En el Café de Levante

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“Café cantante” (ca. 1893). Isaac Israels.

El Café de Levante, en la Barceloneta, no era, precisamente, uno de los lugares recomendables de la ciudad. Por supuesto, dicha aseveración podía aplicarse a la gente de bien, el resto encontraba allí, y en otros cafetines semejantes, un lugar donde olvidar por un rato las cotidianas desdichas. Entre sus parroquianos había traficantes de todo tipo de productos, rufianes que dejaban desplumado en un santiamén al más precavido, sobre todo si se prestaba a jugar a los dados, mujeres descarriadas y de costumbres relajadas, marineros de los buques anclados en el vecino puerto. Lo mejor de cada casa se reunía, o compartía espacio, en aquellos cafetines, luego cafés-cantante, que poco tenían que ver con los lujosos cafés del centro y del ensanche de Barcelona. Su fachada era poco llamativa ─un simple cartel anunciaba su existencia─ y su interior sobrio y no demasiado espacioso, aunque generalmente abarrotado, sin apenas decoración, solo un mostrador, mesas y sillas, todo de madera de pino, como mucho una sala de billar, cuyo tapete verde se aprovechaba para que sobre él rodaran los cúbicos dados en vez de las esféricas bolas. Tampoco la iluminación ─de quinqués de aceite─ podía competir ─por otra parte, ni mucho menos lo pretendía, había poco que mostrar─ con la de gas de los establecimientos de clientela más selecta. Nada de bebidas exóticas o de moda, vino y aguardiente, sobre todo aguardiente, se consumía en grandes cantidades. Una cosa, no obstante, tenían en común: la satisfacción de la sensualidad, al menos a juicio de Samuel: ¿Ves? Aquí solo vale la complacencia de los sentidos, la gente viene a beber o a fornicar y consigue ambas cosas sin reparar en su coste.

A su lado, en una mesa, unos marineros que hablaban en un idioma que Samuel desconocía ─alemán, le dijo Yákov que era─, ebrios, hacían corro alrededor de una mujer de unos treinta y pocos años, demacrada, desgreñada, vestida solo con camisola y enaguas, que cantaba coplas de lo más obscenas. Los alemanes no entendían nada de las letras, pero sí el procaz lenguaje corporal de su intérprete. Risoteaban y gritaban, estruendosos. Aplaudían cualquier gesto obsceno y animaban a la mujer a desprenderse de la camisola, toqueteándola por todas partes. A la llamada de la generalizada jarana, viendo que corría el alcohol y que los marineros no refrenaban para nada sus impulsos, como evidenciaba el constante entrar y salir de las manos en los bolsillos en busca de cuartos, otras muchachas ─alguna muy joven, puede que ni llegase a los quince años─ se sumaron a la juerga y al vaciado de sus bolsas. Dos de ellos, que todavía mantenían la conciencia suficiente para contar los cuartos, besaban a las chicas alocadamente mientras sus manos se perdían bajo faldas, camisolas y refajos. Mira, mira, qué tetitas más lindas, decía uno ─así al menos lo tradujo Yákov─ mientras le subía la camisa a una jovencita y dejaba sus lozanos y turgentes pechos al aire entre las risas de los presentes y de la propia protagonista, que se tapó inmediatamente. Todos bebían sin mesura. La mujer que cantaba pronto dejó de hacerlo, mientras uno le sujetaba la cabeza otro vertía en su boca un vaso de aguardiente, ella no oponía resistencia, su capacidad de aguante se había esfumado hacía tiempo; otra canción, otro vaso, o más de uno, hasta caer al suelo absolutamente borracha. Entonces se la llevaron un par de marineros, los alrededores del Café de Levante disponían de numerosos recovecos.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

 

 

En Whitechapel

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Una calle del distrito de Whitechapel. Grabado de Gustave Doré para el libro ‘London: A Pilgrimage’ (1872).

