Esta entrada la publiqué el año pasado. La vuelvo a publicar hoy tal cual, añadiendo solo el vídeo que figura bajo estas líneas. El año que viene supongo que seguiré pudiendo publicarla sin más modificaciones que cambiar el año. Y es que, como dice el proverbio que tantas veces le escuché decir a mi padre, “d’on no hi ha no es pot treure”.
No soy partidario de las conmemoraciones institucionales de sujetos y hechos históricos, sean estos de índole política, cultural o económica. La historia –en el más amplio sentido de la palabra (conjunto de los sucesos o hechos políticos, sociales, económicos, culturales, etc., de un pueblo o de una nación, RAE)– es una cosa y los políticos –que no la política– otra. El sujeto histórico –los políticos lo son– no puede dejar de ser lo que es y, por tanto, su interpretación de los hechos estará siempre condicionada a unos intereses determinados. Los partidos políticos –escribía Simone Weil– son máquinas “de fabricar pasión colectiva”, organizaciones “construida[s] de tal modo que ejerce[n] una presión colectiva sobre el pensamiento de cada uno de los seres humanos que son sus miembros”, pues “la primera finalidad y, en última instancia, la única finalidad de todo partido político es su propio crecimiento, y eso sin límite”. Según…
Vi el otro día Les mamelles de Tirésias (Los pechos de Tiresias), una opéra bouffe en dos actos, sarcástica a más no poder, cuya absurdidad no es otra que la misma que rodea nuestra existencia y el ingenio, la creatividad, una salida. Con música de Francis Poulenc está basada en la obra homónima de Guillaume Apollinaire que escribió en 1903, pero no llegó a representarse hasta 1917. La ópera de Pulenc se estrenó en el Opéra-Comique en París el 3 de junio de 1947.
La versión que vi es la que representó la Opéra National de Lyon en 2010. Otro día publicaré una entrada sobre ella, pues hoy no es de la ópera de Pulenc de la que quiero hablar, sino de lo que me sugirió. O más concretamente, lo que me sugirió un momento de la misma. Como la obra es breve, se agregó –con muy buen criterio a mi parecer– un Foxtrot de Shostakovich y Le Bœuf sur le toit (1919) de Darius Milhaud como prólogo.
No conocía Le Bœuf sur le toit y fue todo un descubrimiento, fantástico. Se estrenó como ballet con escenario de Jean Cocteau, escenografía de Raoul Dufy y vestuario de Guy-Pierre Fauconnet en 1920. No hay una historia real de la que hablar, sino una secuencia de escenas inspiradas en Brasil, un país en el que el compositor pasó dos años durante la Primera Guerra Mundial. Los primeros actores fueron payasos del circo Medrano, los Fratellini. La coreografía fue deliberadamente muy lenta, en marcado contraste con el espíritu alegre de la música.
Fascinado, escuché de nuevo Le Bœuf sur le toit al día siguiente varias veces. Y de pronto en mi mente apareció una vaca rosa. Y ya está. Le Bœuf sur le toit…, le Bœuf sur le toit… ¿y la vaca rosa? No hay más. Y me monté esta especie de fantasía fantasmagórica. ¿Cuál es la línea que separa realidad y onirismo? ¡Que más dará! Yo me dejé llevar por la vaca y salió este vídeo.
Últimamente –lo he dicho en otras entradas– he descubierto una nueva afición: la de confeccionar vídeos. Me lo paso bien, me siento como un niño con juguete nuevo. Cosas de la hiperactividad, digo, no sé. Unos reciben más visitas, otros menos. Este –no tengo la menor duda– va a ser de los que menos. Puede que no reciba ninguna, ninguna que llegue a verlo entero. El vídeo dura 15:39 minutos y es una sucesión de imágenes y animaciones entre las que se intercalan diversas citas de Apollinaire, Jarry, Vian o Queneau. Todas ellas en francés, como el resto del vídeo, pues la vaca rosa cuando se presentó ya me dijo que solo hablaba dicho idioma. Por eso se titula La vache rose. Algunas de estas imágenes, unas cuantas, pueden ofender la sensibilidad de quien las contemple, por lo que no está recomendado para espíritus sensibles y he restringido el acceso al vídeo a mayores de 18 años.
Aclarado como fue su parto, le dejo con La vache rose. Una sola recomendación si deciden verlo: no le busquen tres pies al gato –ni a la vaca, por supuesto–, sabido es que tiene cinco.
