Alcoi, 10 de julio de 1873

Incendio de varias casas colindantes con el ayuntamiento para obligar a las autoridades a rendirse.
Grabado de La Ilustración Española y Americana (24 de julio de 1873).

Samuel salió a la calle sobre las siete de la mañana. El día luminoso, raso, despejado Se dirigió a la plaza. Un buen número de personas se congregaba frente al campanario de Santa María. Los guardias municipales se habían quedado sin munición. Estaban indefensos arriba de la torre. Se escuchaban gritos. Bajad ahora, valientes; ¿Tenéis miedo, cobardes?; Bajad de una vez, como subamos a por vosotros…; Bajad, asesinos, traidores; Bajáis o subimos.

Momentos después los guardias se asomaron a la puerta del campanario, los siete, temblorosos, espantados, lívidos, sudorosos, con las manos en alto, atemorizados. No se atrevían a salir. Nadie era ajeno al ambiente de animadversión que dominaba, no había indiferentes. Un odio postergado, antiguo, que algunos creían relegado por el simple paso del tiempo, parecía haber despertado en la conciencia colectiva. Al lado de Samuel se encontraba un tal Parranca, matarife, voluntario de la República, armado con una carabina; de su mano un niño de unos doce años, su hijo, sostenía una navaja.

Un hombre que rondaría la treintena alcanzó en un par de zancadas la posición de los guardias, agarró al cabo por los pelos y le asestó una puñalada en el estómago. Cayó fulminado, retorciéndose de dolor. Inmediatamente, los demás siguieron su ejemplo. Una turba se abalanzó sobre los seis restantes. Desde donde estaba situado, Samuel no pudo ver de qué manera les acometieron, aunque no era difícil de imaginar.

Unos minutos después los cuerpos inertes de los desfigurados guardias eran trasladados al hospital por los mismos insurrectos.

La gente que ocupaba la plaza, cada vez en mayor número, furiosa, encolerizada, seguía demandando justicia. Y la justicia exigía el castigo del máximo responsable de la tragedia: Albors. ¿Dónde está Albors? A por él, que no escape… Tuvo que ser el propio Albarracín, montado sobre su caballo blanco, quien pusiera orden. […]

Todos siguieron a Albarracín a la contigua plaza del Mercado. La espita del odio estaba abierta y la llave para regular su paso atascada de desasosiegos, odios, rencores, ilusiones y esperanzas. La casa consistorial se hallaba completamente sitiada, no había escapatoria posible para sus contumaces ocupantes, era simple cuestión de tiempo. Los defensores del orden, para los de dentro, los enemigos de la justicia social, para los de fuera, no tenían más opción que rendirse o ser pasto de las llamas. Una trompeta llamó a silencio. La potente y subyugante voz de Albarracín conminando a Albors y los suyos a la rendición ─por última vez, dijo─ pudo escucharse perfectamente. Sin embargo, no obtuvo respuesta alguna, de nuevo el silencio. Se oían ruidos procedentes del interior de la casa consistorial y de las aledañas a esta. Al parecer seguían perforando tabiques y paredes interiores buscando una salida. Los ánimos se encrespaban más, si es que ello era posible; a la inquina dominante se añadía la impaciencia, el deseo de acabar de una vez.

―Está en casa de Laliga exclamó de pronto uno de los sublevados que pareció reconocer la voz de Albors.

Hablaba en singular, pues en definitiva se trataba de Albors; los demás eran simples acompañantes en su temerario propósito. La carnicería de Laliga fue ocupada inmediatamente. Nunca la había tenido tan llena. Aquí, están aquí, gritaba la gente. Bribones, pillos, ladrones, y demandaban petróleo. Están ahí, en el sótano, quemad la puerta, veréis que pronto abandonan la madriguera. Por fin Pedro Cort, propietario y fabricante, se decidió a salir y en aquel mismo instante se oyeron disparos y golpes que pusieron fin a su existencia.

Albors, ¿dónde está Albors? Sal, cobarde, ¿vas a permitir que siga muriendo gente por ti? Sal, cagón, gallina. Aquí no está, dijo Baltasar Blanes, guardia municipal, de 40 años, quien había emigrado desde el cercano pueblo de Benasau en busca de un mejor empleo como tantos de los otros que ahora se enfrentaban a él. Creía haber tenido suerte, un municipal tiene trabajo todos los días. No fue así. Salió implorando misericordia, tenía tres niños, decía. Un insurrecto le increpó:

―¿Y cuántos tenía yo el día que me denunciaste? ¡Cuatro! Te supliqué que no dieras parte, que total eran unos pocos metros de tela. Al dueño no le hacían nada, pero a mí… Acabé en la cárcel, me despidieron de la faena.

