Cenando en compañía de Samuel Beckett

Me decidí por una ensalada y mero a la plancha ─me aseguraron que era fresco─, para beber un vino de garnacha, con cuerpo, poco ácido y con esa ligera aspereza que mi gusto celebra encontrar. Entre plato y plato, un corto texto de Beckett, Compañía. Lo cogí de mi biblioteca al azar. Inventor de la voz y de su oyente y de sí mismo. Inventor de sí mismo para hacerse compañía. Déjalo estar. Habla de sí mismo como de otro. Dice, hablando de sí mismo: “Habla de sí mismo como de otro.” Se imagina a sí mismo para hacerse compañía. Déjalo estar. La confusión también es compañía hasta cierto punto. La esperanza diferida mejor es que nada. Hasta cierto punto. Hasta que el corazón empieza a enfermar. Un corazón enfermo mejor es que nada. Hasta que empieza a partirse. Conque, hablando de sí mismo, concluye de momento: “De momento déjalo estar”

El camarero. No me apetece postre. Un café corto y un buen whisky de malta.

Aparte de la mesa que escogí para cenar, había tres más ocupadas, todas por más de una persona. La mía era la única que no. Observaba de cuando en cuando la gente sentada en ellas. [En una que había al fondo] se sentaban un hombre y una mujer de veintipocos años, no llegarían a los treinta. Él parecía acercarse más a la treintena, ella en cambio a los veinte. Vestían elegantemente, el hombre con aire más informal, americana de dril color crudo y camiseta negra de algodón; la mujer un vestido de color marrón ocre, largo y ceñido, anudado al cuello, y un foulard de seda azul Klein, con el que cubría los hombros. Desde mi posición, la espalda de la mujer, al descubierto, destacaba en la escena. Imposible no fijarse, la luz del seto situado a su lado se escapaba por entre las ramas del jazmín y se reflejaba en ella. La piel se veía tersa y suave, bronceada, un bronceado natural, ligeramente dorado, imposible de conseguir sin la acción del sol. Destacaba aún más con el color de su vestido y la media melena rubia. El azul del foulard acentuaba y atemperaba el contraste. Terminaron el primer plato, la joven se levantó y pude así observar su cuerpo al trasluz del foco situado junto a ella, la tela era fina y permitía adivinar una figura esbelta y seductora. Por unos momentos llegué a desearla.

Me preguntaba quiénes serían. Tal vez unos recién casados, o una pareja que celebraba un aniversario de algo, puede que de su boda (eso explicaría su bronceado caribeño). Como quiera que sea, deduzco de estos nimios vestigios que ambos viven bajo el mismo techo; la actitud de él parece corroborarlo. Durante el tiempo que ella está ausente, no mucho ─debe haber ido al baño─ el camarero sirve sus segundos platos. Él come, no la espera. Vuelve la chica y se sienta. Observo su cuerpo de nuevo mientras lo hace y luego su espalda. Empieza también a comer, no hablan entre ellos. Él mira el plato; ella no lo sé, desde mi posición no puedo ver su rostro. Sus miradas no parecen encontrarse, tampoco se buscan. Ella mira el reloj un par de veces en cuestión de minutos; tendrá sueño, estará aburrida. Él dice algo, una frase corta, ignoro si hay respuesta, apenas conversan, no deben tener nada que decirse ya a pesar de su juventud. Igual empezaron su relación demasiado pronto, siendo casi unos niños, como yo con Rosaura, pero a diferencia de nosotros nada les impidió seguir adelante. Demasiado tiempo, pues. Se acabaron las primeras veces, todo se repite, se conocen sobradamente, están cansados, mañana será el mismo día, aunque cenarán en otro sitio, lo más probable en casa, y comerán otras viandas, las que ella haya comprado y preparado, lo más probable.

Eran casi las doce de la noche, faltaban siete minutos para que las manecillas del reloj se juntasen en perfecta comunión y fuera la hora en que Cenicienta debe retirarse. Fin de la apariencia, hay que volver al redil. Ella le cogió la mano, él sonrió. Se besaron, pidieron la cuenta, se volvieron a besar. Marcharon, acaramelados, rodeando con sus brazos cintura y hombros; los de ella en la cintura, los de él en los hombros.

Sigo leyendo a Beckett: …con la cabeza vuelta hacia arriba para siempre, te esforzarás en vano con tu cuento. Hasta que al final oigas las palabras tocar a su fin. Cada fútil palabra un poco más cerca de la última. Y con ellas el cuento. El cuento de otro contigo en la oscuridad. El cuento de alguien contando un cuento contigo en la oscuridad. Y cuánto mejor, a fin de cuentas, las penas perdidas y el silencio. Y tú, como siempre has estado.

Solo.

Terminé Compañía y el whisky. Hora de volver a la habitación.

Manuel Cerdà: El viaje (2014, nueva edición 2019).

Aristide Bruant: el hombre que insultaba a sus clientes

Imaginen que entran a un cabaret, o a un local de ocio nocturno. Un hombre, sentado al piano, está cantando. Ustedes ocupan una mesa y hacen algo de ruido. Entonces, el hombre del piano, sin dejar de tocar, les dice que son unos maleducados. Más tarde, también durante la actuación, se levanta alguien –no importa el motivo– y este espeta: “Todos los clientes son unos cerdos, sobre todo los que se van antes de tiempo”. Pues así es como procedía durante sus actuaciones Aristide Bruant (1851-1925), un cantante francés de cabaret que componía sus propias canciones y llegó a interpretarlas en su propio local, el Mirliton, en París, en Montmartre.

Bruant llegó a París en 1866 y se estableció en Montmartre, por entonces lugar de encuentro de artistas y escritores consagrados que compartían espacio e inquietudes con jóvenes admiradores de su obra, ansiosos por ocupar un lugar en el mundo del arte y el espectáculo. “Busco fortuna / en las inmediaciones de Le Chat Noir / a la luz de la luna / ¡en Montmartre!”, cantaba en su canción Le Chat Noir. Y la consiguió. En este cabaret, Le Chat Noir, logró hacerse célebre, ganar dinero y abrir su local: el Mirliton.

Afiche de Bruant. Obra de Toulouse-Lautrec.

El día de la inauguración, en 1881, la clientela era tan escasa que podía contarse con los dedos de una mano. Aristide Bruant ─hombre procaz, desvergonzado, atrevido y buen comunicador─, que ya de por sí tenía un fuerte carácter, se cabreó como pocas veces antes y se metió con los presentes en el local, insultándoles. Para su sorpresa, nadie se molestó, antes al contrario: recibieron sus groserías con regocijo, reían la ocurrencia y le seguían el juego. Cada día era más complicado épater le bourgeois.

El ambiente que se respiraba en El Mirliton según un grabado contemporáneo del pintor y litógrafo francés Steinlen.

Bruant era también un avispado hombre de negocios. Así que siguió comportándose del mismo modo con los clientes. Y esta manera de obrar contribuyó, y no poco, a aumentar su popularidad y la del cabaret, que empezó a llenarse y siempre estaba a rebosar. A Bruant cada día le iba mejor. Su éxito fue fulgurante y pronto se retiró, marchando a Courtenay, donde vivió en una gran casa rodeado de perros y servidumbre mientras pasaba el tiempo con la caza y la pesca. El Mirliton, no obstante, siguió abierto y continuó proporcionándole buenos ingresos. Pero él ya no actuaba, sino que utilizaba dobles que vestían como él: chaqueta de terciopelo negro, camisa roja, bufanda roja larga y botas altas. Eso sí, el ritual era el mismo. Así, podríamos decir que, probablemente, Bruant fue el primero en vivir de su imagen.

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Uno de los dobles de Aristide Bruant es uno de los personajes de en mi novela El corto tiempo de las cerezas. Una noche que Samuel Valls (protagonista de la misma) deambulaba por el distrito londinense de Whitechapel, en el East End, un desconocido le ayudó a salir de un embrollo en que, sin querer, se había metido. Resultó llamarse William Sutherland y era uno de los dobles de Bruant. No sospechaba entonces Samuel que acabaría convirtiéndose en su yerno, aunque algo barruntó cuando le presentó a Camila, su hija, en el Mirliton.

El corto tiempo de las cerezas está a la venta a través de Amazon.

La niña que quería matar a Dios

Natalia tenía siete años cuando escribió aquella carta a los Reyes Magos pidiéndoles que le trajeran una muñeca, una cocina y un juego de lápices de colores. No era mucho, pues su mayor deseo figuraba al final de la misiva: “que se ponga buena mi abuelita”. Los Reyes fueron generosos con ella e incluso la obsequiaron con algún juguete más que no figuraba en la lista. Pero diez días después su abuela murió. Su madre le explicó que, por encima de todos, incluso de los Reyes Magos, estaba Dios, y que ese era su designio.

Al año siguiente, tomó la primera comunión. Por aquel entonces a Natalia le preocupaba el estado de su salud de su amiguita Paula. Había sufrido un accidente. Tenía su misma edad, eran vecinas, y el autobús escolar que la llevaba al colegio se salió de la carretera. Paula fue la peor parada. Los médicos dijeron que podía quedarse tetrapléjica. Natalia rezó con todas sus fuerzas para que se curara pronto y pudiera acompañarla en aquel ritual tan importante para ella. Asistió, pero sentada en silla de ruedas y con problemas en el habla. Natalia ni siquiera podía entender lo que decía.

Tres años después llegó el momento de la confirmación. Esta vez rogó al Altísimo por ella misma. Quería aprobar matemáticas e inglés, asignaturas que llevaba muy mal. Suspendió ambas.

Quiero ser monja, dijo a sus padres al cabo de un par de meses. La sorpresa de sus progenitores fue mayúscula. Eran católicos, iban a misa, pero más por convención que por convicción. ¿Por qué quieres ser monja?, ¿sabes lo que eso significa?, le preguntaron sin salir del asombro que les habían causado sus palabras. Claro –respondió Natalia–, casarse con Dios. ¿Casarse con Dios?, tú no sabes lo que estás diciendo, exclamó su madre. Sí, sí lo sé. Natalia lo tenía claro. ¿Y por qué quieres casarte con Dios?, inquirieron sus padres, convencidos de todo aquello era pura niñería. Para estar con él y poder matarlo, respondió Natalia.

Publicado anteriormente en este blog el 27 de enero de 2018.