Pues parece que se va el calor asfixiante que hemos padecido este mes de agosto. Unos más que otros, como es, ilógicamente, lógico. Claro que igual vuelve. Y si vuelve –que no es extraño– lo tendremos que sufrir otra vez. Y de nuevo, unos lo podremos sobrellevar más o menos bien y otros todo lo contrario.
Las altas temperaturas registradas en casi toda España, leo en El Progreso (Lugo, 30 agosto), han supuesto que el número de fallecidos por golpes de calor haya “sufrido un repunte espectacular este verano, que todavía no ha terminado, ya que hasta la fecha han muerto por este motivo veinte personas y para encontrar un dato similar hay que remontarse a 2006, cuando murieron 21 o hasta 2004, cuando perdieron la vida 26. Son los datos a los que ha tenido acceso Efe y que se manejan en el Ministerio de Sanidad, en concreto por los responsables del Plan Nacional de Acciones Preventivas contra los Efectos del Exceso de Temperaturas, que permanecerá activado hasta el próximo 15 de septiembre y que, por primera vez, podrá ampliarse en un mes más, si se prolonga el calor. De los veinte fallecidos por golpe de calor, sólo tres no sufrían patologías previas: dos fallecieron en actividad laboral y una haciendo gimnasia, según fuentes de Sanidad’.
De los dos que fallecieron en actividad laboral, uno era un obrero de 48 años que perdió la vida cuando se encontraba trabajando en las obras de la autovía del Reguerón (Murcia). Otros afectados por el calor eran personas que no llevaban documentación alguna (varios de los muertos eran indigentes) y gente mayor.
¿Se podían haber evitado estas muertes? Rotundamente sí. ¿Cómo se puede tolerar que haya quien tenga que trabajar en tales condiciones? ¿Cómo se puede consentir que haya gente –pensionistas y no pensionistas– que teniendo aparato de aire acondicionado no pueden utilizarlo por el exagerado precio de la luz? ¿Es simplemente racional que en Tarragona hayan tenido que crear un protocolo específico para atender a indigentes durante episodios de calor a raíz de estas muertes? ¡Por favor! Es indecente.
El calor, pues, mata. Como el tabaco. Tengo ante mí unos paquetes de cigarrillos, todos con leyendas como “Fumar mata”, “Fumar perjudica gravemente la salud”, “Fumar provoca infartos”, “Fumar acorta la vida”, “Fumar reduce la fertilidad de los hombres” –a buenas horas– o “Fumar puede matar al hijo que espera”. ¿Yo? ¿A estas alturas?
Como siempre, el Estado y las instituciones velan por nuestra salud. Hay que ser buenos ciudadanos, buenos productores. Y fumar es malo, causa estragos terribles en nuestro cuerpo y nos mata de forma lenta y dolorosa, con el consiguiente coste económico. A ver, que salir a fumar le cuesta a la empresa 4.000 euros al año por trabajador, dicen. Es mejor morir de un golpe de calor. Gracias, señores, y señoras, bastardos indolentes de la estirpe política al servicio del capital, pero no. Fumar es malo… Fumar es malo… Ustedes sí son unos parásitos sociales, unos perritos falderos indignos y depreciables. Váyanse a la mierda.
Esto es así porque “por primera vez en la Europa contemporánea, ningún partido ni fracción de partido intenta ya fingir que tratará de cambiar algo importante.” (Guy Debord, Comentarios sobre la sociedad del espectáculo, 1988). Todos siguen el mismo discurso político, el que dictan los verdaderos amos del sistema y tan eficazmente propagan los mass media a través de los cada vez más abundantes expertos mediático-estáticos. Y es que, como escribió Simone Weil (Nota sobre la supresión general de los partidos políticos, 1942-1943) “los partidos son un maravilloso mecanismo en virtud del cual, a lo largo de todo un país, ni un solo espíritu presta su atención al esfuerzo de discernir, en los asuntos públicos, el bien, la justicia, la verdad. El resultado es que –a excepción de un pequeño número de circunstancias fortuitas– solo se deciden y se ejecutan medidas contrarias al bien público, a la justicia, a la verdad. Si se le confiara al diablo la organización de la vida pública, no podría imaginar nada más ingenioso”.
No sé si llegará el momento en que los expertos, sin excepción, dejen de servir a su amo, de que el mejor de ellos deje de ser el que mejor miente, del fin de la sociedad espectacular. Menos si lo viviré. La verdad es que no creo ni lo uno ni lo otro. Demasiados falsificadores, demasiados ignorantes. Mas, por si caso, mientras tanto, fumando espero, pues para mí –qué quieren que les diga– fumar es un placer, genial y sensual.