Nueva York 1905: tras la Quinta Avenida, la miseria vestida con dolor.

Una mañana, [Sam] fue con William a visitar el barrio en que este se había criado, el Lower East. En el sureste de Manhattan, era uno de los barrios más antiguos de Nueva York, al tiempo que de los más degradados y el más densamente poblado, nada menos que la zona más habitada del planeta. […] En una de sus calles, tan necesitada de todo como sobrada de gente y miseria, había crecido William hasta que consiguió un trabajo de lavaplatos en un hotel que le permitió costearse los estudios en el Conservatorio de Nueva York. Allí también nació su afición por la música negra, pues cuando era niño negros y blancos convivían sin ningún tipo de problema.

En Mulberry Street ─donde William hacía la observación a Samuel─ había tanta gente en la calle como en la Quinta Avenida, pero sus aspectos eran bien distintos y sus ocupaciones, por supuesto, otras. Numerosos carritos con verduras ─la alimentación de los obreros era fundamentalmente vegetal─ ocupaban gran parte de la vía pública. A su lado circulaban carros y tartanas, nada de calesas ni automóviles. El poco espacio de calle que quedaba libre y las aceras estaban igualmente atestadas de gente, la mayoría con rasgos que identificaban fácilmente su lugar de origen, el sur de Italia: piel morena curtida por el sol, mediana estatura, pelo negro, poblados bigotes apenas recortados… Vestían ropas ordinarias, de bastos tejidos y presurosa confección, si bien había quien mostraba en su vestimenta y su pose que las cosas no le iban mal. […]

A Mulberry la cruzaba la calle Hester, donde William había nacido, como otros muchos hijos de inmigrantes europeos. Su estampa resultaba aún más lamentable, los mismos sucios edificios, el mismo uso indiscriminado del espacio, el suelo lleno de desperdicios, la ropa tendida entre los estrechos callejones que separaban los edificios y en los balcones, en los que se amontonaban los colchones que no cabían en las casas. […] Unos niños jugaban con el agua que salía de una de las bocas de riego, otros comían las hortalizas ya pasadas que los vendedores arrojaban a los toneles de basura.

―En una casa como aquella viví yo hasta los quince años, la que yo habité la derribaron hace tiempo ─William señalaba un destartalado y mugriento edificio compartimentado en diminutos apartamentos a los que se accedía por el estrecho callejón que aquel conformaba con el inmueble vecino─. Apenas cabíamos mi padre, mi madre, mi hermano y yo, pues debíamos compartir el espacio con las telas, hilos y género que traían los fabricantes para su confección. Mi padre trabajaba en el puerto, también mi hermano, yo ayudaba a mi madre, que trabajaba por lo menos diez horas al día, no hacía otra cosa que coser. Cogía las piezas acabadas, las doblaba y las dejaba en un montón; también preparaba los hilos.

En la práctica totalidad de los balcones o de los rellanos de las escaleras de incendios se veían cuerdas atadas a postes o a las fachadas colindantes, de las que colgaban toda clase de prendas de vestir, sábanas, colchas… Predominaban los colores blanco y negro y podía parecer que el lugar se había engalanado para una ocasión especial, pero nada más lejos de la realidad, bastaba con fijarse en los abundantes remiendos con que todas las telas estaban necesariamente reforzadas.

