En una sauna gay

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Dieter hacía tiempo que había dejado de ser el hombre taciturno de sus primeros tiempos en Nueva York. Aunque el ambiente homosexual de la capital estadounidense le parecía sombrío e hipócrita, visitaba con cierta regularidad algunos de los locales que solía frecuentar la clientela masculina que buscaba la compañía de otros hombres. Uno de ellos era St. Mark’s Baths, unos baños turcos situados a escasas manzanas de Broadway, lugar muy conocido en el mundo gay neoyorquino.

Pagó el dólar que costaba entrar, le dieron una toalla y se dirigió al vestuario. Allí se desvistió, dejó sus cosas en una taquilla, ajustó la toalla a su cintura y pasó a la contigua sala de vapor. No era la primera vez que acudía. Una tenue luz arropaba a algunas parejas que estaban charlando amistosamente hasta que abandonaban la sala para ocupar alguna de las habitaciones privadas que ofrecían los baños entre sus servicios. Se sentó en el extremo de un banco. De pie, frente a él, se hallaba un joven de aspecto latino, bien formado, con abundante vello en el pecho, atractivo. Dieter no le quitaba ojo, le parecía un auténtico adonis. No sabía si podría ser un prostituto de los que diariamente se dejaban ver en los entornos homosexuales. Prefería que lo fuera, le gustaba y solo quería sexo. Era el mejor modo de obtenerlo, de que no se negase a mantener relaciones con él. El joven se dio cuenta de las intenciones de Dieter, se acercó y rápidamente intimaron, o mejor dicho, llegaron a un acuerdo económico, pues efectivamente ejercía aquel la prostitución.

Estaban en una de las habitaciones, en la que tanto se daban masajes profesionales como se alquilaba a los clientes por horas o fracciones de media hora. Habían mantenido sexo durante un buen rato y conversaban amigablemente. Dieter fumaba un Raleigh. De repente oyeron un silbato y gritos de ¡Todo el mundo fuera!

Resultaba obvio que se trataba de una redada de la policía. Entre los clientes se hallaban cuatro detectives de incógnito que habían pasado desapercibidos hasta el momento. Abrieron la puerta de la salita donde estaba Dieter con su amigo.

¡Cúbranse, so guarros!, les ordenó un tipo grandote vestido solo con una toalla y con la placa identificadora de policía en la mano. Enseguida llegaron unos agentes de uniforme y los llevaron a trompicones hasta el vestíbulo. No admitían ninguna protesta, no dejaban hablar a nadie y trataban a todo el mundo con absoluta displicencia. Seguían saliendo hombres medio desnudos de las distintas salas, conducidos a empujones y patadas. El hall, aun siendo amplio, pronto se llenó. Las puertas estaban cerradas y el local rodeado de policías.

Der ganze Reichtum gehört mir allein, / Die Augen, der Mund, und Du selbst bist mein! [Toda riqueza pertenece a mí solo. / Los ojos, la boca, tú mismo eres mío]. Dieter se puso de pronto a cantar un tango alemán que solía interpretar en Eldorado berlinés cuando era Charlotte Von Laster, Zwei Dunkle Augen.

Ninguno de los presentes sabía alemán, ni entre los clientes y empleados ni entre los policías, pero los primeros rieron a mandíbula batiente mientras se irritaban los segundos. Los gestos atrevidos y burlescos de que hizo gala, recordando sin duda sus buenos tiempos de artista de cabaret, eran lo suficientemente explícitos y sarcásticos. Un policía se le encaró, se quedó mirándole fijamente y le dio un empujón contra la pared. A Dieter se le cayó la toalla. Entonces los policías empezaron a hacer guasa sobre el tamaño de sus genitales. Mira, mira qué pequeña la tiene, decía uno. Por eso es maricón, ¿qué va a hacer una mujer con eso?, comentaba otro para regocijo de sus compañeros. ¿Tú qué, eres de los que solo recibe? Porque ya me dirás si no… Un detective llamó al orden. Pónganse sus ropas, rápido, conminó. Varios policías acompañaron al vestuario a un total de quince hombres, de mediana edad la mayoría, avergonzados, asustados los jóvenes, chaperos casi todos. Aparte de Dieter, solamente uno plantó cara a la policía.

―Ustedes no pueden hacer esto. Soy un ciudadano honrado y no hago daño a nadie viniendo aquí.

―¡Cállate, maricón! ─gritó uno de los policías de paisano.

