Contra el desasosiego del espíritu nada pueden palabras y pensamientos

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“La noyade”. Benoit Courti ©

Conocí la oscuridad cuando el sol estaba en lo más alto, al iniciar el camino del olvido el día que decidí huir del futuro ante la imposibilidad de vivir el presente y cambiar el pasado.

La oscuridad, así, se presentó como un elemento nuevo, confuso e inaccesible, mayor con los ojos abiertos pero sin dejar de estar asociada a la noche y la muerte, un silencioso campo de batallas del que solo se puede salir perdedor. Percibí entonces que no servía de nada pelear con la oscuridad, ni con aquella que cuando somos pequeños creemos siempre que proviene del exterior ni con la que después se nos muestra enraizada en lo más íntimo de nuestro ser, un laboratorio donde experimentar con indisciplinadas angustias y culpas supuestas, un palimpsesto que conserva a pesar de cualquier argumento o raciocinio huellas de temores pasados, aparentemente vencidos, que cobran de nuevo carta de naturaleza.

Una sola opción me quedaba: aprender a vivir en la oscuridad, cual ciego que nunca ha visto y sabe que nunca verá. Cerré los ojos y no los volví a abrir. Habrá que vivir como sea, me dije. Me amoldé. Contra el desasosiego del espíritu nada pueden palabras y pensamientos. Tal vez sentir. Solo tal vez. Y, en todo caso, sin pensar.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/06/14/contra-el-desasosiego-del-espiritu-nada-pueden-palabras-y-pensamientos/

La joven adolescente que cambiaba de rostro y de color

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En el despacho de la casa de campo de mis abuelos paternos, donde pasábamos parte del verano, había muchos libros, bien colocados en las estanterías en función de su tamaño. Los de menor altura en el centro y haciendo escala hacia ambos extremos de cada anaquel se disponían los que medían más a lo alto. Los mayores, pues, siempre en las puntas, formados como si tuvieran que desfilar. Me gustaba escudriñar aquellos libros, la gran mayoría totalmente desconocidos para mí. A veces había suerte, a veces no y no entendía nada de lo que exponían, trataban de cosas de mayores.

Las razas humanas, en cambio, se convirtió cuando descubrí las imágenes de su interior en mi favorito de ese verano. Las razas humanas, ese era su título, lo editó el Instituto Gallach en 1945. No sé qué hacía allí, pero me cautivó desde que un buen día lo saqué de uno de los extremos de uno de los anaqueles. Me incentivó el hecho de que para llegar a él tuviera que subirme a un taburete. Por algo será, pensé, o recuerdo que pensé.

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Había numerosas fotografías de gente de otros lugares que ni sabía que existían, ni los lugares ni las personas que los habitaban, muy diferentes a nosotros. Me entretuve mirando las de las de los esquimales, los indios, los apaches, los sioux…  No se parecían demasiado a los que veía en el cine. Pero cuando llegué a los negros de África la sorpresa fue mayúscula, mi interés aumentó y devoré las imágenes cual pastel de chocolate. La mayoría iban desnudos, todos, niños, mayores, todo el mundo, algunos con taparrabo o faldilla, con faldilla incluso hombres, extremo este que me resultaba chocante. Pero llevar taparrabo o faldilla no era ir vestido, a mi juicio, el de entonces. Con el texto me perdía, pero las fotos me atraían enormemente, sobre todo las de mujeres desnudas de todas las edades, y si no de todas, de las de mi edad. Especialmente la de una joven adolescente que recorté cuidadosamente y guardé con mayor esmero entre las páginas de una Biblia que alguien me regaló cuando la primera comunión. Ahí nadie la encontraría, y nadie la encontró. Y la joven adolescente negra, que tendría más o menos mi edad, me acompañó muchas noches antes de dormir. Con ella mi libido se satisfizo en más de una ocasión.

Razas humanas_1La desnudez fue siempre un concepto con una gran carga erótica para mí desde entonces, desde que la imaginación pudo empezar a representar situaciones en que un adolescente aguerrido –que a veces era pirata, otras vaquero del lejano Oeste, en ocasiones gladiador o centurión romano, cuando no soldado de la Segunda Guerra Mundial, más tarde espía, ladrón de guante blanco, cantante o actor de moda, y siempre galán apuesto– se aprestaba a rescatar del infortunio a chicas de su edad que los mayores habían apresado para malévolos fines que cambiaban lógicamente según la situación a representar. Chicas que estaban, pues, a mi alcance, próximas, aunque yo no conocía a ninguna chica negra, solo en Razas humanas, pero aquella joven adolescente cambiaba de rostro y de color con suma facilidad según mi fantasía de turno y, así, las protagonistas de mis ficticias aventuras estaban desnudas a conveniencia, eso era lo que importaba.

Con la fotografía de la joven africana adolescente ya no necesitaba imitar a los mayores, infiltrarme en un mundo tan enrevesado y distante con sus extrañas pautas de conducta según las cuales no se podía ir desnudo porque un buen día una señora llamada Eva se comió una manzana y Dios le dijo que, como castigo, ya no podía ir desnuda, ni ella ni nadie.

