La imbecilidad no se toma ni un solo minuto de vacaciones, afirmaba al final de la anterior entrada que publiqué. Yo sí. Una cosa es escribir un tratado sobre la imbecilidad y otra muy distinta quedar atrapado en sus redes.
Así, hace unos días decidí dedicar el rato que, generalmente, paso por la tarde-noche frente al ordenador a otras cosas, a aquello que en ese momento me apeteciese y me resultara placentero. Fue de ese modo que me puse a buscar en internet fotografías de rostros conocidos de mujeres –actrices, sobre todo– con un único criterio y una sola finalidad: que me transmitieran algo, ese algo que es imposible de definir con palabras, pero que perturba, fascina, encandila, enamora…, ese algo que ‘que me pone’, en definitiva, para confeccionar con ellas un vídeo con una canción que me encanta (Mulheres, de Martinho da Vila). Abrí una carpeta y allí se juntaron los rostros de aquellos primeros amores platónicos de juventud –como Julie Christie, Jacqueline Bisset o Candice Bergen– junto a otros más actuales y conocidos, algunos de los cuales –he de confesar– correspondían a mujeres cuya existencia desconocía, pero que celebro haber descubierto.
Este ha sido el resultado. Véanlo si les apetece y si luego les quedan ganas de seguir leyendo les cuento cómo se formó en mi mente la idea de confeccionarlo. Pero antes el vídeo, que es el protagonista de la entrada:
¿Les gustó? Lo celebro. ¿No? Otra vez será. En todo caso –por eso he dejado esta parte más personal, más íntima, para después del vídeo– les explico el motivo que me impulsó a ello. Verán. Nací el 17 de Gidouille del año 92 de la Era ‘Patafísica, Dia de Santa Hembra, especialista (en el calendario occidental 1 de julio de 1954). Toda una premonición.
Mi padre era un buen sastre y tenía un taller en el que trabajaban unas ocho o diez chicas. Con ellas pasaba muchas horas. De pequeño me llevaban a pasear y ya más mayorcito escuchaba en su compañía la radio, las canciones de moda del momento.
También mi madre trabajaba en el taller y se encargaba de las tareas domésticas con la ayuda de mi abuela, que vivía en la casa contigua. La hermana de mi abuela estaba paralítica y, habiendo sido su padre, mi bisabuelo, maestro, me enseñó a leer muy pronto, a los dos años.
Mi primera escuela –hasta casi los diez años, cuando comencé a estudiar lo que entonces se denominaba Bachillerato Elemental– fue de monjas, franciscanas.
Me críe, pues, entre mujeres. En mi casa no se respiraba esa atmósfera varonil que impregnaba todo. O yo no la percibí.
Llegó el momento –tras comenzar el Bachillerato Elemental y encontrar una pandilla de amigos varones– que empezamos a salir juntos chicos y chicas. Íbamos al cine, todos los sábados y domingos. Poco después, los domingos por la tarde, llegaron los primeros guateques. Nos reuníamos para bailar, introduciendo así nuevos elementos en ese ritual de mutuo conocimiento recién iniciado que suponía la posibilidad de un mayor acercamiento, más carnal, es decir, más real, hacia las chicas.
Yo, la verdad, me sentía en aquel ambiente como pez en el agua. Y me desenvolvía bien. Tanto que mis amigos –ante quienes había mostrado ser bastante negado en cosas ‘de chicos’, como el fútbol, juego en el que mi mayor hazaña fue abrirme la ceja al intentar cabecear el balón con tanto tino que choqué con la cabeza del otro– me tachaban a veces de mariquita. Pero el mariquita era generalmente el que ligaba todos los veranos con la chica más deseada, la que solía venir de otro lugar a pasar el estío, o parte de él, en el pueblo.
Fue entonces que empezó a forjarse en mi mente la máxima de que en la vida dos de las cosas más importantes son –no me atrevo a decir, como Boris Vian, que las únicas– “el amor, en todas sus formas, con mujeres hermosas, y la música de Nueva Orleans o de Duke Ellington”. Y miren por dónde el verano que cumplí los 18 años, el de 1972, recuerdo perfectamente haber comprado dos elepés que todavía conservo y ahora mismo tengo en mis manos: Duke Ellington (de la serie Jazz Spectrum de Verve, vol. XIII) y, también de Verve, el legendario Getz/Gilberto. A esas dos cosas yo añadiría los libros, y escribir, sobre todo escribir.