―No podía hacer otra cosa, cumplía con mi deber. ¿Qué iba a hacer? Yo no dicto las leyes.

―Tu deber era estar con los tuyos. Ahora, yo también cumplo con mi deber.

Un tiró le descerrajó. Otro guardia que se encontraba con ellos tuvo mejor fortuna. Sollozaba, clamaba clemencia, juraba no saber dónde estaba Albors. Cada uno escaba por dónde podía, Albors había dado la consigna de sálvese quien pueda. ¡Ya está bien, llevadlo a la cárcel!, gritó Fombuena cuando un insurrecto se disponía a rematarle en el suelo de un navajazo. Miraron al desgraciado municipal. Levantaron al guardia entre varios y se lo llevaron en medio de un mutismo generalizado.

―¿Y Albors? ─Monllor seguía impaciente la narración de Samuel.

―Lo cogieron. Antes mataron también a Carmelo García, el recaudador de contribuciones. Trataba de escapar simulando ser un internacional, decía que Albors estaba escondido en los bajos del ayuntamiento, que es de donde él salía. Uno, no sé quién, le reconoció y de un culatazo tremendo le abrió la cabeza, se desplomó como si fuera un muñeco de trapo. Después le propinaron unos cuantos culatazos más. Poco después encontraron a Albors, escondido en casa de doña Elena Barceló. Un tal Senent gritaba desde un balcón que por fin lo habían apresado y que cómo lo querían, vivo o muerto. Vivo, gritaron todos, que salga por su propio pie, y empezaron a golpear la puerta con un hacha. Enseguida salió Albors, con Senent y otros dos internacionales. Trataba de mantener la entereza, llevaba el sombrero puesto, pero estaba sucio y demacrado. Miraba a su alrededor no sé si incrédulo o completamente doblegado, si buscando a alguien que saliera en su defensa o esperando a que alguien se decidiera a terminar con él de una vez. Permanecía de pie, impertérrito, en silencio. Todos le increpaban. Ladrón, pillo, asesino, cobarde, traidor, burgués…  Le decían de todo. Supongo que tendría miedo, pero no lo aparentaba. En realidad no aparentaba nada, quiero decir que parecía estar ido, resignado a su suerte.

―¿Te vio?

―Su mirada se clavó en la mía por un instante, pero no sé si me reconoció, no sé si reconocía a nadie, sus ojos nada expresaban.

―¿Y luego lo mataron?

―Enseguida. Mientras seguían insultándole se iba formando un círculo a su alrededor. Un joven con gorra le propinó un golpe con la mano en la cabeza, haciéndole caer el sombrero al suelo. Albors se agachó para recogerlo y otro le pinchó por detrás, en el cuello, con una bayoneta. A continuación se abalanzaron sobre él. Escuché disparos y gritos, pero desde donde yo estaba solo veía los brazos de mucha gente subiendo y bajando palos, garrotes, navajas… Cuando se apartaron, Albors estaba en el suelo en medio de un gran charco de sangre. Me acerqué. Ataron sus piernas a unas cuerdas, por los tobillos, unos cuantos chiquillos empezaron a arrastrarlo por la calle. Con ellos iba uno que se llama Vicente, que es carpintero, con un sable en la mano, ensangrentado. ¿Queréis probar la sangre de Albors?, decía.

Versión novelada de los hechos sucedidos en Alcoi el 10 de julio de 1873 durante la insurrección del Petrolio. De mi novela El corto tiempo de las cerezas (2015, 2019).

Un estudio histórico de los hechos lo encontrará en mi libro Clase obrera e industrialización: El Petrolio (2013).

Nota para los vecinos de Alcoi (especialmente)

Uno de los problemas con los que tropezaba para que mi libro “Clase obrera e industrialización. Alcoi: El Petrolio” tuviera una mejor difusión se ha resuelto. Me refiere a su presencia física en librerías, especialmente las de Alcoy.