Ir desnudo devino de este modo un símbolo de resistencia para mí en aquella época. Siempre que podía me desnudaba. Me encantaba estar desnudo, y cuando no había nadie en casa o tenía la seguridad de que mi madre y mi abuela no subirían al huerto, cuando tenían una visita o rezaban el rosario, cosa que hacían todos los días al atardecer, me dirigía al cenador –entonces no había edificación alguna alrededor de la casa desde la que husmear– y me quitaba toda la ropa, siempre teniendo sumo cuidado a la hora de desvestirme. La dejaba a mi lado, siempre próxima, y en orden inverso a como había ido despojándome de ella, por si las moscas. Al menos que me encontraran con el calzoncillo puesto, pues al mismo tiempo que la desnudez adquiría tintes transgresores se convertía en una pesada carga, no dejaba de ser algo sucio.

Regresamos a principios de septiembre. Mi padre tenía que atender sus negocios. Yo todavía disfrutaba de unos días más de vacaciones. Y en uno de esos mi abuela nos descubrió a Queta, Loli, Rebeca y a mí desnudos en el jardín jugando a médicos. Lo primero que hizo fue ordenar que nos vistiéramos y luego, con voz amenazadora, dijo Mañana mismo irás a confesarte, lo que no tenía sentido a no ser que previamente hubiésemos pecado, luego habíamos pecado, por ir desnudos. ¿Por qué no podemos ir desnudos?, pregunté a pesar de que sabía que los adultos consideraban que no estaba bien. Por eso tomaba tanta precaución cuando me desnudaba en soledad. Mi abuela me miró y tras un breve silencio dijo: Porque no, cochino. Ya verás la que te espera cuando se lo cuente a tus padres. No lo hizo. Pienso ahora que en el fondo sabía que nada malo estábamos haciendo. Pero había que guardar las formas. Eso sí, de la confesión no me libraba ni Dios (nunca mejor dicho).

Fui a confesarme al día siguiente. No había otra. Fui. Sabedor de lo que iba a suceder. El cura se mostró muy interesado por las circunstancias y detalles del hecho. Y me llevó a la sacristía, para así estar a solas conmigo. Comenzó a acariciarme. No es tan grave, a todos nos ha pasado alguna vez. Siguió manoseándome hasta que, para fortuna mía, entró el sacristán. No dijo nada, es posible –probable más bien– que ya hubiera vivido la misma situación otras veces. No lo sé, pero no dijo nada.

Marché. Al día siguiente quedé con Queta, Loli y Rebeca para seguir jugando a médicos. No en el jardín, sino en el cañaveral que había junto al río. Allí era muy difícil que alguien nos viera. Nadie nos vio. Y seguimos jugando.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/04/05/la-joven-adolescente-que-cambiaba-de-rostro-y-de-color/

L’amour est un acte politique

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París. Mayo de 1968 / Gilles Caron.

Que l’amour est un acte politique ella no podía saberlo, aunque así es. Y como no podía saberlo fracasó al casarse tras el ayuntamiento con alguien que estaba destinado a otros menesteres. Ella, una chica de acomodada familia, educada en un buen colegio, universitaria y con un prometedor futuro –de acomodada familia, pues– no lo sabía, no podía saberlo (era de acomodada familia). Brotó de pronto en su interior el enardecimiento de la pasión, se sintió fascinada ante un chico que no se parecía a ninguno de los que hasta entonces había conocido, quedó embarazada y se casaron. Los intentos de sus padres para que abortara solo sirvieron para que les reprochara lo pecaminoso que resultaba su forma de pensar, contraria a los principios que en casa y en el colegio le habían inculcado. Rompió con ellos y se casó con él. Él, que debía cumplir un horario en la fábrica a cambio de un mísero salario, hacer incluso horas o trabajos extras para que este no fuera tan mísero, sin dejar nunca de serlo, mísero. Para llegar luego a casa cansado, agotado, mejor exhausto. Para quedarse sin fuerzas siquiera para pensar, y así dormir, puede que incluso descansar. Hasta el día siguiente en que se repetiría el ciclo de nuevo. Y así sucesivamente, hasta el fin. Mientras días y días de soportar y soportarse, de aguantar y aguantarse, llegando a casa huraño, alicaído, desalentado, tras haber pasado un rato en el bar con otros como él, desesperados y apáticos, hablando de fútbol, mujeres y problemas de trabajo, e incluso de reivindicaciones laborales. Hasta que deciden finalmente marchar puesto que hay que madrugar al día siguiente. Hay que trabajar ocho más cuatro horas. Tal vez, a causa del alcohol, aún follaría esa noche. Mecánicamente. Para ahuyentar el desaliento. Otro hijo, otro problema, otra desazón. Y así sucesivamente. Y es que él tampoco podía saber que l’amour est un acte politique. Los únicos que lo sabían eran los padres de ella, pero no eran conscientes, tampoco podían.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/02/13/lamour-est-un-acte-politique/