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O aceptas o niegas. Lo aprendí de pequeño. Me pusieron delante un plato de espinacas y pescado y no lo comí. Por la simple razón que no me gustaba. O aceptas o niegas. Claro que de poco me sirvió. A la mayoría, al parecer, le gusta el pescado y las espinacas.

La conformidad o la negación. La mayoría, no obstante, supongo que en su afán de encontrar algún sentido a su devenir, optan por el término medio. Pero el término medio no existe. En consecuencia, ni se resisten ni cuestionan ni se cuestionan. La razón la desconozco, tal vez no la haya. Desconozco igualmente los motivos por los que el sometimiento disfrazado de indolencia es la opción preferida. Puedo entender la aceptación o la negación, pero ─insisto─ no a los indiferentes, carne de cañón de determinadores y proyectistas sociales y copartícipes necesarios de las destrucciones y atrocidades que jalonan la historia de la humanidad. No es que acepten como mal menor hechos y situaciones ante las se sientan indefensos o impotentes, o consideren que no tienen solución alguna. Nada puede ser perfecto, ni nadie, es la pasmosa abulia que caracteriza nuestro tiempo, del que ha llegado a ser su rasgo más distintivo, es el sometimiento voluntario, la certidumbre de que siempre habrá quien domine y quien aspire a pertenecer al grupo de los poderosos, o al menos ser sus mamporreros. Así es la vida, dicen. Renunciando explícitamente a buscar un lugar en el mundo y aceptando sin reservas el que se nos adjudica nada más nacer, la misma percepción de la existencia humana ha ido alterándose hasta perder la capacidad de discernir lo útil de lo inútil, lo representado de lo real, abandonando así la capacidad de elegir y la razón individual de las vidas.

Siendo el hombre el ser más imperfecto de cuantos hay en la naturaleza, dice que siente cuando en realidad consiente. Cree en normas, reglas, dictámenes, leyes, constituciones, sin cuestionarse el porqué de su germen, ni el sentido de sus disposiciones, ni a quién sirven y para qué. La inmutabilidad del dogma. Así todo es más fácil. Los dogmas carecen de significado intelectual. Cuestión de fe. No hay que ejercitar la razón. Normas, leyes, preceptos. División entre los que se benefician de ellas, los que creen beneficiarse y los que aspiran a tal beneficio, excluyendo a quienes se resisten a aceptar sin más. La vida en sociedad, lejos de hacernos más libres, nos ha esclavizado cada vez más. Día a día aumenta la infelicidad, es el infortunio de un existir vacuo, ajeno y extraño a las voluntades, disfrazado de metáforas y alegorías, un mundo de ilusión, que no ilusionante, de imágenes perfectamente encuadradas sobre selección previa de sus distintas maneras de ser representada. Aceptación de la negación, no somos por nosotros mismos, no existimos más allá de la consideración de los demás. Es en el desorden y la desigualdad que sentimos reconocer otros semejantes a nosotros mismos. Y, lo más importante, el ánimo se reconforta al ver que la situación de muchos es peor que la nuestra.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).