Si yo viviera en Catalunya

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AP Photo / Francisco Seco.

Si yo viviera en Catalunya, aunque no fuera catalán, aunque no fuera –como soy– catalanohablante (en la variedad dialectal que se habla en el País Valenciano), y si tuviera un hijo en edad escolar estudiando Educación Primaria o Educación Secundaria Obligatoria –que, lógicamente, tendría una edad comprendida entre los 6 y los 12 años–, hoy hubiera acudido con él su escuela para evitar el cierre de la misma por la Policía y la Guardia Civil.

¿Utilización? No. Formación. Le explicaría a mi hijo los motivos por los que estaríamos allí y le diría algo así como que no estoy de acuerdo con lo que defienden los padres de sus amiguitos de clase, que pienso de manera muy distinta, pero que les apoyo porque hay cosas que nadie puede prohibir, como que las personas actúen en libertad. Pues de eso va este breve artículo que escribo nada más terminar el referéndum, o, si prefieren, la movilización popular que ha tenido lugar hoy en Catalunya. Mi opinión sobre el nacionalismo la dejé muy clara en el artículo España me la suda. Allí decía: “(Lo que me interesa son] las personas, no los símbolos. Eso es lo importante. Parafraseando a Camus, amo demasiado la gente para ser nacionalista. Y me suda la polla quien anteponga la nación a sus habitantes, se autoproclamen –o así se les considere– progresistas o conservadores, socialdemócratas o neoliberales, de izquierdas o de derechas. Simples convencionalismos, pero necesarios para reforzar el sistema y ejecutar y cumplir, todos, las órdenes de otros, los que realmente detentan el poder, a los que posiblemente este tipo de asuntos también se la sudan”.

Lo que ha sucedido hoy en Catalunya con esa desmedida, violenta e innecesaria actuación policial –que muestran los vídeos que inserto bajo estas líneas– es un ataque a la libertad de expresión que lo único que ha conseguido es que muchos que no comparten el ideario independentista salieran con ellos a la calle en señal de protesta. Es lo que yo hubiera hecho si viviera en Catalunya.

El poder de la imagen. Los políticos y la televisión

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Hace exactamente 57 años, el 26 de septiembre de 1960, tuvo lugar en Chicago el primer debate electoral televisado de la historia. Los protagonistas fueron Richard Nixon, entonces vicepresidente, del Partido Republicano, y John Fitzgerald Kennedy, del Partido Demócrata, ambos aspirantes a la presidencia.

Cuando se celebró el debate, cara a cara, Nixon tenía mal aspecto, terminaba de salir del hospital donde había estado ingresado un par de semanas por una lesión en una pierna, estaba sin afeitar desde hacía unos días y se negó a maquillarse. Kennedy daba una imagen diametralmente opuesta, impoluto, bronceado, bien afeitado, sonriente, relajado.

El debate se radió y se televisó. Por televisión fue seguido por setenta millones de personas que, según una encuesta, dieron la victoria a Kennedy, por gran mayoría. En cambio, quienes lo oyeron por la radio opinaron que el vencedor fue Nixon; como mucho dieron un empate.

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J.F. Kennedy y R. Nixon durante el primer debate electoral televisado de la historia.

Nixon subestimó el poder de la televisión. Y perdió. ¿Hubiera ganado Kennedy sin ella? Él mismo, según dicen algunos, reconoció a posteriori que no.

Hoy, los políticos han aprendido bien la lección y nadie duda del enorme poder que la televisión tiene. Según el informe “Televisión en abierto. Contribución a la sociedad española” –publicado por la consultora Deloitte el 19 de junio de 2017–, la televisión es el medio preferido para informarse para el 44% de los españoles, seguido de los medios digitales (25%) y las redes sociales (13%). Lógicamente, los políticos –y sus adictos y vacuos tertulianos audiovisuales–, sobre todo en los momentos en que la praxis política adquiere mayor relevancia –como cuando se celebran elecciones o como en estos días con el problema catalán– se prodigan en televisión haciendo gala de un enorme conocimiento de las técnicas de mercadotecnia política. Según el tema que se aborde se muestran más o menos circunspectos. Ahora, por ejemplo, la situación no está para muchas frivolidades. Pero es cosa de días. Llevamos mucho tiempo viéndolos en televisión haciendo variedad de cosas que nada tienen que ver con la política en shows de todo tipo, incluyendo programas del corazón. Bailan, nos cuentan sus aficiones, cómo ligan, nos muestran sus casas, cocinan, cantan… Todavía no han aparecido en programas tipo Adán y Eva o Mujeres, hombres y viceversa, pero tiempo al tiempo.

