comido, con sus hechizos y su magia. Conozco a tu raza –decía Satanás–. Está hecha de borregos. Está gobernada por minorías.

La hipocresía que regía las vidas de los aldeanos, su creencia en una fuerza superior que dirigía sus destinos, la imposibilidad de cambiar las cosas dada su condición de seres inferiores, la intolerancia y rigidez que guiaban sus actos en nombre de una moral que permitía la persecución y ejecución en la hoguera de quienes contradecían la validez de hábitos y costumbres ancestrales, era asuntos que Twain exponía en su novela sin concesiones de ningún tipo. No todos podía digerirlos a esa edad, pero algo en mi interior me decía que el mundo no era todo lo bueno que había imaginado. ¿Quiénes son de verdad los buenos? ¿Son buenos todos los que dicen serlo? ¿Son buenos los que mandan? ¿Son buenas sus normas? ¿Eran buenos los que esclavizaban a los negros, los que quemaban en la hoguera a las mujeres que consideraban brujas? ¿Eran buenos mis amigos, que despreciaban a los menesterosos y se burlaban del aspecto? ¿Lo eran los padres, que compartían ese desprecio y los trataban con absoluta desconsideración? ¿Y los maestros del colegio, donde jamás había visto un chico que no fuera impoluto y bien vestido? Ellos, los maestros, se suponía que lo sabían todo. Luego, si lo sabían todo ¿por qué no lo decían? ¿O acaso no era así?

Cuando, ya adulto, releí El forastero misterioso subrayé: Satán solía decir que nuestra raza vivía una vida de autoengaño continuo e ininterrumpido. Se estafaba a sí misma desde la cuna hasta la tumba con imposturas e ilusiones que tomaba por realidades, y esto convertía su vida entera en una impostura. De la veintena de buenas cualidades que imaginaba tener y de las que se envanecía, en realidad no poseía prácticamente ninguna. Se consideraba a sí misma como oro, y era solamente latón.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/05/27/el-forastero-misterioso/

Miedo al miedo

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El miedo ya lo conocía. Temía a mis padres, a mis abuelos, a los maestros, incluso a los gatos. Pero descubrí que hay un miedo distinto, superior, más terrible y dañino, el miedo a lo desconocido, un miedo a lo que está por encima de nuestras percepciones y conocimientos, que no controlamos pero nos controla, irracional pues carecemos de referencias para enfrentarnos a él –no sabemos muy bien de dónde procede ni quien lo engendra pero está ahí– y del que para protegernos no sirve ni la soledad: está dentro de uno. Es el miedo al miedo, el miedo por excelencia.

Hasta entonces la oscuridad no me causaba ningún temor, tampoco la muerte. Ese día mis padres, mis abuelos, mis tíos Vicente y Eugenia, y no sé si alguien más, charlaban alrededor de la mesa, en el patio. Acabábamos de cenar. Noche serena. Un café, una copita…, los mayores. Los pequeños, mi prima y yo, escuchando, convidados de piedra, como corresponde a los niños en una reunión de adultos. Tía Eugenia, prima hermana de mi abuela, contó una de esas historias más propias de un día de tormenta que de una apacible noche de verano, de cuya certeza duda incluso el narrador pero a pesar de ello son seguidas desde el más absoluto silencio por los demás; una historia de miedo, de las que nunca se olvidan, al menos en mi caso.

fantasmasAl parecer, alguien que conocía, otra mujer, se despertó ya avanzada la madrugada al sentir una presencia extraña en el dormitorio, quedándose pasmada al presenciar –proyectada en una de las paredes– un halo de luz blanca, de forma circular, en el centro del cual se apreciaba el rostro de un ser querido recientemen-te fallecido –debía ser un familiar, cercano, pues los familiares, los directos sobre todo, son siempre seres queridos una vez fallecidos– que sonreía apaciblemente sin pronunciar palabra, lo que significaba, según la relatora del suceso, que en el más allá –es decir, lejos de aquí y de todos los lugares, incluso de la nada, si  no en la nada misma– era feliz, se encontraba bien aun habiendo muerto de una dolorosa enfermedad y que no debían estar afligidos por él. Mas supongo que el miedo impedía a aquella mujer descifrar el verdadero alcance de la representación, y la aparición volvió la noche siguiente, y la otra, hasta que averiguó al comentar el suceso con un curandero que vivía en una casucha a la salida del pueblo una especie de conjuro para librarse del espíritu de su ser querido: rezar tres credos y a continuación despedirle con un “Ve en paz”, ¿o era “Vete con Dios”? En todo caso, “Vete”.

Absortos como estaban escuchando el aterrador relato nadie se percató de que seguíamos allí mi prima y yo, los dos niños de la velada, despiertos (al menos yo, no sé mi prima). Así que nos acostamos tarde, a la misma hora que los mayores, no como habitualmente, primero los niños.

Esa noche dormí con mi madre, por si acaso, calculando el  riesgo de que me sucediese lo mismo que a aquella mujer. No me costó mucho conciliar el sueño, aunque de vez en cuando abría los ojos por si había alguna presencia extraña u observaba algún indicio misterioso. Pero no sucedía nada y, a pesar de que el temor a una posible aparición seguía firme y tenazmente incursionando en mi interior, me dormí.

Al día siguiente, lo primero que hice fue decirle a mi abuela que me explicase cómo era el credo, consiguiendo que me lo escribiera en un papel para aprenderlo de memoria. Con el papel en el bolsillo, sabiendo el conjuro, sentí una mayor seguridad, podía hacer frente a apariciones y a fantasmas. Tan seguro me encontraba que olvidé memorizar la letra.