Pasado ese verano, iniciaría mis estudios en Valencia. Nuevos elementos, nuevas inquietudes, despertaron en mí: la lucha por cambiar el mundo y la sociedad en que vivíamos nada más ni nada menos. Mas estas recién adquiridas ideas no aminoraron mi querencia por las mujeres, antes al contrario. Éramos mucho menos timoratos que la mayoría de los jóvenes de hoy, incluyendo la sexualidad.
Y ya termino esta paja mental. Creo que me estoy enrollando demasiado. Me he jubilado hace unos días y he tenido que vaciar mi despacho, el que he ocupado durante más de treinta y cinco años. Al traerme todas mis cosas traté de hacer sitio en casa –sigo intentándolo, pero es que tengo libros, documentos varios, fotografías, papeles de diversa índole, en todas las habitaciones, amontnados, menos en el baño, la cocina y la terraza– y entonces aparecieron viejos recuerdos plasmados en papel fotográfico.
Una canción sonó espontáneamente en mi mente al volver a contemplar aquellas fotografías en blanco y negro: Mulheres (Mujeres), de Martinho da Vila (de su álbum Tá Delícia, tá Gostoso, que se comercializó en 1995). Porque me gusta y porque, en cierto modo, me siento identificado con su letra. Y se me ocurrió hacer el vídeo. Hubiera sido de muy mal gusto usar las fotografías originales. Un caballero –menos aún si, como yo, es lesbiano– jamás haría algo así. Con ninguna de las mujeres que en él aparecen he pasado ni un segundo, no las conozco personalmente, pero son rostros conocidos –es en lo primero que me fijo, en el rostro, en la sensualidad que emana– y susceptibles, por tanto, de transformar la imaginación en realidad, por deformada que esté. Esos rostros me enamoran –o ‘me ponen’– como en su día me enamoraron los de las mujeres que sí conocí.
Una última cosa: cada vez que le he dicho a una mujer, como en la canción, “eres el sol de mi vida, mi voluntad, no eres mentira, eres verdad, eres todo lo que un día soñé para mí” ha sido en todo momento desde la más absoluta sinceridad. Puede que sea un monógamo sucesivo, pero leal con las personas que quiero, siempre.
Johnny Hallyday y Sylvie Vartan en el concierto en la plaza De la Nation el 22 de junio de 1963.
Para celebrar el año de existencia de la revista homónima, el programa radiofónico Salut les Copains, de la emisora Europe 1, dedicado a la música pop-rock, organizó un concierto al aire libre en la plaza De la Nation el 22 de junio de 1963, desde donde el día siguiente debía salir el Tour de Francia. Despertó tanta expectación que la cifra de jóvenes y adolescentes que asistieron al evento superó todas las previsiones, más de 150.000 jóvenes. Sin embargo, lo que prometía ser una velada lúdica acabó a hostia limpia, como como el rosario de la aurora. Pandillas de blousons noirs (lo que hoy denominaríamos bandas urbanas), unas quince de veinte a treinta blousons cada una, se mezclaban entre la multitud. Aún no había terminado el concierto cuando en algunas zonas de la plaza empezaron a verse algunos claros. Chicos y chicas se apartaban, los blousons comenzaban a alborotar el ambiente arrojando botellas de cerveza vacías contra los escaparates y provocando a cuantos les recriminaban su actitud. Sucedió un intercambio de insultos e increpaciones, puñetazos y golpes. Bien pertrechados con palos, cadenas, puños americanos y otros objetos contundentes, se hicieron los amos de la situación. La policía no podía llegar hasta ellos.
Primer numero de la revista juvenil ‘Salut les Copains’ (julio-agosto de 1962).
