La Revolución rusa: la decadencia del zarismo y la Revolución de 1905

1917_soviet_pertrogrado_5-750x350

La decadencia del zarismo y la penetración del marxismo 

Tres grandes rasgos caracterizan la Rusia zarista desde el último tercio del siglo XIX hasta el estallido de la Revolución de 1917:

  1. Era una sociedad eminentemente agrícola en la que la servidumbre había sido abolida en 1861. Los siervos pasaron a ser “aldeanos libres”, pero en la práctica no eran otra cosa que “campesinos sin tierras” que dependían del mir (comunidad campesina cuyas tierras se poseían y labraban en común). Los mir se mantuvieron hasta las reformas agrarias de 1906-1911 y fueron determinantes en el fracaso de crear una ‘clase media’ rural.
  2. Entre 1870 y 1914, no obstante, se produjo un espectacular crecimiento del sector industrial con la creación de grandes factorías de avanzada tecnología que empleaban entre 2,5 y 3 millones de trabajadores, lo que evidentemente representaba una muy pequeña parte de la población (111 millones de habitantes hacia 1910). Este crecimiento industrial –hay que aclarar– fue consecuencia de la presión que los estados europeos ejercieron sobre la nobleza dominante, no de una política económica auspiciada por las élites rusas, aunque se beneficiaran de ella. Para las economías occidentales Rusia era un filón a explotar y el zar no tuvo más remedio que impulsar el desarrollo capitalista, lo que comportó un endeudamiento del Estado, que se vio obligado a destinar enormes recursos para asegurar su supervivencia, no perder la influencia que tenía en un contexto de crecientes rivalidades interestatales y sociales, como le sucedió con la derrota en Crimea o con la guerra franco-prusiana.
  3. Rusia seguía manteniendo una estructura autocrática que fundía la clase terrateniente con el Estado, un Estado Absoluto que se extendía al sistema educativo, la religión, el ejército, la manera de gobernar y, por supuesto, al poder económico, pues el Estado era el principal propietario feudal del país, poseía tierras en las que trabajaban 21 millones de siervos. El nacionalismo, la Iglesia ortodoxa y la autocracia eran los pilares del Estado, que demostró su poder político y militar en el intervencionismo y la expansión exterior.

Hasta la Revolución de 1905 no se estableció un sistema semiconstitucional y el socialismo ruso tuvo que manifestarse en la clandestinidad y el exilio. Un primer populismo ruso (1860-1890), que consideraba al campesinado la clase revolucionaria por excelencia, comenzó a declinar en paralelo a la introducción de ese primer capitalismo y el desarrollo del pensamiento marxista, si bien su herencia fue recogida por los socialistas revolucionarios. Su programa tenía como puntos básicos la lucha por la autonomía nacional y las libertades, el deseo de unir amplias masas de la población por muy heterogéneas que estas fueran y una socialización de la tierra que simultaneara la existencia de una propiedad igualitaria con las explotaciones colectivas. Este programa, aun teniendo en cuenta el desarrollo industrial, seguía yendo dirigido a la gran masa campesina y esto explicaría que en 1917 consiguieran, junto a los mencheviques, la mayoría de los soviets.

En 1898 se creó el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso. Este marxismo revolucionario se consolidó frente al marxismo legal que, esperando que el capitalismo se asentase y la burguesía tomara el poder, emplazaban para un futuro la acción socialista. Lenin, en ¿Qué hacer? (1901-1902), expresa por primera vez su idea del partido-vanguardia del proletariado. Durante el Congreso de Londres de 1903 los mencheviques (Axelrod, Mártov, Plejánov) proponían una estructura similar a la socialdemocracia alemana, mientras que los bolcheviques, siguiendo a Lenin, defendían un partido centralizado y disciplinado de revolucionarios profesionales, que eran la vanguardia del proletariado. Las dos tendencias se aproximaron momentáneamente tras la Revolución de 1905, pero se separaron definitivamente, como veremos, en 1912.