Cuando llegó la noche, y con ella la hora de dormir, tuve que acostarme más pronto, como sucedía normalmente. Mis súplicas por quedarme un rato más, aduciendo falta de sueño, solo sirvieron para incrementar la angustia que sentía. Al poco mi madre volvía a mandarme a la cama y yo rogaba de nuevo permanecer despierto otro rato más. Así un par de veces, estando todo el tiempo entre súplica y súplica pendiente del transcurrir del mismo, pensando que en cualquier momento la moratoria finalizaría, como así fue. Mi madre me dijo que luego vendría a verme.

Acabé yéndome a la cama. Permanecí con la luz encendida esperando que mi madre llegase, hasta dormirme. Luego entró alguien, supongo que mi madre, y la apagó. Cuando desperté al cabo de un tiempo indeterminado, que no debió ser demasiado prolongado, la habitación estaba a oscuras. Sentí un miedo como nunca antes, ni después. No me atrevía a abrir los ojos del todo, los mantenía medio cerrados y apenas respiraba, no quería despertar más sensaciones, como si estuviese escondido detrás de un velo protector semitransparente que no me impedía entrever lo que ocurría pero sí ser visto.

Conocí entonces la oscuridad. El día y la noche eran para mí un continuum en el que ambos conceptos únicamente se distinguían por el tipo de actividades que correspondía a cada momento. La oscuridad era un elemento nuevo, confuso e inaccesible, mayor con los ojos abiertos, asociada a la noche y la muerte, un campo de batallas nocturnas del que solo se podía salir perdedor. No servía de nada pelear con la oscuridad y el silencio, menos con la muerte, ni con aquella que a los ocho años creemos siempre que proviene del exterior ni con la que después se nos muestra enraizada en lo más íntimo de nuestro ser, un laboratorio donde experimentar con indisciplinadas angustias y culpas supuestas, un palimpsesto que conserva a pesar de cualquier argumento o raciocinio huellas de temores pasados, aparentemente vencidos, que en la densa quietud de la noche cobran de nuevo carta de naturaleza. Contra el desasosiego del espíritu nada pueden palabras y pensamientos. De todo ello nunca antes había sido consciente y tal vez tampoco lo fuera entonces, convirtiéndose el desconocimiento en el mayor aliado del miedo, como pude comprobar esa noche y cerciorarían noches posteriores.

Fotograma del corto “Juan con miedo” (2010) de Daniel Romero.

Fotograma del corto “Juan con miedo” (2010) de Daniel Romero.

Abrí los ojos completamente y, de pronto, advertí una sombra que se movía. Puede que alguien se levantara, puede que el aire moviese la lámpara, pero lo que fuera llenó de extrañas e indescifrables figuras la pared. Encendí raudo la luz, saqué el papel y me puse a leer lo más aprisa que podía el credo que había escrito por la mañana mi abuela. Tres veces. No quedándome satisfecho –el miedo no amainaba–, repetí de nuevo el conjuro, que hube de interrumpir al oír a mi abuela que me regañaba por tener todavía la luz encendida. Entonces lamenté no haber aprendido el credo de memoria. Había tenido todo el día para ello pero me entregué a la molicie, como siempre.

Al día siguiente, tras pasar la noche prácticamente en vela, lo primero que hice fue coger el papel. Lo leí una, dos, tres, muchas veces, no sabría sacar la cuenta, hasta conseguir aprenderlo de memoria. Le dije a mi abuela que me lo preguntase a ver si me lo sabía. Lo hizo, y yo lo repetí tal cual ella lo había escrito. Lo sabía. ¡Uf!

Llegada la hora de ir a la cama el miedo regresó. Con la oscuridad. ¿Y si el conjuro no funcionaba conmigo? ¿Y si me equivocaba? Creo en Dios Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de la Virgen María, padeció bajo el poder de… Y ahí me perdí. ¿De…? ¿Qué venía luego? Sabía que era un nombre propio, y masculino, pero no podía recordar cuál. Repasaba todos los nombres de hombre que conocía, de amigos, de familiares, de vecinos, de tebeos, sin resultado alguno. Encendí la luz. Poncio Pilatos, ese era. Pilatos, Poncio Pilatos, Poncio Pilatos, lo repetí varias veces. Probé a recitar de nuevo el credo, de memoria, antes de apagar la lámpara de noche. De corrido. No hubo problema, me lo sabía.

La oscuridad esa noche era completa, todo el día había estado nublado y hacía fresco. La ventana estaba cerrada. Recité el primer credo, sin error, luego el segundo y el tercero, sin tampoco equivocarme, dije Ve en paz, Vete con Dios y Vete, las tres fórmulas posibles con que acababa el conjuro. Por si acaso. Y me dormí.

Así pasé muchas noches, las de muchos meses, no sé cuántos, amedrentado en la oscuridad y envalentonado con la luz de la mañana al no haber ocurrido nada unas horas atrás. Al final era algo mecánico, rutinario, ya casi había olvidado el motivo y seguía recitando los credos todas las noches. Lo de rezar, no obstante, empezaba a tenerlo cada día menos claro. Con el tiempo, otros menesteres –las chicas sobre todo– ocuparon mi mente y un buen día, al despertar, me percaté de que la noche anterior me había dormido sin acordarme de los credos ni del conjuro y todo seguía igual.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/05/20/miedo-al-miedo/