Era de noche, una noche rara para Londres, calurosa y estrellada. A medida que avanzaba hacia el este, las calles se estrechaban y perdían resplandor y esplendor. No sabía dónde estaba, pero el silencio, la soledad, el abandono, la oscuridad, le indicaban que había elegido una mala ruta. La miseria no está lejos del bienestar, pensó Samuel, que apenas había caminado una hora. Junto al pestilente canal de Soochow Creek vio dos cadáveres abandonados a las puertas de un edificio. Era la morgue. Ya había cerrado sus puertas y quien los hubiese encontrado los depositó allí, puede que molestaran en el lugar del crimen, pues era evidente que habían sido asesinados, sus semblantes mostraban el horror de una muerte inesperada solo advertida en el último momento. Uno de ellos era el de un hombre de mediana edad ─tal vez un obrero, puede que un vagabundo; difícil distinguir uno de otro únicamente por la vestimenta, pobre y exigua─, su cara estaba ensangrentada por una ancha herida en la frente. Alguna pendencia, alguna borrachera, tal vez un ajuste de cuentas, o un simple malentendido. Miseria en todo caso. Junto a él, una mujer joven, hermosa, con bata blanca teñida de rojo, más intenso a la altura del pecho. ¿Un engaño, la venganza de un amante desesperado, la respuesta de un chulo a un comportamiento “inadecuado” de “su” prostituta? Más miseria, desesperación, degeneración también.

Se hallaba en pleno East End, en el distrito de Whitechapel, especialmente famoso a raíz de que en 1888 Jack el Destripador matara, y se ensañara mutilando sus cadáveres, al menos a cinco mujeres. Numerosas prostitutas poblaban las calles, unos viejos faroles con cristales tan sucios que apenas dejaban traspasar la ya de por sí tenue luz que desprendían, señalaban la presencia de diversos antros, lóbregos y peligrosos para cualquier extraño.

Entró en uno de ellos. Tuvo que atravesar un oscuro patio al fondo del cual se distinguía una exigua luz en una puerta que daba acceso a una sala de variedades sin nombre alguno. En la fachada solo se leía en una vieja chapa oxidada de latón Music-hall. Era un local sucio, con el suelo de tierra lleno de porquería. El mostrador estaba cargado de botellas y el resto de la sala permanecía casi a oscuras. Toda clase de sujetos, la mayoría andrajosos, tan sucios como el resto del local, viejos casi todos ─o sumamente desgastados por el paso del tiempo─, bebían cerveza en grandes cantidades, y whisky, acompañados algunos de viejas prostitutas, de ajados rostros y grises cabellos adornados con rosas marchitas, con la blusa abierta, que ofrecían sus servicios y los de algunas jóvenes de unos catorce o quince años, de lívidas mejillas, vestidas con mugrientas y raídas sedas y terciopelos, todo ello en medio de un griterío infernal.

Un par de jovencitas se quitaban la ropa al son de conocidas melodías a las que el propio dueño del local ponía letra, pues nadie tenía dinero suficiente para pagarse un letrista.

―¿Le gustan? ¿Quiere pasar un buen rato con alguna de ellas? ¿O prefiere…? ─le preguntó un sujeto con evidente síntomas de embriaguez.

―Deja al señor en paz ─escuchó que decía alguien.

Un hombre que tendría más o menos la edad de Samuel, al menos de apariencia, de rostro cuarteado, curtido por el sol, sin afeitar, cuya afilada mirada, férrea y agresiva, reflejaba un temperamento duro, recriminaba al pesado beodo. (…)

―Ande, tome una copa conmigo, no sabe dónde se ha metido. Aquí, si no va con cuidado, le robarán hasta el alma.

Los intentos de marchar por parte de Samuel fueron infructuosos ante la insistencia del desconocido. Por otra parte, sentía curiosidad por indagar en aquel mundo de indigencia y penuria económica y moral tan olvidado y tan cercano. Aceptó un vaso de whisky. Ni por asomo era su bebida preferida, pero a ver quien tiene los arrestos suficientes para pedir champán en un lugar así.

Una vieja, fea, o afeada, sin párpados ni dentadura, empuñando una copa vacía con evidentes muestras de haber consumido ya unas cuantas, pidió que le pagasen una pinta. Samuel pidió una para ella ante el contrariado gesto del hombre. Con la pinta en la mano, la mujer se subió a un banco y, con voz ronca y aguardentosa, brindó por el simpático señor que nos honra con su compañía. Al instante se acercó un joven vestido con extravagante ropa de colores y sombrero de copa rojo sin la tapa del mismo ofreciéndoles cantar algo. El desconocido lo apartó de un manotón.

―Permítame que me presente. Me llamó, Skull.

(…)

―Bueno, yo he de marcharme.

―Como quiera, amigo, pero antes acabe el vaso ¿no?

Samuel apuró el whisky de un trago e inmediatamente el camarero, desde detrás del mostrador, volvió a llenar el vaso. Samuel sacó un billete de cinco libras para que se cobrase y salir de allí.

―¿Qué hace? ¿Se ha vuelto loco? ─exclamó Skull al tiempo que cogía el billete, aún en la mano de Samuel─. Por menos, aquí pueden rebanarle el cuello. Esconda eso ─le metió las cinco libras en el bolsillo y le dio al mozo un par de chelines─. Aún sobra ─añadió─. Vamos, le acompañaré a la calle, pero antes permítame que le enseñe el suntuoso local al que le ha conducido su temeridad.

Skull cogió del brazo a Samuel y lo llevó a una primera estancia situada en el piso de arriba a la que se accedía por una escalera, junto a la entrada del establecimiento. La oscuridad era casi absoluta y le costó llegar a distinguir la gran cantidad de hombres y mujeres que descansaban, dormían o dormitaban en el suelo o apoyados en las mesas y bancos, echados unos sobre otros.

―Es gente que no tiene dónde caerse muerta, vienen aquí, toman una bebida cualquiera y pueden permanecer en esta habitación hasta el cierre el establecimiento. Ya ve, amigo, así es la vida. Ande, vámonos, le noto agobiado.

Una vez fuera, le indicó que fuese en línea recta hasta el final de la calle, siempre por el medio de la calzada, evitando los cruces con los oscuros callejones. Al final de la misma, nada más girar a la derecha, encontraría otro Music-hall de bastante mejor reputación que el acababa de abandonar y le sería fácil coger un coche.

Samuel hizo lo que el estrafalario personaje le aconsejaba. Llegando al extremo de la calle, sin embargo, vio bajo un farol una pequeña que no tendría más de cinco o seis años, sentada en el suelo, con un mendrugo de pan, con el que más jugaba que comía, seco y duro. Le miraba fijamente, con esa falta de pudor que caracteriza las miradas de los niños. No pudo más que detenerse. Aquel rostro demacrado, aquellos enclenques brazos y piernas, el vestido hecho jirones, las manos y cara sucias… Había visto tantos niños así, él era uno de ellos, y su amigo Esclafit, y sus hermanos, y tantos otros… Rostros que reflejaban la ausencia de esperanza alguna ─sin ella habían nacido y nadie les había hablado de su existencia─, de congénita tristeza y total indiferencia, rostros familiares que conocía al dedillo (…) Era una niña rubita, de grandes ojos que se hundían en el rostro pero de mirada inexpresiva. Podría pasar por un ángel con un buen baño y ropa limpia, cambiar su aspecto costaría menos que una botella de champán, pero ¿y su mirada?, ¿cómo podría su mirada convertirse en la de una niña dichosa, feliz?, ¿cómo cambiar su vida? (…) Samuel le sonrió, la niña hizo un gesto, una mueca cercana una sonrisa. Echó mano de la cartera, sacó un billete de cinco libras y cuando iba a entregárselo sintió un fuerte golpe en la cabeza. Cayó al suelo, inconsciente.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/04/27/en-whitechapel/

A veces los perros valen más que los hombres

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“Autorretrato con un perro negro” (1841), óleo de Gustave Courbet.

Alemon Tilí, el héroe de aucas* lo había bautizado la prensa local, (…) iba cantando de memoria lo representado en cada recuadro, histriónicamente, enfatizando los pasajes más morbosos o todo aquello susceptible de captar la atención de los espectadores. (…) En un pequeño pilón dejó atado al perro que siempre le acompañaba mientras duraba el espectáculo. Sin él no era nada desde que perdiera la vista casi por completo hacía años.

Sin que se diera cuenta Alemon ni ninguno de los presentes ─y si alguien se apercibió hizo como que no vio nada─ unos jovenzuelos se llevaron al perro y colocaron en su lugar, atado con la misma cuerda, otro que habían encontrado muerto. Al tirar Tilí de él y ver que no se movía, comenzó a dar gritos de exasperación y apenado se acercó al animal, que estaba tieso, frío. ¿Cómo es posible?, se preguntaba. Acarició su pelaje y enseguida se dio cuenta del cambiazo. ¿Dónde está mi perro? ¿Qué habéis hecho con él malditos rufianes?, exclamaba con ira. Los asistentes a la función de Tilí ya habían marchado, los pocos que quedaban ─entre ellos los responsables de la tropelía─ reían. Devolvedme a mi perro, ¿qué voy a hacer sin él?, suplicaba gimoteando.

Al cabo de un rato, cuando las burlas ya no hacían efecto alguno, aquellos bribones decidieron devolverle el perro. Lo habían atado en el otro extremo de la plaza y sujetado la boca con un trozo de tela para que no pudiese ladrar y ser oído por Alemon. Desataron al animal y lo llevaron ante él. El perro no paraba de aullar. ¿Qué le habéis hecho, sinvergüenzas?, exclamó el pobre ciego. Nada, hombre, no le hemos hecho nada, aquí lo tienes. El joven que pronunciaba estas palabras sin dejar de hacer guasa trató quitarle la mordaza para que escuchase los ladridos. Sujetaba al perro fuertemente por la cabeza pero, enrabietado como estaba, se zafó y le mordió el antebrazo con saña, apretando fuertemente los colmillos. Sangraba abundantemente, de la boca del perro colgaba un pedazo de carne sanguinolenta. Maldiciendo a todos y a todo, haciendo uso de un completo repertorio de improperios, asió una barra de hierro del suelo y le propinó un tremendo golpe en la cabeza. El perro quedó tendido en el suelo, muerto. Alarmados por la nefasta conclusión de la pesada broma y el desgarrado brazo de su compañero, los jóvenes salieron corriendo al tiempo que se acercaban los curiosos alertados por el escándalo y las lamentaciones de Tilí, a quien no había manera de consolar.

Cuando cerraba la imprenta, Esclafit y Samuel solían ir a tomar unos vasos de vino ─siempre que les alcanzara el dinero─ a la taberna de El Chato, un sencillo y reducido local que, como el resto de los que frecuentaban los obreros, solo ofrecía vino, aguardiente, cacahuetes y altramuces. (…)

Los dos amigos venían ese día del trinquete. Era domingo, habían estado jugando contra dos de Algessares y ganado la partida, pues a pesar de faltarle las primeras y segundas falanges de todos los dedos de la mano izquierda, menos el pulgar, Esclafit tenía tanto acierto golpeando y colocando la pelota como precisión con la honda. Los de Algessares pagaban dos litros de vino, uno por persona, esa era la apuesta. Esclafit tomó un solo vaso y marchó, no paraba de estornudar y tenía fiebre. Continuaron bebiendo los tres, acompañando el vino de unos cacahuetes, los altramuces se habían acabado. (…)

En otra mesa, un par de metros más allá, otros tres jóvenes, ataviados dos con blusa negra y con blusa azul el tercero, llevaban un buen rato bebiendo. Estaban en esos momentos en que la ebriedad desinhibe y saca al exterior lo previamente concebido en el ánimo, daban voces y se interrumpían constantemente. Aunque no se entendía bien lo que decían, era evidente que hablaban de lo ocurrido a Tilí, se mofaban de sus gestos cuando desesperado buscaba a su perro. Uno de ellos se quejaba de que por culpa del mordisco un tal Lloret ─o puede que dijera Llorens─ igual perdía el trabajo, tenía el antebrazo destrozado y tardaría en recuperarse. ¡Maldito perro!, dijo uno de ellos.

Samuel se levantó de pronto del taburete, se acercó al deslenguado joven, lo agarró del pelo con una mano al tiempo que con la otra sujetaba fuertemente la muñeca de su brazo derecho doblándolo sobre la espalda y sin decir palabra lo echó a la calle, a empujones. Luego se volvió y dijo a los atónitos compañeros de aquel: Los perros valen mil veces más que vosotros. Uno de ellos se levantó dispuesto a enfrentarse con él, pero la resuelta actitud de Samuel, la bizarría y decisión mostradas, la manera en que se quedó mirándole fijamente a los ojos ─parecía penetrar hasta lo más recóndito de sus entrañas─, su serena imperturbabilidad, le intimidó. Sacó una navaja y permaneció unos instantes de pie, frente a Samuel, tratando de aguantar su aguzada mirada. Se le veía indeciso. Su amigo se levantó también ─le costó, demasiado vino─ y le dijo algo así como que marcharan de allí, que no valía la pena buscarse la ruina por un perdonavidas como aquel. Salieron del local no sin lanzar a Samuel rencorosas miradas y algún que otro insulto. Samuel seguía impasible, sin moverse un ápice del centro de la taberna. Luego se dirigió a El Chato.

―Esta la pago yo. Vosotros ─a los pelotaris de Algessares─ ya lo haréis otro día. Y, si no, da igual.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

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*Auca es como se denomina en catalán la palabra castellana aleluya: “Cada una de las estampas que, formando serie, contiene un pliego de papel, con la explicación del asunto, generalmente en versos pareados” (RAE).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/04/10/a-veces-los-perros-valen-mas-que-los-hombres/