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Pues parece que se va el calor asfixiante que hemos padecido este mes de agosto. Unos más que otros, como es, ilógicamente, lógico. Claro que igual vuelve. Y si vuelve –que no es extraño– lo tendremos que sufrir otra vez. Y de nuevo, unos lo podremos sobrellevar más o menos bien y otros todo lo contrario.

Las altas temperaturas registradas en casi toda España, leo en El Progreso (Lugo, 30 agosto), han supuesto que el número de fallecidos por golpes de calor haya “sufrido un repunte espectacular este verano, que todavía no ha terminado, ya que hasta la fecha han muerto por este motivo veinte personas y para encontrar un dato similar hay que remontarse a 2006, cuando murieron 21 o hasta 2004, cuando perdieron la vida 26. Son los datos a los que ha tenido acceso Efe y que se manejan en el Ministerio de Sanidad, en concreto por los responsables del Plan Nacional de Acciones Preventivas contra los Efectos del Exceso de Temperaturas, que permanecerá activado hasta el próximo 15 de septiembre y que, por primera vez, podrá ampliarse en un mes más, si se prolonga el calor. De los veinte fallecidos por golpe de calor, sólo tres no sufrían patologías previas: dos fallecieron en actividad laboral y una haciendo gimnasia, según fuentes de Sanidad’.

De los dos que fallecieron en actividad laboral, uno era un obrero de 48 años que perdió la vida cuando se encontraba trabajando en las obras de la autovía del Reguerón (Murcia). Otros afectados por el calor eran personas que no llevaban documentación alguna (varios de los muertos eran indigentes) y gente mayor.

¿Se podían haber evitado estas muertes? Rotundamente sí. ¿Cómo se puede tolerar que haya quien tenga que trabajar en tales condiciones? ¿Cómo se puede consentir que haya gente –pensionistas y no pensionistas– que teniendo aparato de aire acondicionado no pueden utilizarlo por el exagerado precio de la luz? ¿Es simplemente racional que en Tarragona hayan tenido que crear un protocolo específico para atender a indigentes durante episodios de calor a raíz de estas muertes? ¡Por favor! Es indecente.

El calor, pues, mata. Como el tabaco. Tengo ante mí unos paquetes de cigarrillos, todos con leyendas como “Fumar mata”, “Fumar perjudica gravemente la salud”, “Fumar provoca infartos”, “Fumar acorta la vida”, “Fumar reduce la fertilidad de los hombres” –a buenas horas– o “Fumar puede matar al hijo que espera”. ¿Yo? ¿A estas alturas?

Como siempre, el Estado y las instituciones velan por nuestra salud. Hay que ser buenos ciudadanos, buenos productores. Y fumar es malo, causa estragos terribles en nuestro cuerpo y nos mata de forma lenta y dolorosa, con el consiguiente coste económico. A ver, que salir a fumar le cuesta a la empresa 4.000 euros al año por trabajador, dicen. Es mejor morir de un golpe de calor. Gracias, señores, y señoras, bastardos indolentes de la estirpe política al servicio del capital, pero no. Fumar es malo… Fumar es malo… Ustedes sí son unos parásitos sociales, unos perritos falderos indignos y depreciables. Váyanse a la mierda.

Esto es así porque “por primera vez en la Europa contemporánea, ningún partido ni fracción de partido intenta ya fingir que tratará de cambiar algo importante.” (Guy Debord, Comentarios sobre la sociedad del espectáculo, 1988). Todos siguen el mismo discurso político, el que dictan los verdaderos amos del sistema y tan eficazmente propagan los mass media a través de los cada vez más abundantes expertos mediático-estáticos. Y es que, como escribió Simone Weil (Nota sobre la supresión general de los partidos políticos, 1942-1943) “los partidos son un maravilloso mecanismo en virtud del cual, a lo largo de todo un país, ni un solo espíritu presta su atención al esfuerzo de discernir, en los asuntos públicos, el bien, la justicia, la verdad. El resultado es que –a excepción de un pequeño número de circunstancias fortuitas– solo se deciden y se ejecutan medidas contrarias al bien público, a la justicia, a la verdad. Si se le confiara al diablo la organización de la vida pública, no podría imaginar nada más ingenioso”.

No sé si llegará el momento en que los expertos, sin excepción, dejen de servir a su amo, de que el mejor de ellos deje de ser el que mejor miente, del fin de la sociedad espectacular. Menos si lo viviré. La verdad es que no creo ni lo uno ni lo otro. Demasiados falsificadores, demasiados ignorantes. Mas, por si caso, mientras tanto, fumando espero, pues para mí –qué quieren que les diga– fumar es un placer, genial y sensual.