En Manhattan (un día de 1905)

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Turistas en un ‘observation automobile’. Nueva York, principios del siglo XX.

Ya en Manhattan, a Samuel le llamó la atención el desmesurado tránsito de sus calles. Las aceras estaban atestadas de gente, a simple vista se advertía que buena parte de esa muchedumbre era originaria de otros lugares. Nueva York contaba con tres millones y medio de habitantes, poco menos que Londres pero más que París o el resto de grandes ciudades europeas. Uno viajaba a estas últimas y al preguntar por el número de moradores decía incrédulo: ¿Tantos?, pero en Nueva York respondía: ¿Solo?, ¿acaso esos inmensos edificios están vacíos? El movimiento de las calles neoyorkinas denotaba el desmedido modo de vida de sus habitantes, en el que todo parecía exceder lo razonable. Los acicalados turistas que llenaban los observation automobile se asombraban no tanto de la animación que reinaba en las vías públicas o los altos edificios de ladrillo rojo oscuro, piedra y hierro como de la gran cantidad de espacio que todavía quedaba por edificar, en una desmedida competición cuya meta estaba nada menos que en el cielo. Ya había algún edificio que estaba a punto de rascarlo, como el Park Row Building, en pleno distrito financiero de Manhattan, levantado en 1899, que con sus 119 metros y treinta pisos, era el edificio más alto del mundo. El progreso no tenía límites. Eso al menos opinaba un grupo de cuatro forasteros del asiento de detrás del que ocupaban Samuel, Camila y William. La codicia tampoco, apostilló el primero a este último.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/11/10/en-manhattan-un-dia-de-1905/

 

Yo besé a Rosaura y Rosaura me besó a mí

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Yo besé a Rosaura y ella me besó a mí. Ese era el hecho. Eso sucedió. Pero si ahora me reencontrase con Rosaura, Rosaura ya no sería Rosaura, la Rosaura que yo había conocido, sería otra Rosaura, como yo no era aquel yo, sino otro yo. ¿Qué lugar ocuparía ahora aquel beso en los recuerdos de Rosaura? ¿Lo habría olvidado? ¿Seguiría presente en su memoria? Si lo recordaba es que para ella fue, simplemente fue, lo que ya es; si solo rara vez lo rememorara es que seguía existiendo pero no fue lo que para mí fue, por lo que ya serían dos cosas distintas un simple hecho, o tres si, contrariamente a lo que yo creía, alguien llegó a contemplar la escena. Tres cosas distintas, tres significados diferentes, un mismo hecho, y es posible que donde yo viera amor Rosaura únicamente apreciase un gesto cariñoso de despedida, y el hipotético observador simple concupiscencia. Pero yo besé a Rosaura y Rosaura me besó a mí. Eso fue. Claro que nada es lo que es y tampoco lo que parece. Un reencuentro (…) podría corromper mi recuerdo, incluso romperlo en mil pedazos, y tendría que empezar de nuevo, o abandonar la empresa, tal vez recomponerme, y de ahí a la locura hay un paso.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/11/04/yo-bese-a-rosaura-y-rosaura-me-beso-a-mi/

Migrantes en la isla de Ellis

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Migrantes haciendo cola en la isla de Ellis para pasar los correspondientes exámenes médico y administrativo (1892).

El Bretaña se aproximaba a la bahía de Nueva York. Desde cubierta se veían cada vez más altos los edificios, se agrandaban por momentos. El barco se detuvo en la isla de Ellis. La cercana estatua de la Libertad parecía darles la bienvenida. Samuel creyó que ya habían llegado pero no era así, allí solo desembarcaron los pasajeros de tercera clase, migrantes que habían dejado su país y con ello, creían, también su infortunio. Estados Unidos era para millones de trabajadores de finales del siglo XIX y principios del XX la tierra de las oportunidades, la esperanza de lograr una vida digna con su esfuerzo.

De pronto, junto al barco, entre vallas de madera, vio alineados –no supo calcular el número, puede que un centenar– a hombres, mujeres y niños, compañeros suyos de viaje de los que en ningún momento advirtió su presencia. La expresión de sus rostros, no obstante, le resultaba familiar: evidenciaban esa apatía que caracteriza a los perdedores, a los ya derrotados antes de emprender batalla alguna. ¿Dónde estaba toda esta gente?, preguntó al capitán. Abajo, son los que vienen buscando mejorar su suerte, los que viajan en tercera clase, no tienen acceso a las plantas superiores, respondió este. Claro, claro, entiendo, dijo Samuel.

El barco siguió hacia la bahía alta una vez que los pasajeros de tercera hubieran abandonado el buque para pasar los correspondientes exámenes médico y administrativo. Los nativos blancos estadounidenses de las clases media y alta no querían en sus tierras a inmigrantes de los pueblos eslavos o mediterráneos, ni semitas; para ellos suponían una carga o una amenaza para la seguridad de la cada día más próspera nación que hacía del progreso seña de identidad nacional.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/11/03/en-la-isla-de-ellis/