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A los que creen en Dios

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Si Dios existe, no puedo menos que estar de acuerdo con Randolph Churchill, quien, después de que Evelyn Waugh lo convenciera de leer la Biblia, exclamó, no sin considerable incredulidad: “Vaya cabrón está hecho Dios, ¿no?”. A lo que yo, como prueba de esa misma opinión, solo añadiría lo siguiente:

“No penséis que he venido a poner paz en la Tierra; no vine a poner paz, sino espada. Porque he venido a separar al hombre de su padre, y a la hija de su madre, y a la nuera de su suegra, y los enemigos del hombre serán los de su casa”.

Mateo 10, 34-37

“Yo soy Yavé, no hay ningún otro; el que formó la luz y creó las tinieblas, el que da la paz y crea las desdichas. Yo soy Yavé, quien hace todo esto”.

Isaías 45, 7

“Yavé es un fuerte guerrero; Yavé es su nombre”.

Éxodo 15, 3

“En cuanto a esos mis enemigos, que no quisieron que yo reinase sobre ellos, traedlos acá y degolladlos”.

Lucas 19, 27

“Si uno se acuesta con otro como se hace con mujer, ambos hacen cosa abominable y serán castigados con la muerte; caiga sobre ellos su sangre”.

Levítico 20, 13

“Calumniadores, abominadores de Dios, ultrajadores, orgullosos, fanfarrones, inventores de maldades, rebeldes de los padres, insensatos, desleales, desamorados, despiadados, los cuales, conociendo la sentencia de Dios, que quienes tales cosas hacen son dignos de muerte…”.

Romanos 1, 30-32

“Y dice el impío en su fatuidad: “¡No atiende, no hay Dios!”. Estas son sus cavilaciones.

Salmos 10, 4

“… vendrá el solano; el viento de Yavé subirá del desierto, y secará su fuente y agotará sus manantiales; él saqueará el tesoro y todos los objetos preciosos. Viene sobre Samaria el castigo porque se rebeló contra su Dios. Caerán a la espada de sus párvulos, serán estrellados, y sus mujeres en cinta serán hendidas”.

Oseas 13, 15.16

“Recuerda, ¡oh, Yavé!, a los hijos de Edom el día de Jerusalén, los que decían: “¡Arrasad, arrasad hasta los cimientos!”. Hija de Babel, la devastadora, dichoso el que te diere el pago que a nosotros nos diste. ¡Bienaventurado quien cogiere y estrellare contra la roca a tus pequeñuelos!”.

Salmos 137, 7-9

“Y voy a arrojarla en cama, y a los que con ella adulteran, en tribulación grande, por si se arrepienten de sus obras. Y a sus hijos los haré perecer de muerte, y conocerán todas las iglesias que yo soy el que escudriña las entrañas y los corazones y que os daré a cada uno según vuestras obras”.

Apocalipsis 2, 22-23

“Commoviose y tembló la tierra, vacilaron los fundamentos de los montes, se estremecieron ante Yavé, airado. Subía de sus narices humo, y de su boca fuego abrasador, carbones por Él encendidos. Abajó los cielos y descendió, negra nube tenía bajo sus pies. Subió sobre los querubes y voló; voló sobre las alas de los vientos. Hizo de las tinieblas un velo, formando en torno a sí su tienda: calígine acuosa, densas nubes”.

Salmos 18, 7-11

“Así como se gozaba Yavé en vosotros haciéndoos beneficios y multiplicándoos, así se gozará sobre vosotros arruinándoos y destruyéndoos. Así seréis exterminados de la Tierra en que vais a entrar para posesionaros de ella”.

Deuteronomio 28, 63

“Me echaré sobre ellos como osa privada de sus crías, desgarraré como cachorro sus corazones, los devoraré como león; las fieras del campo los harán pedazos”.

Oseas 13, 8

“Terrible cosa es caer en manos del Dios vivo”.

Hebreos 10, 31

“¿Tocarán la trompeta en la ciudad sin que alarme el pueblo? ¿Habrá en la ciudad calamidad cuyo autor no sea Yavé?”.

Amós 3, 6

“Si crían hijos, los despojaré de ellos, privándolos de los hombres, y ¡ay de ellos cuando yo me aleje de ellos!”.

Oseas 9, 12

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Philip Kerr: “Nota del autor”, Plegarias, 2013 (edición en castellano de 2020, traducción de Eduardo Iriarte).