Violeta, vendedora de amor (1)

Violeta_Marine Vacth

Marine Vacth en un fotograma de la película ‘Jeune et jolie’ (2013, ‘Joven y bonita’).

Don Cosme ─me contó─ llegó a intimar con una prostituta de nombre Violeta (en realidad se llamaba Ramona). Tanto que quiso casarse con ella. Si no lo hizo fue porque ya estaba casada. Tenía unos cuarenta años, Violeta; don Cosme pasaba de los sesenta en aquellos momentos. De esto hace ya algún tiempo, no mucho. Era madre, Ramona, de un chico de once años ─creo recordar─, del que desconocía quién pudiera ser el padre. Alguien que probablemente estuviera tan solo y falto de afecto como don Cosme se enamoró de ella, puede que movido por la necesidad o la conmiseración, o por ambas cosas a la vez. ¡Qué sé yo! Se casó y dio su apellido al niño. Julián ─se llamaba Julián el esposo de Violeta─ decidió sacarla de la prostitución y de aquel mundo lóbrego y gélido incluso en los días que el sol resplandece con toda su intensidad.

Durante un tiempo ─sigo el relato que me hiciera don Cosme a lo largo de nuestros encuentros─ todo fue bien. El marido de Violeta ─la llamaremos siempre así, es como se presentaba ella cada vez; además, tanto Julián como don Cosme se habían enamorado de Violeta, no de Ramona; a Ramona lo más probable es que jamás la conocieran, puede que ni ella misma se acordase de que en un tiempo fue Ramona─ trabajaba en una fundición dedicada a la reparación y construcción de máquinas para la industria textil y a la fabricación de maquinaria oleo-vinícola. Cerró. La revolución, la crisis. Julián se quedó, pues, sin trabajo, y lo que es peor, sin sueldo. Buscó nuevo empleo, como tantos otros que atravesaban su misma situación. Como tantos otros, pasó a engrosar las filas de hombres y mujeres que ven cómo su existencia se va disipando entre la sensación de inutilidad, el desespero y la impotencia. Lo poco que cobraba del subsidio por desempleo no era suficiente para cubrir siquiera las necesidades más apremiantes del día a día. Además, el hijo de Violeta sufría un leve retraso mental y, consecuencia de este, una dependencia continua de su madre. Cambiar ahora ─un ahora que empezó cuando Violeta se casó con Julián y pudo dedicarse a su cuidado─ cualquier rutina de su vida hubiera supuesto un trauma terrible para el joven, me explicó don Cosme. (…)

Julián se mostró reacio a que Violeta regresase otra vez al barrio chino a vender su cuerpo. Él lo conocía muy bien, sabía el placer que le proporcionaba, el deleite que alcanzaba con sus caricias, el gozo de ser correspondido del mismo modo, conocía el cuerpo de Violeta mejor que el suyo, había pasado noches enteras durmiendo en su cama, disfrutando la dicha de dos cuerpos que se aman y se entregan, que siguen necesitándose al día siguiente de todos los días, compartiendo alegrías ─pocas─, llantos y penas. No podía soportar que nadie más fuera partícipe de esas sensaciones. Sabía que Violeta le amaba, que acostarse con otro no era más que una relación contractual, efímera, que en realidad ella no se entregaba ─eso únicamente sucedía con él─, que era una mendiga sexual forzada por las circunstancias, una actriz de la noche, que actuaba, interpretaba un papel a cambio de dinero, como en definitiva hacemos todos, y eso era lo único que se llevaba a casa, nada de recuerdos. No era Ramona entonces, era Violeta. Claro que Julián, como don Cosme, a quien habían conocido era a Violeta, no a Ramona, y de ella se habían enamorado, pero Julián no soportaba siquiera pensar en ello, la sola representación mental que descarada y provocativamente se exhibía en su cerebro sin consentimiento alguno por su parte, anulando el raciocinio y cercenando argumentos, le atormentaba. Entonces Violeta se convertía de verdad en puta, una mujer cuyo cuerpo era conocido por muchos hombres que habían pagado para poseerlo sexualmente, un cuerpo público, cedido temporalmente a otras manos, conocido por todo tipo de fulanos cicateros de sentimientos y codiciosos de satisfacer frustraciones y fantasías que por mucho que se empeñaran jamás llegarían a ver cumplidas.

