Al otro lado

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“Waiting” (2015). Fotografía de Hossein Zare ©

Al otro lado del bulevar ─oculto por los altivos y excesivos edificios asentados sobre la especulación que nos niegan hasta los rayos del sol del atardecer─, unas cuantas calles, algunas sin salida ─las que dan a la parte posterior de las arrogantes y exclusivas fortificaciones─, conforman la destartalada parte del barrio de Pescadores que permanece en pie. Demasiado cercana al cementerio y al puerto, con el viejo camino que conducía a la ciudad convertido en vía de tránsito de camiones que transportan mercancías arriba y abajo. No es este lugar para los encopetados residentes ─que no vecinos─ del otro lado. El paisaje es distinto, tan desagradable como el paisanaje.

Encallados entre baluartes y torreones, ya nadie llama al barrio ─lo que queda de él─ ni de Pescadores ni La Azraquia, como hacían, y hacen, los vecinos más mayores. Todo el mundo conoce ahora lo poco que queda de él como La Rana, pues la canalización subterránea del río alteró su topografía y desde entonces se anega fácilmente con las lluvias.

Me instalé allí, como otros tantos jóvenes, por la cercanía a lo que prometía ser el nuevo campus de la universidad. Un moderno edificio acababa de inaugurarse el mismo año que yo llegué para albergar la Facultad de Filosofía y Letras. Se suponía que otras facultades dejarían el viejo edificio que compartían, inmediato a El Centro, para trasladarse allí. No llegó a suceder. Los definidores locales determinaron que debía cambiar de ubicación. ¿Razones? ¿Son necesarias? Las nuevas facultades terminaron levantándose en el extremo opuesto, en unos terrenos hasta entonces baldíos que inesperadamente experimentaron un notable incremento de su valor catastral. Tres años después, también la Facultad de Filosofía y Letras se trasladó a la zona elegida, que curiosamente se llamaba El Olvido. Sus paredes acogieron el CEPORRO (Centro de Estudios para Retrasados, Retrógrados y Obsoletos) y, junto al mismo, los definidores locales mandaron levantar el tanatorio municipal. Ya que el cementerio estaba cerca… Así no hacía falta que saliéramos del barrio. Yo me quedé en él. No sabía su futuro, ni el mío. De todos modos da igual, cuando lo averigüé tampoco me moví.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/06/15/al-otro-lado/

Cuando Samuel se enfrentó a Pellerot

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Una semana después de aquel nefasto día de 1862 en que Esclafit perdió los dedos en el martinete Samuel volvió a encontrarse con su amigo, del que nada sabía desde el fatal accidente. A la puerta de la fábrica, esperaba que salieran los del turno de noche.

―¿Crees que me darán trabajo? ─preguntó Esclafit.

―Claro que sí. Con la otra mano ─refiriéndose a la derecha, que conservaba intacta─ puedes seguir con los trapos, te ayudas con la mala ─de la que solamente quedaba completo el dedo pulgar.

La apreciación de Samuel, sin embargo, distó mucho de lo que finalmente sucedió. Cuando Pellerot le vio soltó un contrariado ¿Y tú qué haces aquí?, y sin siquiera detenerse entró en la fábrica, ni miró hacia atrás. A pesar de ello, Esclafit le siguió hasta traspasar el umbral de la puerta. Allí permaneció a la espera de que el encargado reparase en él. Desde el fondo del recinto Samuel seguía la situación atentamente, aunque sin descuidar un ápice la tarea que tenía encomendada. Un rato después, Pellerot bramó:

―¿Aún estás aquí? ¿Pero qué es lo que quieres? Todavía no se ha inventado máquina alguna para mancos. Toma ─le dio cinco reales─ y busca en otro sitio.

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Fotografía de Giles Edmund Newsom (1912).

Como quiera que Blas cogiera el dinero pero permaneciera en el mismo lugar vociferó ¿Te vas a largar de un vez?, y de un empujón lo echó fuera. Samuel no pudo reprimir más sus instintos, necesitaba descargar la ira que sentía, manifestar ante todos los presentes su desprecio por Pellerot ─no se requerían demasiadas luces para saber que menospreciar a alguien de nada servía si no era en público─ y dejó caer al suelo una espuerta de masa de pasta de papel recién salida de la pila holandesa.

―¡Mameluco! ¡Imbécil! Vas a recoger eso con la lengua. ¡Torpe!

Samuel agarró uno de los tarugos de madera que servían para mantener plana la plataforma del martinete y lo arrojó a los pies de Pellerot, no alcanzándole de lleno de milagro. Atusó su espeso y sucio pelo, recogió el talego con el sustento del día ─pan, un boniato asado, una sardina salada y café con aguardiente─ e hizo el gesto de marchar de allí. Pero no era Pellerot alguien que tolerase una actitud de ese tipo, tan soberbia, y menos de un chiquillo. Se puso ante él en dos zancadas y le asestó un tremendo bofetón que lo tumbó en el suelo. Sacó la correa y comenzó a azotarlo con todas su fuerzas. Samuel lloraba, le sangraba la nariz y manchas de sangre se apreciaban también en la blusa. Luego lo levantó destempladamente asiéndolo del cabello.

―¡Vete y que no te vuelva a ver! Y vosotros ─mirando al resto de operarios─ ¡a trabajar!

