Aún resultará que tenemos la culpa nosotros. ¡No te jode!

1.1 - copia - copia

La madre de Johnny hacía todo lo posible para que [cuando llegase] su marido no le encontrase en casa. Le avisaba repetidas veces antes de salir. Me voy a hacer la compra, no te duermas. Te he puesto el despertador a las nueve, levántate, que no te pille tu padre en la cama, ya sabes cómo se pone. Frenético se ponía Pedro cada vez que encontraba a su hijo durmiendo a mitad mañana. Vago, holgazán, inútil, gorrón… Hacía tiempo, no obstante, que habían dejado de discutir.  Pedro se cabreaba y lanzaba su habitual retahíla de reproches. Mientras, Johnny se vestía ─pantalones vaqueros o de chándal, camiseta y zapatillas deportivas─ y abandonaba la vivienda, en silencio. Pedro se acostaba. Ya prácticamente era un ritual.

─ ¿Así cómo cojones vas a encontrar trabajo? Vago, maleante…  Mi padre también me suelta la misma cantilena, y mi madre.  Y eso que ellos están pelaos y a mi padre está punto de acabársele el paro. Si no fuera por la pensión de mi abuela… ─se quejaba Tomate

(…)

─ Estoy hasta los putos huevos. Aún resultará que tenemos la culpa nosotros, que no pegamos ni chapa. Eso será, seguro. ¡No te jode!

─ Ni así, ni asá, le digo yo. ¿Todavía no has dado cuenta de que no hay nada? A ver qué mierda de trabajo encuentras tú. Y me dice que él ya es mayor, que yo soy joven, que las cosas son distintas. Mueve el culo, agacha el lomo.

─ Ayer me salió un currelo, por eso no vine. Repartir propaganda. Cinco euros la hora, cinco putos euros, y tenía que pagarme yo el autobús. Acojonante. ¡Que se los metan por el ojete!

─ No hombre, no, que eso igual les gusta.

─ ¡Ah!, y cinco días, cinco putos días, no te lo pierdas. Eso sí, muy considerados:  me hacían contrato.  Pero me descontaban no sé qué hostias de retenciones para no sé qué. ¡Menuda panda de chorizos! Ellos seguro que no ganan cinco euros a la hora. ¡Qué hijos de la gran puta!

─ Hiciste bien, tío, yo también los hubiera mandado a la mierda.

─ No dije nada en casa. Si mi padre se entera que pasé hasta el culo de un currelo, por mierdoso que sea, me da de hostias.

─ Yo hubiera hecho lo mismo. Son un peñazo, siempre dando la brasa, siempre con la misma monserga. Si vivimos entre la mierda, en un mundo de mierda ¿qué quieren que seamos?, ¿qué quieren que hagamos? ¿Qué hacen ellos? Renegar. Mi padre se pone negro cuando ve las noticias en la tele y se caga en todo.  Que si los banqueros y los políticos se re parten el pastel y nos dejan en la miseria, que si son unos ladrones, unos hijos de puta, que si cabrones, que si la madre que los parió, y luego le da la venada y me echa a mí la bronca y dice que soy un vago. No sé si es un falseras o simplemente gilipollas, o las dos cosas.

Manuel Cerdà: Prudencio Calamidad (2017).

La ciudad del sol

Avatar de Manuel CerdàA MI MANERA

remedios-varo-copia “Tránsito en espiral” (1960). Remedios Varo.

En la casa de campo de mis abuelos paternos, a unos pocos kilómetros del pueblo en que nació mi padre, cercana a un antiguo balneario, pasábamos todos los meses de agosto. El río que trascurría prácticamente a su lado, el bello paisaje de sauces que lo envolvía, el mismo balneario ya en desuso, los recovecos que se abrían por doquier, los exploraba cual intrépido aventurero que unas veces era un indio, otras un vaquero, un bandolero tipo Robin Hood, un fugitivo de alguna causa injusta o cualquier otro personaje que la mente de un niño puede imaginar, que no son pocos. La ciudad quedaba entonces lejos, muy lejos, y el colegio, los maestros, los exámenes…

Cuando el tiempo lo impedía, cuando hacían su aparición las fugaces tormentas de verano, subía al desván, a escudriñar los múltiples objetos que allí se almacenaban, no sé si…

Ver la entrada original 626 palabras más

Mayo del 68 en ‘Tiempos de cerezas y adioses’: la toma del Odéon

Pancarta en el Ódeon tras ser ocupado

Pancarta en el Odéon tras ser ocupado por estudiantes y artistas (17 de mayo). / AFP.

La gran manifestación del lunes 13 marcó un punto de inflexión en el desarrollo de los acontecimientos. Cada día eran más los obreros que se declaraban en huelga. Una semana después se calculaba que había más de diez millones de huelguistas. Nada funcionaba, ni correos, ni teléfonos, ni metro, ni ferrocarriles, llegándose incluso a racionar la gasolina. La práctica totalidad de las universidades francesas estaban en poder de los estudiantes y los obreros tomaban las fábricas.

El Odéon había sido ocupado por los primeros y convertido en un lugar de mitin permanente, de encuentro de estudiantes, trabajadores y actores y de agitación política ininterrumpida. Frente al mismo Sam y Martha se encontraron con la joven que Bill había llevado a casa herida. Tenía el ojo aún amoratado, pero había desaparecido la hinchazón. Bill, les dijo, se hallaba en la Sorbona, a salvo. También que dentro tenía lugar un debate en el que participaban Sartre ─quien apoyaba sin reservas el Movimiento 22 de Marzo y las reivindicaciones de los jóvenes─ y Cohn-Bendit. Decidieron entrar.

