Las actrices favoritas del padre de Alma Leonor

portLiado más de lo que esperaba, y de lo que deseaba, he andado últimamente. Las correcciones de mi novela Prudencio Calamidad parecía que no iban a terminar nunca. No ha sido así, afortunadamente, y en nada, esta misma semana, estará a la venta. Lógicamente, los placeres –los espirituales, siendo precisos– escasean por falta de tiempo, pero siempre hay algún que otro momento que necesitas parar y recrearte un poco. Y en un momento de esos –cuya duración no sabría especificar, pues pasó en un santiamén– leí el libro de Alma Leonor López Pilar (alter ego de María Pilar López Almena) Las actrices favoritas de mi padre. Me sedujo ya desde el momento en que leí en la contracubierta que esas actrices favoritas eran “todas ellas protagonistas de un álbum de cromos de 1954 que aún conservo”. Yo nací en 1954 y desde que en 1960, o 1961, recuerdo que fui con mis padres a un cine de verano de mi pueblo a ver Un rayo de luz, hasta que marché a estudiar fuera a los 18 años, vería en los dos cines que allí había –tanto en invierno como verano– centenares de películas, muchas de las cuales aparecen en el libro de Alma y/o están protagonizadas por esas estrellas del celuloide predilectas de su padre, pues mi pueblo tenía entonces alrededor de 4.000 habitantes y las películas que se proyectaban –ocho a la semana entre los dos cines– no siempre eran las que hacía poco se habían estrenado. Además, fueran para mayores incluso ‘con reparos’, como las calificaba la censura religiosa de entonces, en mi pueblo todas, al final, eran ‘autorizadas para todos los públicos’, pues no nos ponían impedimento alguno para entrar. Con mis padres, solo, con amigos, el cine fue para mí una escuela de formación sentimental, como también para Alma, “en la España de posguerra que conoció mi padre cuando iba al cine los domingos y también en la España tardofranquista que conocí yo en mi niñez y adolescencia cuando veía esas películas con él, pero en el televisor de casa”.

Con este presupuesto comencé a leer Las actrices favoritas de mi padre, es decir, partiendo de una premisa preconcebida, lo que no es la mejor manera de adentrarse en la lectura de lo que sea, pues ello había generado en mí una serie de expectativas que luego podía ocurrir que no se vieran satisfechas. No fue así. Todo lo contrario. Leí el libro prácticamente de un tirón y me fascinó. Escrito en primera persona, si no estuviera firmado por Alma Leonor y no figurase en la contracubierta (o en otra parte del relato que ya descubrirá quien la lea) que dicho nombre es el alter ego de la autora, hubiera asegurado que se trata de una obra autobiográfica. Y, esto solo sucede, a juicio de un servidor, cuando verdaderamente se siente pasión por lo que se está haciendo. Pero la pasión de nada sirve si no se sabe transmitir al lector, haciéndolo cómplice, en este caso, de una historia que está llena de emociones y sentimientos que van enriqueciendo el mundo cognoscitivo del lector a medida que avanza en su lectura. Y esto Alma Leonor (o María del Pilar) lo consigue de la única manera que creo que es posible: haciendo un uso adecuado de la técnica narrativa.

“Mi padre sabía que su mujer le quería mucho, pero la realidad es que se había marchado de su lado. Pasara lo que pasara con mi madre, mi padre lo perdió todo con ella, pero tampoco refugió su tristeza en la bebida. Solo se refugió en mí, la zote para en baile su hija, con la que podía revivir, con las películas de la televisión, los momentos de su felicidad añorada: cuando iba con su mujer al cine a ver esas mismas películas”. Era aquella una época en que “la realidad española estaba muy próxima a esas películas, con sus mismas contradicciones”, escribe la autora. Esa realidad se plasmaba en el cine, en las películas que veía con su padre, sobre todo las producidas en Hollywood, una de las grandes factorías de sueños. Padre e hija soñaban, cada uno a su manera, en “esos ambientes lentos, llenos de tabúes y anhelos perdidos tras encorsetados preceptos morales que se narraban en las películas europeas y que tanto se parecían a la vida diaria de los españoles de los años cuarenta y cincuenta. Una vida de renuncias y sudor, de trabajo de campo y patatas en la cocina, una vida articulada entre la intensa represión moral del franquismo y la penuria económica generalizada. El temor y el hambre, la exageración de la moral y las buenas costumbres, la alienación y el obligado acomodo a una forma de vida gris, producían aislamiento y rencor, soledad y resignación. Producían sombras, silencios y ritmos lentos. El cine norteamericano era una escapatoria de la realidad en tecnicolor, el europeo era la realidad gris vista en las desdichas de personajes reconocibles, sí, pero ajenos”.

