Mayo del 68 en ‘Tiempos de cerezas y adioses’: los días previos

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Manifestantes del Movimiento 22 de Marzo. / © Sipa Press

Lary y Nara llevaban seis meses recorriendo Europa y en dos o tres más se irían a Brasil. Entre viaje y viaje hacían siempre escala en París. Cuando se reunían con Sam y Martha pocas eran las ocasiones, por no decir ninguna, en que el tema principal de conversación no fuera la agitada y convulsa situación que se vivía. Desde que empezara el año, además del asesinato de Luther King, se sucedían las manifestaciones contra la guerra de Vietnam en Europa y Estados Unidos, alcanzando en algunas ciudades altas cotas de violencia, arreciaban las protestas contra el segregacionismo y el movimiento estudiantil alcanzaba inusitada fuerza: aumentaba el número de disturbios en universidades estadounidenses y europeas y hasta en la comunista Polonia tenían lugar actos de protesta por parte de las organizaciones estudiantiles, al tiempo que Checoslovaquia vivía desde principios de enero un amplio movimiento de contestación al burocratismo totalitario del régimen soviético.

―Empiezo a creer que al final voy a ser yo el escéptico. La realidad se vive mejor así, desde la incredulidad. Puede que me haya dado cuenta un poco tarde, pero más vale tarde que nunca. Tengo la sensación de que nada me ata ya a esta sociedad que hemos construido sobre la mentira y el miedo. Bueno, hemos no, no me siento responsable, ya no. Ahora toca vivir, aunque sea tarde.

―¡Vaya!, ¿qué ha sido del Lary que defendía con vehemencia las bondades del sistema de capitalista en su versión “democrática” y las posibilidades de mejora espiritual y material en su seno? ─manifestó Sam con cierta ironía─. No seré yo quien te haga cambiar de opinión, pero has pasado del entusiasmo al desencanto con la fe del converso. Ni tanto ni tan calvo, hombre. Asistimos a unos momentos que pueden ser históricos, vivimos la época de mayor bienestar de la historia y, sin embargo, esto ya no es suficiente para llenar el vacío de una existencia que se muestra cada vez más alejada de la vida, especialmente entre los jóvenes.

―No hace mucho juzgabas con dureza el comportamiento de la juventud. Estamos invirtiendo los papeles.

―Era una reacción por el proceder de Bill. Creo. Mas hay que reconocer que muchas de las propuestas nacidas de esta juventud cada día más organizada son un soplo de aire fresco en el rígido panorama de la política profesional. No todos los jóvenes parecen estar dispuestos a dejarse seducir por las modas, igual hemos de ser nosotros quienes sigamos sus pasos. Nadie ha ido tan lejos como ellos a la hora de abanderar la protesta contra la guerra del Vietnam y las guerras imperialistas en general y defender los derechos civiles. Nosotros hemos sido incapaces de articular plataformas como el Movimiento por la Libertad de Expresión en Norteamérica o el Movimiento 22 de Marzo aquí.

―¿Qué ha sido, pues, de aquel Sam que tan crítico se mostraba con el comportamiento general de los jóvenes y rechazaba, por individualista y burguesa, planteamientos próximos a una “lucha generacional”?

―Con eso sigo igual de crítico, que no te confundan mis palabras. Las diferencias sociales en una sociedad organizada en torno a la economía y el trabajo son siempre económicas, y económica es la única igualdad que puede garantizar una verdadera democracia. Por supuesto, esas diferencias son las que llevan a la segregación, el racismo, al dominio de unos sobre otros. Eso lo tengo muy claro, como también, siempre lo he dicho, que toda lucha que tenga como principal finalidad, si no única, la mejora de salarios, las condiciones laborales pueden cambiar la sociedad, sí, pero terminarán por reproducir los mismos esquemas. Véase, si no, la Unión Soviética. Sin embargo, hay algo que me llama poderosamente la atención en todo este movimiento nuevo y ha sido el centro de mis cavilaciones, no pocas, en las últimas semanas. La percepción que estos jóvenes tienen del mundo que les rodea es que la sociedad producto del Estado del bienestar no es más justa e igualitaria que las anteriores, ni menos represiva. Se sienten descontentos en el presente que viven, lleno de trabas y convencionalismos de todo tipo, y desconfían del futuro que les espera. El poder real está en manos de unos cuantos, de esas sesenta familias, puede que ahora sean unas pocas más, que ya en 1937 Lundberg, que no es precisamente un comunista, denunció que controlaban Estados Unidos. Ellos conducen la economía y, a través suyo, la política y, como bien sabemos, hasta la ciencia, la cultura y las artes. Ese modelo, que se reproduce en las demás “democracias”, es el que ahora se cuestiona y se detesta, y eso nunca antes se había producido. He ahí el meollo de todo el asunto: por primera vez hay un descontento que va más allá de la necesidad material inmediata, una insatisfacción con el tiempo que nos ha correspondido vivir, con las instancias y organizaciones que sostienen este mundo espectacular. Las ideas que, por ejemplo, defiende el Movimiento 22 de Marzo, autogestión, defensa de un movimiento asambleario ante cualquier tipo de jerarquización, circulación permanente de ideas, participación real en debates, eso es la democracia real, ese es el camino al socialismo. Igualdad y libertad son la misma cosa.

―De todos modos, Sam, es un salto cualitativo el tuyo.

―Si acaso, como creo que dijo Kant, el sabio cambia de opinión, el necio nunca.

―Estarás, pues, encantado con tus hijos ahora, te entenderás de maravilla con ellos ─añadió, cáustico, Lary.

―Ya quisiera, pero me temo que ni uno ni otro son como esos jóvenes que leen a Marx o Lukács, o a Sartre o Camus, o a Debord y los situacionistas. A Bill ahora le ha dado por Trotsky. Lee Mi vida como una beata los evangelios, y tiene un póster de Trotsky como si fuera uno más de sus grupos y cantantes preferidos. Y Hannah, Hannah sigue en la adolescencia.

―Eso mismo dirán otros padres de sus hijos. ¿Crees acaso que los demás jóvenes son distintos?

―No todos son iguales, no pueden serlo. Es obvio. Tampoco los que no somos jóvenes.

―Según eso, hay unos más concienciados que otros, y los primeros, lógicamente, deben tirar del carro. Eso supone el reconocimiento de la necesidad de una vanguardia, la aceptación de líderes. Te contradices, Sam. ¿Autogestión? ¿Participación de todo el mundo en la toma de decisiones sin distingos? Pues hay que contar también con los que son como Bill, con los que son como quiera que sean.

―No digo lo contrario. Lo que digo es que estamos ante una nueva manera de entender la vida y de hacer política muy distinta a la nuestra. Habrá que dar un voto de confianza a ese nuevo movimiento que acaba de nacer. Tiene aún una vida muy corta. Dejémosles hacer.

―¿Y qué crees que puede surgir de todo esto?

―No lo sé. Pero sí que me resisto a perder toda esperanza de que podamos construir un mundo mejor. Al menos quiero creer que es posible. Quiero sentir que estoy vivo, y que vivo. Tal vez esto sea todo.

Manuel Cerdà: Tiempos de cerezas y adioses (2018).

El poder y los intelectuales

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En el texto de la contraportada de mi novela Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), entre otras cosas, se dice: “El lector advertirá [en ella] muchas situaciones en las que verá reflejadas las actuales circunstancias que vivimos tras el triunfo del pensamiento único”. Si leen el texto que sigue es probable, pues, que estén de acuerdo conmigo. Cada uno, sin embargo, que extraiga sus propias reflexiones sobre las relaciones entre el poder y los intelectuales en los momentos que vivimos.

―No andaba errado Greg. Lo que dice es cierto, mis fuentes son absolutamente fiables. La CIA financia el Congreso por la Libertad de la Cultura, entre otras muchas más actividades.

―¿Se lo has dicho a Greg?

(…)

―¿Tienes pruebas de todo esto?

―De unas cosas más, de otras menos, pero sí. En todo caso, las suficientes para demostrar cómo está organizada la farsa. Se crean unas fundaciones bajo el auspicio de la CIA, simples “buzones”, llamémoslas fundaciones tapadera. Solo se necesita una dirección postal, pues su única función es recibir dinero de la CIA. Luego lo trasfieren a otro sitio, a otra fundación, una contribución a unos proyectos comunes. Todo aparentemente legal, un complejo entramado entre fundaciones y programas hace que el dinero se emplee siempre de manera indirecta. Así es muy difícil que alguien relacione directamente una donación con un fin concreto, como le pasó incluso al propio Greg. Ahora bien, esas “ayudas” deben ser necesariamente incluidas como activos por parte de sus receptores en un impreso que han de remitir todos los años al Servicio de Impuestos Internos. Toda organización sin ánimo de lucro está obligada a ello. Cuando caí en la cuenta, empecé a examinar impreso por impreso. Até cabos. Todo es muy simple, demasiado, se crea una fundación acudiendo a un personaje adinerado, se le dice lo que se pretende hacer y se solicita su colaboración. Es usted uno de los grandes hombres de este país le dicen, confiamos es usted, su colaboración es fundamental para el mundo libre, y le explican lo que esperan de él.

―Y acepta, claro.

―Claro. En el fondo, piensa, está defendiendo los intereses de la nación y los suyos propios. Si el Gobierno se ha fijado en mí, haré lo que me pida, montaré la fundación, lo que haga falta. Entonces se le dan subvenciones, se le ayuda, recibe donaciones y promueve iniciativas sin ánimo de lucro. La propia CIA se encarga de que las “donaciones” sean generosas y la fundación recién creada entrega el dinero a la otra fundación que previamente han designado los hombres de la CIA. La Ford, por ejemplo, ha donado al Congreso varios millones de dólares. La Rockefeller lo ha hecho de forma más que generosa y ha llegado a financiar también revistas como Preuves, Encounter o Partisan Review. La Fairfield, la Ford, la Rockefeller y la Carnegie son las mejor consideradas a la hora de llevar adelante la financiación encubierta. Directores y empleados de alto rango mantienen estrechas relaciones con la Agencia, incluso alguno, como veis, es miembro de ella.

―Lo que no acabo de entender es que nadie supiese nada de esto antes ─observó Martha.

―Al principio es normal que nadie sospechara. Todo lo más las dudas venían de cuál sería en verdad su función, a quien beneficiaría esta en última instancia. Pero después quien no sabía es porque no quería saber. O eso, o gran parte de la intelectualidad es simplemente boba. Un ejemplo. Significativo. En Bellagio, un pequeño pueblo italiano situado junto al lago Como, en la Lombardía, está Villa Serbelloni, al final de un promontorio, con magníficas vistas al lago. Es una majestuosa mansión, lujosa, parece Versalles. Se construyó en el siglo XVIII y pasó a ser propiedad de la princesa Della Torre e Tasso, una americana llamada Ella Walker, que la donó a la Fundación Rockefeller, la cual, a su vez, la puso a disposición del Congreso. Allí pasan temporadas los invitados más ilustres, y también aquellos que interesa que se crean importantes. Escritores, artistas, músicos… Todo gratis, por supuesto. Hay nada menos que cincuenta y tres empleados para satisfacer todos los caprichos, pues algunos tienen gustos muy caros. Uno puede defender el sistema capitalista, o el que sea, desde el rigor y la honestidad, nada hay de malo en ello. Yo mismo sigo creyendo que no hay modelo alternativo de sociedad hoy por hoy, pero me produce un profundo desencanto que la intelectualidad supedite su supervivencia como tal a los dictados del poder. ¿A nadie de los que frecuentaban Villa Serbelloni le extrañó tanto lujo? ¿Les parecía normal? En fin, que es mejor no preguntar ─Lary estaba tan indignado como Greg en su momento.

―Todo ha sido un montaje, una farsa. Es triste, muy triste ─Martha no daba crédito a lo que escuchaba.

―Muchos participaron honestamente, creyendo en lo que hacían. Pero la mayoría lo han hecho movidos por el prestigio, por el reconocimiento profesional. Se celebran muchos congresos, simposios, encuentros, hay una larga lista de influyentes y reputadas revistas en las que publicar, y continuamente se organizan exposiciones, conciertos, giras. La recompensa profesional no es poca. Además, hay que comer, y vivir, y a ser posible bien. Por otra parte, se selecciona con mucho tino a quién se invita. Se escoge a especialistas en temas que no sean “conflictivos”, y claro que se sienten libres, en su campo nadie les dice nada. Y eso, lamento decirlo, es puro dirigismo. Eso sí que no. ¡Hasta ahí podríamos llegar! Potenciar unos valores frente a otros sin explicar con qué función es inadmisible.

―¡Y luego critican el dirigismo soviético! Se gratifica muy bien a todo el mundo, se les da un trato exquisito. ¿Quién no desea que le paguen por lo que le gusta hacer, por un trabajo que nace de la vocación? Mejor obviar ciertos temas. Es significativo que ninguno de los beneficiarios de toda esta corrupción moral y económica haya cuestionado en ningún momento las intervenciones de Estados Unidos en Irán, Guatemala, Corea, el asesinato en masa en las colonias de Indochina y Argelia, los linchamientos de negros por el Ku Klux Klan en el sur de América.

―Bueno, nunca antes los intelectuales han tenido la oportunidad de expresar “libremente” sus ideas sin el riesgo de morir de hambre ─manifestó Lary─, pero resulta deplorable que esa oportunidad haya llevado a un amansamiento como este, a un sometimiento que en el fondo se justifica únicamente por los beneficios profesionales que reporta a una amplia mayoría.

―¿Soy demasiado retorcido si sospecho que uno de los objetivos de la CIA era precisamente acabar con la idea del intelectual “libre”, independiente de todo poder? Ni Sartre, ni Camus, ni Hemingway, ni Caldwell, ni Sinclair, estoy seguro que tampoco Ginsberg, Rahv o Howe, por nombrar los primeros que me vienen a la mente, necesitaron de la CIA ni de la Fairfield, la Ford o la Rockefeller, ni siquiera del Departamento de Estado, para que su obra sea considerada de lo mejor que se ha publicado en las últimas décadas. No, ¿verdad? Evidentemente no todos pueden ser como ellos, pero se les hace creer que así es y una cosa retroalimenta a la otra.

Manuel Cerdà: Tiempos de cerezas y adioses (2018). A la venta a través de Amazon y librerías que distribuyen libros editados en su plataforma CreateSpace.

Tiempos de cerezas y adioses: dos novelas en una

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Tiempos de cerezas y adioses reúne en un solo volumen El corto tiempo de las cerezas y Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), dos novelas de carácter histórico publicadas, respectivamente, en 2015 y 2016.

Aunque una y otra pueden leerse de forma independiente, forman una única unidad narrativa tanto en su trama como en su discurso y se enmarcan en el periodo histórico comprendido entre 1820 y 1990.

El corto tiempo de las cerezas narra la historia de Samuel Valls y abarca desde 1849 (año de su nacimiento) hasta 1912. Samuel es el cuarto hijo de una familia de campesinos sin tierra que se ve obligada a trasladarse a la ciudad y buscar trabajo sus fábricas. Pero Samuel no tiene intención de deslomarse trabajando como su padre para terminar tan pobre como empezó. Sin miedo a la pobreza y sin ambiciones materiales, desde los doce años decide ser el único dueño de su destino.

A partir de ahí la vida de Samuel se despega, definitivamente, del futuro que le tenía asignado su origen. Vive de lo saca recogiendo cerezas y llevándolas a Farinetes, el dueño del cerezo bajo el cual tan a gusto se sentía, o hierbas para el curandero Guisambola. Mas Samuel se va haciendo adulto, y de la mano de su amigo Esclafit, empieza a sentir necesidades que nunca se le hubieran ocurrido. Quiere entenderlo todo, saberlo todo, controlar su mundo… y aprende a leer.

Trabajará en un periódico, se verá obligado a huir a Barcelona al verse involucrado en la huelga general revolucionaria de Alcoi de julio de 1873, y después de peripecias de todo tipo, viudo y sin problemas económicos, terminará instalándose en París con su hija Camila, soprano.

A través de los ojos de Samuel, Manuel Cerdà nos narra los hechos que, desde el siglo XIX, llevaron a los convulsos acontecimientos que recorrieron todo el siglo XX. Nos da las claves y nos deja preparados para adentrarnos en su siguiente novela justo en el momento en que ese mundo que vivía y se creía indemne iba a tener un final trágico con el estallido de la Primera Guerra Mundial.

Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) nos cuenta la vida de Sam Sutherland, nieto de Samuel e hijo de Camila, ahora cantante de jazz, y William, un estadounidense que había conocido en París en 1903. Acompañando a Sam, autor de artículos y novelas, asistiremos a la historia de Europa a lo largo del siglo XX, un siglo en el que ‘ha habido más muertos por violencia que en toda la historia de la humanidad’.

Adiós, mirlo, adiós es “una historia novelada, la misma que escribió Ken Follet en los tres tomos como tres ladrillos que constituyen la Trilogía del siglo, pero para mí mucho mejor (…) porque está mejor escrita, carece del tono didáctico y machacón de la trilogía de Follet, no tiene tanta paja y, sobre todo, tiene mucha más alma, más sentimiento más emoción.

Manuel Cerdà se retrata, huye de lo políticamente correcto y dice cosas que no gustarán a todos, pero que yo no tengo más remedio que suscribir como parte de mi propio pensamiento. ‘La libertad para actuar es una falacia, nadie es libre. Somos lo que somos y lo que la historia nos ha hecho’. Esas palabras las pone Manuel Cerdà en boca de un Sam desencantado y frustrado, pero sé que son sus propias palabras, que la frustración y el desencanto de Sam son también los de Manuel Cerdà. Porque la frustración y el desencanto de Sam son mi propia frustración y mi propio desencanto.

Texto extraído de las reseñas de Rosa Berros Canuria “El corto tiempo de las cerezas” y “Adiós, mirlo, adiós”, publicadas respectivamente en Cuéntame una historia (9-IX-2017) y Revista MoonMagazine (7-XI-2016)

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