Dashiell Hammett encarcelado

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Dashiell Hammett, esposado a su compañero del Congreso por los Derechos Civiles William Alphaeus Hunton, es llevado a la prisión federal (10 de julio de 1951).

Desde principios de 1950 el senador por Wisconsin Joseph McCarthy se sumaba a la “cruzada” anticomunista y emprendía su propia campaña. En febrero denunció una infiltración comunista en el mismo Departamento de Estado, acusando nada menos a doscientos cinco funcionarios ─Lary entre ellos, si bien, en su caso, la denuncia no prosperó─ y consiguiendo una repercusión inesperada. Las posiciones anticomunistas cobraron más auge que nunca. El socialismo era cosa del pasado, la tiranía impuesta por Stalin demostraba su fracaso. Todo el mundo parecía estar convencido de la existencia de una conspiración comunista, incluso entre buena parte de la intelectualidad de la “izquierda democrática”.

Uno de los primeros en verse arrastrados por el vendaval anticomunista fue Dashiell Hammett, quien el 9 de julio de 1951 ─un par de semanas después de que Greg propusiera a Sam que entrara a formar parte del Congreso por la Libertad de la Cultura─ resultó condenado a seis meses de prisión federal por desacato al Tribunal Federal del Distrito Sur de Nueva York. Meses antes, cuatro miembros del Congreso por los Derechos Civiles de Nueva York habían sido arrestados y encarcelados por actividades subversivas, obviamente tachadas de procomunistas. Hammett consiguió reunir la cantidad suficiente para la fianza, nada menos que doscientos sesenta mil dólares. Sam aportó buena parte, o mejor dicho Camila, a quien pidió dinero una vez más. Una vez en libertad, los cuatro escaparon y el Tribunal Federal del Distrito Sur de Nueva York citó a Hammett. Debía saber dónde estaban, pues era su valedor. Lo supiese o no, no quiso colaborar. Se negó a proporcionar la lista de quienes habían contribuido al fondo de fianza, acogiéndose a la Quinta Enmienda en más de ochenta ocasiones. Sus amigos ─Sam entre ellos─ se mostraron dispuestos a hacer frente a la fianza, pero no había fianza que valiera, el juez denegó tal posibilidad. El 10 de julio, Hammett ingresaba en la Federal House of Detention de Nueva York para ser transferido a una penitenciaría federal.

Sam fue a ver a Greg y le pidió hablar con Hook antes de tomar cualquier decisión respecto a su propuesta.

―Ya sabes lo que opino de él.

―Lo sé. Y tú sabes que comparto tu opinión. Pero es quien corta el bacalao, quien en realidad controla todo.

Ya en su presencia Sam pidió la adhesión del Comité a una petición de libertad para Hammett y una declaración de denuncia contra los métodos que empleaba el Comité de Actividades Estadounidenses y el senador McCarthy, instigadores de la histeria anticomunista que había acabado con Hammett en la cárcel, entre otros tantos.

―El problema es que su actuación es contraria al ordenamiento jurídico y, en consecuencia, no se puede hacer otra cosa respetar las decisiones del tribunal, por mucho que se discrepe.

―Lo que no queréis es denunciar arbitrariedades interesadas por miedo a ser tachados de comunistas y actuar a las órdenes de Stalin.

―Reconoce que el comunismo representa una amenaza para la mente libre.

―¿Cómo? El estalinismo querrás decir, el régimen soviético.

―Los totalitarismos en general. Un régimen comunista es más plenamente totalitario que cualquier despotismo en la historia, porque cada campo de la cultura, desde el ajedrez hasta el circo, está reorganizado y politizado para servir los propósitos de la dictadura de partido.

―Confundes comunismo con estalinismo. El comunismo, el marxismo, el socialismo en general, es una idea, una utopía que nos ayuda a creer que podemos avanzar hacia un mundo mejor. Una sociedad completamente igualitaria no creo que se consiga nunca, pero sí una más justa, más equitativa y más libre.

―Por favor no hagáis causa de las diferencias, es mucho más lo que nos une.

Las palabras de Greg tratando de apaciguar los ánimos no hicieron mella en ninguno de los dos.

―Os cuesta mucho aceptar la realidad de las cosas ─siguió Hook.

―Hablo por mí, no uses el plural. Y yo, lo que me resisto a creer es que la realidad sea tan simple. Hemos acabado con el nazismo, ahora vamos a terminar con el comunismo, que es el otro gran totalitarismo, y nos quedamos nosotros solos, pues somos los únicos que sabemos lo que le conviene a la humanidad, poseemos la verdad absoluta. Eso es una forma de totalitarismo como otra, por mucho que se disfrace de democracia. Yo conozco el camino correcto, solo por el que yo ando conduce a buen puerto, no hay otro, y a quien va por uno distinto le niego incluso la facultad de que por sí mismo se dé cuenta de su error, no, o avanza conmigo o va directo al abismo.