La Revolución de 1905 y la ruptura definitiva entre mencheviques y bolcheviques

La Revolución de 1905 sorprendió a todo el mundo. La chispa fue el descontento popular ante las graves derrotas que el ejército ruso sufría en la guerra ruso-japonesa (1904-1905). Su estallido se desencadenó a partir de la dura represión del ejército, el 9 de enero de 1905, sobre los huelguistas de San Petersburgo, hecho conocido como Domingo Sangriento por la matanza que llevó a cabo la Guardia Imperial contra los manifestantes (200 muertos y 800 heridos).

Manifestación pacífica de trabajadores en Petrogrado que dio lugar al Domingo Sangriento

Manifestación pacífica de trabajadores en Petrogrado que dio lugar al ‘Domingo Sangriento’.

A raíz de este incidente, en las ciudades, las protestas de los intelectuales, estudiantes y ciertos elementos liberales, se unieron a la de los obreros industriales y de servicios, provocando su momento álgido en octubre de 1905. Es en este momento que aparecen por primera vez los soviets o Consejos de diputados obreros, órganos de democracia directa que se formaban en las distintas industrias para defender los intereses de los trabajadores en determinados momentos y luego desparecía.

La reacción del zar Nicolás II, ante esta situación de revuelta generalizada, fue proclamar el 17 de octubre un manifiesto que enunciaba una constitución y la creación de una representación del pueblo (Duma) sobre la base del sufragio universal. Pero estas promesas resultaron vanas por la división y desorganización de las fuerzas revolucionarias y las posibilidades del zar de reprimir la insurrección tras la firma de la paz con Japón el 5 de septiembre de 1905.

De la llamada revolución de 1905 quedó un sistema semiconstitucional de sufragio indirecto y una Duma con un papel muy limitado en la elaboración de la Constitución. Aun así, las fuerzas partidarias de conseguir un sistema constitucional europeo triunfaron en la elección de las dos primeras Dumas, que por este hecho fueron disueltas por el zar. Con la segunda Duma en julio de 1917 acabó de hecho el sistema semiconstitucional establecido tras la Revolución. Se modificó el sistema electoral a partir de un censo muy restringido, favorable a los terratenientes y la gran burguesía, lo que significaba de hecho el regreso a la orientación autocrática.

Los mencheviques no alteraron sus presupuestos revolucionarios, excluyendo cualquier política de preparación inmediata de la revolución socialista y relegando al proletariado a mero comparsa de la burguesía, al tiempo que seguía viendo al campesinado como una fuerza no revolucionaria. Lenin, por el contario, extrajo otras conclusiones: puesto que la burguesía rusa había demostrado que ni podía ni quería completar la revolución burguesa, debía ser el proletariado, en alianza con el campesinado el que la llevara a efecto. Una vez que la revolución burguesa llegara a su término el campesinado dejaría de ser revolucionario en conjunto y no secundaría al proletariado en su marcha a la revolución socialista. En este período el proletariado asumiría el nuevo papel dirigente, provocaría la adhesión del campesinado sin tierras, y extendiendo la llama de la revolución por Europa. El proletariado europeo, más poderoso que el ruso, ayudaría a hacer la revolución socialista. Muy cercana era la interpretación de Trotski de Revolución Interrumpida. En su obra Resultados y perspectivas (1907), en el capítulo V, “El proletariado en el poder y el campesinado”, formula la tesis de que una ‘dictadura obrera y campesina’ será el sustento de la revolución permanente. En su opinión, la peculiaridad de la estructura social rusa era que la industria capitalista se había desarrollado como resultado de la presión extranjera y bajo el patrocinio del Estado, por lo que había surgido un proletariado, pero no una clase burguesa independiente de empresarios. Esto suponía que el proletariado estaba mucho más preparado para tomar el poder que la burguesía –con la ayuda del campesinado–; que la revolución socialista fuera mucho más fácil en países atrasados, y que una vez en el poder, no se detendría en la revolución democrático-burguesa, con lo que la revolución democrática implicaría automáticamente la transición a la revolución socialista.

