Ese primer beso que nunca se olvida

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Era el último domingo que pasábamos juntos. Ella se iba, el lunes, por la mañana. A otro sitio, donde su padre podría seguir con la importante tarea de vigilar que nada malo sucediera cuando pasara el tren, pues al parecer había lugares donde el tren seguía siendo necesario; yo no entendía aquello de rentable, de hecho no sé si lo entiendo todavía. La acompañé a casa, sin decir nada, sin pedir permiso (mi madre me lo habría denegado). Salí con todos al finalizar el guateque, como el que intenta colarse en algún sitio, tratando de pasar desapercibido, furtivamente, me daba igual lo que ocurriera después, llegar tarde y aguantar más reproches y silencios, ya estaba acostumbrado.

El camino que llevaba a la estación era tranquilo, apenas había unas pocas farolas que emitían una tenue luz. Tranquilo como la oscuridad, como el silencio. La cogí de la mano, ella apretó, con fuerza, la mía. Me paré de repente, nos paramos, sin saber por qué, posiblemente para que el camino no acabase nunca y estuviéramos siempre vagando, sin rumbo, sin destino, solos los dos, siempre caminando en una aparente oscuridad que no era falta de luz excepto para los demás, pues solamente podía apreciarse con los ojos del alma. Una alianza de los astros que nos protegían de todo mal. Para nosotros todo resplandecía, o así me lo pareció. Fue verdad, entonces.

Yo nunca había visto a Rosaura tan hermosa, tan radiante. Sin soltarnos de la mano nos alejamos de las pocas farolas que había a ambos lados del camino, evitando así que algún despistado se diera cuenta de que allí había vida y pretendiera adentrarse en un mundo en el que nadie más podía tener cabida. Nos detuvimos de nuevo, nos miramos y comprendimos que debíamos juntar nuestros labios. Nada de roces. Y nos besamos durante toda la vida, hasta que ella tuvo que volver a casa. La vi entrar, la puerta se cerró y yo marché con una extraña y confusa mezcla de sentimientos que resultaba completamente nueva para mí. Rosaura se iba y puede que no volviera a verla. Eso me entristecía. Rosaura y yo nos habíamos besado. Eso me alegraba. No habría más besos con Rosaura. Eso me frustraba. No entendía que el deseo tuviera que morir tan pronto, nada más nacer. Impotencia. Rabia. Luego comprendería que a lo largo de nuestra existencia siempre es así.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Un amor de verano

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Fotograma de la película “Un amour de jeunesse” (2011).

Carolina pasaba el verano en casa de los padres de una de nuestras amigas, Elena, parientes lejanos creo recordar. Fue su primer verano y el último en el pueblo, no lo había visitado antes ni volvería a hacerlo después. (…) Se presentó así, de repente, sin que nadie anunciase su llegada, acompañando a Elena un buen día, mostrando el esplendor de sus dieciocho años y convirtiéndose desde el primer momento en la envidia de las chicas y en la codicia de los chicos. Era mayor que todos nosotros, estudiaba en la universidad, llevaba siempre minifalda o ajustados vaqueros, acreciendo así sus formas de mujer.

(…)

Carolina se fijó en mí, y yo me sentí aquellos meses de julio y agosto el más afortunado del mundo al poder dar rienda suelta a la vanidad y, sobre todo, a la presunción, quedándome para mí, para futuros recuerdos, la exactitud de los hechos que mis amigos fabricaban y yo no desdecía. Así, cuando Tonín me preguntaba si la había besado yo le decía que los hombres no hablaban de esas cosas (lo había visto en las películas que proyectaban en el cine del pueblo, donde todas eran tolerada menores). Lo mismo decía, a Tonín, o a quien fuese, cuando me preguntaban sobre la función de las lenguas en nuestros besos, si bien es cierto que me moría de ganas por contar las respectivas aproximaciones de nuestros cuerpos, el de Carolina y el mío, pero no debía hacerlo, entre otras cosas porque la mayoría de las preguntas al respecto me las hicieron cuando en realidad apenas nada había sucedido todavía, nada carnal, que es lo que importaba, especialmente porque así lo había visto en aquella escuela de mimesis que es el cine.

(…)

Yo no era sino lo que con Carolina era. En realidad apenas había sucedido nada, o sí, pero representaba mucho más que unos pocos besos, que es cuanto hasta entonces había ocurrido entre nosotros, Carolina y yo, en el recoveco que había  junto al Molino de la Luz, [a donde] íbamos por las tardes, Carolina y yo, a repasar los contenidos de las asignaturas que ella debía superar en septiembre.