William y Samuel no se atrevían a entrar a ninguno de aquellos minúsculos espacios, no era tan obscena su curiosidad. De pronto oyeron el grito de un niño, se había caído desde lo alto de una farola cuya cima pretendía alcanzar, posiblemente con la única pretensión de comprobar cómo se veían las cosas desde arriba. Acudieron enseguida en su auxilio. Nada serio, le sangraba un poco el codo izquierdo y le costaba caminar, debía haberse producido un esguince. Lo acompañaron a su compartimento, una ínfima habitación que tanto a uno como a otro les resultaba familiar. Tendría como mucho tres por seis metros y carecía de ventana. La puerta, al abrirse, casi rozaba con el cabezal de la cama, una sola, que se apoyaba en la pared a fin de ganar más espacio. Sobre la cama, un viejo colchón y unas raídas mantas que a saber los años que tendrían, pero limpias, como el resto del habitáculo, como la mujer que les recibió, la madre de la accidentada criatura. En un santiamén uno se hacía una idea ─que no podía ser inexacta pues todo estaba a la vista, no había recoveco alguno donde guardar o esconder nada─ de lo limitado que debía ser el horizonte de sus vidas, tan menguado como el cuchitril que les servía de abrigo cuando no trabajaban. Un cajón que hacía de mesa, algo de ropa, poca, colgada de la puerta y de una de las paredes, un viejo hornillo en el suelo, una palangana, unas cacerolas ─no se observaba platos ni cubiertos─, una silla y un taburete con la rejilla hendida era todo, no había otra cosa. Aquella mujer, con el pelo recogido, vestida pobre pero pulcramente, les agradeció el detalle que habían tenido con su hijo y se disculpó por no tener con qué obsequiarles, lo que, en aquel contexto, equivalía a decir que les ofrecía todo cuanto poseía, es decir, nada. Samuel le dio el dinero que llevaba encima, algo más de cien dólares. La mujer se quedó mirándole, era mucho dinero, el equivalente al salario de un obrero durante diez semanas. Desconfiaba, no sabía si cogerlo.

―Anda, vámonos de aquí ─le dijo a William, dejando el dinero sobre la cama. No hubiera soportado que lo rechazara. Para arrebatos de dignidad ya tenía suficiente con el de Marion.

Todo en Nueva York rozaba la exageración o era directamente exagerado, menos las condiciones de vida de los más desgraciados, los más, que eran las mismas que Samuel conocía de los arrabales de Alcoi o Barcelona, La Zone de París o el East End de Londres. Comparadas, sin embargo, con el nivel de ostentación de los neoyorquinos más favorecidos parecían aún más indecentes. No tanto en la opulencia de sus mansiones, que también, como en la impúdica exhibición que hacían de su estatus, como pudo comprobar Samuel en el Metropolitan.

Fascinación y aversión iban de la mano en la contradicción permanente que era Nueva York, una contradicción de la que nadie que tuviera un mínimo de sensibilidad podía escapar. Al menos, eso pensaba Samuel en sus paseos. ¿Cómo no sentirse atraído ante los palpables avances tecnológicos presentes en el paisaje de Manhattan humano? ¿Cómo no abominar de su uso y función? Le entusiasmaba el Flatiron, estilizado edificio triangular cuyo vértice no llegaba a medir los dos metros, exento en sus tres fachadas que limitaban la calle 22 al sur, la Quinta Avenida al oeste y Broadway por el este. Con sus veintidós pisos y sus ochenta y siete metros de altura, su esbelta forma triangular lo hacía irresistiblemente bello a sus ojos. Elegante y simple sobresalía en el skyline y doblaba o triplicaba los edificios adyacentes. Jóvenes muchachos, y no tan jóvenes, apostados en sus inmediaciones, protagonizaban divertidas escenas, pues por su altura y ubicación el Flatiron producía corrientes de aire que levantaban las faldas de las mujeres que por allí pasaban. Desde el apartamento que compartía con su hija y William, Samuel atravesaba Union Square y calle Broadway arriba llegaba al Flatiron, se sentaba en un café frente al mismo, a ratos leía, o escribía, o contemplaba la animación siempre presente junto a la colosal construcción. Normalmente regresaba por la Quinta Avenida, abarrotada a todas horas, con sus tiendas de moda y de toda clase de novedades, sus elevados edificios y sus grandes mansiones como el gran palacio de mármol de Stewart o los de las familias Vanderbilt o Tarleton, inmensas residencias que competían entre sí en suntuosidad. A veces seguía hacia el sur, hasta Wall Street. Resultaba como mínimo curioso la cercanía existente entre el centro financiero y la miseria que conoció con William cuando visitaron los lugares de su infancia. En su libreta anotaría pocos años después unos veros de Rubén Darío: Tras la Quinta Avenida / la miseria está vestida / con ¡dolor, dolor, dolor!