Tras el periodo constitucional y la reacción subsiguiente, los partidos socialistas vuelven a la clandestinidad, pero a partir de 1910, y sobre todo de 1912, hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial la agitación revolucionaria aumentó en los núcleos industriales. Mientras tanto, en 1912 se produce la ruptura definitiva entre mencheviques y bolcheviques. Los mencheviques, siguiendo las tesis de Marx, sostenían que la revolución burguesa debería producirse primero. Solo gracias a la revolución burguesa el capitalismo podría llegar a su pleno desarrollo en Rusia. Hasta que ese desarrollo se produjera, el proletariado ruso no podría ser suficientemente fuerte para iniciar y llevar a cabo la revolución socialista. La acción política a corto plazo era por tanto apoyar a la burguesía para que derrocara la autocracia y completara la revolución burguesa. Los bolcheviques, sin embargo, mantenían que si la democracia burguesa era una etapa intermedia para el socialismo solo podrían luchar por ella los que creyeran en el socialismo; por tanto, solo el proletariado podía ser la fuerza dirigente de la revolución burguesa.

Como señala Hobsbawm (Historia del siglo XX), “Parecían existir dos posibilidades: o se implantaba en Rusia un régimen burgués-liberal con el levantamiento de los obreros y campesinos (que desconocían en qué consistía ese tipo de régimen y a los que tampoco les importaba) bajo la dirección de unos partidos revolucionarios que aspiraban a conseguir algo más, o –y esta segunda hipótesis parecía más probable– las fuerzas revolucionarias iban más allá de la fase burguesa-liberal hacia una ‘revolución permanente’ más radical (según la fórmula enunciada por Marx que el joven Trotski había recuperado durante la revolución de 1905). En 1917, Lenin, que en 1905 solo pensaba en una Rusia democrática-burguesa, llegó desde el principio a una conclusión realista: no era el momento para una revolución liberal. Sin embargo, veía también, como todos los demás marxistas, rusos y no rusos, que en Rusia no se daban las condiciones para la revolución socialista. Los marxistas revolucionarios rusos consideraban que su revolución tenía que difundirse hacia otros lugares”.

Y llegó 1917 y se produjo “el mayor desafío abierto al sistema capitalista”, consecuencia y causa del declinar del mismo (Edward Hallet Carr: La Revolución rusa: De Lenin a Stalin, 1917-1929, 1979). Pero de 1917 nos ocuparemos mañana.

Que les vaya bien (o lo mejor posible).

La Revolución rusa: centenario

100october_partie-communiste-canada

Esta entrada inicia una serie de seis artículos, que se publicarán a partir de hoy, dedicados a la Revolución rusa, de la que este año se celebra el primer centenario. Tal día como hoy, 7 de noviembre, de 1917, la Guardia Roja tomaba sin resistencia el Palacio de Invierno en Petrogrado (actual San Petersburgo), residencia oficial de los zares. Comenzaba así la conocida como Revolución de Octubre, pues en aquellos años Rusia se regía por el calendario juliano, según el cual dicha fecha correspondía al 25 de octubre.

Para el periodista y escritor John Reed, testigo de los hechos, que describe en su famoso libro Diez días que estremecieron el mundo (1919), “el éxito de los bolcheviques tiene solo una explicación: han llevado a cabo las simples y vastas aspiraciones de esas enormes capas del pueblo que querían desmontar el mundo antiguo para llevar a cabo, en la humareda de las ruinas derruidas, la edificación de la estructura de un mundo nuevo”. Esa ilusión que movía “enormes capas del pueblo”, ese anhelo por erigir una sociedad libre e igualitaria que tantos sueños había alimentado, se plasma muy bien en esta secuencia de la película que dirigió Warren Beaty Rojos (1981), basada en la vida de Reed.