Al final, Violeta consiguió trabajo en un club de alterne, uno de los pocos que quedaban abiertos en aquel barrio sombrío, opaco a cualquier irradiación de vida. La calle era la casa de aquellas mujeres rendidas y devaluadas y el vecindario su parentela. Su trabajo consistía, le dijo a Julián, en servir en la barra. Los clientes eran para las demás. Pero algunos la conocían de antes y reclamaban sus servicios, y a veces no se podía negar. El dinero, era necesario el dinero. A Julián no se lo podía decir. Él cuidaba del chico ─al que quería como un hijo─ cuando Violeta trabajaba y se ocupaba de la casa. Era un buen hombre, por lo que parece. Lo que parece es lo que le pareció a don Cosme, yo me limito a trasladar a estas páginas lo que me contó, añadiendo si acaso alguna cuestión conjetural pero sin entrar en otras consideraciones.

Asiduo de esas guaridas de sentimientos encontrados y gélidos, almacenes de incertidumbres y recelos, infortunios y fiascos, con que se construyen los barrios chinos, en la barra de uno de los pocos clubs de alterne que permanecían abiertos fue donde conoció a Violeta. Para don Cosme aquel barrio no era inhóspito, tal vez sí despiadado, sabía que las opciones de sus moradores se limitaban a la fuga o a la muerte, pero allí encontraba calor y comprensión, sin llegar a plantearse que sin dinero el calor y la comprensión que creía hallar se hubiesen vuelto mucho más gélidos. Trataba a las solícitas y complacientes mujeres de la calle como en verdad las consideraba, como trabajadoras sociales. Se mostraba atento y respetuoso con ellas, no solía acostarse con nadie, tomaba una copa y charlaba un rato, en todo caso algo de petting si se terciaba. Con el tiempo llegó a satisfacerle más que la cópula, respecto a la que siempre me pareció observar cierta renuencia por su parte. Como creyente que era, se apiadaba de quienes no sabían disimular su desánimo y no juzgaba a nadie: habrá un juicio final en el cual dios juzgará a todos los hombres y solo él tiene esa potestad, pensaba, o se decía a sí mismo, y a los demás, a mí al menos, para esquivar problemas morales.

Violeta pertenecía al grupo de mujeres ─vendan su cuerpo, su fuerza de trabajo física o su intelecto─ que han perdido toda capacidad de simulación y se atrincheran en una coraza de indolencia. Su mirada reflejaba indiferencia, ni odio ni pasión; era la de un ser errático en su desventura sin posibilidad de horizonte alguno. A don Cosme le gustó desde el mismo instante que la vio detrás de la barra cuando, como varias tardes a la semana ─dos, tres, cuatro─, entró al club a tomar una copa y charlar un rato con quien más predispuesta estuviera a escuchar confidencias o lamentaciones como si fuese una persona afortunada. Debía serlo más que su contertulio, aparentarlo por lo menos daba confianza y garantizaba cierta estabilidad en sus ingresos. Ese día, detrás de la barra solamente estaba Violeta. Don Cosme se sentó en el taburete del centro, había tres más a ambos lados, los seis vacíos. La gente que frecuentaba el barrio chino estaba tan depauperada como su entorno y no disponía de dinero suficiente para malgastarlo en una cata de sentimientos previa al encuentro sexual.

Entabló conversación con Violeta en términos que desconozco pero que debieron ser satisfactorios, pues volvió al día siguiente, y al otro, tal vez a los dos días. Desde entonces fue aún más asiduo del club en el que servía copas la nueva camarera que antes ejerciera de meretriz. Una de estas veces ─debió ser antes de que Violeta le explicase su situación, incluso es probable que ocurriese el mismo día─ subió con ella a una de las habitaciones que había en la planta superior, a la que se accedía por una estrecha y desvencijada escalera de caracol, para tener sexo, pero al menos por parte de él ya había surgido el cariño y, con este, habían regresado los principales valores morales derivados de su particular existencia que, dadas las circunstancias en que había transcurrido, eran por encima de todo la conmiseración, la abnegación y la resignación. Si hubo o no relaciones sexuales en aquel primer encuentro don Cosme nunca lo aclaró. Infiero que determinadas caricias, algún que otro sobeo habría entre ambos, lo más probable a instancias de él. Poco más. No sé. Tampoco me incumbe.

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Nunca se sabe quién acabará llevándote a la luna

Cap 2 (2)

El mundo de los sentimientos es muy complicado, y el del amor aún más. Nunca se sabe cuándo, cómo ni de quién nos enamoraremos, y si realmente lo que sentimos es amor o solo deseo, un mero calentón. En fin, nunca se sabe quién nos hará perder la cabeza, a quién acabaremos pidiendo que nos lleve a luna. Si no, que se lo pregunten a los protagonistas de los vídeos que figuran a continuación.