Fueron introducidos a empujones en el furgón policial, los quince, y llevados a comisaría. Una vez allí, los metieron en los calabozos. Empezaron a identificarles. Sacaban a uno, le tomaban las huellas digitales, le hacían las fotografías de rigor y les anunciaban que ya tendrían noticias del juez. A Dieter y al otro hombre que protestó lo que consideraba un atropello por parte de la policía, los dejaron los últimos. Dieter, así, salía de comisaría de madrugada, sin haber podido hasta entonces comunicarse con nadie.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/11/10/en-una-sauna-gay/

En el Puncheon Club

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Interior del Club 21 de Nueva York, a donde se trasladó el Puncheon Club cuando se empezó a construir el Rockefeller Center en 1929.

El Puncheon Club se ubicaba en la zona alta de Nueva York, en el número 42 de la calle 49. Era un pequeño local con falsas escaleras y paredes que ocultaban ingentes cantidades de cajas de botellas, lleno de humo y animado por el sonido de una gramola. Para acceder al mismo había que introducir una varilla, que no todo el mundo tenía, por un estrecho orificio; solo así se abría la puerta. Estaba muy bien preparado para burlar a la policía en la puritana cruzada antialcohólica: una trampilla accionada a distancia permitía esconder el alcohol si se presentaba esta de improviso; los botelleros se plegaban y desaparecían.

Otto y William ocupaban una discreta mesa.

―¿Bebemos esto? ¿No nos intoxicaremos? ─comentaba jocosamente William ante una taza de café que contenía whisky, o por whisky al menos pasaba lo que fuere aquello previamente destilado.

―Yo, normalmente, no bebo de lo que vendo. Esto no hace falta mezclarlo con nada para enmascarar su sabor.

El dueño del speakeasy, como se conocía a los establecimientos que vendían ilegalmente alcohol por aquello de que los clientes, por motivos obvios, debían ser discretos y hablar con calma, en voz baja (speak easy), les sirvió una generosa dosis de una botella de whisky “de las de antes” tapada con una servilleta.

―Esto es otra cosa, Otto.

―Ya lo creo. Este sí es whisky de verdad. Sabe a gloria.

―A saber qué porquerías nos habremos bebido otras veces. Mejor no saberlo. Aunque no es difícil de adivinar. Lo único que ha conseguido esta puñetera ley es que corramos el riesgo de envenenarnos. Ahora no hay reglamentación alguna, las bebidas se fabrican clandestinamente, se bebe cualquier cosa, generalmente mucho más nociva para la salud que las que antes se podían consumir libremente. Y se bebe más que nunca, digan lo que digan. Creo que voy a dedicarme a la fabricación de bebidas alcohólicas. Muchos desaprensivos, que de otro modo no hubiesen conseguido colocar en ningún sitio los brebajes que preparaban, se han hecho ricos en poco tiempo. Si, además, haces buenas bebidas, miel sobre hojuelas. Lo ilegal no tiene por qué ser una mierda, se pueden hacer negocios ilegales sin dejar de ser honesto.

―Curioso razonamiento. Tanto como arriesgado. Podría funcionar; eso sí, siempre y cuando no te pillen.

―Si lo haces bien, si el negocio es eso realmente, negocio, de envergadura, nunca te pillan. Entre otras cosas porque tampoco les interesa. Dicen de nosotros, los alemanes, pero este país, más que hipócrita, vive de la mentira. ¡Tiene narices la cosa! El congresista que impulsó la ley seca, no recuerdo ahora su nombre, ni falta que hace, acaba de ser detenido por tener un negocio clandestino de alcohol.

―Pues no es precisamente un buen augurio.

―Porque no haría bien las cosas. ¿Crees que realmente le habrán detenido por eso? Seguro que hay algo más. Mira esa mesa de ahí. Es el ayudante del fiscal del distrito.

―Igual está aquí en misión oficial, por eso lleva gafas oscuras.

―O tiene conjuntivitis. Fíjate cómo bebe, como ríe y como manosea a la chica que tiene al lado. Igual está para eso, sí, pero se lo pasa en grande. Es presa fácil.

―Anda, deja de desbarrar.

―¿Desbarrar? ¿Yo? Los únicos momentos de verdadera lucidez se dan cuando has bebido unas copas, las justas. Eso sí, una de menos te seguirá inhibiendo y te frustrará, pues siempre creerás que estuviste a punto, de lo que fuera, pero a punto, casi, y es que te faltaba un trago más. Pero si te pasas, si te excedes en la bebida y te embriagas, lo más seguro es que hagas el ridículo.

