¿Qué razón, la suya o la nuestra?

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―La situación se enmaraña a pasos de gigante ─se lamentaba Martha─. El mensaje chovinista y racista del nacionalsocialismo parece que cuaja cada vez más entre la opinión pública. Esta mañana, cuando compré el codillo, delante de mí había una mujer que pidió lo mismo. Nada más irse, la dependienta, que creo que es también la dueña, comentó con las clientas que quedábamos, tres éramos, que era judía y compraba cerdo para disimular. No pueden negarlo por mucho que se empeñen, dijo una, su físico ya les delata. Dijo delata. ¿Qué os parece? No pienso volver a comprar más en esa tienda.

―Todo esto se veía venir hace tiempo, pero nadie creía que llegaría a cuajar entre la población hasta este punto. Yo mismo era al principio de esa opinión. Los alemanes no se dejarán arrastrar por la agresividad y la xenofobia del mensaje de Hitler, pensaba. Ya sufrimos bastante con la última guerra. ¡Joder que no! Si parece que lo estaban deseando. Hace algo más de un año los nazis consiguieron ser el segundo partido del Reichstag con casi seis millones y medio de votos. Me temo que en las próximas elecciones esa cifra aumentará.

―La verdad es que no lo creo pero quiero creerlo, no lo sé, quiero confiar en que finalmente se impondrá la razón.

―¿Qué razón, Sam? ¿La suya o la nuestra? Me niego a creer que todo esto sea cosa de unos fanáticos a los que sigue un pueblo desorientado. Fanatismo… ¡No, no y no!  Hitler solo hace que reunirse con los principales magnates, recorre el país de un lado a otro buscando apoyos entre los hombres de negocios. Ellos temen al comunismo, y se los dan. Pero los comunistas ya no son los únicos enemigos, ahora lo son todos los que no comulgan con su credo y cualquiera que simplemente no sea como ellos, incluyendo su físico. A un amigo mío, que no es judío, los de las SA le dieron el otro día una paliza porque su aspecto así parecía indicarlo. No tuvo tiempo siquiera de explicarse. Tres costillas rotas, una ceja partida, moratones por todo el cuerpo. ¿Y la gente? Pues, ya ves, encantada.

Manuel Cerdà: Adiós mirlo adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

 

El peso del pasado

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“Krieg und leichen” / Fotomontaje de John Heartfield publicado en la revista AIZ, núm. 18, 24 de abril de 1932.

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Para ir desde su despacho al de Otto Wulff, en la sede de Mirliton, Helmut atravesaba un largo pasillo que daba a un amplio recibidor, donde estaba su secretaria. Quería consultar con Wulff un par de dudas. Al final del pasillo vio un hombre que se dirigía a la mesa de esta. Fue un instante, lo que el individuo pudo tardar en cruzar los dos metros de anchura del corredor, pero aún le sobró tiempo para reconocerlo. Solo le vio pasar, de perfil. Suficiente. Imposible olvidar aquella larga y afilada nariz y aquel mentón prominente. Se quedó en el pasillo, quieto, donde estaba ni la secretaria de Wulff ni el recién llegado podían verle. Claro que él tampoco les veía, pero no importaba, les oía. Era su voz. Aunque dijo a la mujer que se llamaba Gregor Zimmermann no había duda. Naturalmente que era su voz. Nunca había dejado de oírla aunque no supiera nada de su emisor desde 1944. Era Kurt von Lewinski, el directivo de IG Farben gracias al cual evitó un problema con la Kripo hacía más de diez años, cuando él y Sam tuvieron el incidente con un par de camisas pardas. No sospechaba entonces que unos años después volvería a encontrarse con él en Mauthausen, como “invitado” del comandante del campo, Franz Ziereis, con quien debía unirle una buena amistad a tenor de las “fiestas” que le organizaba. Von Lewinski parecía tener gran ascendencia entre los oficiales de mayor rango.

(…)

Zimmermann había dicho que se llamaba. Era evidente que utilizaba un nombre falso. La secretaria de Wulff dijo a Lewinski al cabo de poco que podía pasar. Este respondió con un simple “gracias”, arrastrando la erre como hacía siempre. Helmut seguía en el mismo sitio, paralizado, nervioso. No sabía qué hacer. Dio media vuelta y abandonó el edificio, ni siquiera cerró su despacho. Caminó sin dirección, turbado. Había hecho un día raro, igual llovía que lucía un sol radiante. La tarde, sin embargo, ya en su cénit, se había beneficiado de luz diáfana que deja la lluvia cuando limpia la atmósfera. El tiempo era tan apacible que le molestó. La gente parecía confiada, incluso alegre. Paseaba desenfadadamente. ¡Ignorantes! No os dais cuenta del peligro. Siguen ahí. En su cabeza retumbaba la voz de Lewinski. No escuchaba nada más que la voz de Lewinski, no veía otra cosa que soldados de las SS. Se cruzó con una mujer que paseaba un perro, tropezó con la correa y el animal se puso a ladrar. Era un foxhound, pero Helmut veía un fiero pastor alemán como los del campo de concentración. Comenzó a gritar, histérico. Todos le miraban, incluso el perro, que había dejado de ladrar. No pasa nada, me dan fobia los perros, perdonen, dijo nada más darse cuenta de que estaba junto a Bryant Park, en la Sexta Avenida. Se sentó en uno de sus bancos.

Consiguió serenarse, pero sentía miedo. Era absurdo, ya no podían hacerle nada, todo aquello había pasado, pensaba, pero seguía atemorizado y cualquier cosa le sobresaltaba. Pasó ante él un joven llevando un estuche de cello y comenzó a sofocarse, le costaba respirar, un sudor frío le empapaba. Intentaba valerse de nuevo de la razón, pero esta no le escuchaba, la música sonaba demasiado fuerte. ¡Cuánto tiempo sin oír Plegaria! ¡Cuántas veces había interpretado Plegaria en Mauthausen! Lo tocaba con los demás miembros de la orquesta cuando llegaban los trenes repletos de judíos. Lo último que esperaban era ser recibidos con música. Nada malo nos puede suceder, pensaban. Y confiados avanzaban hacia la cámara de gas creyendo que iban a las duchas para ser desinfectados. Les sonreían, les saludaban. Ellos sabían dónde iban, pero no podían decir nada. Un día uno de los músicos reconoció entre aquella pobre gente a una mujer de su pueblo. Lloraba desconsoladamente porque a sus dos hijos les habían hecho formar en otra fila, gritaba que se los devolvieran, desconocedora de que si así lo hacían seguirían con ella pero solo hasta la cámara de gas. El músico, mediante gestos, le hizo comprender lo que sucedía, pero con tan mala suerte que un SS se dio cuenta. Entonces apartó a la mujer de la fila y la puso aparte con sus hijos. Nada más sus compañeros marcharon a la cámara de gas llamó al músico, hizo que se arrodillara y delante de ella y los niños le descerrajó la cabeza de un tiro. Después se llevó a la mujer y a sus hijos hacia el crematorio. Ellos continuaban tocando Plegaria. Como alguien se detuviera ya sabía que era su fin.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

Quo Vadis, America?

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Un joven de 17 años es atacado por un perro policía en Birmingham (Alabama, Estados Unidos) por desafiar la ordenanza que prohibía las concentraciones de negros en las calles (3 de mayo de 1963).

―¿Has estado toda la noche escribiendo?

―Hasta que terminé el artículo. Empezaba a amanecer. Me quedé dormido pensando si rectificaba o no alguna cosa.

―¿Me dejas leerlo?

―¿Tú qué crees? Siempre has sido la primera persona en leer mis cosas y ya sabes cuánto valoro tu opinión. Si prácticamente eres mi editora.

Martha sonrió. Sacó el segundo folio de la máquina y se puso a leer el artículo. Se titulaba Quo Vadis, America? y era un durísimo alegato contra la pena de muerte y el sistema que la sustentaba. Entre otras cosas decía que el principal enemigo está entre nosotros y se llama intolerancia, se manifiesta diariamente en nuestra vida cotidiana y en nuestros comportamientos excluyentes y constituye el verdadero caldo de cultivo para el desarrollo de las ideologías totalitarias como el fascismo. Calificaba a Estados Unidos de país racista y lo comparaba con la Alemania nazi: en Alemania se obligaba a los judíos a llevar un distintivo amarillo que los diferenciara de los demás; a nosotros no nos hace falta con los negros, los distinguimos enseguida, y a los ‘comunistas’ los reconocemos todavía más pronto, su hedor maligno lo invade todo. Hacía igualmente un paralelismo entre los grupos perseguidos por el nazismo ─judíos, comunistas y homosexuales, principalmente─ y los colectivos objeto de persecución o marginación en su país: los que son físicamente distintos (los negros, los negros pobres sobre todo) y aquellos que no piensan como ‘se debe pensar’ (los comunistas, los supuestos comunistas y quien quiera seguir pensando por sí mismo). Las semejanzas entre el régimen nazi y la sociedad norteamericana no terminaban aquí: los nazis utilizaban la cámara de gas, nosotros también, y la silla eléctrica, afirmaba, para concluir con la siguiente frase: Hitler escribió en Mi lucha: ‘¿Quién puede negar mi derecho a exterminar a millones de eslavos, que se multiplican como insectos?’. Cámbiese ‘eslavos’ por ‘comunistas’ y la frase podría haberla pronunciado el mismo McCarthy, supongo que todavía orgulloso, como los que siguen sus ridículas y perniciosas ideas, de la inútil muerte ─asesinato─ de Julius y Ethel Rosenberg.

―¿Vas a publicarlo tal cual?

―Depende.

―¿De qué?

―De tu opinión.

―O sea, que lo vas a publicar así. Te van a llover críticas por todos lados, y no precisamente elogiosas.

―¿Qué le vamos a hacer? Ya las recibo, y otros más que yo. Haga lo que haga da lo mismo, si no es por una cosa será por otra, pero no puedo callar, querida, ni sé expresarme de otra forma.

―¿Y dónde vas publicarlo?

―Había pensado mandarlo a The Nation.

―Hazlo. Y si se le indigesta a alguien, mejor, buena señal.

Ahora el que sonrió fue Sam.

―Voy a casa de tus padres, a por los niños. ¿Me acompañas?

―Preferiría quedarme y dar los últimos retoques al artículo ahora, todavía está vivo en mi mente, no quiero distancia alguna con lo que ahora siento. Se escribe desde el sentimiento, desde el estado de ánimo, para transmitir sensaciones, no solo para ser leído.

―Nos vemos luego, pues.

Martha marchó a casa de su suegra. Sam se puso a releer el artículo. Lo hizo como un corrector, sin prestar atención a otra cosa que no fueran las faltas de ortografía o el uso inadecuado de determinadas expresiones, como si él no fuera el autor. No tachó ni modificó nada, lo metió en un sobre que cerró inmediatamente y mandó esa misma mañana del lunes a The Nation.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).