Manuel Cerdà: fragmento de mi novela El corto tiempo de las cerezas (2014, nueva edición 2019).

El pájaro despistado

Nada queda. El barrio ─unas cuantas calles─ es otro. Yo también. Pero ahí seguimos, entre el cementerio y el tanatorio, rodeados de zombis. Si la muerte es ausencia de vida, lo somos desde hace mucho tiempo, zombis. Murió Vladimiro, el zapatero; Joaquín vendió su camión y marchó con su esposa al pueblo de esta; cerró Pilar, la pescadera; también Olegario, que tenía una tienda de ropa, y Casimiro (cada vez había menos niños que compraran las chucherías y tebeos de su kiosco). La pequeña fachada roja de su reducido puesto persiste no obstante; unos pakistanís han instalado allí una frutería y la repintaron del mismo color. Murió también doña Amalia, que sabía cómo hacer desaparecer las verrugas simplemente frotándolas un instante con los dedos de su mano, y se fue el olor a jazmín que salía del patio de su casa; sus hijos la vendieron, hoy es un edificio de pisos, de seis alturas. Nos dejó El Gran Hogart, el mago ─en realidad se llamaba Vicente─, que seguía fascinando a propios y extraños con sus trucos en el bar de Valentín a cambio de una copa. Las acacias las cortaron tiempo ha. Aun así, de vez en cuando todavía se ve algún pájaro. Siempre hay despistados.

Manuel Cerdà: fragmento de mi novela El viaje (2014, nueva edición 2019).

Berlín: 8 de mayo de 1945

El 6 de mayo corrían rumores de que la rendición absoluta de Alemania se produciría en cuestión de horas. Berlín había capitulado el 2 de mayo con la entrega de la ciudad a las tropas soviéticas por parte del general Helmuth Weidling. Dos días más tarde, las fuerzas alemanas en Holanda, Alemania Noroccidental y Dinamarca claudicaban ante al general británico Montgomery. Los rumores pronto dejaron de serlo. A las 02:41 de la mañana del 7 de mayo de 1945 se firmaba en Reims, en el Cuartel General del Comandante Supremo Aliado, la rendición incondicional del Reich.

Sam recibió el encargo de marchar enseguida a Berlín para cubrir el acto formal de la capitulación alemana, a celebrar el día siguiente, 8 de mayo, en el Cuartel General Soviético.

Torgau es una pequeña ciudad, a unos ciento cincuenta kilómetros al suroeste de Berlín, en la que el 25 de abril de 1945 se habían encontrado las tropas estadounidenses y soviéticas en su avance hacia la capital de Alemania. Sam debía estar allí antes de las cuatro de la tarde del 8. Un jeep del ejército le condujo hasta la villa sajona. Al llegar le sorprendió la gran cantidad de periodistas que habían sido convocados en el mismo lugar, en el mismo momento y con idéntico objetivo. La escenificación de la capitulación alemana era un acto de enorme trascendencia que había de ser recogido debidamente para mostrarlo al mundo. El Reich, por medio de su jefe del Estado Mayor del Alto Mando, el general Alfred Jodl, había firmado ya en Reims el día 7 que todas las fuerzas bajo el mando alemán cesarían las operaciones activas a las 23:01 horas, hora de Europa Central, el 8 de mayo de 1945. Pero no era lo mismo Reims que Berlín. Stalin había montado en cólera al conocer la noticia, restaba protagonismo al Ejército Rojo, esencial en los más difíciles momentos de la guerra y de la lucha por la capitulación de Berlín, donde consiguió entrar en solitario.

En vehículos militares entraron en la capital alrededor de las nueve de la noche. La ciudad estaba a oscuras, solo alguna esporádica fogata iluminaba montones de escombros y ruinas. No había un alma por las calles. Jamás imaginó Sam que el bullicioso Berlín de principios de la década de 1930 pudiera conocer tan tétrico silencio. Sin más obstáculo que los cascotes repartidos por doquier, que los conductores sorteaban con la habilidad de quien está acostumbrado a transitar por caminos torcidos, cruzaron la ciudad en dirección al cuartel general soviético, ubicado en el casino de una antigua escuela de ingenieros militares de Karlshorst, al este de Berlín.

Pasadas las diez de la noche, los representantes de los países aliados fueron los primeros en entrar en una sala en la que se había dispuesto una larga mesa rectangular y ocupar sus asientos. Eran el general Spaatz, por Estados Unidos; el británico Arthur William Tedder, subcomandante de la fuerza expedicionaria aérea aliada; el francés Lattre de Tassigny, comandante del I Ejército galo, y el mariscal soviético Zhúkov. A las once en punto, coincidiendo con la hora marcada para el fin de las operaciones alemanas, hicieron su aparición los jerarcas alemanes: el mariscal de campo Wilhelm Keitel, el almirante Von Friedeburg y el general de aviación Stumpf. Se sentaron frente a los primeros. El acto fue sucinto y solemne. En medio de un general mutismo que amplificaba los carraspeos el chasquido de los flashes de los numerosos fotógrafos y el rodar de las cámaras cinematográficas Keitel entregó un documento firmado por Karl Dönitz, el heredero de Hitler según su testamento, en el que se estipulaba la capitulación sin condiciones de las fuerzas alemanas. Todos estamparon su firma en el acuerdo y a la medianoche la delegación alemana marchó. Se sirvió entonces una cena a los plenipotenciarios de los aliados en la que no faltó el caviar y el vodka ni un improvisado escenario sobre el que virtuosos soldados cantaron y bailaron.

Berlín estaba bajo control soviético. No se podía entrar ni salir de la capital alemana sin la correspondiente autorización. Robert Stern, teniente de la Oficina de Información de Guerra, conocido como Bob, su superior inmediato, tenía la misión de examinar la ciudad y buscar buenas localizaciones para que las cámaras filmaran el momento de cubrir la entrada del ejército norteamericano, pendiente de llegar a un acuerdo con los soviéticos. Bob no hablaba alemán y le pidió a Sam, tras aprobarlo Sparks, que le acompañara. Conocía la ciudad, chapurreaba el idioma y, además, ambos eran amigos de Lary.

Nadie les paró en el trayecto desde Torgau, fue un viaje tranquilo en el que apenas se cruzaron con un par de vehículos rusos. Las huellas de los recientes combates, sin embargo, los acompañaron durante todo el itinerario, más evidentes y devastadoras a medida que se acercaban a Berlín. Unos kilómetros antes empezaron a ver carros de combate y otros vehículos desvencijados abandonados en las cunetas. A su izquierda, el barrio de Steglitz estaba prácticamente arrasado, la mayoría de los edificios carecía de ventanas y puertas y en todas sus fachadas se apreciaban los impactos de los proyectiles. Un poco más adelante, el aeropuerto de Tempelhof y sus alrededores eran poco menos que un montón de escombros custodiados por patrullas soviéticas. Sin duda, había sido escenario de una lucha encarnizada, como todo Berlín.

El día que llegaron para cubrir la ceremonia de capitulación del Reich era de noche y no pudieron apreciar en toda su amplitud la auténtica dimensión del desastre. La ciudad estaba a oscuras ─obviamente no había electricidad─ y lo poco que se podía apreciar a la luz de alguna que otra fogata, que no sabían si eran rescoldos de un incendio mayor provocado por los proyectiles que aún no se había extinguido o un improvisado hogar, denotaba que había sido asolada casi por completo. Su fantasmal aspecto, contrariamente a lo habitual, no era potenciado por la lobreguez de la noche. Ahora, a mitad mañana, con un sol radiante, resultaba mucho más estremecedor. Tras meses de bombardeos, y desde el 20 de abril, día en que Hitler cumplía 56 años y recibía como regalo de los rusos los primeros obuses que alcanzaban Berlín, se había luchado palmo a palmo, casa a casa, cuerpo a cuerpo. […]

―¿Sabes que dijo Hitler en 1935? “Dadme diez años y no reconoceréis Alemania”. Diez años se cumplen ahora.

Cuanto su vista abarcaba era un montón de ruinas, de escombros, de hierros retorcidos y personas tan astilladas como los cascotes esparcidos por doquier. Sam no reconocía Berlín en aquella especie de descuidado yacimiento arqueológico contemporáneo en que se había convertido la ciudad. Le resultaba difícil orientarse. Los rótulos de las calles no existían o estaban agujereados por balazos, y estas se hallaban llenas de escombros, bloqueadas algunas por antiguas trincheras y derrumbes, con manzanas convertidas en un descampado.

Tras pasar un par de controles llegaron a la puerta de Brandeburgo.  Parecía la de acceso al túnel del horror, aunque desde luego no se trataba de ninguna atracción y carecía de salida. Frente a ella, Pariser Platz era un inmenso solar, y Unter den Linden una pista de aterrizaje mal conservada.

Restos de trincheras de artillería, fosos para los cañones, habían sido tomados por los niños en Pariser Platz. Desde la cabina de un camión destrozado un par de muchachos, que no pasarían de los doce años, “dirigían” los movimientos de una docena de chiquillos y chiquillas que jugaban con ellos. Se quedaron mirándoles, no adivinaban qué tipo de juego era aquel: los niños hacían de soldados, eso era obvio, pero las niñas se limitaban a permanecer en corro simulando ignorar sus maniobras hasta que un par de chicos se dirigían a una de ellas y le ordenaban que les siguieran hasta la cabina del camión, lo que hacían obedientes. Una vez allí, desde su posición ya no podían ver qué pasaba.

―¿A qué juegan? ─preguntó Bob.

―No estoy seguro. Supongo que a ser adultos. Los niños, que hacen de soldados, van a donde están las niñas y dicen a una: Frau, komm mit!

―¿Y eso qué significa?

―¡Mujer, ven conmigo! Les dicen eso y ellas les siguen hasta los restos de aquel camión. ¿Ves? Juegan a lo que ven a su alrededor. Mimetizan, más que imitan, lo que hacen los adultos, como todos los niños.

―Ya. La mayoría de estos chicos solo ha conocido la guerra y todos han sido educados bajo el nazismo. Los rusos han hecho de las mujeres parte de su botín, han violado sistemáticamente. Jóvenes, viejas, niñas… Les daba lo mismo. Entraban en los búnkeres y con linternas alumbraban los rostros de las mujeres para poder elegir. Ahora han descendido mucho las violaciones, pero siguen siendo una amenaza diaria. Muchas han optado por tener un amante fijo. Cama por protección. Otras se ofrecen antes de que las fuercen. Cama por comida. También ha habido comportamientos exquisitos, sobre todo por parte de los oficiales, pero desde luego no ha sido la tónica general.

En medio de aquella desolación, la puerta de Brandeburgo se veía animada, como en un día festivo. Era punto de encuentro de quienes se dedicaban al trueque y al mercado negro. Se detuvieron. Sin llegar a bajar del coche, enseguida se vieron rodeados de gente que les pedía cualquier cosa de comer a cambio de relojes, joyas u otros objetos personales, aunque la mayoría de los relojes no funcionaban y las joyas eran baratijas. No había un solo hombre joven, y de mediana edad muy pocos, los lisiados o inválidos. Continuamente les pedían cigarrillos. El valor de un pitillo era el mismo que el cien gramos de pan. […]

El estrépito de un edificio, o de lo que quedaba de él, al ser demolido les sobresaltó. Fueron los únicos. Los demás ni se inmutaron. Cada uno siguió con lo suyo, fuera mujer, niño u hombre. Bastante tenían con preocuparse de sí mismos. Era uno de los edificios de la contigua Wilhelmstrasse, sede de varios ministerios, del partido nazi y de la Cancillería del Reich, y escenario de alguno de los más cruentos combates. La calle estaba llena de cráteres.

Grupos de mujeres se afanaban desescombrando; sobre los montones de ruinas, en fila, se pasaban una a otra un cubo lleno de ladrillos que habían recogido de entre los escombros, depositándolos en la calle ordenadamente para su posterior reutilización.

