Cosas de la vida

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Ya veis, a veces la vida se porta mal. Pero un par de días en la UCI, desde el sábado en planta y el miércoles o jueves volveré a estar activo. Salud a todos. Gracias por los comentarios pero todavía no estoy en condiciones de contestaros. De hecho, esto tampoco lo estoy escribiendo yo, sino una amiga a quien se lo he encargado. Un abrazo fuerte.

Whisky

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Manuel Cerdà

Decía Mark Twain –o dicen que decía, pues tomo la cita de Internet y no está verificada– que “demasiado de algo es malo, pero demasiado de un buen whisky es apenas suficiente”. De un buen whisky, por supuesto.

El whisky puede ser en muchas ocasiones un fiel aliado para deshacer los entuertos que se crean en la mente y, así, encontrar sentido al sinsentido. O lo que es lo mismo: acabar dándose cuenta de que el único sentido de las cosas es que carecen de él. Claro que ello significa despertar al día siguiente con resaca, y la resaca es mayor cada día a medida que avanzamos en edad. Es lo que tiene el alcohol: los efectos secundarios. Por supuesto, si uno toma whisky –cualquier otra bebida espirituosa– los efectos se amortiguarán muy posiblemente con alguna copa de más, incluso podrán llegar a desparecer (momentáneamente, claro). Pero poco a poco también irán despareciendo los afectos (y estos no momentáneamente).

Ahora bien, en este caso da igual tomar whisky que cualquier otra cosa con tal de contenga alcohol, pues no es el placer lo que se busca. Y no es esto. Beber whisky es otra cosa. Es placer, es disfrutar. Si no lo goza mejor no lo tome. El whisky no deja de ser un aguardiente, eau-de-vie como dicen los franceses. Saber vivir incluye saber beber. Paladear un buen whisky –insisto en lo de buen whisky (y sin hielo, por supuesto)– es saborear un poco de “sol líquido”, como definía George Bernard Shaw este licor de color dorado pajizo.

En todo caso que cada uno haga de su capa de un sayo. Al fin y al cabo, siempre –o casi siempre– le ocurrirá lo que cuenta Carson McCullers en su relato de 1943 La balada del café triste:

La bebida de la señorita Amelia tiene una cualidad especial. Se nota limpia y fuerte en la lengua, pero una vez dentro de uno irradia un calor agradable durante mucho tiempo. Y eso no es todo. Como es sabido, si se escribe un mensaje con jugo de limón en una hoja de papel, no quedan señas de él. Pero si se pone el papel un momento delante del fuego, las letras se vuelven marrones y se puede leer lo que contiene. Imaginen que el whisky es el fuego y que el mensaje es lo más recóndito del alma de un hombre: solo así se comprende lo que vale la bebida de la señorita Amelia. Cosas que han pasado inadvertidas, pensamientos ocultos en la profunda oscuridad de la mente, de pronto son reconocidos y comprendidos. Un obrero textil que no piensa más que en telar, en la fresquera, en la cama y vuelta al telar; este obrero bebe unas copas el domingo y se tropieza con un lirio de la ciénaga. Y toma esta flor y la pone en la palma de su mano, examina el delicado cáliz de oro y de pronto le invade una dulzura tan intensa como un dolor. Y ese obrero levanta de pronto la mirada y ve por primera vez el frío y misterioso resplandor del cielo de una noche de enero, y un profundo terror ante su propia pequeñez le oprime el corazón. Cosas como estas son las que ocurren cuando uno ha tomado la bebida de la señorita Amelia. Uno podrá sufrir o podrá consumirse de alegría, pero la experiencia le habrá mostrado la verdad; habrá calentado su alma y habrá visto el mensaje que se ocultaba en ella.

Me han dicho que en esta foto tengo una expresión un tanto beatífica. Y es que más que bebiendo un excelente whisky, estoy disfrutando, estoy viviendo.

Pajas mentales aparte, me quedo con la canción de la película de Cigarettes, whisky et p’tites pépées (1959) del mismo título que interpretaba Annie Cordy.

Cigarrillos, whisky y chavalas

te tejan grogui y te vuelven un tanto loco.

Cigarrillos, whisky y chavalas.

Si esta es tu vida

tienes razón para amarla.

Sabes que fumar es malo para la voz,

que el alcohol no es bueno para el hígado,

que las chavalas son fatales para el corazón,

pero quien prueba las tres cosas dice que no hay nada mejor.

Pues eso. Feliz día. Yo voy a tomarme un whisky. ¡A su salud!

El culo de Sara Carbonero

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Hace tiempo, a principios de diciembre de 2014, publiqué una entrada con el título El culo de Sara. Fue una de las primeras que incluí en el blog para promocionar mi novela El viaje (2014). Si seleccioné este párrafo antes que otros es porque creí que no estaba mal. En todo caso, mejor que otros.

Últimamente vengo observado que la entrada cada día cuenta con mayor número de visitas. Pues sí, pensé al principio, es un buen fragmento de la novela, celebro que así se reconozca aquello que me pareció. Y me dije: ¿ves cómo tu novela El viaje no está nada mal? Agonías, que eres un agonías. Ya te lo decían tus más próximos: es una buena novela.

La curiosidad me llevó a buscar en las estadísticas de Worpress los criterios que se habían utilizado en el tráfico de visitas. Pero… ¡Sorpresa! Hete aquí que el término de búsqueda más empleado es “culo Sara Carbonero”. ¡Acabáramos! Entendí entonces la manida frase “una imagen vale más que mil palabras”. Y como aquella entrada tenía unas quinientas, con la de hoy hacemos buena la sentencia. Mas, para no defraudar a quienes buscaban lo que no pudieron encontrar, la acompañamos de estas dos fotografías del culo de Sara Carbonero. De lo que hay, que tampoco es mucho. Con la siguiente puntualización: dejen de buscar fotografías del culo de esta mujer, es todo cuanto hay.

Los huesos de Cervantes y los huevos de otros

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“Don Quijote y Sancho Panza” (1870). Honoré Daumier.

Con la solemnidad que suele caracterizar este tipo de actos, se presentaron el pasado martes en Madrid los resultados del equipo de investigación encargado de la búsqueda de los restos de Miguel de Cervantes. Un equipo compuesto por unas treinta personas entre forenses, arqueólogos, antropólogos e historiadores que ha contado con herramientas de trabajo –como el georradar o los rayos infrarrojos– que ya quisiéramos muchos de los que trabajamos con restos materiales de cualquier época histórica como fuente de conocimiento (los de la sociedad industrial en mi caso). Por no hablar del presupuesto: 12.000 euros en la primera fase y 102.000 en la segunda. La tercera ya veremos, pues habrá una tercera fase en la investigación en la que se tratará de extraer ADN de los restos. En estos momentos, lo encontrado en el Convento de las Trinitarias de Madrid –donde Cervantes quiso ser enterrado– permite, en palabras del director del equipo, el forense Francisco Etxeberría, afirmar que “es posible” que “algunos fragmentos” hallados sean del insigne escritor sin “discrepancias”, “a la vista de toda la información generada en el caso del carácter histórico, arqueológico y antropológico”. Ahora, pues, a por el ADN. Si se consigue.

El equipo investigador durante sus trabajos.

El equipo investigador durante sus trabajos.

Pues vale. Qué quieren que les diga. Tanto da que da lo mismo. Un hueso es un hueso, como una piedra no deja de ser una piedra. Si a usted le doy un hueso o una piedra, lo más seguro es que me responda ¿y yo para qué quiero esto? Ahora bien, si le digo que el hueso es de un neandertal o la piedra un pedazo del extinto Muro de Berlín –por poner dos ejemplos bien alejados en el tiempo– igual cambia de opinión y hasta me lo agradece. Es el carácter simbólico que les otorgamos lo que les da mayor o menor valía. ¿Y qué es un símbolo? Aquello que representa –insisto: representa, no quiere decir que lo sea– una realidad a raíz una convención socialmente aceptada. ¿Quién determina tal circunstancia? Los expertos que se avienen a tal convención, y los poderes que los amparan.