En un ambiente de confraternidad, emociones a flor de piel y entusiastas esperanzas, aquella misma noche Lenin anunciaba el comienzo de “la tarea de construir la sociedad socialista”. Esa sociedad crearía un mundo y un hombre nuevos. Solo en ella, una sociedad comunista, “cuando se haya roto ya definitivamente la resistencia de los capitalistas, cuando hayan desaparecido los capitalistas, cuando no haya clases (es decir, cuando no existan diferencias entre los miembros de la sociedad por su relación hacia los medios sociales de producción) solo entonces ‘desaparecerá el Estado y podrá hablarse de libertad’. Solo entonces será posible y se hará realidad una democracia verdaderamente completa, una democracia que no implique, en efecto, ninguna restricción. Y solo entonces comenzará a extinguirse la democracia, por la sencilla razón de que los hombres, liberados de la esclavitud capitalista, de los innumerables horrores, bestialidades, absurdos y vilezas de la explotación capitalista, se habituarán poco a poco a observar las reglas elementales de convivencia, conocidas a lo largo de los siglos y repetidas desde hace miles de años en todos los preceptos, a observarlas sin violencia, sin coacción, sin subordinación, sin ese aparato especial de coacción que se llama estado” (Lenin: El Estado y la revolución, 1917). La base económica hará posible su extinción –añade– e “implicará un desarrollo tal del comunismo que supondrá la disolución de la diferencia entre el trabajo manual y el trabajo intelectual. Será entonces cuando se pondrá en práctica la famosa regla de ‘Cada cual según su capacidad. A cada cual según su necesidad’”.

¿Que no se consiguió?, ¿que las ilusiones se esfumaron más pronto de lo que parecía?, ¿que ese mundo y ese hombre nuevos nunca llegaron a ser una realidad? No seré yo quien diga lo contrario. Desde que se implantó una “’economía de dirección centralizada’ responsable mediante los ‘planes’ de llevar a cabo [la] ofensiva industrializadora, [que] estaba más cerca de una operación militar que de una empresa económica” (Eric Hobsbawm: Historia del siglo XX, 1994), pretendiendo ser no solo un sistema alternativo al capitalismo, sino superior a él, el modelo de una sociedad libre y sin clases que se había planteado al inicio de la revolución estaba abonado al fracaso. Se sirvió de las herramientas del capitalismo y, obviamente, no llegó a crear el “hombre nuevo”.

Pero ya iremos tratando este aspecto con detalle a lo largo de estos artículos. Centrémonos primero en la relevancia de la Revolución rusa, el acontecimiento más trascendental del siglo XX, como lo calificó Eric Hobsbawm. A su juicio –así como el de un servidor y el de infinidad de historiadores no revisionistas–, “las repercusiones de la Revolución rusa fueron más profundas y generales que las de la francesa” y “las consecuencias prácticas mucho mayores y perdurables”, pues “originó el movimiento revolucionario de mayor alcance que ha conocido la historia moderna. Su expansión mundial no tiene parangón desde las conquistas del islam en su primer siglo de existencia” (Hobsbawm. Historia del siglo XX).

La Revolución francesa hizo suyo el pensamiento ilustrado y, de acuerdo con sus principios, alumbró un mundo de progreso constante hacia una sociedad justa, una vez abolido el feudalismo. Este nuevo sistema social –organizado en torno al capital como relación básica de producción– fue posible gracias a una revolución –si me permiten usar este adjetivo tan de moda– transversal, es decir, protagonizada por la burguesía y las clases populares. La rusa, en cambio, fue una revolución de clase. Los intereses de unos y otros se fueron resquebrajando a medida que se consolidaba el nuevo modelo de estado burgués. La alianza se quebró y enfrentó a una y otra clase. Esta nueva clase, la clase obrera –en su más amplia acepción–, va a tener ahora, en la Revolución rusa, un referente, una alternativa de organización social que en aquellos momentos llevaba a creer que otro mundo sí era posible. Más allá de cualquier otra consideración, los coetáneos contemplaron los hechos de 1917 como una hecatombe o como una gran esperanza –según la posición social de cada uno–, pero todos se referían a ellos como una revolución. Para las clases obreras europeas y mundiales, emular el Octubre rojo se convirtió en un objetivo durante gran parte del siglo XX. Por primera vez, la clase obrera detentaba el poder y se establecía un sistema alternativo diferente de todos los conocidos hasta entonces.