Mas vayamos por partes. Antes de contar qué pasó para que se desencadenara una batalla campal, situemos en su contexto a estos adolescentes y jóvenes recordando que estamos en los comienzos de la década dorada del capitalismo, aquella en que la juventud irrumpió por primera vez como sujeto histórico, accediendo al nuevo Estado de bienestar como consumidor y, por tanto, como protagonista. En 1963 más de un tercio de la población occidental era menor de veinte años. Tal circunstancia no se producía sucedido desde 1914. La música rock-pop avanzaba a pasos agigantados y se convertía en todo un símbolo de autoafirmación generacional en el que se sentían reconocidos los jóvenes. Bob Dylan, un año después, en su canción The Times They Are a-Changin’ hacía referencia al desconcierto con que sus padres vivían tal situación: “Vengan padres y madres de alrededor del mundo / y no critiquen lo que no pueden entender, / sus hijos e hijas están fuera de su control, / su viejo camino envejece rápidamente. / Por favor, dejen paso al nuevo si no pueden echar una mano, / porque los tiempos están cambiando”.
Jóvenes subidos a los toldos de los cafés durante el concierto en la plaza De la Nation.
Veamos ahora quiénes componían el cartel del evento y escuchemos, si les parece, algunos de los temas que en aquellos momentos los habían llevado a lo más alto del pódium de las estrellas entre la juventud. Eran, obviamente, los grupos y cantantes de moda entre la entonces aún denominada generación yeyé: Danyel Gérard, Les Chats Sauvages, Les Gam’s, Richard Anthony, Sylvie Vartan y Johnny Hallyday.
Empezamos con Danyel Gérard, catapultado al éxito tras grabar la versión francesa de Speedy Gonzales (1962), de Pat Boone (Le petit Gonzalès), quien interpreta el tema en un programa de la televisión francesa del 28 abril 1962.
Les Chats Sauvages (desde 1962 con Mike Shannon de vocalista) era uno de los grupos más admirados por los jóvenes enragés. En el vídeo que sigue les vemos interpretando la canción Je suis amoureux de toi en el programa de la televisión francesa ‘Age tendre et tête de bois’ el 8 de junio de 1963.
Del mismo programa anterior, al mismo día, es esta actuación de Les Gam’s, grupo vocal femenino de rock francés, muy popular a principios de la década de 1960, pero cuya carrera fue efímera, en la que cantan Il a le truc (1963).
Richard Anthony y Johnny Hallyday fueron quienes más discos vendieron en Francia durante 1962. A este año corresponde el siguiente vídeo en el que interpreta J’entends siffler le train, adaptación de 500 Miles, canción estadounidense compuesta por Hedy West en 1961, que se situó en el número de uno de ventas en Francia en 1962.
Sylvie Vartan, una de las chicas yeyé por excelencia, quien había grabado su primer disco en 1961, era, con Johnny Hallyday –con quien se casaría en 1965– era uno de los platos fuertes del concierto. La vemos en el programa de televisión ‘Voulez vous jouer avec nous?’ (febrero de 1963) cantando un de sus éxitos del momento, Le locomotion, que había grabado en 1962.
Johnny Hallyday en el concierto en la plaza De la Nation el 22 de junio de 1963.
Y finalmente, Johnny Hallyday, el ídolo más idolatrado, cerraba el concierto. Lo vemos en una actuación en directo en Ámsterdam del mismo 1963, no sé si anterior o posterior al concierto de la plaza De la Nation, pero seguro que de los vídeos aquí insertados es el que más se acerca a lo que los jóvenes franceses asistentes al mismo contemplarían. Interpreta el conocido I Got a Woman, el ya clásico r&b de 1954 que previamente habían grabado, entre otros, Ray Charles y Elvis Presley.
La policía sin poder pasar debido al gran número de jóvenes que habían acudido al concierto.
Vamos ya con la crónica de cómo transcurrió el concierto la plaza De la Nation el 22 de junio de 1963. Lo voy a hacer tal como lo narro en Tiempos de cerezas y adioses en el capítulo XV de su segunda parte (la que incluye mi novela Adiós, mirlo, adiós). Me pareció perfecto para hablar del enfrentamiento generacional que alcanzó su cenit en Mayo del 68 y decidí novelarlo. Para reflejar el carácter de sus principales personajes me venía como anillo al dedo. Con mi ‘crónica novelada’ les dejo, pues. Lógicamente, los perdonajes que aquí figuran son ficticios. Los hechos, no obstante, sucedieron tal los cuento, igual que las reacciones que suscitaron.
