Camino a ningún sitio

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“Atardecer en la calle de Karl Johan” (1892), óleo de Edvard Munch.

Transitamos por la vida creyendo que un día llegaremos a algún lugar pero, vayamos por donde vayamos, el camino siempre conduce al mismo sitio: a la soledad y el vacío, hasta que llega la muerte cuando ya estamos saciados de nada, temperada el alma y atenuados nuestros sentimientos, ni siquiera las pequeñas emociones permanecen. Yo hacía tiempo que me había detenido, desde que me di cuenta que lo único verdadero a lo largo de nuestra existencia son las primeras veces. Pronto adviertes que ya no habrá más y que todo será igual el resto de tu existencia, y que nada podemos hacer por cambiar eso.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/02/08/camino-a-ningun-sitio/

 

El bar de Violeta

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“Les folles” (1971), óleo de Bernard Buffet.

No tenían mucho trabajo Violeta y Julián. La mayoría de las veces uno solo se bastaba para atender la poca clientela que acudía. (..) Antiguas compañeras de Violeta y La Malagueña acudían con frecuencia a visitarlas, pasaban buena parte de su tiempo libre con ellas, mayoritariamente hablando de la suerte que había tenido Violeta. También empezaron a frecuentar el bar algunos amigos de Julián, de San Patricio.

“Hombres en el bar” (1912), acuarela de Charles Demuth.

“Hombres en el bar” (1912), acuarela de Charles Demuth.

La clientela, sin embargo, era menor cada día, disminuyendo drástica-mente cuando empezó a correrse la voz que los parroquianos habituales eran gente de mal vivir, seguramente porque un vecino, o más de uno, reconoció alguno de los rostros de aquellas mujeres que en cierto momento habría tenido frente al suyo al preguntarle por el precio de sus servicios sexuales. También hubo quien pronto identificó a los de San Patricio. Saltó la alarma y la gente del barrio comenzó a ver mujeres entradas en años ataviadas con provocativos e impropios trapos ─evidencia de que eran putas─, sucios y andrajosos holgazanes que bebían sin mesura y perturbaban continuamente la rutina conseguida tras años de composturas diversas. Unos y otros salían a la calle más desastrados de lo que habían entrado al bar ─¡a saber qué harían allí dentro!─ y molestaban con sus estridentes voces. Su sola presencia era suficiente para ofender a las señoras que iban a la compra o las que regresaban de misa y acababan vomitando la hostia al contemplar tales desmanes. También asustaban a los niños camino del colegio y aumentaba el temor de los padres a que salieran solos a la calle, en la que pronto vieron igualmente drogadictos de toda clase ansiosos por conseguir una dosis para la que nunca tenían dinero suficiente. (…)

“Orgía” (1922), acuarela de George Grosz.

“Orgía” (1922), acuarela de George Grosz.

Yo nunca vi nada de eso, pero los demás sí. Un estado de miedo generalizado se apoderó de los vecinos del barrio, miedo que pronto se transformó en pánico. Y siguieron viendo cosas. La policía, decían, no actuaba con la energía requerida por la situación y el sentimiento de indefensión que su desidia ocasionaba servía nada más que para encrespar los ánimos, pues putas, malhechores varios, vagabundos, algún travesti, lejos de cesar en sus tropelías se sentían aún más envalentonados. Eran los verdaderos amos de la calle, nada les importaba excepto la incontinencia de sus bajas pasiones. Algunos empezaron a pasearse desnudos a plena luz del día, y a veces todos, en carnavalesca procesión, desnudos, todos, los de San Patricio y las putas, bebiendo de la botella, a morro, escupiendo por doquier, meando en las esquinas y en los portales, vomitando por el exceso de alcohol, haciéndose pajas frente a la iglesia, follando en los bancos del destartalado parque que frecuentaban los niños, pintando con sus excrementos los edificios más emblemáticos ─incluidos el tanatorio y el cementerio─, algunos con carteles tipo hombre anuncio ofreciéndose a desvirgar a las hijas quinceañeras, y otros llegando incluso a traspasar los límites del distrito para incursionarse en la cercana zona residencial recién inaugurada de pomposos pareados perfectamente alineados en disposición similar a la de los nichos del camposanto (…).

Tampoco vi nada de todo esto, pero es lo mismo, no se trata de lo que uno vea, sino de lo que ve la mayoría. (…) Finalmente el bar cerró.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/01/29/el-bar-de-violeta/

La vida es como el cine, no al revés

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Pregúntame esto, decía Carolina, y yo respondía que había contestado correctamente dijese lo que dijese. Mis pensamientos y mis intereses me impedían concentrarme ante nada que no fuese su figura. Rodeé sus hombros con mi brazo derecho, giró la cabeza hacia mí, giré yo la cabeza hacia ella y nos besamos otra primera vez. ¿Y ahora qué?, pensé. Carolina volvió a girar la cabeza hacia mí, me miró, a los ojos, nos miramos, nos besamos de nuevo. Pero yo quería ir más lejos, ahora lo sé, quería traspasar la frontera del Fin, o del The End, como figuraba en las películas que veía en los dos cines del pueblo en el pasé los primeros dieciocho años de mi existencia y que salía siempre tras el beso. Lo había visto muchas veces ─siempre acababan así las películas─, pero sabía que había más, a esa edad ya lo sabía, hacía tiempo, quería dejar el guión que me conocía de memoria, un guión que en las películas siempre era el mismo y que yo creía que en la vida igual era diferente. Conocía el significado de la palabra Fin, y también el de la palabra The End. No hacía falta saber idiomas para saber que significaban lo mismo, ni saber de cine para darse cuenta que la película acababa justo ahí, y luego se encendía otra vez las luces y la pantalla volvía a ser blanca. Todo había pasado ya. Empezaba al cabo de unos minutos otra película, pero siempre todas ─las de acción incluidas─ solían terminar igual: con un beso.

Durante mucho tiempo, desde que empecé a ir al cine hasta que oí hablar de lo que sucedía después del beso y comprendí que este no es necesariamente un fin en sí mismo, más bien una acción sexual preludio de placeres más intensos, creí que nada más ocurría con posterioridad a esos besos tan apasionados que anunciaban el final de la película. Que en la vida también era así me daría cuenta más tarde. La vida es como el cine, no al revés como creen muchos. Tras el primer beso solo pueden haber más primeros besos, y tras el primer ayuntamiento, al que nos han llevado los besos ─no siempre los primeros─ otros ayuntamientos, y luego el tedio, el aburrimiento, el cansancio, y para algunos incluso el odio, y para otros hasta la muerte (la propia), o el asesinato. Lo dice Camus: Los hombres y las mujeres o bien se devoran rápidamente en eso que se llama el acto del amor, o bien se crean el compromiso de una larga costumbre a dúo. Entre estos dos extremos no hay término medio. Lo dice en La peste.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/01/22/la-vida-es-como-el-cine-no-al-reves/