El funámbulo del tiempo

la-cuerda-floja-el-funambulista-i-kiko-rodrc3adguez

“El funambulista I”, acrílico sobre papel / Kiko Rodríguez.

Con el tiempo, todo se volvía más agotador. Cosas a las que antes no les prestaba atención alguna ahora adquirían un protagonismo desmesurado. Otras por las que, en cambio, había sentido verdadero interés resultan fugaces y no conseguían que su atención se centrase en ellas más que unos momentos. Otras más, simplemente seguían tan lejanas y distantes como siempre.

Recordada anécdotas, detalles, pero nada esencial. Claro que eso le había ocurrido siempre, desde que fue consciente de ello, puede que no hiciera mucho, pero decir que le ocurría desde que cobró conciencia de ello es lo mismo que decir siempre.

Desde hace un tiempo, no obstante, desde que era un funámbulo de la vida venido a menos, empezó a intrigarle el hecho de recordar especialmente este tipo de cosas, ese cúmulo de anécdotas y detalles irrelevantes que su memoria había almacenado. No es que considerara que esa cualidad fuese algo preocupante en sí. Su precaución, puede que también preocupación, devenía de la tremenda descompensación de la memoria: recordaba con suma fluidez los detalles más triviales de cualquier situación pero le resultaba harto difícil ubicarlos en un contexto concreto.

Es posible que todo se deba a algo que nunca debemos hacer: creer en el pasado, que no existe, dicho sea de paso, y buscar en él argumentos para que la caída sea lo más leve posible, para que el daño que necesariamente ha de producirse deje las menores huellas, tarea harto difícil ante la arbitrariedad y selectividad de la memoria. Así, los detalles, las anécdotas, se almacenaban en su memoria con facilidad, aunque sin orden ni correspondencia con los hechos que los generaron la mayoría de las ocasiones, no había jerarquía entre ellos ni clasificación alguna que los situase en un entorno determinado, pues en última instancia no correspondía a la memoria, caprichosa ya de por sí, seleccionar los recuerdos, influenciada además, como está, por la tendencia a magnificar lo que, creemos, ha marcado nuestra existencia. Una existencia que, como escribió Fernando Pessoa*, hay que monotonizar para que no sea monótona. Tornar anodino lo cotidiano, para que la más pequeña cosa sea una distracción” (Libro del desasosiego, edición de 1984, Seix Barral, traducción de Ángel Crespo).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/07/28/el-funambulo-del-tiempo/

Placer y culpa

placer_culpa-4

“Weird” (2013) / Fran Carneros.

Me tocaba, ya hacía tiempo que me tocaba, pero ese día, un día de verano al caer la tarde, no dejé de tocarme por aburrimiento o porque decidiera hacer otra cosa –como otras veces– sino porque de repente de mi polla empezó a salir un blanquecino líquido viscoso que yo sabía que se llamaba leche, pero no lo había visto hasta entonces. Lo sabía, sabía que salía de la pilila, me lo habían contado en la escuela –los niños, no los maestros–, como también de las tetas de las mujeres, pero desconocía qué se sentía: cierta extrañeza en los primeros momentos, cuando el ritmo se tornaba cada vez más regular y más acelerado, desconcierto a medida que iba perdiendo el control de lo que hacía, la rigidez cada vez mayor del pene, un posterior acaloramiento, la excitación –no exenta de temor– ante algo nuevo y placentero que no podía detenerse, y una especie de convulsión cuando la leche se disparó –fue eso, un disparo– a la que siguió una sensación de vacío que me resultó sumamente agradable.

Debo haberme hecho una paja, pensé. Luego vinieron las dudas, la confusión. Puede que fuera a los doce años, o no, lo de la primera paja, o el primer orgasmo, en solitario ─como el último suspiro─, o puede que fuera a los once, pues a los doce empecé a salir con una chica con la que nada sucedió –no hubo sexo, quiero decir– pero con cuya imagen en mi mente recuerdo haber repetido la experiencia.

No experimenté sensación alguna de culpa hasta que se lo comenté a Juan Luis. Tendrás que confesarte, me dijo. No lo hice y nada pasó, pero no conseguí evitar que el desasosiego se apoderase de mí e incluso sentir culpa por no sentirme culpable. Aun así, seguí masturbándome. Casi a diario. Sin comentar nada a nadie, ni siquiera a mis amigos después de lo que me dijera Juan Luis. Placer y culpa, combinación perfecta para doblegar conciencias. En aquel tiempo no supe adivinar tal extremo. Tardé años en descubrirlo, tantos como viví el placer asociado a la culpa, aunque fuera la de no sentirme culpable.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/07/21/placer-y-culpa/

El loco de La Cava

el-loco-2

“Mountaineer whittling” (ca. 1920) / Wm. A. Barnhill.

