El bar de Paco

Lambertville House Bar

“Lambertville House” (2012). Jean Childs Buzgo.

El bar de Paco está enfrente de casa, enfrente justo, solo hay que cruzar la calle. (…) Últimamente, Paco solo habla de de la boda de Jorge, su hijo. Se casa pronto y Paco se siente feliz, más que cuando él se casó. Entonces, me explica, no tenía dinero y tuvo que conformarse con invitar a los más allegados (…) a una comida en casa de sus suegros. Luego, con Esperanza, su mujer, emigraron desde no sé dónde a esta ciudad. Trabajaron ambos: él en la construcción, ella limpiando casas. Consiguieron ahorrar algo de dinero y montaron el bar. El bar de Paco era en realidad el bar Esperanza, así figuraba en el rótulo situado sobre el dintel de la puerta, pero todo el mundo decía el bar de Paco.

No gana mucho Paco, los clientes consumen menos cada día. Tampoco su hijo, que dejó el bar cuando encontró un puesto de trabajo en el mantenimiento del hospital El Buen Provecho, de titularidad pública y gestión privada. Teme que cualquier ERE le convierta en el parado seis millones. En el mismo caso se encuentra su novia, cajera de un supermercado que ya ha iniciado el expediente de regulación de empleo. Todos están preocupados por el futuro, pero este no ha llegado todavía, seguimos en el presente. Algún día se arreglarán las cosas, esto no puede durar siempre, dice Paco. Así, están preparando una boda, un bodorrio, con muchos invitados, por la iglesia, adornada de flores, con una cena en Las Dunas, un hotel de cinco estrellas, con orquesta y barra libre, y más cosas.

Jorge y su novia llevan años ahorrando, esperando tener dinero para casarse, contratarse el uno al otro, convenirse y conformarse juntos. Apenas salen, ni al cine, ni a cenar, ni a bailar. Follarán al menos, supongo. Han comprado un piso y gastado mucho dinero en muebles, que estarán pagando media vida o más, supongo también, si pueden, si no terminan siendo desahuciados. Paco me lo cuenta, está entusiasmado con la boda, disfrutando con los preparativos, feliz de sentirse capaz de poder justificar una vida de esfuerzo y privaciones. Trabaja duro, de las siete de la mañana a las diez de la noche, o más si hay algún grupo que le encarga una cena. “Cenas para grupos, especialidad de la casa. Solo diez euros por persona” ha puesto en un cartel, a ver si así saca algunos euros más. Todos los días menos los domingos. Él y Espe, así la llama Paco, así la conocemos, aunque a veces cuenta con la ayuda de alguna latinoamericana, por unos pocos euros previsiblemente. Pero vale la pena el esfuerzo, supongo que supone, o que cree, o que está convencido, qué más da. Paco me lo cuenta cuando bajo a desayunar a su bar, a mí y a todos, está contento. Señor Paco. Ese día será el señor Paco. Luego Paco a secas otra vez. Espe no acaba de estar de acuerdo con tanto fasto, aunque ese día se sentirá también contenta, feliz, como Paco, y pensará que ha valido la pena, supongo. Paco le dice que, tal como están las cosas, puede sentirse satisfecha, que no todo el mundo consigue casar así un hijo, que ha logrado dar la entrada de un piso y que la situación mejorará, ya son muchos años de penuria. ¿Qué más quieres, Espe? Espe entra y sale de la cocina con tortillas de diversas clases. Recién hechas, señores, dice Paco.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/04/09/el-bar-de-paco/

Los dos palmos de rigor con que se medían las buenas costumbres

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Lado Tevdoradze ©

Empezábamos por entonces a salir juntos chicos y chicas, íbamos al cine, todos los sábados y domingos, aunque cada uno por su cuenta, chicos y chicas quiero decir, siempre ellas primero, pues nosotros ni tan solo comprábamos la entrada hasta que no estuvieran dentro. (…) Yo me situaba detrás de Rosaura y contemplaba su preciosa melena rubia que brillaba con los haces de luz que proyectaba la cámara. Sigilosamente, haciendo como que me rascaba la rodilla, rozaba sus cabellos, suaves, y luego olía mi mano. Y así un sábado y un domingo tras otro. Dos películas cada día, y nodo, y algunos tráileres también. Más de cuatro horas detrás de Rosaura, acariciando furtivamente su pelo. ¡Cuántas películas he visto a través de su melena sin enterarme ni siquiera del argumento!, quedándome con algún detalle aislado.

GuatequeNo mucho después comenzamos a sentarnos juntos y casi al mismo tiempo a organizar guateques. Los sábados continuábamos yendo al cine, mientras que los domingos por la tarde nos reuníamos para bailar, introduciendo así nuevos elementos en ese ritual de mutuo conocimiento que habíamos iniciado y que suponía la posibilidad de un mayor acercamiento, más carnal, es decir, más real, hacia las chicas. Cuando hacía buen tiempo, el jardín de mi casa ─bueno, la de mi abuela y mi madre─ era el sitio que todos preferíamos. Yo estaba contento de que así fuera. (…) en aquellos momentos lo único que me interesaba realmente era poder estar cerca de Rosaura, más cerca, lo más cerca posible. Después de tantas películas en las que apenas si había pasado de coger su mano, podía poner mis manos en su cintura, no abrazarla por la cintura, pues siempre había que mantener una escrupulosa distancia. Como con todo placer, dicen. Si esta se reducía, la distancia, si las manos rodeaban el cuerpo de la compañera de baile de forma que pudieran juntarse en la espalda y su pecho rozaba el mío, siempre había alguna que no bailaba que simplemente con la mirada advertía de los peligros que tal aproximación conllevaba. Naturalmente Rosaura, como las demás, se apartaba hasta volver a dejar entre ambos los dos palmos de rigor con que se medían las buenas costumbres.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/04/02/los-dos-palmos-de-rigor-con-que-se-median-las-buenas-costumbres/

Recuerdos, jirones, retazos del pasado, de eso estamos hechos

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“The Maze” (1953). William Kurelek.

Recuerdos, recuerdos de tiempos que no volverán, que han perdido toda significación. Los tiempos son otros, nosotros también, las condiciones han cambiado, nosotros hemos cambiado. Hemos ido vaciándonos de espíritu. La banalidad, la anécdota, el detalle frente al discernimiento y la razón. Al final de nuestra existencia solo podremos dar cuenta de las cosas no hechas. Recuerdos, jirones, retazos del pasado, de eso estamos hechos, incompletos siempre, moviéndonos entre un impersonal tiempo pretérito y un futuro que no está en nuestras manos, intentando recordar para demostrarnos que aún estamos vivos, tratando de afrontar que lo peor está siempre por venir por si así sucede. Nuestra existencia presa del absurdo en que consiste tratar de conseguir el equilibrio en un permanente desequilibrio, nuestra existencia individual y nuestra existencia colectiva. Pérdida de tiempo, justificación de nuestras miserias.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).