(…)

Nos besábamos, nos tocábamos, todo iba bien. Superado el desconcierto de los primeros momentos, cuando el miedo al rechazo parece un obstáculo insalvable, abrazo y culo, y beso a continuación, o todo al mismo tiempo. En todo caso lo recuerdo así. Mi brazo derecho se posó sobre sus hombros, quedando el izquierdo libre, en disposición de explorar otras partes de su anatomía, puede que de la anatomía en general, de la que solo tenía, teníamos, nosotros, los chicos, vagas referencias, ascendiendo por debajo de su camisa y por debajo de su falda, subiendo hasta las tetas, bajando hasta el culo, escrudiñando por encima del sujetador hasta que ella misma lo desabrochó, supongo que presintiendo que era la primera vez que me veía ocupado tal menester. Luego mi mano fue a su espalda, acariciando la suave piel, aunque al estar los dos sentados no llegaba al culo que antes había tocado por encima de la falda (…). Así, mi mano tuvo que ir por otro camino, los muslos, más por la parte exterior que interior, terreno hasta entonces desconocido, y cuando llegué a las braguitas apareció la confusión, no me atrevía a tocar su coño. Me fui a su culo, con suma delicadeza, creo –tal vez era miedo, creo–, acaricié el culo y me detuve en el valle situado entre sus dos nalgas, un precipicio por el que no descendí, dejando a un lado un camino que aún tardaría en descubrir y que conducía a la puerta de acceso y salida de placeres y sinsabores; lo de los placeres lo sabría más tarde, no entonces, más tarde, años, pues en aquellos momentos yo creía que solo servía para cagar o bien para introducir un termómetro, un supositorio o una lavativa.

(…)

A partir de aquí las imágenes se vuelven borrosas, sé que ¿follé?, sí de eso estoy seguro, sé que mi pene se introdujo en su vagina, pero poco más. Ni siquiera recuerdo cuando me corrí, y mucho menos el momento del orgasmo. Debió haberlo, supongo que por parte de los dos.

Marchó Carolina al día siguiente. No la volví a ver, aunque en mi ánimo, después de que nuestros cuerpos se conocieran en el recoveco situado a escasos metros del Molino de la Luz, estaba unirme a Carolina a perpetuidad, lo que no pudo ser; tenía novio, en su ciudad.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

¿Qué razón, la suya o la nuestra?

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―La situación se enmaraña a pasos de gigante ─se lamentaba Martha─. El mensaje chovinista y racista del nacionalsocialismo parece que cuaja cada vez más entre la opinión pública. Esta mañana, cuando compré el codillo, delante de mí había una mujer que pidió lo mismo. Nada más irse, la dependienta, que creo que es también la dueña, comentó con las clientas que quedábamos, tres éramos, que era judía y compraba cerdo para disimular. No pueden negarlo por mucho que se empeñen, dijo una, su físico ya les delata. Dijo delata. ¿Qué os parece? No pienso volver a comprar más en esa tienda.

―Todo esto se veía venir hace tiempo, pero nadie creía que llegaría a cuajar entre la población hasta este punto. Yo mismo era al principio de esa opinión. Los alemanes no se dejarán arrastrar por la agresividad y la xenofobia del mensaje de Hitler, pensaba. Ya sufrimos bastante con la última guerra. ¡Joder que no! Si parece que lo estaban deseando. Hace algo más de un año los nazis consiguieron ser el segundo partido del Reichstag con casi seis millones y medio de votos. Me temo que en las próximas elecciones esa cifra aumentará.

―La verdad es que no lo creo pero quiero creerlo, no lo sé, quiero confiar en que finalmente se impondrá la razón.

―¿Qué razón, Sam? ¿La suya o la nuestra? Me niego a creer que todo esto sea cosa de unos fanáticos a los que sigue un pueblo desorientado. Fanatismo… ¡No, no y no!  Hitler solo hace que reunirse con los principales magnates, recorre el país de un lado a otro buscando apoyos entre los hombres de negocios. Ellos temen al comunismo, y se los dan. Pero los comunistas ya no son los únicos enemigos, ahora lo son todos los que no comulgan con su credo y cualquiera que simplemente no sea como ellos, incluyendo su físico. A un amigo mío, que no es judío, los de las SA le dieron el otro día una paliza porque su aspecto así parecía indicarlo. No tuvo tiempo siquiera de explicarse. Tres costillas rotas, una ceja partida, moratones por todo el cuerpo. ¿Y la gente? Pues, ya ves, encantada.

Manuel Cerdà: Adiós mirlo adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).