¿De verdad los músicos disfrutan de más ventajas que el resto de artistas?

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Jean-Honoré Fragonard: El beso robado (finales de 1780) / Museo del Hermitage, San Petersburgo.

―¿Crees en serio que los músicos disfrutan de más ventajas que los demás artistas? Esta sociedad solo gusta de los extremos, la pasión o la diversión. O hacemos la música que sabemos que les gusta o nos dedicamos a la canción, no hay término medio. Eso es lo que triunfa. Quienes vienen a Montmartre quieren divertirse, no les preocupa otra cosa. Imaginad dos jóvenes que, como tantos, buscan notoriedad, uno se dedica a la canción, el otro es pianista y le acompaña. En poco tiempo el cantante habrá montado un cabaret en Montmartre y vivirá como un marajá. Ahí tienes, si no, a Bruant, pero el pianista seguirá en el anonimato y la ruina y acabará muriendo alcoholizado. Un pintor, en cambio…

―¿Un pintor? Igual o peor, no te engañes. Sí, entre medio de otras noticias sobre la agitada vida política y la intensa vida social, seguro que figura una entrevista a alguno, pero de los que siguen el dictado de la Academia, o referencias sobre los salones de pintura o las solemnes subastas del Hotel Drouot ó de la casa Georges Petit. Los demás, nada. A esperar, a ver si hay suerte y toca. A ver si llega algún importante coleccionista, a ser posible americano, cuanto más excéntrico mejor. A estos se les puede fácilmente colocar gato por liebre. Os contaré una anécdota, la conozco en primera persona. Hace unos años un joven de brillantes facultades, que ahora se dedica a hacer crónicas de arte en las gacetillas, mostraba excepcionales condiciones para hacer copias de cuadros célebres, las ejecutaba con una fineza y una fidelidad extraordinarias. Un negociante en estampas y dibujos, no era yo, ¿eh?, le dijo un día “¿Quieres ganar dinero? Pues hazme copias de obras de Fragonard, o de Moreau”. Lo hizo, tan bien que resultaba imposible distinguir la copia del original. Nadie hasta ahora ha advertido el fraude, menos todavía los “expertos”, y hasta en las colecciones más famosas figuran majestuosamente algunas de las copias realizadas por el habilidoso cronista.

―Si quienes los tienen disfrutan con ellos contemplándolos, qué más da. Cumplen con su función ¿no? Mi enhorabuena, en todo caso, al falsificador. Me contaron una vez el caso de un pintor que falsificaba cuadros. Le juzgaban por ello. El juez le recriminó enérgicamente y no se le ocurrió otra cosa en su defensa que alegar que lo único que en realidad hacía era perpetuar la memoria de los grandes maestros, pues los cuadros pintados al óleo pronto pierden el encanto a causa de la rápida desaparición del color. No le absolvieron, pero la pena, no recuerdo cuál, fue mínima. Igual es que el juez era en verdad un hombre de juicio.

La anécdota que contó Samuel hizo reír a Frossard y a los demás. Todos brindaron por el agudo falsificador.

―Hay otro modo de conseguir notoriedad y tú ─dirigiéndose al joven amante de la baronesa que, ruborizado, no abría la boca─ no deberías desaprovecharlo. Ahora que no están los barones ─se habían levantado a saludar a unos amigos que acababan de entrar─, ¿ves a ese de ahí? ─Frossard hacía referencia a un apuesto joven, vestido a la montmartrense pero bien cuidado, nada que ver con tanto delgado y desaliñando larguirucho que poblaba la escena de La Butte─. Ahora vive muy bien de su obra, ha conseguido un par de exposiciones y buenas críticas. No es un gran pintor, aunque ni mucho menos es de los peores, pero pocos disfrutan de su notoriedad en estos momentos. Unas cuantas críticas favorables bien elegidas, que algún prestigioso personaje, extravagante a ser posible, compre alguno de sus cuadros a buen precio, y la fama.

―Hasta que lleguen otras críticas que sean desfavorables. Cuestión de modas ─apuntó Samuel.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/11/08/de-verdad-los-musicos-disfrutan-de-mas-ventajas-que-el-resto-de-artistas/

En el Puncheon Club

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Interior del Club 21 de Nueva York, a donde se trasladó el Puncheon Club cuando se empezó a construir el Rockefeller Center en 1929.

El Puncheon Club se ubicaba en la zona alta de Nueva York, en el número 42 de la calle 49. Era un pequeño local con falsas escaleras y paredes que ocultaban ingentes cantidades de cajas de botellas, lleno de humo y animado por el sonido de una gramola. Para acceder al mismo había que introducir una varilla, que no todo el mundo tenía, por un estrecho orificio; solo así se abría la puerta. Estaba muy bien preparado para burlar a la policía en la puritana cruzada antialcohólica: una trampilla accionada a distancia permitía esconder el alcohol si se presentaba esta de improviso; los botelleros se plegaban y desaparecían.

Otto y William ocupaban una discreta mesa.

―¿Bebemos esto? ¿No nos intoxicaremos? ─comentaba jocosamente William ante una taza de café que contenía whisky, o por whisky al menos pasaba lo que fuere aquello previamente destilado.

―Yo, normalmente, no bebo de lo que vendo. Esto no hace falta mezclarlo con nada para enmascarar su sabor.

El dueño del speakeasy, como se conocía a los establecimientos que vendían ilegalmente alcohol por aquello de que los clientes, por motivos obvios, debían ser discretos y hablar con calma, en voz baja (speak easy), les sirvió una generosa dosis de una botella de whisky “de las de antes” tapada con una servilleta.

―Esto es otra cosa, Otto.

―Ya lo creo. Este sí es whisky de verdad. Sabe a gloria.

―A saber qué porquerías nos habremos bebido otras veces. Mejor no saberlo. Aunque no es difícil de adivinar. Lo único que ha conseguido esta puñetera ley es que corramos el riesgo de envenenarnos. Ahora no hay reglamentación alguna, las bebidas se fabrican clandestinamente, se bebe cualquier cosa, generalmente mucho más nociva para la salud que las que antes se podían consumir libremente. Y se bebe más que nunca, digan lo que digan. Creo que voy a dedicarme a la fabricación de bebidas alcohólicas. Muchos desaprensivos, que de otro modo no hubiesen conseguido colocar en ningún sitio los brebajes que preparaban, se han hecho ricos en poco tiempo. Si, además, haces buenas bebidas, miel sobre hojuelas. Lo ilegal no tiene por qué ser una mierda, se pueden hacer negocios ilegales sin dejar de ser honesto.

―Curioso razonamiento. Tanto como arriesgado. Podría funcionar; eso sí, siempre y cuando no te pillen.

―Si lo haces bien, si el negocio es eso realmente, negocio, de envergadura, nunca te pillan. Entre otras cosas porque tampoco les interesa. Dicen de nosotros, los alemanes, pero este país, más que hipócrita, vive de la mentira. ¡Tiene narices la cosa! El congresista que impulsó la ley seca, no recuerdo ahora su nombre, ni falta que hace, acaba de ser detenido por tener un negocio clandestino de alcohol.

―Pues no es precisamente un buen augurio.

―Porque no haría bien las cosas. ¿Crees que realmente le habrán detenido por eso? Seguro que hay algo más. Mira esa mesa de ahí. Es el ayudante del fiscal del distrito.

―Igual está aquí en misión oficial, por eso lleva gafas oscuras.

―O tiene conjuntivitis. Fíjate cómo bebe, como ríe y como manosea a la chica que tiene al lado. Igual está para eso, sí, pero se lo pasa en grande. Es presa fácil.

―Anda, deja de desbarrar.

―¿Desbarrar? ¿Yo? Los únicos momentos de verdadera lucidez se dan cuando has bebido unas copas, las justas. Eso sí, una de menos te seguirá inhibiendo y te frustrará, pues siempre creerás que estuviste a punto, de lo que fuera, pero a punto, casi, y es que te faltaba un trago más. Pero si te pasas, si te excedes en la bebida y te embriagas, lo más seguro es que hagas el ridículo.

―¿Y cuántas copas son las justas?

―Depende de cada uno.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/11/05/en-el-puncheon-club/

Cuando el Waldorf Astoria de Nueva York se convirtió en el centro intelectual del rojerío mundial

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Manifestantes contra el Congreso del Waldorf Astoria. / Associated Press.

No parecía el lujoso y selecto hotel Waldorf Astoria el lugar más indicado donde encontrar a los maquiavélicos estalinistas en su cruzada para extender el comunismo por todo el mundo. Sin embargo, durante los últimos días de marzo de 1949 lo más florido del pensamiento, la ciencia, la cultura y el arte del rojerío mundial debatía en sus salones acerca del futuro de la humanidad. Y es que el día 25 se había inaugurado el Congreso Cultural y Científico por la Paz Mundial. El responsable de su organización, el Consejo Nacional de las Artes, Ciencias y Profesiones, era para la izquierda antiestalinista y para parte de la intelectualidad estadounidense ─en líneas generales, especialmente antes de la guerra, siempre complaciente con las propuestas de la izquierda radical─ una tapadera de la Kominform, que consideraban la verdadera impulsora del evento.

Personalidades como Albert Einstein, Charles Chaplin, Leonard Bernstein, Dimitri Shostakovich, Paul Éluard, Lillian Hellman, Arthur Miller, Norman Mailer o Dashiell Hammett, entre otros muchos, habían sido invitadas a participar y exponer su opinión ante los asistentes a la reunión. También Sam, que gozaba de cierta reputación en los ambientes izquierdistas por sus actividades a favor de las libertades civiles y como escritor cuya obra, fueran artículos o novelas, reflejaba un evidente compromiso con los desfavorecidos en general, con las minorías, los perseguidos, los marginados.

(…)

La intervención de Sam en el Congreso Cultural y Científico por la Paz Mundial resultó polémica. Abogó por un socialismo humanista que garantizara la capacidad de los seres humanos de ser dueños de sus vidas, un socialismo que, dijo, debía estar alejado tanto de la burocracia soviética como de los intereses de las elites económicas estadounidenses que lo utilizaban para desviar la atención de los verdaderos problemas que aquejaban a la sociedad, que no eran otros que los derivados de la tremenda desigualdad entre quienes tomaban las decisiones y se beneficiaban de ellas y quienes las sufrían.

Con tal declaración de principios consiguió poner de acuerdo por una vez a los organizadores y a los partidarios de reventar la conferencia, que se habían infiltrado entre los asistentes. La mayoría abucheó a Sam, que antes de dejar el estrado comentó: Estamos condenados a entendernos. La derrota del nazismo solo ha sido un paso en la lucha contra la iniquidad, un paso muy importante pero no definitivo. No podemos, no debemos, servirnos de la victoria para imponernos sobre los demás, para adueñarnos del mundo, o de una buena parte de él, y seguir perpetuando la injusticia que supone que unos, sea el aparato del Estado, sea el capital privado, controlen la vida de los demás y mantengan la eterna división entre los que tienen mucho y los que no tienen nada. Y tanto me da que esto se dé bajo un régimen que dice ser comunista o bajo otro que defienda los principios del capitalismo.

Como la práctica totalidad de los participantes en el Congreso, Sam ─que acudió en compañía de Martha─ hubo de pasar, tanto al entrar como al salir, por entre medio de una muchedumbre que clamaba contra el complot comunista. Connivente con el régimen de Moscú hasta lo intolerable, para los WASP ─los estadounidenses “de bien” que se consideraban a sí mismos los únicos depositarios de los verdaderos valores de la nación─ el Congreso era una auténtica declaración de intenciones de los comunistas, cada vez más próximos a infiltrarse en la sociedad estadounidense. Militantes de organizaciones “patrióticas” y religiosas manifestaban a las puertas del conocido hotel su oposición a tan inaudito desafío. Comunistas a Rusia, Comunistas fuera de nuestra patria, Fuera de nuestros hogares, Marchaos a Moscú, eran algunas de las leyendas que podían leerse en las pancartas que los manifestantes de la Legión Americana y otras asociaciones afines exhibían frente a la entrada.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/11/01/cuando-el-waldorf-astoria-de-nueva-york-se-convirtio-en-el-centro-intelectual-del-rojerio-mundial/