Entre los franceses, al menos uno de cada tres jóvenes de entre 13 y 16 años escuchaba un programa radiofónico titulado Salut les Copains, de la emisora Europa 1, dedicado a la música pop. Lo emitían todos los viernes de cinco a siete de la tarde. Hannah, a punto de cumplir los 16, no se perdía ni uno y estaba atenta a la recomendación semanal, Le Chouchou de la Semaine, la canción que cada viernes el programa elegía como favorita solía coincidir con sus gustos y procuraba comprar el disco en cuanto le era posible. Tenía un tocadiscos que sus padres le habían regalado el año anterior, al terminar el curso, como recompensa a sus buenas notas. Hasta entonces debía compartir con su hermano uno viejo, lo que era fuente de continuas broncas, tenían gustos distintos. A Hannah le gustaban François Hardy ─cuyo modo de vestir imitaba─ y Sylvie Vartan, los Beach Boys y los Beatles, y la música yeyé que tanto promocionaba el programa; Al era fan de Les Chaussettes Noires, Johnny Hallyday y Vince Taylor, sobre todo de este último. El tocadiscos de Hannah era uno de los últimos modelos, un Teppaz estéreo ─desde 1958 los discos podían grabarse y reproducirse por estereofonía─ y tenía también radio. Era, sin duda, el que Hannah deseaba. Al también hubiera estado encantado de poseer otro igual, pero se apañaba con el viejo portátil, su gran ambición seguía siendo una motocicleta.
Cuando Salut les Copains emplazó a los jóvenes parisinos a las nueve de la noche al concierto que organizaba en la plaza De la Nation el 22 de junio de 1963 con motivo de la salida del Tour de Francia para celebrar el año de existencia de la revista homónima, de tanta repercusión como el espacio radiofónico, preveía una buena acogida de su iniciativa, aunque no tanto como la que finalmente consiguió. Ese día la mayoría de los jóvenes tenía prisa, nadie quería perderse el espectáculo en el que participaban los cantantes más populares del momento: Danyel Gérard, Mike Shannon, Les Chats Sauvages, Les Gam’s, Richard Anthony y, los más esperados, Johnny Hallyday y Sylvie Vartan. Todos deseaban ocupar los lugares más próximos al escenario. Se esperaba que acudieran unos veinte mil jóvenes, pero el número de asistentes desbordó cualquier previsión: fueron casi doscientos mil; el metro y los autobuses iban hasta el tope y a medida que uno se acercaba a la plaza las doce vías que en ella desembocan estaban llenas de muchachos y muchachas. Muchos de ellos, de ambos sexos, vestían jeans y camisetas de algodón, zapatillas de deporte o botas. La plaza De la Nation era un enorme escaparte de la moda juvenil. Abundaban las chicas al estilo de François Hardy o Sylvie Vartan, peinadas con lacias medias melenas y vestidas con faldas a cuadros y suéteres lisos, rojos o negros la mayoría. Entre ellos predominaban los pantalones estrechos, los suéteres de cuello redondo bajo los que asomaba la camisa y también la chaqueta y corbata estrecha. El pelo tipo Johnny Hallyday o Vince Taylor se repetía entre los muchachos, especialmente entre los que pertenecían a alguna de las pandillas de blousons noirs o, como Al, se movían en su ambiente.
Un par de horas antes de empezar el concierto era casi imposible acceder a la plaza. Había jóvenes por todas partes, la plaza De la Nation y las calles adyacentes estaban a rebosar, no se llegaba a ver el asfalto desde los balcones y terrazas, solo cabezas se apreciaban, y ninguna calva, todas de jóvenes. Muchos se sujetaban de las rejas o cualquier asidero a mano para ver a sus ídolos, otros ocupaban los tejados, se subían los árboles, a las farolas, a los toldos de los cafés. Los más bizarros aupaban a hombros a las muchachas. Tres mil gendarmes trataban de mantener el orden, pero no daban abasto. Los coches de la policía estaban atrapados en medio de la marea juvenil, y la gala no había comenzado aún.
Cuando se escucharon los primeros sones de una guitarra eléctrica empezó el delirio. Los gritos de histeria de las fans impedían a veces oír a los cantantes. Tampoco hacía falta, la mayoría se sabía sus canciones y las coreaba entusiasmada. Era la primera gran fiesta de la música pop al aire libre; además, gratuita. Empezado el concierto seguía llegando gente. Algunos árboles y toldos no pudieron soportar tanto peso y cedieron, cayendo jóvenes al suelo. Otros sufrieron lipotimias por el hacinamiento. Los servicios sanitarios no podían pasar y los de seguridad se hallaban desbordados.
Con Sylvie Vartan y Johnny Hallyday llegó el éxtasis. Si je chante c’est pour toi, cantaba Sylvie, y añadía: Él dijo te amo y tú le creíste. / Fue la misma noche que le conociste. / Ahora estás llorando porque le has visto / abrazado con la mejor de tus amigas.
Unas quince bandas de veinte a treinta blousons noirs cada una, más organizadas y agresivas que su pandilla, llegadas separadamente desde Belleville, la plaza de Italia o de Joinville, se mezclaban entre la multitud. Como los demás, bailaban y coreaban algunas canciones, especialmente las de Les Chats Sauvages y Johnny Hallyday.
Aún no había terminado el concierto cuando en algunas zonas de la plaza empezaron a verse algunos claros. Chicos y chicas se apartaban, los blousons comenzaban a alborotar el ambiente arrojando botellas de cerveza vacías contra los escaparates y provocando a cuantos les recriminaban su actitud. Sucedió un intercambio de insultos e increpaciones, puñetazos y golpes. Bien pertrechados con palos, cadenas, puños americanos y otros objetos contundentes, se hicieron los amos de la situación. La policía no podía llegar hasta ellos.
Con la adrenalina a tope por la agresiva y belicosa atmósfera que le rodeaba, Al cogió una silla de un café y la lanzó contra el cristal del mismo, que se hizo añicos. Algunos policías, que no advirtió, habían logrado ya acceder a la plaza. Lo cogieron entre cuatro y lo metieron a trompicones en un furgón.
La noche terminó con grandes destrozos en el mobiliario público, lunas de escaparates apedreadas, toldo de cafés arrancados, coches volcados… Las reacciones en los días siguientes eran de lo más críticas. Esa música, esos programas, esas modas, nada puedo pueden traer, decía la prensa. Les Nouvelles littéraires hablaba de aquellos jóvenes como de la cohorte despolitizada y desdramatizada de los franceses de menos de veinte años, bien alimentada, ignorante en historia, opulenta, realista. Paris-Presse jugaba con el título del programa radiofónico y la revista y titulaba su artículo de fondo Salut les voyous! (gamberros). La mayor parte de las opiniones se centraban en los desórdenes que siguieron al concierto, extendiendo la responsabilidad a los organizadores y a las ganas de bronca de un amplio sector de la juventud aparentemente desencantada de todo. Algunos, además, hicieron gala de una tremenda miopía analítica. El propio presidente de la República, Charles de Gaulle, sin ir más lejos, comentó: Estos jóvenes tienen energía de sobra. Podrían empelarla construyendo carreteras. Otros, en cambio, intentaron explicar el movimiento. Desde las páginas de Le Monde, Edgar Morin hacía un análisis más sociológico de los hechos y calificaba a los jóvenes congregados en la plaza De la Nation de yeyés [artículo “El tiempo de los yeyé”], dando así nombre a esta tendencia juvenil cuyo sentido último de sus acciones era ese gozar en todas las formas [que] engloba (y se vierte en) el gozar individualista burgués: gozar de un lugar al sol, gozar de bienes y propiedades; el gozar consumidor, a fin de cuentas.
Cincuenta años separan las dos imágenes en blanco y negro de las dos en color que figuran bajo estas líneas.
Las cuatro corresponden a la conmemoración del Primero de Mayo en París y recogen enfrentamientos entre manifestantes y policías. Las dos primeras fueron tomadas en 1968, las dos segundas ayer mismo.