―¿Cómo puedes decir eso? Este Comité, como el Congreso por la Libertad de la Cultura, ha dado pruebas en los actos que ha organizado de respetar la pluralidad de pensamiento. No seas ingenuo. La antinomia socialismo y capitalismo está en proceso de perder rápidamente su sentido, mientras permanezca esa dualidad el futuro seguirá lleno de falsas expectativas que nunca podrá resolver y no podrá, en consecuencia, esperar solución constructiva alguna a sus problemas. Nuestro reto es saber estar a la altura de los tiempos.

―Lo estáis, Sidney, lo estáis. Quien al parecer no lo está es Hammett y, ahora si utilizo el plural, otros que compartimos una realidad distinta a la vuestra.

Fragmento de mi novela Adiós mirlo adiós (Bye Bye Blackbird), que abarca desde el final de la guerra de 1914-1918 a la caída del Muro de Berlín, en la que mezclo situaciones y personajes ficticios con otros reales. Los ficticios, en este brete texto, son Sam (Sam Sutherland, escritor e intelectual neoyorkino, el protagonista), John Lary (alto funcionario de la Administración estadounidense) y Greg Adams (director internacional de la Fundación Fairfield, una de las fundaciones que financió el Congreso por la Libertad de la Cultura). La situación que se describe corresponde al momento en que Dashiell Hammett fue encarcelado por negarse a colaborar con el Comité de Actividades Antiamericanas. Además de él, también se mencionan aquí y en otras partes de la novela otros personajes reales, en este caso Joseph McCarthy y Sidney Hook. La que sigue es una sucinta nota biográfica de cada uno de ellos tal como aparece –al igual que el resto de personajes reales– en el índice onomástico que figura al final de la misma.

Hammett, Dashiell (1894-1961). Escritor estadounidense. Considerado el creador de la novela negra. Trabajó como detective privado, experiencia que le sirvió para escribir sus novelas (Cosecha roja, El halcón maltés…). A partir de 1934 tomó parte en actividades políticas de izquierda tachadas de procomunistas y fue miembro del Congreso por los Derechos Civiles de Nueva York. Fue investigado por el Comité de Actividades Antiamericanas y en 1951 se le condenó a seis meses de prisión federal por desacato al tribunal al negarse a proporcionar la lista de quienes habían contribuido al fondo de fianza de cuatro activistas del Congreso que aprovecharon el momento para escapar, lo que arruinó su vida.

McCarthy, Joseph (1908-1957). Político estadounidense. Senador republicano por Wisconsin desde 1947 a 1957, fue uno de los principales organizadores de la campaña anticomunista emprendida para descubrir e inhabilitar profesionalmente a los sospechosos de ser comunistas o simpatizantes, o bien contrarios a la política norteamericana. Desde 1953 fue presidente de la Subcomisión Permanente de Investigaciones del Senado y en 1954 fue destituido por las repercusiones de su agresiva política. No participó en los trabajos del Comité de Actividades Antiestadounidenses (organismo que dependía de la Cámara de Representantes) cuya actividad se remonta a finales de la década de 1940 y principios de los 50, pero sí fue su organizador y principal promotor.

Hook, Sidney (1902-1989). Filósofo estadounidense. Destacó por sus posiciones políticas anticomunistas, que equiparaba al totalitarismo, y tuvo un destacado papel en la creación del Congreso por la Libertad de la Cultura. Fue también uno de los ideólogos de la guerra fría.

¡Qué bien se está en el jardín!

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Jardín de Monet en Vetheuil (1880). Óleo de Claude Monet.

Miedo a no hacer lo correcto (entre otras cosas porque no sabía qué era lo correcto). Miedo a imaginar situaciones por si su protagonista, yo, actuaba de manera inadecuada. Miedo a no comprender, por mucha voluntad que pusiera, la manera de proceder de los adultos. Culpabilidad por lo que pudiera hacer antes de haber hecho nada. El mundo se ensanchaba, mi mundo, y con él la inseguridad, pues el otro, el de afuera, el de los mayores, se alejaba cada vez más, todo eran prohibiciones y obligaciones cuya significación nadie sabía explicar. Un miedo turbio, confuso, me hizo dudar hasta de la inviolabilidad de mi imaginación. ¿No habría alguien espiando mientras jugaba solo en el jardín? ¿Serían mis juegos observados? ¿Se podría jugar solo?

No podía entender en aquellos momentos que toda autoridad tiende a homogenizar actitudes y comportamientos, que todo poder ha de instalarse en el miedo. Nada sería igual sin el temor, sin la ansiedad que se siente frente a la posibilidad de perder las dádivas por él concedidas, que creemos que son nuestras, sin sobrecogerse ante las múltiples e infinitas posibilidades con que cuenta para destruirnos, sea un dios, un representante suyo, sea el dinero, o un representante suyo. Vivir con miedo es asegurarse la existencia en un mundo exageradamente timorato, asustadizo de por sí; el miedo acompaña en todas las acciones a quienes no tienen poder, a la mayoría pues; de él no se puede escapar ni en sueños, por eso todos queremos ser poderosos. ¡Qué bien se está en el jardín!

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Policías por todas partes

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CNN.

Diez minutos después la circulación adquirió cierta fluidez, íbamos lentos pero no nos deteníamos. Menos mal. Al poco advertí el motivo: habían desviado el tráfico por la avenida de la Ausencia, de cuatro vías, de reciente construcción, que bordea parte de la ciudad y evita el paso por El Centro. ¡Maldita sea! No me resignaba a dejar de comprar la botella de whisky, pero para ello necesitaba pasar por El Centro. Ya me había tragado el atasco. Vi un sitio donde dejar el coche. Aparqué. Iré a pie, resolví. Dispongo de un mes para regresar a por el coche; hasta entonces no se lo llevará la grúa por abandono, creo, pensé.

Mucha gente en la misma dirección, hacia El Centro. Una concentración frente la sede del gobierno autonómico. Se dirigían allí, escuchaba que decían, hacia la plaza de la Avenencia. El palacete barroco que en sus tiempos albergara la residencia de los marqueses de Bosta, máximos representantes de la nueva aristocracia surgida tras el triunfo de los Borbones, acoge ahora a los nuevos señores, vasallos también, como aquellos, de los verdaderos mandatarios.

Les seguí, me venía de camino. Llegué a la plaza. Estaba llena de gente, a rebosar. Protestaban. Continuaban llegando personas, de todas las edades.

Me quedé en el otro extremo de la plaza, frente al palacete rodeado por la policía, atenta a que nadie pudiera acercarse demasiado a su imponente fachada no fuese que algún agente patológico ─la desobediencia, por ejemplo─ se instalase entre sus recios sillares y destruyera tan emblemática edificación. Uniformados, uniformes, todos iguales, una auténtica jauría, perfectamente entrenada para la caza, como comprobaría poco después.

La indignación era patente. (…) Impresionaba. La emoción se contagiaba. En mi caso, durante unos instantes abrió una grieta en mi congénito escepticismo sobre la naturaleza del ser humano y su incapacidad de lograr una sociedad sin buitres y tiburones. Pronto se cerró, cuando pensé en la historia, en eso que denominamos evolución social.

(…)

Noté movimiento frente a la fachada principal del palacete. No alcanzaba desde mi posición a ver bien qué sucedía. La gente empezó a abandonar la plaza. Los que estaban en el centro no, se quedaron sentados en el suelo. Levantaban las manos, abiertas. La guardia pretoriana se desplegó.

De pronto, policías por todas partes. Brotaban como chispas de un incendio incontrolado. De los furgones aparcados en las bocacalles que dan a la plaza descendían como malcarados perros de caza sedientos en busca de la presa. Bien pertrechados, con casco, escudo y porra. Sin mirar ─les bastaba el olfato─ empezaron a repartir golpes a diestro y siniestro, indiscriminadamente. ¡Asesinos!, gritaban algunos, entre porrazos, patadas y empujones. ¡Hijos de puta!, ¡Cabrones! Todo sucedió muy rápido. Una joven ─pelo corto, pantalón vaquero, camiseta con una leyenda (Stop. Piensa), no tendría ni veinte años─ sacó el móvil e intentó grabar la intervención policial. Un policía, de un manotazo, le tiró el teléfono al suelo, ella también cayó. Rompió a llorar. Su compañero, o un chico que había a su lado, se encaró con el madero, le exigió que se identificase (no llevaba placa de identificación). Por respuesta, recibió un porrazo en el estómago. Se retorcía de dolor y el policía continuaba golpeándole.

Empujé al policía, que no llegó a caerse porque le sujetaron sus compañeros de camada. Sentí de repente un golpe en la espalada, a la altura de los riñones. Yo sí me caí. Traté de levantarme y otro me dio una patada. Volví a caerme. Dos me cogieron por los hombros, me arrastraron ─no podía ponerme de pie (bueno sí, pero no me dejaban)─ y me lanzaron al interior de un furgón como el que arroja un saco de patatas. El furgón estaba casi lleno, jóvenes la mayoría. Vi gente ensangrentada. Enseguida tiraron a dos más dentro y cerraron las puertas. ¡Blam!

Manuel Cerdà: El viaje (2014).