 Todo el mundo decía que Perico estaba completamente loco desde que un bien día, sin que nadie supiera porqué, se fue a La Cava, como llamábamos en el pueblo al antiguo nevero en que antes de que existieran las fábricas de hielo se conservaba la nieve todo el año con tal fin. Allí, junto a la cava, en un pequeño bancal que tenía, su única propiedad, levantó con sus propias manos una casucha. Vivía del aceite que le daban las aceitunas de los pocos olivos que tenía y de una escasa pensión por minusvalía en la vista. Bajaba al pueblo una vez por semana a comprar comestibles y algún que otro producto de primera necesidad. Entonces era frecuente oír, sobre todo a nosotros, los niños frases del tipo Mira, El loco de La Cava.

En una ocasión fui con la única compañía de Edu, un chico que no pertenecía a nuestra pandilla pero que era sobrino de Pedro, el encargado de cuidar el jardín y atender el mantenimiento de nuestra casa. Por eso podía ir con él, supongo, y su padre, quien tenía, este último, unos estrechos bancales de olivos en la parte alta de la sierra, lindantes casi con la vetusta casucha de Perico.

Edu y yo nos acercamos a ver a Perico. Edu lo propuso, yo no quería, tenía miedo. Él me tranquilizó, me dijo que no era verdad que estuviera loco. Lo conocía de siempre, pues cuando su padre acudía a cuidar los bancales de olivos pasaba a saludarle y a por hierbas medicinales, de las que Perico era un experto. Ya verás como mi padre viene luego, dijo Edu.

Y marchamos, y Perico nos recibió sin acritud alguna, más bien al contrario. Su imaginación, me pareció entonces, no conocía límite a la hora de narrar historias, fueran del tema que fueran, y las historias que explicaba eran demasiado verosímiles para un supuesto loco, me pareció también. Nos contó cosas de cuando nadie de nosotros había nacido, ni nuestros padres, ni nadie que la memoria de nadie pudiera recordar, siempre lejanas en el tiempo, apartadas de su presente y del nuestro, cosas sobre otras gentes que antes habían poblado las tierras que ocupábamos nosotros y que luego yo conté también, a mis padres, a mis abuelos, a Pedro, sin decir de dónde provenía la información. Mis padres me hubiesen castigado de enterarse que íbamos hasta lo alto de la sierra y nos encontrábamos con Perico. Pero ni ellos, ni mis abuelos, ni Pedro, habían oído hablar nunca de las historias que explicó Perico, nada sabían de cuando todo el valle en que el pueblo se asienta fue un enorme lago y la sierra una hermosa playa, ni de la leyenda de la joven a quien una bruja hechizó por orden del señor de las tierras para ganarse su amor, no consiguiéndolo a pesar del encantamiento y confinándola en un castillo que poseía, el señor, en la cumbre misma de la sierra, donde murió. Pero, según Perico, figuradamente, pues se hizo la muerta y, de hecho, todavía vagaba por allí. Él llegó a verla un día, era muy guapa y sonreía, y le dio un brazalete de oro, a Perico, por no huir ante su presencia como hacía la mayoría de las personas, pocas, con quien tropezó en otros momentos, un brazalete que se esmeraba en mantener limpio y brillante; así estaba cuando nos lo mostró.

¿Y a ti quién te ha contado esas cosas?, me preguntaron. Lo dicen los niños, respondí. No hagas caso de esas tonterías, insistieron. ¿Y el hombre ese que dice que tiene el brazalete?, pregunté yo ahora. Bobadas, ese hombre está loco, cuando lo veas por ahí ni se te ocurra acercarte a él, insistieron. No pregunté más. Era obvio que no me creían. Pero yo había visto el brazalete, incluso lo había tenido por un momento en mis manos. Vosotros sí estáis locos, decía para mis adentros. Tampoco los otros amigos de la pandilla creyeron lo que Edu y yo les contamos de Perico. Vosotros sí estáis locos, pensaba también sobre ellos.

Ahora tengo dudas. Igual el loco era yo. Y también Edu. Perico no, desde luego. Tal vez por eso, en aquellos primeros tiempos en que hacíamos guateques, me gustaba tanto esta canción: