Los corchos también se hunden

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Abatido por el peso de los pensamientos que, como siempre, se presentan sin avisar, de los recuerdos que anclan mi identidad a un espacio y tiempo determinados, a una historia que no es la mía, dejo de ser consciente y me duermo. No sé a qué hora, nunca miro el reloj, es un detalle del que siempre prescindo. Si no miro la hora no hay tiempo, no puedo medirlo.

Despierto cuando el sol ya debe estar harto de contemplar cómo todo, lo pertrechado durante la noche o lo improvisado en el momento, se va desmoronando bajo su luz. Me ducho, desayuno, me visto y me dirijo a donde siempre: a ningún sitio.

Por el camino encuentro miríada de personas que van al mismo lugar. Como el corcho sobre el agua deambulan, dejándose llevar. Flotan, las aguas están calmadas. Nada hace predecir la catástrofe. De repente, una inesperada crecida. Nadie sabe qué hacer. Es imposible seguir deambulando. Todo el mundo trata de agarrarse a cualquier saliente, pero no hay bastantes. Mas cuando la gran mayoría elige los del mismo tipo. La deriva se convierte en el único e insalvable motor, un motor asíncrono que se alimenta de la inercia y la pasividad, que jamás había dejado de funcionar pero que ahora tiene mayor energía que nunca. El caos es absoluto y las grietas del ánimo, que permanecían poco profundas, se abren cada vez más y afloran a la superficie, presagiando un hundimiento irremediable.

Publicada originalmente en:  https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/08/27/los-corchos-tambien-se-hunden/

Un collar de ojos de indios peruanos

 

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O fantasea cuanto quieras que la realidad siempre te superará.

6a015434a64eda970c01bb082586fa970d“Samuel apenas dominaba el inglés y sus rudimentarios conocimientos resultaban más insuficientes todavía con el acento yanqui.

 ―Traduce, traduce.

―Están hablando de moda.

―Eso ya lo sé, ¿pero por qué miran todos el escote de la señora esa? No creo que sea por sus pechos, que deben ser pasas enormes. ¿Qué tiene el collar que luce, o más bien desluce, qué piedras son esas? Anda, pregúntale.

William así lo hizo. Estaba seguro de que la respuesta no agradaría a Samuel, en absoluto, e incluso dudó transmitírsela, pero pudo más la lealtad y el respeto que sentía hacia el padre de su esposa y amigo.

―Pues… verás… Al preguntarle por el tipo de piedras me ha respondido que no eran piedras.

―¿Y qué demonios eran? Se la veía divertida. ¿Cojoncillos de sus antiguos amantes?

―Casi. Me he quedado estupefacto y no sé si decía la verdad o estaba tomándome el pelo, aunque no lo creo, pero me ha dicho que se trataba de ojos de indios peruanos, que gracias a una composición química, obtienen la dureza y el brillo del cristal. Y ha añadido que no solo es bonito sino enormemente caro, pues no es muy fácil proporcionarse ojos humanos, de personas vivas y sanas, aunque sean indias.”

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

“Concert in the Opera House Max” (1921), oleo de Max Liebermann.

“Concert in the Opera House Max” (1921), oleo de Max Liebermann.

Cuando pasé el manuscrito de El corto tiempo de las cerezas a unos pocos amigos para que dieran su opinión –algo que suelo hacer siempre que escribo una obra de ficción–, uno de ellos me dijo algo así como que el pasaje que acaban de leer puede que fuera algo exagerado. Nada más lejos de la realidad, le dije, y le expliqué –para su asombro– que en absoluto la anécdota era fruto de mi imaginación. Le aclaré entonces que el hecho que refiere está sacado de un periódico de la época. Por eso, en las notas que figuran al final incluí el siguiente comentario: “Los hechos históricos que se narran sucedieron tal los contamos. Incluso alguna de las anécdotas que figuran en la novela y pueden parecer inverosímiles están debidamente documentadas. Es, por ejemplo, el caso de la señora que luce un collar de ojos de indios peruanos en el Metropolitan Opera de Nueva York. Esta, en concreto, la sacamos de un ejemplar de la época del periódico La Vanguardia, cuya hemeroteca, excelente en contenidos y de muy fácil consulta, nos ha sido de mucha ayuda”.

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Y es que –como escribíamos en la entrada sobre los zoos humanos, las llamadas “exposiciones etnográficas” o “aldeas negras” estuvieron muy de moda en el mundo occidental desde principios de década de 1870 hasta la de 1930, manteniéndose en algunos casos hasta hace poco más de medio siglo. Estas exhibiciones coloniales mostraban aborígenes de diversos lugares del planeta colonizados por los blancos –a principios del siglo XX prácticamente no quedaba rincón alguno libre de la dominación occidental– en su “estado natural”, recreando su entorno a modo de decorados teatrales –en los que representaban sus danzas y rituales– y justificando así que fueran desnudos o semidesnudos.

1889-2París, Londres, Berlín, Bruselas, Madrid, Nueva York, fueron algunas de las capitales que ofrecían este tipo de atracciones cuyos visitantes se contaban por centenares de miles. La ocupación de vastos y lejanos territorios puso de moda lo exótico al despertar la curiosidad –el morbo si se quiere– por lo desconocido, que a los ojos de los occidentales resultaba extraño y estrafalario al tiempo que reafirmaba su superioridad. Primero se exhibieron animales. Pero pronto, avispados empresarios circenses –los encargados de proveer de animales a zoológicos y circos– descubrieron un auténtico filón con las “exposiciones etnográficas”. Para ello contaban con el beneplácito y colaboración de los gobiernos y de las principales sociedades científicas.

Carl Hagenbeck –zoólogo, domador y director de circo alemán– fue el primero en exhibir, en el zoológico de Berlín, seres humanos (hombres, mujeres y niños samoanos y lapones) en 1874. Su iniciativa obtuvo un rotundo éxito y no tardó en ser seguida por otros. El Jardín de Aclimatación de París organizó en 1877 dos “espectáculos etnológicos” con indígenas africanos de involuntarios protagonistas. El éxito fue aún mayor. Más de un millón de personas visitaron las “exposiciones”, que se prolongaron hasta 1912. La cifra no fue nada comparada con la que alcanzaron las exposiciones universales de París desde 1878, en las que uno de los platos fuertes era este tipo de muestras. Así, la 1889 –que coincidía con el centenario de la Revolución francesa (aquella de la libertad, la igualdad y la fraternidad)– presentaba una “aldea negra” con más de cuatrocientos africanos capturados a tal efecto. La de 1900 mostraba  un cuadro viviente de la isla de Madagascar que contó con más de 50 millones de visitantes. Y en la última, la de 1931, el “zoo humano” que se montó alcanzó los 34 millones de visitas.

En fin, lo dicho: fantasea todo lo que quieras que la realidad te superará siempre.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/08/25/un-collar-de-ojos-de-indios-peruanos/

 

Recuerdos, memoria, historia

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Cada recuerdo es evocado de forma distinta según la memoria donde habite y también según el transcurrir de cada uno, no puede haber un recuerdo común e igual para más de una persona. Por eso la historia no los tiene en cuenta y prefiere los documentos, las pruebas, los testimonios escritos. Nuestro amor, nuestro dolor, nuestro goce o nuestro sufrimiento quedan, en consecuencia, diluidos en una amalgama de abstracciones, pues no son cuantificables. Aun así, se hablará luego de la vida cotidiana de las personas en un periodo y un espacio determinados, de su sexualidad, de sus costumbres, cuando haya transcurrido un tiempo prudencial y estén todos muertos. Lógicamente, estos solamente habrán podido redactarlos quienes supieran escribir, o quienes conocieran, o conozcan, el engranaje que en cada momento de la historia ha movido, o mueve, la manera de acceder al conocimiento y, sobre todo, su trasmisión. La historia, en consecuencia, invención de los hombres, pues el pasado no existe, ofrecerá siempre una visión deformada, tangencial, de personas, cosas y hechos.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).