Muy cerca de la puerta de Brandeburgo, en Oberwallstrasse, el edificio en que se hallaba su antiguo apartamento estaba cortado en sección, una bomba lo había destrozado. Unos cuantos niños subían y bajaban por los destartalados tramos de escalera que permanecían en pie, brincando de un sitio a otro sin preocuparles el peligro, acostumbrados a convivir con él. Un señor mayor les echó a cajas destempladas.

Siguieron por Unter den Linden hasta Alexanderplatz. Mirasen donde mirasen, el paisaje era siempre el mismo. Berlín estaba uniformemente destruido. Más chiquillos entre las ruinas, grupos de mujeres que seleccionaban ladrillos y colas, largas colas de mujeres junto a las bombas de extracción de agua para llenar sus vasijas, cubos y palanganas, frente a una de las cantinas móviles desde la que los soviéticos servían diariamente sopa caliente, o ante las panaderías, que precisamente ese día habían vuelto a abrir para elaborar un pan negro y húmedo del que, no obstante, nadie se quejaba. Al detenerse de nuevo frente a una de estas colas, un par de muchachas que se hallaban en los últimos lugares, los más próximos al vehículo en que estos viajaban, salieron corriendo al ver que paraban.

―¿Por qué huyen?

―Temen a los militares. Los rusos, te decía, han cometido muchas salvajadas.

Al apercibirse por los gritos de las demás que no se trataba de soviéticos, regresaron a sus puestos.

―Se han asustado al verles ─les explicaba una mujer─. Como observarán son unas muchachas hermosas y robustas, y las muchachas así, rollizas, son las preferidas de los rusos. Ha sido ver que un vehículo se detenía y salir pitando. Cuando llegan los rusos no dan tiempo para preguntar acerca de sus intenciones. Las mañanas son más seguras, por eso las colas son también más largas. Por la mañana los rusos están durmiendo la borrachera de la noche anterior o todavía resacosos, o enfrascados en sus tareas de soldados, pero a medida que avanza el día van bebiendo y el peligro aumenta.

―No sé yo si son más peligrosos ebrios o sobrios ─intervino otra─. Para ellos solo somos parte de la recompensa que les corresponde por haber ganado la guerra, como los relojes que tanto les gustan, o los mecheros, o las joyas.

―Son unos animales, eso nada más, unos animales ─replicó una tercera─. ¿Saben que cuando ven una bombilla encendida se la llevan consigo creyendo que la luz está en su interior?

―Conmigo se portaron muy bien ─dijo una mujer de treinta y tantos años─. Estaba escondida con mis dos hijas en una buhardilla cuando de repente entraron. Asustada, me ofrecí enseguida para evitar que le hicieran nada a mi hija mayor, de 12 años. No solo nos tocaron a ninguna, sino que nos dejaron la comida que llevaban.

―A saber qué les harías ─espetó otra de edad parecida.

―No, si todavía hay quien quiere defender a esos bárbaros ─se quejaba una anciana.

Alguien dio el aviso en ese momento de un accidente en el que había muerto un caballo, a un par de manzanas. Rápidamente, muchas mujeres abandonaron la cola. ¿Tienes un cuchillo?, se preguntaban. Esa noche, las que consiguieran llegar más pronto y dispusieran de algún instrumento cortante podrían cenar unos suculentos filetes. Una ocasión así no se presentaba todos los días.

También algunos niños marcharon corriendo al lugar del siniestro. Como si de conejos se tratara, empezaron a salir por los boquetes de los muros medio derruidos, estrechas aberturas que solamente sus menudos cuerpos podían cruzar. Se mostraban tan recelosos como las lozanas muchachas que habían salido despavoridas al verles. Con inusitada rapidez desaparecían de la vista nada más adivinar la intención de dirigirse a ellos. Volvían enseguida a sus agujeros, de los que solo salían para mendigar o escarbar en la basura en busca de comida. Sucios, famélicos, desconfiados ─algunos también mutilados─, iban provistos de palos o barras de hierro cogidas de entre los escombros.

Manuel Cerdà: fragmento de mi novela Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), 2014. Nueva edición 2019.