A mí, francamente, me la trae al pairo que los restos sean de Cervantes, de Sancho Panza o de Pocoyó. Lo que me importa es la obra de este escritor universal, y me gustaría saber cuántos de los que han participado en el proyecto –especialmente los que lo han esponzorizado– han leído Don Quijote de la Mancha. Pues de eso se trata: de la obra. Que la escribió Cervantes, y que naturalmente nos interesa conocer su personalidad, qué le empujó, qué le motivó, contextualizar históricamente su legado, claro que sí. ¿Pero sus huesos? ¿Y por qué no sus calzones?

Otra cosa es buscar los restos de personas desaparecidas, y fallecidas, por parte de sus familiares para al menos poder dignificar la memoria de sus antepasados. Las iniciativas para la localización de los aproximadamente cien mil desaparecidos víctimas de la Guerra Civil y la dictadura franquista, como las que impulsa la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, solo encuentra obstáculos y el presupuesto gubernamental destinado a tal fin –de acuerdo con la Ley de Memoria Histórica de España– quedó eliminado desde 2011. Y es que hay huesos y huesos. Y huevos y huevos. Y algunos los tienen cuadrados.

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“Las visiones del Quijote” (1989). Octavio Ocampo.

“Las visiones del Quijote” (1989). Octavio Ocampo.

No quiso aguardar más tiempo a poner en efecto su pensamiento, apretándole a ello la falta que él pensaba que hacía en el mundo su tardanza, según eran los agravios que pensaba deshacer, tuertos que enderezar, sinrazones que enmendar, y abusos que mejorar, y deudas que satisfacer; y así, sin dar parte a persona alguna de su intención, y sin que nadie le viese, una mañana, antes del día (…), se armó de todas sus armas, subió sobre Rocinante, puesta su mal compuesta celada, embrazó su adarga, tomó su lanza, y por la puerta falsa de un corral, salió al campo con grandísimo contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había dado principio a su buen deseo.

Miguel de Cervantes: Don Quijote de la Mancha (1605), capítulo II de la primera parte.

Flag

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“Flag” (1954). Jasper Johns.

Flag (Bandera) es una de las obras más representativas del pintor, escultor y artista gráfico estadounidense Jasper Johns, un artista periférico al status quo y a las galerías y, con Rauschenberg, uno de los máximos representantes del neodadaísmo norteamericano de mediados de la década de 1950 y principios de la de 1960, movimiento surgido como reacción al arte del expresionismo abstracto que defendían con ahínco críticos como Clement Greenberg con el absoluto respaldo de la Administración estadounidense, tanto que hasta la CIA estuvo involucrada en su difusión [véase el libro de la investigadora británica Frances Stonor Saunders “La CIA y la guerra fría cultural”].

Greenberg y los suyos –y el Gobierno de Estados Unidos– apostaban por el expresionismo abstracto, un arte “esteticista” que venía a significar el retorno de “el arte por el arte” y un lenguaje pictórico como un discurso con características propias, diferenciadas, un mundo aparte. Una pintura, en definitiva, preocupada por ella misma, por el gesto, la pincelada, la textura; opuesta a cualquier referencia figurativa, alejada del realismo, si no de la realidad. Nada de crítica.

Flag es la obra más polémica de Johns, realizada con encáustica (collage) de trozos de un periódico (medio de comunicación) que se baña con cera fundida y se tiñe. Reivindica la manualidad, el arte artesanal más democrático en contra del arte espontáneo del expresionismo abstracto.

El tema es algo universalmente reconocible, la bandera es el icono por antonomasia. Flag es una provocación en toda regla el paradigma modernista. La bandera se utiliza con mucha frecuencia en la vida americana, pero esta bandera nos recuerda los principios de la abstracción, es plana, formada por franjas de color (colour field abstraction). El modernismo de Greenberg era cómplice de los temas que se ocultan tras la bandera. La obra, así, rompe con el mito del gesto, pues es una bandera, como vemos, vieja y manchada, como quienes estaban detrás de su potenciación como icono meramente propagandístico. ¿Estaban? Perdón: están. Y no solo en Estados Unidos.

¿Qué quieren que les diga? Para mí, una bandera no deja de ser un trozo de tela que siempre termina manchado de sangre.