Tal circunstancia era nueva en la historia y pronto, sobre todo una vez Stalin se hizo con el poder, empezó una campaña –cuyos orígenes se remontan a finales de marzo de 1949, cuando se celebró en Nueva York el Congreso Cultural y Científico por la Paz Mundial, una tapadera de la Kominform para la izquierda antiestalinista y para parte de la intelectualidad estadounidense– que equiparaba comunismo con estalinismo. Esto es, simple y llanamente, una falsedad histórica que iremos analizando en los próximos artículos.

Desde entonces, desde que el pensamiento único es el único pensamiento aceptable, lo que lo hace pasar por el único posible, se ha inculcado la idea –exitosamente visto lo visto– de que la democracia representativa (o indirecta) era la única sociedad posible en la que prevalece “la voluntad de la mayoría”, por lo que no se debe considerar al Estado un instrumento de dominación de clase ni oponerse a establecer alianzas con la burguesía progresista, socialreformista. Ahora bien, esto es otra falsedad, interesada además, que no distingue entre comunismo y estalinismo, equiparando uno y otro y, al mismo tiempo, identificándolos con el totalitarismo y comparando como dos formas del mismo comunismo y fascismo, e incluso el nazismo.

Y lo dejo por hoy. Son casi las nueve de la noche cuando redacto estas líneas –si bien tenía una especie de guion elaborado– y, lógicamente, quiero que este primer artículo salga hoy. Las correcciones de mi novela Prudencio Calamidad, que ya esperaba que estuviera a la venta, me han llevado de calle estos días. Queda mucho por decir y contar acerca de la Revolución rusa. Espero que mañana pueda publicar el siguiente artículo (y que la premura no me haya jugado en este una mala pasada). Si no, tendrá que ser el jueves. Gracias por su visita y que les vaya bien (o lo mejor posible).

Nou d’Octubre (Día de la Comunitat Valenciana)

No soy partidario de las conmemoraciones institucionales de sujetos y hechos históricos, sean estos de índole política, cultural o económica. La historia –en el más amplio sentido de la palabra (conjunto de los sucesos o hechos políticos, sociales, económicos, culturales, etc., de un pueblo o de una nación, RAE)– es una cosa y los políticos –que no la política– otra. El sujeto histórico –los políticos lo son– no puede dejar de ser lo que es y, por tanto, su interpretación de los hechos estará siempre condicionada a unos intereses determinados. Los partidos políticos –escribía Simone Weil– son máquinas “de fabricar pasión colectiva”, organizaciones “construida[s] de tal modo que ejerce[n] una presión colectiva sobre el pensamiento de cada uno de los seres humanos que son sus miembros”, pues “la primera finalidad y, en última instancia, la única finalidad de todo partido político es su propio crecimiento, y eso sin límite”. Según quién esté al frente de un gobierno o un estado, un mismo hecho histórico será interpretado de manera distintita, por lo que la historia –incluso involuntariamente– se nos presenta siempre parcial, distorsionada, tendenciosa, cuando no claramente manipulada o falseada.

Hoy, 9 de octubre (Nou d’Octubre) es el “Día de la Comunidad Valenciana” y se conmemora institucionalmente con toda pompa y solemnidad. Se eligió ese día porque el 9 de octubre de 1238 tuvo lugar la entrada victoriosa a la ciudad de Valencia del rey Jaime I. ¿Qué supuso este acontecimiento? Vamos con los hechos.

Cuando el territorio del actual País Valenciano fue conquistado por el rey y sus huestes, era un reino taifa poblado por árabes, o balansiyanos mejor dicho, pues en aquellos momentos sus tierras se denominaban Balansiya, y de aquí viene el nombre de Valencia y de sus nativos, los valencianos.

Más que hablar de ‘reconquista’, como se hizo durante tanto tiempo, o de ‘entrada a la ciudad’, hay que hacerlo de ‘conquista’, y más que de ‘repoblación’ –como veremos luego– de ‘ocupación’. El pueblo musulmán de al-Ándalus fue invadido por una minoría dominante mejor pertrechada –en 1272 aún poblaban el País Valenciano 200.000 musulmanes y 33.000 cristianos– que le obligaba a cambiar drásticamente su modo de vida, sus creencias y sus seculares tradiciones. Muchos fueron expulsados de sus casas y desposeídos de sus propiedades, y si no hubo una matanza generalizada, como en Mallorca, y buena parte de ellos pudo conservar sus tierras, fue por las mismas características de la conquista, que no hicieron necesaria una repoblación inmediata.

La sensación de dominio, de haber sido invadidos y sometidos, que debieron experimentar aquellos hombres, mujeres y niños, no deseo vivirla jamás: confinados a menudo en morerías, convertidos en mano de obra barata para los nuevos señores, obligados a bautizarse por la fuerza… ¿Por quién? Por otros. Simplemente eso: unos extraños, unos desconocidos.

Se ponía así fin a cinco siglos de cultura árabe que dejaron una huella imborrable. La agricultura, tras la conquista, se sirvió de su sistema de regadío. Los musulmanes mejoraron anteriores acueductos y estructuras que se remontan hasta la época romana y dieron a conocer la noria al tiempo que perfeccionaron su uso, e introdujeron el naranjo, la caña de azúcar, el albaricoquero, el algarrobo, la alcachofa, el algodón, la palmera datilera y, aunque todavía no se cultivaba a gran escala, el arroz. La toponimia actual conserva infinidad de nombres de origen musulmán. De los 542 municipios que integran la actual Comunidad Valenciana, alrededor de un centenar empiezan por los sufijos -al y -beni, manifiestamente árabes. Pero no solo estos. Mi pueblo, por ejemplo, Muro, es de origen árabe (aunque desconozcamos el porqué del topónimo), y otros muchos de una larga lista, como Silla (pequeña llanura), Manuel (salida de un valle), Monòver (florido) o Russafa, en Valencia (jardín). También, en todos los órdenes, son muchos los vocablos actuales provenientes de aquella época: alambique, alforja, alguacil, barrio, café, dársena, jaqueca, jarra, jinete, mazmorra, mengano, mezquino, rambla, rehén, sandía, tahona, y un largo etcétera. El tortuoso trazado del núcleo histórico de muchísimas localidades valencianas es de origen musulmán y reflejo de dos formas distintas de organización social: las familias de al-Ándalus eran de tipo extenso y las cristianas nuclear. En las primeras, cuando un hijo suyo se casaba construían otra estancia quitando espacio al patio en un solar adyacente. Las cristianas irán añadiendo parcelas, una al lado de otra, formando calles rectilíneas.

Con todo esto quiero decir que, tras la conquista del territorio valenciano por las huestes de Jaime I, estas se encontraron con una sociedad más avanzada que la suya, cuyos logros sirvieron para cimentarla. Así pues, ¿qué se celebra el Nou d’Octubre? ¿El nacimiento de una nación, parafraseando el título de la película de D. W. Griffith de 1915? O de un pueblo, si lo prefieren, el valenciano. Una nueva sociedad, en definitiva. Sí así es, ¿cómo se alcanzó? Como en Estados Unidos, ¿con la destrucción la cultura de las tribus indias y el genocidio de comunidades enteras? ¿O como hizo la Corona de Castilla (si lo prefieren, el incipiente Reino de España) con las culturas precolombinas)? De los 200.000 habitantes que tenía la taifa de Valencia cuando fue conquistada, unos 40.000 marcharon de sus tierras. Los que se quedaron, los moriscos, terminaron siendo expulsados en 1609, no sin antes haber sufrido el excesivo celo inquisidor para que se evangelizaran y padecer el rechazo de los cristianos, que los consideraban demasiados prolíficos, trabajadores y mezquinos. Un tercio de la población valenciana –alrededor de 120.000 personas– se vio obligada a abandonar para siempre unas tierras que habían morado ya sus antepasados y consideraban suyas.

La medida no gustó a los nuevos señores, los verdaderos beneficiados con la Conquista. El Llibre del Repartiment registra la donación de propiedades expropiadas a los musulmanes una vez finalizada la Conquista entre aquellos que habían ayudado en la campaña: órdenes militares, alto clero eclesiástico, nobles y caballeros, principalmente. Todo ello condujo a la formación de un régimen feudal especialmente duro, fuente de constantes conflictos entre los señores y los campesinos durante los tiempos medievales y hasta la época preindustrial. Tampoco me hubiera gustado ser uno de ellos, de los más, los que formaban parte del «tercer estado» o «común».

Hasta aquí, muy resumidos, los hechos. En base a ellos, la verdad, no sé qué demonios se celebra hoy. Es más, creo que no lo sé ni yo ni nadie. Entre los valencianos nunca ha habido eso que llaman “conciencia nacional”. No voy a entrar ahora en las causas, sigo limitándome a los hechos. Y estos me dicen que su faceta más folclórica y espectacular –versionada según los idearios de quienes en cada momento detentaba el poder– es la que ha predominado sobre cualquier otra consideración.

¿Qué no? A las pruebas me remito. ¡Con la lata que dieron los que se declaran “nacionalistas” o “valencianistas” cuando se aprobó el Estatuto de Autonomía de 1982! En él se pactó, entre otras cosas, que el territorio valenciano se denominaría oficialmente Comunidad (o Comunitat) Valenciana y se redactó de manera ambigua el articulado sobre la lengua de los valencianos. Los firmantes de aquel estatuto se convirtieron poco menos que en traidores. ¿Cómo que Comunitat Valenciana? ¡País Valencià! ¿Cómo que el valenciano es el idioma oficial? ¡El catalán! Algunos iban un poco más allá y reivindicaban nuestra pertenencia a los Països Catalans. Y con el himno. ¿Cómo podía ser el himno oficial el mismo de la Exposición Regional Valenciana de 1909, aquel que dice «Para ofrendar nuevas glorias a España”, aunque solo sonara la música? ¡Qué barbaridad!

Mucho ha llovido desde entonces. Tanto que estos últimos –aunque en coalición con el PSPV-PSOE– gobiernan la Generalitat Valenciana y ostentan la alcaldía del Ayuntamiento de Valencia, además de controlar otras administraciones o parte de ellas, especialmente en el área cultural. Aglutinados en torno a Compromís –una heterogénea mezcla en la que se juntan desde los antiguos procatalanistas a los que militaban la derecha valencianista más rancia–, han hecho suyo el “donde dije digo, digo Diego” y este es el eslogan de este año de la Generalitat Valenciana: “Nou d’Octubre. Dia de la Comunitat Valenciana. Tots a una veu”. La letra del himno de la Exposición dice “Per a ofrenar noves glòries a Espanya, / tots a una veu / germans vingau”.

En el programa de actos oficiales para hoy, 9 de octubre, figura, a las 12:00, la procesión cívica y ofrenda floral a Jaime I y, a las 17:00, Entrada de Moros y Cristianos. ¿Ven el porqué de las fotografías que ilustran este artículo? Si va la cosa va de moros y cristianos, pues ya ven, yo el primer garante de la reconquista (ahora sí) de sus tierras. Por cierto, las fotos son de las fiestas de Moros y Cristianos de mi pueblo. En fin, como dice la canción “la vida es un carnaval y es más bello vivir cantando”. Y que siga la fiesta.