No quiero insinuar ningún paralelismo entre lo que sucedió en París el 1 de mayo de 1968 y lo ocurrido ayer más allá del que muestran las fotografías. Quiero decir que no creo que los enfrentamientos de ayer desemboquen en un nuevo Mayo del 68. Ahora bien, sí tienen algo en común: desde los tiempos de la Revolución Francesa siempre ha habido enragés (furiosos, rabiosos), los hay ahora y los seguirá habiendo. Los enragés de 1968 –influidos por el pensamiento situacionista–, como los de antes y los de ahora, lo que pretendían era dinamitar los cimientos de un sistema alienante y opresor, perturbar el orden de cosas. Por eso, se oponían, y se oponen, a cualquier vía reformista, a la participación en las instituciones, y rechazan canalizar su rabia a través de los partidos políticos o los sindicatos, “la izquierda del capital”. Los enragés de los tiempos de la Revolución Francesa justificaban “los motines y los asaltos a las tiendas, como un medio de ‘restituir al pueblo lo que le hacían pagar demasiado caro desde hace mucho tiempo’” (Wikipedia). Como sucedió ayer en París con el saqueo a un McDonald’s.
El 2 de mayo de 1968 –cuando aún sonaban las voces de centenares de miles de personas que se habían manifestado el día antes en las principales ciudades francesas– los estudiantes ocuparon las aulas de la Universidad de Nanterre, a las afueras de París, un campus creado ex profeso para dar cabida al cada vez mayor número de jóvenes que, al amparo del boom económico, accedían a la Universidad. Era el origen inmediato de los hechos de Mayo del 68.
¿’Despertó’ ayer París de nuevo? Lo dudo. Tampoco es mi intención hacer pronósticos acerca de lo que pueda pasar a no a partir de ahora. Soy historiador, no futurólogo. Por tanto, no es del futuro de lo que hablo sino del pasado, más concretamente de las relaciones entre pasado y presente. En el texto de la contraportada de mi novela Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), entre otras cosas, se dice: “El lector advertirá [en ella] muchas situaciones en las que verá reflejadas las actuales circunstancias que vivimos tras el triunfo del pensamiento único”.
Adiós, mirlo, adiós es una de las dos novelas que conforman mi nuevo libro Tiempos de cerezas y adioses. En ella los hechos de Mayo del 68 en París juegan un papel relevante y suponen para su principal protagonista, Sam Sutherland, junto a otras situaciones que ahora no vienen al caso, la frustración y el desencanto al comprobar que su forma de actuar hasta entonces –marcada por la sinceridad, la confianza y la lealtad con sus amigos (la amistad es para él un valor inquebrantable)– se viene abajo.
Así pues, lo que les propongo desde esta entrada es ‘revivir’, o ‘evocar’, los hechos de Mayo del 68 en París tal como los vivió Sam y los otros protagonistas de la novela. Con el título genérico Mayo del 68 en ‘Tiempos de cerezas y adioses’ publicaré desde ya (hoy mismo) una serie de entradas –a las que añadiré un subtítulo para diferenciarlas– que coincidirán con el día en que se centran los hechos. Serán estas diez en total e irán apareciendo entre hoy y finales de mayo.
Cada uno que extraiga sus propias conclusiones. Si ello les hace reflexionar sobre este sistema y lo que se puede esperar de él, mejor. Y si, además, ello motiva a alguien a comprar Tiempos de cerezas y adioses, pues mejor todavía.
Y les dejo con música. Con una canción de 1968. En la versión de aquel año y en otra de casi cincuenta años después (de 2015). Me refiero a Il est 5 heures, Paris s’éveille (Son las cinco de la mañana, París despierta), de Jacques Dutronc, cantante de éxito que ya había conseguido un par de números uno en el ranking de canciones más escuchadas en Francia, una de las canciones que durante los días de la revuelta de 1968 fue adoptada por la juventud como una especie de himno. Con letra de Jacques Lanzmann –inspirada en una canción de 1802, Tableau de Paris à cinq heures du matin, de Marc-Antoine-Madeleine Désaugiers–, miles de gargantas corearon “París despierta, París despierta” durante las manifestaciones. El otro vídeo es una muy buena versión de Zaz, que interpretó en el festival Stuttgart Jazz de 2015.
Y es que, como el título de la canción de Julio Iglesias, «la vida sigue igual”. Y seguirá. “Toda la vida en las sociedades donde rigen las condiciones modernas de producción se manifiesta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que antes se vivía directamente, se aleja ahora en una representación” (Guy Debord, La sociedad del espectáculo, 1967).