¿Qué mueve a la gente a la sumisión?

Mira Blas, no soy ningún filósofo ni he recibido instrucción alguna más allá de leer y escribir, y de aquella manera, (…) pero me ha intrigado siempre, desde que a los trece años vi reflejada la indiferencia en los rostros de quienes trabajaban con nosotros, la apatía y la más absoluta indolencia ante la injusticia, qué mueve a la gente a aceptar la sumisión y qué les conduce a creer que las desigualdades forman parte del ordenamiento natural. Piensan que hay quien nace pobre y quien tiene más suerte y lo hace en el seno de una familia rica, ¡qué le vamos a hacer!, así son las cosas, siempre habrá unos que manden y otros que tengamos que obedecer. He visto esos rostros de los que te hablaba antes transmutar de repente y revelar el odio hacia quienes les habían estado explotando durante años y años, y he visto luchar en nombre de esas ideas por un futuro mundo igualitario, hasta matar por ellas. Y luego el fracaso, y con él de nuevo los rostros, doblegados, sumisos como siempre. Me he preguntado por ello toda mi vida, he buscado en los libros la respuesta de acuerdo con mi propio albedrío y he sacado mis propias conclusiones, que pueden ser acertadas o no, pero es lo que siento. Conforme pasan los años, todo va a un ritmo cada vez más acelerado, se suceden los inventos, se mejoran toda clase de técnicas, es el progreso, dicen. Todo cambia, a mejor o a peor es cosa que no voy a discutir ahora, y lo hace cada día más aprisa, pero hay cosas que siempre permanecen. Conozco algunas grandes ciudades y todas ellas tienen en común por encima de cualquier otra cosa uno o más barrios miserables de los que esos rostros resignados forman ya parte del paisaje. Siento tristeza al contemplarlos, y rabia. Viendo esa multitud podría estar de acuerdo contigo en que un día se recogerán los frutos de tanto sacrificio. Pero no me lo creo, el hombre no puede nunca ser justo con él mismo, acepta que siempre ha de haber superiores y aspira a acercarse a ellos, los más osados a formar parte de su club. A la gente le da igual que el mundo sea injusto o desigual, lo que quiere es salir de la parte desdichada de este, lo demás le trae sin cuidado.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (nueva edición 2019). Disponible en Amazon.

John Dillinger: That’s Life

No conseguía encontrar trabajo y decidió aceptar la propuesta de un amigo para asaltar la tienda de un conocido comerciante de su ciudad, Indianápolis (EE UU). Hablo de John Dillinger, quien había nacido allí el 11 de mayo de 1903. Ambos fueron capturados poco después y Dillinger, que a diferencia de su amigo no podía costearse un abogado, fue condenado a nueve años de prisión.

En la cárcel, y puesto que era una persona hábil e inteligente, no perdió el tiempo y, además de jugar a béisbol, aprendió de sus compañeros los trucos y recursos para poder atracar bancos. Cuando salió en libertad formó su propia banda, que comenzó a actuar en mayo de 1933.

Eran tiempos muy difíciles para la gran mayoría de la población a causa de los efectos recesivos de la Gran Depresión de 1929. Cómo no, los bancos eran vistos, con razón, como causantes del infortunio económico de millones de trabajadores. Nada menos que 14.500.000 estaban en paro en 1933 y 23.000 personas se suicidaron ese año al no poder soportar más su mísera situación.

En tal estado de cosas, Dillinger pronto fue considerado por esta gran mayoría como un bandido tipo Robin Hood, una especie de bandido social. “Casi todo el que tome la contra a los opresores y al Estado será con toda probabilidad considerado una víctima, un héroe, o ambas cosas” (E.J. Hobsbawm: Rebeldes primitivos, 1959). Y así fue visto Dillinger, además, era guapo y educado y no tardó en convertirse en un ídolo de masas. Si es cierto lo que se cuenta en la película Enemigos públicos sobre Dillinger –presume de ser veraz; no lo es del todo–, durante un asalto a una sucursal bancaria un hombre que iba a depositar el dinero en ella fue a entregárselo y Dillinger le dijo que se lo quedase, que él solo robaba a los bancos, no a la gente.

A partir de aquí, se suceden los asaltos a los bancos y las detenciones. Dillinger fue capturado dos veces, pero las dos consiguió escapar. “Una cárcel es como una nuez con un gusano dentro. El gusano siempre puede salir”, dijo, o dicen que dijo. John Edgar Hoover –un pájaro de mucho cuidado (lideró más tarde la caza de brujas emprendida por el senador McCarthy), que por entonces estaba empeñado en ‘modernizar’ la Oficina de Investigación (BOI, Bureau of Investigations), predecesora del FBI, y crear leyes interestatales que impidiesen que un fugitivo de la ley no pudiera ser detenido en un Estado que no fuese aquel en el que había cometido un ‘delito’– lo declaró “enemigo público número uno” y puso precio a su cabeza: “diez mil dólares para quien lo entregue, vivo o muerto, y cinco mil para quien facilite una pista que permita su captura”. La captura de Dillinger se convirtió en su principal objetivo, en su obsesión. Vio en ello su trampolín para ascender en su carrera profesional y lo cierto es que lo aprovechó. Usó todas las artimañas posibles y finalmente consiguió que una de sus amigas, Anna Sage, madame de un prostíbulo local, le confesara su paradero si no quería ser inmediatamente deportada a su país natal, Rumanía.

El 22 de julio de 1934, cuando Dillinger salía del Biograph Theater (Chicago) tras ver la película Manhattan Melodrama (El enemigo público número 1), fue acribillado a balazos. Se le atribuyeron 26 asesinatos cometidos, mas lo cierto es que Dillinger, según algunos historiadores, no mató a nadie. Sí sus compañeros. La cifra, por otra parte, es exagerada y, ¿qué quieren que les diga?, los muertos fueron agentes de ‘la ley’ que trataban de detener a él y a sus colegas. Si uno se declara conscientemente un ‘fuera de la ley’ lo que hace en esta situación es defenderse. Ni más ni menos. Es cuestión de la posición en que cada uno se sitúe. Para mí fue un gran tipo. De lo contrario no hubiera confeccionando este vídeo, o lo hubiese hecho de otro modo. Por eso lo termino con esta cita del Marqués de Sade, de su libro Los crímenes del amor (1800), con la que abría mi novela Prudencio Calamidad:

¿Creéis que hay gran diferencia entre un banquero de una mesa de juego robándoos en el Palais-Royal o Matasiete pidiéndoos la bolsa en el bosque de Bolonia? Es lo mismo, señora; y la única distancia real que puede establecerse entre uno y otro es que el banquero os roba como cobarde, y el otro como hombre valiente.