No me parece mal que hagan todo eso, ni bien tampoco. Lo encuentro irrelevante, aunque sin duda no es así. ¿Por qué lo hacen? Obviamente, para mostrarse como alguien cercano, accesible, alguien con el que los espectadores puedan identificarse. Desde los tiempos de Kennedy hasta hoy los políticos han aprendido que, ante todo, hay que ser un buen showman.

La imagen es lo que cuenta y la televisión –sea cuál sea el soporte mediante el cual se transmiten imágenes a distancia– sigue siendo, como veíamos, el instrumento idóneo por excelencia.

Los políticos saben que, como dice la canción de Irving Berlin, “There’s no business like show business”, y que, por tanto, recurriendo a la letra que escribió Aldir Blanc para otra hermosa canción, O Bêbado e a Equilibrista, “sabe que o show de todo artista / tem que continuar”. Esto ya no lo encuentro tan irrelevante: es el triunfo de la política como espectáculo. La pregunta que hay que hacerse ahora es quién ganaría unas elecciones si los electores solamente conocieran los programas de las diversas opciones que se les presentan (incluyendo, por supuesto, no votar entre ellas). O simplemente si los leen. Y quien dice elecciones dice las diversas alternativas a la cuestión catalana o las diferentes formas de combatir, o no, la corrupción, de la que, por cierto, nadie habla en estos días.

Ya lo dijo Ludwig Feuerbach en el prefacio a la segunda edición de La esencia del Cristianismo (1841): “Sin duda nuestro tiempo… prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser… lo que es ‘sagrado’ para él no es sino la ilusión, pero lo que es profano es la verdad. Mejor aún: lo sagrado aumenta a sus ojos a medida que disminuye la verdad y crece la ilusión, hasta el punto de que el colmo de la ilusión es también para él el colmo de lo sagrado”. Extraigo la cita del libro de Guy Debord La sociedad del espectáculo (1967).

En fin, llamen a esto política, llámenlo como quieran. También pueden llamar vaca a una fregona, pero no esperen que esta dé leche. Y, mientras, todos entretenidos (entretener = “divertir, recrear el ánimo de alguien”, RAE) viendo esos interminables debates en los que todos hablan y nadie dice nada.

¡A vivir, que son dos días! O uno si no te portas bien (dicen)

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Desde que venimos al mundo, a este por lo menos, dominado por la codicia y la vanidad, se nos instruye en la idea que necesariamente hemos de vivir más años que las generaciones anteriores, y estas a su vez más que las previas a ellas, y así sucesivamente desde que los expertos contemporáneos elevaron vida y muerte a categorías políticas.

Se nos instruye para que temamos a la muerte en la ambición de una vida lo más longeva posible, eso sí, basada en el trabajo y en la indolencia. No fumes, no bebas, no te drogues, no comas esto ni aquello, no estés tanto tiempo sentado, no te estreses… No, siempre no, la vida desde la negación, la prohibición. Nos sentimos obligados a hacer esfuerzos continuamente si queremos vivir, y lógicamente luego exigimos la recompensa, pues nos creemos dueños de nuestro destino. Normas, reglas, dictámenes, exámenes. Desde pequeños. Y, si no, el castigo: la muerte. Si no comes, si no duermes lo que debes, si no cumples con los preceptos de Dios o de los superiores, si no te arrepientes, si no rezas, si no eres casto, si no cumples las obligaciones con los maestros, con los padres, con los que deciden y determinan, el castigo: la muerte, prematura y presumiblemente dolorosa. O el apartamiento, que viene a ser lo mismo, o parecido.