Asamblea en el Ódeon ocupado

Asamblea en el Odéon ocupado. / AFP/Archives.

―Tengo una bicicleta, pero poca pasta para cuidarla ─decía una muchacha─. Está muy vieja. Las ruedas están hechas polvo, pero no puedo permitirme el lujo de cambiarlas, no tengo dinero suficiente. Voy poniéndoles parches, pero ya no aguantan. Es que ya no hay ni sitio, es parche sobre parche. Así que voy a tener que deshacerme de ella y, si puedo, cambiarla por otra. Eso mismo le pasa a este sistema. Está podrido y los parches solo conseguirán que aguante un poco más, pero no podrán evitar su descomposición. Mejor, pues, cambiarlo por otro. Para eso estamos aquí. Pero hace falta unidad. Mientras el movimiento estudiantil y el obrero vayan cada uno por su cuenta no se conseguirá nada. Más parches. Afortunadamente los sindicatos se han unido. Pero sigue habiendo cierta desconfianza.

―Desde las barricadas hemos conseguido debilitar el poder ─intervino un joven de barba poco poblada─. Nos encontramos, pues, en una posición de fuerza. A partir de ahí es cierto que los sindicatos pueden negociar. Están en su derecho. Pero para ser realista hay que admitir otra posibilidad aparte de las vías de la reforma, del debate y de la vía parlamentaria, que es la vía de la calle. No sé qué pasará, pero no creo que se llegue a un movimiento revolucionario de un solo golpe. Ahora bien, yo mismo me he reunido con varios sindicatos, he ido a ver a los comités de huelga y he visto la forma en que los jefes discutían con los huelguistas. Están obsesionados. Tienen miedo. Y cuando alguien tiene miedo está dispuesto a ceder. Y cuando alguien está dispuesto a ceder hay que aprovecharse, porque si no de nada sirven el debate y las bellas palabras. Y no es menos cierto que la burguesía nunca, y digo nunca, cederá una parcela de su poder. Ahora os toca decidir. ¿Estáis a favor de la revolución? Si la respuesta es afirmativa, ¿cómo hacerla y con quién? ¿Quién es el enemigo de clase? ¿A qué clase pertenecéis? Si aceptáis las reformas, me planteo lo siguiente: ¿qué demonio hacéis aquí conmigo?

―Vale ─manifestó otro─. Nada de parches, nada de reformas. Revolución. ¿Hacia dónde? ¿Qué modelo de revolución queremos?

―¿Y para qué necesitas un modelo, ya sea del capitalismo o de la democracia popular?

―Lo que mucha gente no comprende es que vosotros no buscáis elaborar un programa, ni dar una estructura al movimiento. Os reprochan querer “destruirlo todo” sin saber, en todo caso sin decir, lo que queréis en su lugar cuando se derrumbe ─dijo Sartre.

Jean-Paul Sartre durante una asamblea en el Ódeon

Jean-Paul Sartre durante una asamblea en el Odéon tras ser ocupado por los estudiantes (13 de mayo). / Claude Dityvon.

―¡Claro! ─observó Cohn-Bendit─. Todo el mundo se tranquilizaría, Pompidou en primer lugar, si fundáramos un partido anunciando: “Toda esta gente está con nosotros. Aquí están nuestros objetivos y el modo cómo pensamos lograrlos”. Sabrían a qué atenerse y, por tanto, la forma de anularnos. Ya no se estaría frente a la “anarquía”, el “desorden», la “efervescencia incontrolable”. La fuerza de nuestro movimiento reside precisamente en que se apoya en una espontaneidad “incontrolable”, que da el impulso sin pretender canalizar o sacar provecho de la acción que ha desencadenado. Para nosotros existen hoy dos soluciones evidentes. La primera consiste en reunir cinco personas de buena formación política y pedirles que redacten un programa, que formulen reivindicaciones inmediatas de aspecto sólido y digan: esta es la posición del movimiento estudiantil, hagan según eso lo que quieran. Es la mala solución. La segunda consiste en tratar de hacer comprender la situación. No a la totalidad de los estudiantes, ni siquiera a la totalidad de los manifestantes, pero a un gran número de entre ellos. Para eso es preciso evitar la creación inmediata de una organización o definir un programa que serían inevitablemente paralizantes. La única oportunidad del movimiento es justamente ese desorden que permite a las gentes hablar libremente y que puede desembocar, por fin, en cierta forma de autoorganización. Por ejemplo, es necesario ahora renunciar a las reuniones de gran espectáculo y llegar a formar grupos de trabajo y de acción.

―No necesitamos modelos. Estamos realizando reformas y cambiando los modelos. ¡Estamos inventando! ─exclamó uno.

―No inventamos nada ─discrepó una chica─. Lo siento, camaradas, no inventáis nada. Estáis remodelando una estructura capitalista. Para mí eso no es un invento, no es nada. Veo un debate. Simplemente percibo gente que se preocupa, que hay un régimen capitalista y debemos hallar modalidades, reformas y cosas por el estilo para oponernos e intentar acondicionar esta estructura. Pero no deja de ser cierto que la base está podrida. ¿Qué podemos hacer, pues? La base es el hombre y el hombre no cambiará.

Cuando Sam y Martha marcharon del Odeón el debate continuaba.

―¿En qué piensas? Te noto abstraído.

―En la frase que ha dicho esa joven sobre el hombre. El hombre no cambiará… Puede que sea así, que seamos el problema en vez de la solución.

Manuel Cerdà: Tiempos de cerezas y adioses (2018).