Al padre de Alma le gustaban especialmente Rita Hayworth, “su favorita, por encima de las demás”, aunque “no le gustaban las rubias del cine, sino las morenas”, pero, claro, él siempre las veía morenas “en el cine en blanco y negro”. Y también Veronica Lake, Grace Kelly, Kim Novak, Ginger Rogers, Cyd Charisse, Gene Tierney, Barbara Stanwyck, Susan Hayward, Ava Gardner (“la andaluza”), “imágenes inalcanzables, peligrosas representaciones de una sensualidad tenida por inmoral”, imágenes que para él era una “recreación de la realidad a través de elementos imaginarios”, meras representaciones mentales puesto que padecía la enfermedad de Alzheimer. También otras actrices francesas e italianas: Anna Magnani (“su actriz favorita, decía que le recordaba a su madre cuando era hermosa, fuerte y brava”), Gina Lollobrigida, Silvana Pampanini o Silvana Mangano. En cambio, Marilyn Monroe, “no era una de sus actrices favoritas”.

Nació así en esa niña-joven el amor por el cine. Siguió formándose en la fábrica de ilusiones que es el cine, pero que, como en los aquejados de Alzheimer –y no solo en ellos– ocasiona pérdida de contacto o distorsión de la realidad. Hasta configurar sus propios gustos. Los de su padre “estaban más en consonancia con sus inquietudes particulares para con las actrices que con la profesionalidad o la fama de todas ellas. Las conocía, sí, pero actrices de las que yo luego llegué a confesarme enamorada (…) nunca entraron en su elenco de estrellas. Mujeres como Marilyn, pero también, por ejemplo, Greta Garbo, Ingrid Bergman, Marlene Dietrich –muy poco tenía en cuenta mi padre a estas actrices suecas o alemanas, incluidas Lilly Palmer o Romy Schneider, [que] para mí fueron todo un descubrimiento–, Alice Guy, Mae West, Jean Harlow, Maureen O’Hara, Dorothy Dandridge, Mitzi Gaynor, Irene Dunne” y Audrey Hepburb, Hedy Lamarr o Katharine Hepburn”.

“Desde que era una cría, entendí bien que la ausencia es una realidad con la que convive, y a veces tan viva como la propia presencia de un ser querido”, escribe Alma Leonor. “¿Qué será de mi alma, que hace tiempo / bate el récord continuo de la ausencia?”, escribió Alberti. Pero para eso está el cine.

Pueden seguir a Alma Leonor en su blog Helicón.

Que les vaya bien (o lo mejor posible).

 

De regreso a la ‘normalidad’

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Antes que nada, aclaremos el concepto de normalidad en la acepción que más se ajusta al contexto en que aquí la uso. Es el que, según la RAE, significa “cualidad o condición de normal”, y aunque suele aplicarse más a las cosas que a las personas, el vocablo ‘normal’ expresa que “se halla en su estado natural”. Así es como pueden verme en esta fotografía: en estado natural.

Ya finalizaron mis ‘vacaciones con Prudencio y Robin, Johnny y Tomate. Han sido verdaderamente flipantes. Ahora toca, como les dije en su momento, contárselas a ustedes de la mejor manera que sé, en forma de novela, de ficción (más bien ciencia ficción). De este modo, continúo viviendo esa realidad virtual y mi mente sigue construyendo una realidad conceptual que vuelca en la escritura. De este modo, consigo también regresar a normalidad y relegar la normalidad, entendida ahora como lo que “se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano”.

Prudencio, Prude, o Argararemon, o quien finalmente sea el enigmático personaje que es, o se hace pasar, por genio, nos dijo (a los chicos y a mí): “Los humanos nunca estaréis preparados para entender comportamientos que no se adecuen a vuestro sentido de la normalidad, de lo que consideráis ‘normal’ y tratáis de justificar mediante la lógica o la ciencia”. Robin, Johnny y Tomate han disipado cualquier duda –las cosas que hace Prudencio no son simples trucos baratos de magia, no, escapan a toda compresión humana– y han establecido una relación ciertamente peculiar con él. Yo también. Y es que lo que nos une a todos es vivir ‘otra normalidad’, aquella que no distingue el sueño, la fantasía si prefieren, de la realidad.

Lo mismo me une –además y, sobre todo, del gran amor que siento por ellas– a estas maravillosas trillizas, tres mujeres pequeñitas, 6 añitos, quienes en su mundo no paran de crear y conocer su propio yo en relación con él con instrumentos como la imaginación y la fantasía, los mismos instrumentos de los que se sirve uno, aunque a diferencia de ellas, para sobrevivir, que no es poco. Así las cosas, por eso decía antes que en esta fotografía pueden verme en estado natural (tengo otras más bonitas, pero he puesto esta porque no se les ve la cara, solo a una un trocito que asoma por el lado derecho de la imagen). Créanme cuando les digo que me entiendo mejor con ellas que con los adultos, tengo más cosas que compartir, incluso que hablar, que con los mayores. Con ellas, vivo.