Con cierta dificultad ─más por la impotencia y el asco que por los golpes, que en esos momentos no sentía─ recogió de nuevo su saquito de tela. Miraba a los compañeros, todos seguían en sus puestos, en silencio, lo único que se oía eran los quejidos y sollozos de Samuel y los bramidos de Pellerot. Pocos levantaban la vista. El encargado, contrariado por la tardanza del aturdido muchacho, le propinó una patada en el trasero y a gritos le ordenó de nuevo que se alejase de allí. Antes de traspasar la puerta se volvió a mirar de nuevo a los demás trabajadores de la estancia. Cruzó la mirada con Penca, vecino suyo, que apartó inmediatamente la vista. Se sentía solo, muy solo, cada vez más a medida que iba de camino a casa. Lloraba de rabia.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/06/07/cuando-samuel-se-enfrento-a-pellerot/

Severino Albarracín

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Severino Albarracín Broseta nació en al municipio valenciano de Llíria en 1851. Maestro de profesión, se formó políticamente en el republicanismo y tras la Revolución de septiembre de 1868 se hizo militante de la Juventud Republicana de Valencia.

Sus ideas radicales, más próximas al anarquismo que al republicanismo, hicieron que fuera expulsado, ingresando poco después en la Alianza de la Democracia Socialista, el sector bakuninista de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT). El congreso de Zaragoza de la AIT de 1872 fue elegido miembro de su Consejo Federal, y en el de Córdoba (25 de diciembre de 1872 – 3 de enero de 1873) secretario de la Comisión Federal, la cual, a raíz del mismo, se estableció en Alcoi (Alicante).

Partidario de la táctica insurreccional –la de aquellos que creían que la revolución social estallaría tras una sublevación local, fue uno de los dirigentes de la insurrección de Alcoi en julio de 1873, la primera huelga general del Estado español. Durante los sucesos encabezó la comisión que exigió al alcalde de la ciudad, el republicano Agustín Albors, que resignara el mando en los internacionalistas y organizó y dirigió la lucha contra las autoridades y principales propietarios y fabricantes, que se opusieron a tal pretensión.

En el proceso que se incoó a raíz de los hechos aparece en el primer lugar de los declarados rebeldes. Se exilió en Suiza, donde se relacionó con Piotr Kropotkin, y regresó en 1877. Se estableció en Barcelona, donde falleció un año más tarde de tuberculosis.

Severino Albarracín es uno de los personajes reales que aparece en mi novela El corto tiempo de las cerezas (2015). Los dos párrafos que de la misma siguen tratan de describir cómo era y qué hacía que su personalidad resultara tan atractiva a los ojos de los obreros alcoyanos de la época. Todos los detalles que en ellos figuran están extraídos del proceso antes mencionado (más de 30.000 folios), que se conserva en el Archivo Municipal de Alcoi y que consulté en su momento. La investigación dio lugar a mi primer libro en solitario: Lucha de clases e industrialización (1980).

Cuando Albarracín tomó la palabra se hizo un silencio abrumador. Su facilidad para expresarse y hermanar las palabras que pronunciaba con sus ademanes, la radicalidad y simplicidad de su discurso, perfectamente comprensible y con referencias a la situación inmediata de injusticia y oprobio que atravesaban los obreros, centraban la atención de los presentes, que le seguían con muestras de asentimiento y admiración. Su aspecto, además, era prácticamente el mismo que el suyo, hasta que empezaba a hablar en nada se adivinaba a simple vista que era maestro y, por tanto, persona instruida. Vestía blusa azul, alpargatas abotinadas en forma de zapatos, viejos y sucios, pantalón oscuro de paño y sombrero de hongo negro. Salió de detrás de la mesa y, de pie, se situó lo más próximo posible a los congregados. Su verbo cautivaba, sabía poner el énfasis adecuado a cuanto decía, hacía pausas tras las afirmaciones más contundentes, que eran enseguida aclamadas, y se mostraba tan seguro que contagiaba de confianza a los demás. Hay que sustituir la fe por la ciencia, la justicia divina por la justicia humana, y no habrá justicia hasta la abolición definitiva y completa de las clases y la igualación política, económica y social de los individuos de los dos sexos. Para alcanzar este fin exigimos ante todo la abolición del derecho a la herencia, que en el futuro cada uno disfrute lo mismo que ha producido, y de la propiedad privada, que los instrumentos de trabajo, como cualquier otro capital, se conviertan en propiedad colectiva de la sociedad entera y solo puedan ser utilizados por los trabajadores, es decir, por las sociedades agrícolas e industriales. Aplausos, gestos y gritos de aprobación se sucedían en armoniosa complacencia. ¿Podemos continuar así? ¡De ninguna manera! ¿Hay seguridad de mejorar nuestra desgracia? La tenemos. Si tenemos, pues, la certeza de nuestro mejoramiento ¿por qué seguir viviendo en la vergüenza y la opresión? Es hora de liquidar cuentas con la burguesía, tiene que reintegrar todo lo que ha robado al pueblo trabajador.

Aumentaba la intensidad de los aplausos, gestos y gritos, que ahora ya no eran solo de exaltación, buena parte de ellos se dirigían contra los aprovechados, desaprensivos y explotadores burgueses. Los ánimos –o el ánimo, la comunión era absoluta– se caldeaban y Albarracín reforzaba la entonación de sus palabras. Desengañaros de todas las farsas y de todos los farsantes de la política burguesa. No está lejano el día de la huelga general, o mejor dicho, de la revolución, pacífica o violenta, según la línea de conducta que observe la burguesía y el gobierno. La ovación que siguió fue atronadora, tanto que impedía escuchar con claridad los vivas a la revolución social, al colectivismo y a la anarquía o los abucheos e insultos contra los codiciosos burgueses. Terminado el acto los internacionalistas desfilaron en manifestación lanzando consignas en consonancia con las ideas expresadas en el mitin.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/05/31/severino-albarracin/