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Nada en las manos y todo en los bolsillos

Carga policial en la madrugada del 10 de mayo de 1968 en el Barrio Latino de París.
Todavía miraban a través de la ventana, comentando estupefactos el aterrador espectáculo que tenía lugar ante ellos, la brutalidad de las cargas, la virulencia con que respondían los estudiantes, cuando oyeron abrirse la puerta. No podía ser más que Bill, solo él tenía llaves, aparte de Sam, Martha y Hannah, obviamente. Llegó acompañado de una muchacha con la cara ensangrentada. Un porrazo en pleno rostro le había roto un diente, manaba sangre por la nariz y tenía un ojo amoratado. Bill también presentaba alguna que otra magulladura, un par de moratones a causa de los golpes recibidos en la espalda huyendo de las CRS.
Martha sacó el botiquín y limpió con cuidado la cara de la chica. Envolvió unos cubitos de hielo en un par de paños que aplicó sobre el ojo y la nariz, indicándole que inclinara la cabeza hacia adelante y se mantuviera así un rato. El remedio funcionó y pronto dejó de sangrar, pero el ojo estaba cada vez más hinchado.
―Debería reconocerla un médico.
―Luego. Un amigo que está terminando los estudios de medicina la verá.
―¿No sería mejor llevarla a un hospital?
―Hay policías de paisano en los alrededores de los hospitales, a más de uno lo han detenido cuando salía tras haberle atendido.
―No iréis a marcharos así. Podéis quedaros con nosotros.
―No te preocupes. Tenemos dónde ir, lugares seguros. Eso sí, debemos esperar un poco. No es conveniente que salgamos ahora a la calle.
―¿Quieres llamar a tus padres? Estarán preocupados.
―Mejor no. Mi padre me mata. Y eso que es de la CGT.
―¿No os importaría que dejáramos aquí estas octavillas? ─la compañera de Bill llevaba en el bolso un fajo de panfletos que no les había dado tiempo a repartir.
―En absoluto. ¿Puedo?
Sam cogió una octavilla, firmada por el Movimiento 22 de Marzo, y se puso a leer: Estamos luchando (…) porque nos negamos a convertirnos en profesores al servicio de la selectividad en la enseñanza con los hijos de la clase obrera que serán los que paguen los platos rotos; en sociólogos fabricantes de eslóganes para las campañas electorales gubernamentales; en psicólogos encargados de hacer ‘funcionar’ los ‘equipos de trabajadores’ según los intereses de los amos; en científicos cuyo trabajo de investigación se utilizará de acuerdo a los intereses exclusivos de la economía del provecho. Rechazamos este porvenir de ‘perros de guarda’. Rechazamos las clases que enseñan a serlo. Rechazamos los exámenes y los títulos que premian a quienes aceptaron entrar en el sistema. Rechazamos ser reclutados por esas mafias. Rechazamos mejorar la universidad burguesa. Queremos transformarla radicalmente para que, en adelante, forme intelectuales que luchen al lado de los trabajadores y no en contra de los mismos.
―Todo esto está muy bien, pero un cambio de este tipo no puede ser protagonizado únicamente por estudiantes. Es evidente que al margen de los trabajadores, aunque solo sea por su importancia numérica, no se logrará. ¿Cómo pensáis conseguirlo?
―Esto no ha hecho más que empezar. Sabemos que la clase obrera siempre nos ha visto como unos niñatos, hijos de burgueses, incapaces de luchar por nada, que salían por piernas nada más ver la policía. Ahora pueden ver que no es así.
―¿Pero cómo creéis que se va a conseguir eso?
―Como determine el movimiento desde las bases ─respondió la muchacha con determinación─. Nosotros estamos por el debate continuo, por la confrontación de ideas. No somos como los viejos partidos, en los que “la verdad” viene de arriba.
―¿Y si los trabajadores no se suman?
―Se sumarán, puede que no lo hagan los partidos y sindicatos que dicen representarles, pero la gente se sumará.
―Espero que sea así.
―Este sistema, señor, es obsceno. Si quiero comerme un suflé me lo como, y si quiero comerme dos pues me como dos. Y si no son de mi agrado ordeno que me los hagan otra vez. Y si me canso de comer tiro lo que ya no quiero. ¿Qué pasa? Soy el amo, tengo dinero. Eso es todo, el dinero. La familia, la pasta. La patria, la pasta. La vida, la pasta. Es lo único verdadero. Nada en las manos y todo en los bolsillos.
Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).
Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/12/28/nada-en-las-manos-y-todo-en-los-bolsillos/
Huyendo del París ocupado

Fotograma de la película ‘Tren nocturno a Múnich’ (1940).
El convoy continuaba despacio, parecía no tener prisa, al contrario que los pasajeros, algunos de los cuales salían al pasillo algo intranquilos. Inmediatamente los soldados que vigilaban el vagón les mandaban que regresaran a sus asientos. El ambiente se volvió algo más relajado, aunque las medidas de seguridad seguían siendo las mismas, con dos soldados en cada una de las entradas de los respectivos vagones y los oficiales de la Gestapo recorriendo el tren una y otra vez e inspeccionando los compartimentos. Llevaban más de cinco horas de viaje y todavía no habían llegado a Dijon, una de las paradas donde el convoy debía cambiar de locomotora. Sam tomaba notas, el señor Morel leía, los demás dormían.
Habían apagado las luces del compartimento, excepto una pequeña lámpara auxiliar situada junto a sus cabezas. De pronto se abrió la puerta, sin llamar antes. De nuevo la Gestapo, tan sigilosos y displicentes como la vez anterior. Sin pronunciar palabra encendieron la luz. ¡Documentación!, volvieron a exigir. La señora Morel se despertó enseguida, también la mujer belga y su hijo, sobresaltados; no así la muchacha, que continuaba dormida con la cabeza ladeada sobre su hombro derecho. Su madre había entregado la documentación de los tres, la suya y la de sus dos hijos, a los agentes de paisano. Como la vez anterior que inspeccionaron el compartimento, permanecieron un rato mirando los rostros de cada uno y comprobando que se correspondía con el que figuraba en la fotografía del salvoconducto. No podían apreciar bien la cara de la joven, el pelo se la tapaba. Uno de ellos se acercó a la muchacha y, cogiéndola de la mandíbula, giró su cabeza. Asustada, dio un respingo y se puso a chillar, emitiendo un sonido inarticulado que asustó a todos. El tipo a punto estuvo de darle un bofetón. Su madre, expeditiva, la abrazó a su pecho.
―¡Es sordomuda, es sordomuda, no le hagan daño! ─gritó.
―Controle a su hija, señora, contrólela ─vociferó aquel, que salió con su compañero.
―¡Malditos boches! ─exclamó la señora Morel.
―No digas eso en voz alta, pueden oírte ─le advirtió su marido.
―Esas no son maneras. Pobrecita. No te asustes, hija ─dijo a la muchacha con una gran sonrisa a fin de hacerse comprender.
Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).
Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/12/20/huyendo-del-paris-ocupado/