―¿Y cuántas copas son las justas?

―Depende de cada uno.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/11/05/en-el-puncheon-club/

Cuando el Waldorf Astoria de Nueva York se convirtió en el centro intelectual del rojerío mundial

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Manifestantes contra el Congreso del Waldorf Astoria. / Associated Press.

No parecía el lujoso y selecto hotel Waldorf Astoria el lugar más indicado donde encontrar a los maquiavélicos estalinistas en su cruzada para extender el comunismo por todo el mundo. Sin embargo, durante los últimos días de marzo de 1949 lo más florido del pensamiento, la ciencia, la cultura y el arte del rojerío mundial debatía en sus salones acerca del futuro de la humanidad. Y es que el día 25 se había inaugurado el Congreso Cultural y Científico por la Paz Mundial. El responsable de su organización, el Consejo Nacional de las Artes, Ciencias y Profesiones, era para la izquierda antiestalinista y para parte de la intelectualidad estadounidense ─en líneas generales, especialmente antes de la guerra, siempre complaciente con las propuestas de la izquierda radical─ una tapadera de la Kominform, que consideraban la verdadera impulsora del evento.

Personalidades como Albert Einstein, Charles Chaplin, Leonard Bernstein, Dimitri Shostakovich, Paul Éluard, Lillian Hellman, Arthur Miller, Norman Mailer o Dashiell Hammett, entre otros muchos, habían sido invitadas a participar y exponer su opinión ante los asistentes a la reunión. También Sam, que gozaba de cierta reputación en los ambientes izquierdistas por sus actividades a favor de las libertades civiles y como escritor cuya obra, fueran artículos o novelas, reflejaba un evidente compromiso con los desfavorecidos en general, con las minorías, los perseguidos, los marginados.

(…)

La intervención de Sam en el Congreso Cultural y Científico por la Paz Mundial resultó polémica. Abogó por un socialismo humanista que garantizara la capacidad de los seres humanos de ser dueños de sus vidas, un socialismo que, dijo, debía estar alejado tanto de la burocracia soviética como de los intereses de las elites económicas estadounidenses que lo utilizaban para desviar la atención de los verdaderos problemas que aquejaban a la sociedad, que no eran otros que los derivados de la tremenda desigualdad entre quienes tomaban las decisiones y se beneficiaban de ellas y quienes las sufrían.

Con tal declaración de principios consiguió poner de acuerdo por una vez a los organizadores y a los partidarios de reventar la conferencia, que se habían infiltrado entre los asistentes. La mayoría abucheó a Sam, que antes de dejar el estrado comentó: Estamos condenados a entendernos. La derrota del nazismo solo ha sido un paso en la lucha contra la iniquidad, un paso muy importante pero no definitivo. No podemos, no debemos, servirnos de la victoria para imponernos sobre los demás, para adueñarnos del mundo, o de una buena parte de él, y seguir perpetuando la injusticia que supone que unos, sea el aparato del Estado, sea el capital privado, controlen la vida de los demás y mantengan la eterna división entre los que tienen mucho y los que no tienen nada. Y tanto me da que esto se dé bajo un régimen que dice ser comunista o bajo otro que defienda los principios del capitalismo.

Como la práctica totalidad de los participantes en el Congreso, Sam ─que acudió en compañía de Martha─ hubo de pasar, tanto al entrar como al salir, por entre medio de una muchedumbre que clamaba contra el complot comunista. Connivente con el régimen de Moscú hasta lo intolerable, para los WASP ─los estadounidenses “de bien” que se consideraban a sí mismos los únicos depositarios de los verdaderos valores de la nación─ el Congreso era una auténtica declaración de intenciones de los comunistas, cada vez más próximos a infiltrarse en la sociedad estadounidense. Militantes de organizaciones “patrióticas” y religiosas manifestaban a las puertas del conocido hotel su oposición a tan inaudito desafío. Comunistas a Rusia, Comunistas fuera de nuestra patria, Fuera de nuestros hogares, Marchaos a Moscú, eran algunas de las leyendas que podían leerse en las pancartas que los manifestantes de la Legión Americana y otras asociaciones afines exhibían frente a la entrada.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/11/01/cuando-el-waldorf-astoria-de-nueva-york-se-convirtio-en-el-centro-intelectual-del-rojerio-mundial/