Los dos vídeos recogen fragmentos de las secuencias de la maravillosa película del genial Billy Wilder Some Like It Hot (1959), que en España se tituló Con faldas y a lo loco y en Latinoamérica Una Eva y dos Adanes y Algunos prefieren quemarse. Por cierto, sesenta años se cumplen ahora de su estreno. Los protagonistas del primero son Marilyn Monroe y Tony Curtis, y los del segundo Jack Lemmon y Joe E. Brown. Dos historias de amor un tanto distintas entre sí, dos historias que tienen como común denominador el anhelo de ser ‘llevado a la luna’ por la otra persona, esa por la que se ha perdido la cabeza, objeto de su amor, o de su encoñamiento, vete a saber.

Los dos vídeos, por otra parte, y a raíz de esto, tienen el mismo fondo musical: la magnífica canción que compuso Bart Howard en 1954 Fly me to the moon (Llévame a la luna), en la versión que grabó Frank Sinatra diez años después con Count Basie y su Orquesta. Elijan, pues. O quédense con los dos.

El arte del gran timo

Sin título

El progreso –eso que llaman progreso desde una visión unidireccional de la historia– lejos de hacernos más libres, nos ha esclavizado cada vez más. Día a día aumenta la infelicidad, es el infortunio de un existir vacuo, ajeno y extraño a las voluntades, disfrazado de metáforas y alegorías, un mundo de ilusión, que no ilusionante, de imágenes perfectamente encuadradas sobre selección previa de sus distintas maneras de ser representada. No somos por nosotros mismos, no existimos más allá de la consideración de los demás. No nos juzgamos a nosotros en cuanto lo que somos, sino a los semejantes en la medida de lo que somos, de nuestras insatisfacciones e intereses. Es en el desorden que se toma por orden y en la desigualdad en tanto que consecuencia ineludible y necesaria de las reglas del juego económico que sentimos reconocer otros semejantes y, lo más importante, el ánimo se reconforta al ver que la situación de muchos es peor que la nuestra. En ese momento creemos no formar parte de los más, de aquellos que saben, aunque no siempre lo quieran reconocer, que el destino reservado a todos ellos es el mismo: conformarse si no quieren ser tachados de agitadores, resignarse a lo que la suerte les ha deparado o ser excluidos, cuando no destruidos, por antisociales, locos, violentos o subversivos, pues únicamente han de tener por horizonte ser sumisos, obedientes, han de acatar –es por su bien– las decisiones de quienes hacen y deshacen, delegando sus acciones en los representantes de un pasado reinventado bajo la forma de la apariencia y el espectáculo, los especialistas en hacer real lo ficticio mediante lo que ellos llaman política, los encargados de hacer que se respete una realidad despreciable que dicen representar en instituciones cuyo prestigio viene definido por su mayor o menor servilismo hacia los definidores, los que nos dicen qué es lo permitido, pero no lo posible, los inventores de la falsa contestación, del silencio, la inacción, los que aseguran la vida organizada, fragmentada, los perpetuadores de la tradicional división del mundo entre puteadores y puteados.

Para hacer “aceptable el engaño político que se cobija bajo el nombre de democracia, y que pase el otro engaño llamado sufragio universal, se sustituyeron las palabras amo y esclavo, señor y siervo, por estas otras más dulces y pasaderas: capitalista y obrero”, escribía Anselmo Lorenzo en 1903 (Criterio libertario). Es así, añadía, que “corporaciones e individuos han hecho condición de vida de su servidumbre al privilegio”, hasta el punto que “el Congreso se ha convertido en el monopolio de los políticos de oficio, es decir, de los ambiciosos, de los charlatanes, de los inhábiles para toda otra profesión”, o que cuanto menos no han mostrado su habilidad para ejercer otra. Tal vez porque “mientras que para ejercer una profesión cualquiera se necesita cuando menos un aprendizaje y para las de carácter más elevado se exige un título que acredite la capacidad del profesor, para legislar no se necesita más que la sans-façon del candidato y el voto del elector o el pucherazo del cacique”.

Para rematar la farsa se disfraza este de igualdad ante la ley (todos votamos, todos decidimos), algo que –sigo con Lorenzo– “es imposible por ilegal, por punible; la ley es insostenible por anacrónica; la grandeza del hombre no cabe en la pequeñez de la ley, y por añadidura tenemos la incapacidad profesional de los legisladores”. La igualdad ante la ley no es otra cosa que “un señuelo, una trampa democrático-burguesa para cazar incautos, o lo que es lo mismo, electores, progresistas platónicos, sumisos a la explotación, y, sobre todo, para convertir en cómplices a las mismas víctimas de la iniquidad, que es lo más refinado en el arte del gran timo, del arte de engañar a la multitud”.