Anhelos, sueños, deseos. Igualdad, libertad, fraternidad. Justicia. Mayoría, minoría. Líder, cabecilla. Pueblo, masa. Lucha. Muerte. Cambio, transformación. Acción. Reacción. Normas, leyes. Burocracia. Desilusión, decepción. Desigualdad, sometimiento, antagonismo. Acatamiento, sumisión. Indolencia. Indiferencia. Disconformidad, rebeldía. Y vuelta a empezar. Siempre igual. Total, ¿para qué? ¿Empezar “otra vez nuestra historia desde el principio? No vale la pena; siempre sería la misma” (Hans C. Andersen, El caracol y el rosal, 1861).

Que tedioso, ¿no? Que fatigoso, que cansado, que coñazo de vida. Escribió David Henry Thoreau en Walden (1854) que “la mayoría de los hombres (…) se afanan tanto por los puros artificios e innecesarias labores de la vida, que no les queda tiempo para cosechar sus mejores frutas”.

Ciento sesenta y tres años han pasado desde que se editó Walden por primera vez, pero estas palabras son tan certeras que parecen escritas hoy mismo. Yo no estoy dispuesto a dejar que se pierda mi cosecha, quiero recoger los frutos y disfrutarlos, y así, me identifico también con Paul Lafargue y su reivindicación del “derecho a la pereza”, entendida esta como el derecho a vivir, a que el trabajo sea una prolongación de la vida y no al revés. Esto es lo que significa para mí Prudencio Calamidad. ¿Un esfuerzo? Desde luego. ¿Un trabajo? Ni de coña. Como los niños. Ya me lo decía mi madre: És que eres com un xiquet (como un niño). No se equivocaba. Afortunadamente. Y si no que no se lo pregunten a las nenas. Ellas lo saben muy bien.

¡A ver si hacemos caso a la crítica!

111Entro hoy en Facebook y me encuentro una más que agradable sorpresa al leer una reseña de Rosa Berros en su blog de crítica literaria ‘Cuéntame una historia’ de mis novelas El corto tiempo de las cerezas y Adiós, mirlo, adiós.

Su lectura me ha saciado de satisfacción y elevado mi narcisismo hasta excelsas cotas, pero también me ha movido a reflexionar acerca de este intrincado mundo de la edición y la crítica.

Escribe Rosa Berros que Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) es “una historia novelada, la misma que escribió Ken Follet en los tres tomos como tres ladrillos que constituyen la ‘Trilogía del siglo’, pero para mí mucho mejor (…) porque está mejor escrita, carece del tono didáctico y machacón de la trilogía de Follet, no tiene tanta paja y, sobre todo, tiene mucha más alma, más sentimiento más emoción.

La novela se lee perfectamente sin saber nada de la historia anterior, pero siempre que una novela me gusta no puedo resistir la tentación de leer cualquier continuación o precedente escrito que exista, así era cuestión de tiempo que me acercara a El corto tiempo de las cerezas.

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En esta novela se tratan episodios históricos de la segunda mitad del siglo XIX, un siglo que se dilata hasta 1914, si no cronológicamente, sí históricamente. (…) Es Samuel quien interpreta los hechos porque, aunque la novela está contada en tercera persona, el narrador no es omnisciente sino que, a partir de cierto momento, está siempre en la cabeza de Samuel y habla desde la perspectiva de Samuel.

Y por boca del narrador y a través de los ojos de Manuel Cerdà nos narra los hechos que, desde el siglo XIX, llevaron a los convulsos acontecimientos que recorrieron todo el siglo XX. Nos da las claves y nos deja preparados para adentrarnos en su siguiente novela (aunque igual se disfrutan si se leen en orden inverso) y transitar por ese siglo desdichado de ‘Adiós, mirlo, adiós’ en el que ‘ha habido más muertos por violencia que en toda la historia de la humanidad’”.

Rosa Berros Canuria: “El corto tiempo de las cerezas. Manuel Cerdà”, Cuéntame una historia, 9 de septiembre de 2017.

Así las cosas, me pregunto ¿por qué no se hace más caso a la crítica, a la crítica independiente, y menos a esa que no deja de ser una prolongación promocional de las grandes editoriales. ¿Es que acaso a esta mujer se le ido la olla? Lean su blog y verán que no. Entonces, ¿por qué Ken Follet vende millones de ejemplares y yo he de conformarme con unos pocos centenares, muy pocos? Más allá de otras consideraciones –que las hay, y muchas–, la última respuesta la tienen ustedes: los lectores.