De viaje

Pensé, al poco de dar por concluida la conversación con mi hermano ─lo que no significaba que ya hubiésemos colgado el teléfono─, con un pragmatismo más propio de él que de mí: igual ahora vendemos la casa, lo que quede de ella, el solar ─mi hermano era propietario de las dos terceras partes y se encargaba, en consecuencia, de su mantenimiento y de los gravámenes correspondientes─, y si la vendemos conseguiré más tiempo, un bien preciado ya, para disfrutarlo en otro lugar. Pienso. A veces pienso así, solo a veces. Pienso que tengo muchas cosas que hacer todavía antes de que la vida decida prescindir de mí, o yo de ella si su congénere, la muerte, avisa con suficiente antelación de sus pretensiones, es decir, si hay desahucio, extrema necesidad.

El whisky trajo algo de lucidez a mi mente. ¿Vender la casa? ¿El solar? ¿A quién? ¿Ahora? ¿Para qué? Y llamé yo, a mi hermano. Le pregunté por sus intenciones. Por supuesto que nadie va a querer comprar el solar, tal como están las cosas no vale nada, la crisis… ¿Entonces? Y me explicó que pensaba donar el terreno que ocupaba el inmueble y su amplio huerto/jardín, más de tres fanegadas, al ayuntamiento para levantar un parque que llevaría el nombre de mi abuelo, prócer local que hizo construir la casona nada más conseguir formar parte de la élite municipal gracias al negocio del vino, cuando pocos años antes era un simple agricultor que nada tenía. Para honor y gloria suya, de mi hermano. Eso sí, no debía yo preocuparme, él me daría mi parte ─según estimación de su valor en el mercado─ si mis necesidades eran de índole crematístico.  De acuerdo, para ti el honor ─tu honor─ y el prestigio ─tu prestigio─, me conformo con las sobras de tu orgullo. ¿Y yo qué he de hacer? Tú no te preocupes, Pedro lo tendrá todo preparado, me dijo. Pedro era el hijo de quien fuera casero durante mucho tiempo de la casa, que también se llamaba Pedro, y mi hermano le había encargado que continuara su cuidado a la muerte de su padre.

Me obligué, así, a realizar el viaje, como simple testaferro de mi hermano, por la mísera necesidad de subsistir. Me obligué, sí. Mi ánimo no abrigaba el más mínimo interés por ese viaje, por ninguno que no fuera una huida definitiva hacia donde disponga la fatalidad. No sentía siquiera curiosidad por ver la casa medio en ruinas, o en ruina total. Podía haberle dicho a mi hermano que no, que no iba, que me había salido un trabajo de repartidor de pizzas en Nueva Zelanda y debía partir urgentemente. No lo hice, me vendrían muy bien los cuartos con que mi hermano compraba la respetabilidad. […]

Comencé a preparar el viaje. Con detenimiento, todo debía estar calculado hasta el más mínimo detalle, sin imprevistos de ningún tipo, se trataba de ir y regresar cuanto antes. Pero nunca se sabe. Busque en internet información sobre mi pueblo. Los poco más de tres mil habitantes con que contaba en el momento de mi marcha a la universidad, a los dieciocho años, eran ahora nueve mil, y habían construido hacía poco un hotel a las afueras. Me quedaría en él. Reservé, un par de noches. El siguiente paso fue determinar el medio de transporte: podía ir en tren, en autobús o utilizar el coche. Opté por esto último tras comprobar que mi viejo utilitario aún arrancaba ─no recordaba cuánto tiempo hacía que no lo usaba─, más que nada por disponer de libertad para regresar lo antes posible.

Fui tan meticuloso con los preparativos que incluso tuve en cuenta la posibilidad de que no volviera, podía suceder cualquier  cosa,  perderme  para  siempre,  por ejemplo, y recogí  todo cuanto pude de lo que mi memoria había ido dejando esparcido por cualquier lugar, lo que me obligó a una exhaustiva y minuciosa búsqueda que, por otra parte, me sirvió para hacer limpieza, pues no había orden alguno y se podía encontrar recuerdos, pedazos de recuerdos a veces únicamente, debajo del sofá o de la cama, entre las telarañas del llamado cuarto de estar ─lleno de ellas por eso, por ser de estar─, en el bidé o incluso en la nevera, y en el techo sobre todo. Todo lo recogí, por si no volvía, todo lo necesario, pues dejé muchas cosas que sin duda sería fácil encontrar en cualquier sitio, como los pensamientos, los proyectos o las intenciones.

Manuel Cerdà: El viaje (nueva edición, 2019).

Con los refugiados en Marsella

Marsella parecía concentrar toda la vigilancia que habían notado a faltar en el último tramo del trayecto. La estación de Saint-Charles se hallaba fuertemente custodiada, había mucha policía y agentes de paisano que pedían la documentación a la mayoría de cuantos circulaban por ella. Descendieron la escalinata de Saint-Charles.

Eran casi las diez de la mañana y la ciudad presentaba un ajetreo que ni París antes de declararse la guerra. Todos parecían tener prisa. Marsella se había convertido en una babel donde se juntaba un alto e indeterminado número de perseguidos por el Reich en Alemania y los países ocupados por sus tropas y de refugiados españoles. Enseguida, prácticamente a los pies de la escalinata, vieron el rótulo del hotel Splendide, el mismo en que se hospedaba Varian Fry, el representante del Comité Americano de Rescate de Emergencia.

El hall estaba abarrotado de gente de todas las edades que, en fila, aguardaban pacientemente alguna cosa. Habitación no, pues no había, les dijeron en recepción. Sam, entonces, preguntó por Varian Fry.

―¡Ah! Ustedes también vienen a ver al americano. Está en su habitación. Pónganse a la cola ─dijo el recepcionista.

―¿Todas estas personas esperan para hablar con el señor Fry? ─preguntó Sam, asombrado.

―Hay días que más. Ya le hemos dicho que busque algún piso por ahí para establecer su oficina. No podemos ni pasar.

Nada más establecerse Fry en el Splendide y comenzar su tarea, se corrió la voz de que un americano acababa de llegar a Marsella, tenía dinero ─tres mil dólares en efectivo─ y ayudaba a escapar a los perseguidos por el nazismo. Recibía en su habitación a los que figuraban en sus listas, unos pocos cada día, pero en una semana a lo sumo comenzaron a formarse largas colas frente a la misma. Y es que la atestada Marsella se hubiera quedado casi vacía de la noche a la mañana si los allí concentrados contasen con los papeles preceptivos para poder abandonarla. Muchos eran los que de buena mañana hacían cola en cualquiera de las oficinas de las organizaciones que atendían a los refugiados, y luego en otra, y en otra más, y así día tras otro, esperando que la fortuna les sonriese, vestidos con sus mejores ropas para causar buena impresión.

En medio de las protestas de los refugiados, que creían que pretendía saltarse la cola, Sam subió a la habitación de Fry. Se presentó como el americano que esperaba. Fry lo saludó afectuosamente y expresó su alegría por verle, ya dudaba de obtener refuerzos y se hallaba ciertamente desbordado. Cuando bajaron a recepción ─Fry tenía una habitación reservada en previsión de cualquier eventualidad─ al director del hotel casi le da un síncope al enterarse de que su nuevo huésped era un colaborador suyo. ¿Más gente todavía? Fry le explicó que, ahora que estaba Sam y contaban con más recursos, en breve dejarían de utilizar el hotel como oficina. Conseguir alojamiento para los Morel no era fácil, el Splendide estaba lleno, también los demás hoteles, tampoco entre los particulares que alquilaban habitaciones había posibilidad alguna. Finalmente, el director del hotel accedió a acondicionar un cuarto destinado a otros menesteres.

Varian Fry, periodista de treinta y dos años, delgado, más alto que la media, moreno, de ojos verdes, que había estudiado en Harvard, era un hombre cuyo aspecto ─gafas redondas y amplia frente─ no engañaba. Afable, dinámico e inteligente, creía firmemente en los derechos humanos. Hablaba un correcto francés y algo de alemán. Había pedido cuatro semanas de permiso en su trabajo como editor en el Foreign Policy Association’s Headline Books. Sam se entendió enseguida con él. Fry le explicó que no le llevó mucho tiempo darse cuenta de que no todos los miembros de la lista se hallaban en peligro mortal. Había muchos artistas “degenerados” que gozaban de gran celebridad y, por lo tanto, de cierta protección en la Francia de Vichy, pero existían otros que carecían de nombradía y se hallaban en verdadero peligro. Sin consultar con nadie, siguió contándole, cambió la táctica del Comité y se dispuso a ayudar al mayor número de personas que reuniesen los requisitos de la ley acerca del visado especial, estuvieran o no en la lista. […]

La complicidad entre Sam y Fry fue inmediata. Fry encargó a Sam poner orden entre toda aquella gente que se agolpaba en el hall del Splendide y buscar un sitio donde establecer una oficina. Consiguió alquilar un apartamento en el número 60 de la calle Grignan, estableciendo allí el Centro Americano de Socorros. Casi enfrente del mismo, Sam contempló una papelería en cuyo escaparate había dos carteles: uno decía Comercio judío, el otro anunciaba que A partir del 1 de noviembre la dirección de esta casa será católica y francesa, así como su personal.

El primer día en las nuevas oficinas fue especialmente agotador, una larga cola se formó desde el despacho hasta la calle. Doscientas o trescientas personas calcularon que habría. Desde las ocho de la mañana no pararon de recibir gente ─cada día entrevistaban entre sesenta y setenta personas─, solo habían podido hacer un par de breves descansos para comer alguna cosa. Aunque contaban con la colaboración de unos pocos expatriados estadounidenses, ciudadanos franceses y refugiados, era imposible atender a todo el mundo.

Era tarde, más de las once de la noche. Casi todos habían marchado ya. Sam y Varian se disponían a cerrar el despacho. Un hombre de mediana edad, con un traje cruzado gris marengo, camisa blanca con el cuello recién almidonado, corbata a rayas en tonos azules, bien afeitado y peinado, al que había entrevistado Sam a primera hora de la tarde y denegado por el momento el visado puesto que entendía que había casos más urgentes, permanecía sentado en una silla en el recibidor del oscuro piso en que habían establecido la oficina. Con la cabeza gacha, la mano derecha sobre la frente y el codo apoyado en la rodilla, pensaron que se había quedado dormido. En cierto modo así era, no parecía consciente cuando le avisaron de que iban a cerrar, se mostraba un tanto perplejo. Al reconocer a Sam se puso de rodillas, implorando. Por favor, tengan compasión, no puedo quedarme aquí, y mi mujer está embarazada, suplicaba entrecortadamente. Varian y Sam trataban de calmarlo sin resultado alguno. Le decían que estudiarían su caso con mayor detenimiento, que igual ─dijo Sam─ se había precipitado en sus conclusiones, que marchara tranquilo, que al día siguiente hablarían.

―Vengo escuchando la misma cantinela todos los días. En embajadas, consulados, oficinas de repatriados. De entrada, ya te dicen que no es posible, y si insistes que ya veremos mañana.

El hombre estaba visiblemente alterado, fuera de sí.

―De verdad se lo digo. Mañana…

―Mañana, mañana… Mañana me dirán lo mismo. Claro, como no soy uno de esos artistas a los que protegen. Yo soy un simple comerciante de provincias, como yo hay miles. ¿Vale más su vida que la mía?

―Tranquilícese, hombre. Vamos a hablar, pasemos dentro.

Varian se disponía a abrir de nuevo la puerta del despacho cuando de pronto el hombre empezó a sudar y a respirar con dificultad. Dijo sentirse mareado, le faltaba el aire, no podía pronunciar palabra. Se agarró fuertemente el brazo izquierdo y cayó al suelo inconsciente. Varian lo cogió, estaba muerto.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird).

Migrantes en la isla de Ellis

El Bretaña se aproximaba a la bahía de Nueva York. Desde cubierta se veían cada vez más altos los edificios, se agrandaban por momentos.  El barco se detuvo en la isla de Ellis. La cercana estatua de la Libertad parecía darles la bienvenida. Samuel creyó que ya habían llegado, pero no era así. Allí solo desembarcaron los pasajeros de tercera clase, migrantes que habían dejado su país y con ello, creían, también su infortunio. Estados Unidos era para millones de trabajadores de finales del siglo XIX y principios del XX la tierra de las oportunidades, la esperanza de lograr una vida digna con su esfuerzo.

De pronto, junto al barco, entre vallas de madera, vio alineados ─no supo calcular el número, puede que un centenar─ a hombres, mujeres y niños, compañeros suyos de viaje de los que en ningún momento advirtió su presencia. La expresión de sus rostros, no obstante, le resultaba familiar: evidenciaban esa apatía que caracteriza a los perdedores, a los ya derrotados antes de emprender batalla alguna. ¿Dónde estaba toda esta gente?, preguntó al capitán. Abajo, son los que vienen buscando mejorar su suerte, los que viajan en tercera clase, no tienen acceso a las plantas superiores, respondió este. Claro, claro, entiendo, dijo Samuel.

El barco siguió hacia la bahía alta una vez que los pasajeros de tercera hubieran abandonado el buque para pasar los correspondientes exámenes médico y administrativo. Los nativos blancos estadounidenses de las clases media y alta no querían en sus tierras a inmigrantes de los pueblos eslavos o mediterráneos, ni semitas; para ellos suponían una carga o una amenaza para la seguridad de la cada día más próspera nación que hacía del progreso seña de identidad nacional.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas.