Gente humilde

Hay días en que pienso en mi gente y siento que mi pecho se llena de angustia. Entonces despierta en mí de repente un deseo de vivir en soledad. Siento una tristeza en mi pecho, un resentimiento por no saber cómo luchar. Y aunque no creo pido a Dios por mi gente. Es gente humilde. ¡Tengo ganas de llorar!

Gente humilde es una canción cuya melodía compuso Aníbal Augusto Sardinha Garoto (1915-1955) con letra de Vinícius de Moraes y Chico Buarque. Una emotiva y conmovedora canción a más no poder, que la cautivadora y personalísima voz de Renato Russo (1960-1996) intensifica aún más. La versión del vídeo forma parte del CD Songbook Vinícius de Moraes. Volume 3 (1993) y le acompaña a la guitarra Hélio Delmiro. En cuanto a las imágenes son de la excelente película brasileña Cidade de Deus (2002, Ciudad de Dios), dirigida por Kátia Lund y Fernando Meirelles. El vídeo no es una especie de tráiler, de resumen, de la misma, sino que he utilizado algunas de sus escenas y las he montado de acuerdo con la letra de la canción, al menos como yo la siento.

O mundo é um moinho

Si ven el video y les gusta les agradecería que, si no es mucha molestia, así lo hicieran constar en YouTube. Muchas gracias.

Si O mundo é um moinho no le conmueve, perturba, emociona o inquieta, si no siente nada al escucharla, le viene como anillo al dedo la frase de Pessoa: “El mundo es de quien no siente. La condición esencial para ser un hombre práctico es la ausencia de sensibilidad”.

Esta bellísima canción fue compuesta por Cartola (Angenor de Oliveira, 1908-1980), cantante, compositor, poeta y guitarrista carioca, para muchos el mejor sambista de la historia de la música brasileña, quien falleció casi tan pobre como nació y solo fue reconocido después de su muerte, cuando la samba hacía poco que había salido de las favelas y llegaba a las calles de Rio. Empezó a captar la atención nacional nada menos que en 1974, con 65 años, cuando lanzó el LP Cartola, al que siguió en 1976 otro titulado Cartola II, que contiene O mundo é um moinho, una de las canciones más delicadas y sensibles que conozco. Compuesta en 1974 para Creuza Francisca dos Santos, ahijada de su primera esposa, cuando era una niña, la escuchamos en este vídeo en la versión que ofreció en directo en 1978 y salió a la venta en 1982, dos años después de su muerte, en el álbum Cartola ao Vivo.

Los demás detalles del vídeo se recogen en el mismo.

Un producto estatal: el partido político.

El sistema político en que los partidos son ‘órganos sociales de la democracia’ está, por naturaleza, condenado a acabar en componenda, tertulia, farsa y corrupción.

[…] El marxismo ha sido la influencia doctrinal más reaccionaria y la táctica de combate más catastrófica que la clase trabajadora ha tenido durante los últimos cuarenta años. […] En la medida en que el marxismo –socialdemócrata o bolchevique– apela al partido político para hacer la revolución, se opone a ella, y su acción, en vez de redundar en beneficio de la sociedad, redunda en el del Estado.

[…] La verdad es que el partido, aunque vinculado especialmente a un grupo de intereses sociales, es una organización de políticos ‘profesionales’, aliados a ciertos sectores de la sociedad mediante un contrato implícito, en virtud del cual el partido recibe apoyo electoral –o de otra clase– para elevarse al poder, a cambio de cumplir luego un programa beneficioso para quienes le apoyaron; contrato implícito o tácito de que los políticos de toda apelación se olvidan en el poder, parcial o totalmente, con lo que dan a entender que su programa no es más que un truco electoral, una plataforma de propaganda, y que el único propósito del partido político es la elevación de unos ‘profesionales’ de la política a la cumbre del Estado, su incorporación a la clase estatal. El partido político es un instrumento para la conquista del poder, no importa por qué procedimientos, y tanto da que su táctica sea electoral como insurreccional, parlamentaria o dictatorial. […]

Pero aun puestos en el mejor de los casos, que no es el más frecuente, poco importa que los fundadores de un partido político sean honestos Catones, probos hasta lo increíble. Lo fundamental es que prometen gobernar con arreglo a su programa. Este, monárquico o republicano, dictatorial o democrático, sea lo que fuere, siempre implicará el intento claro de imponer al país una doctrina y la ambición de regirle según el plan de unos cuantos, muy pocos, ciudadanos. […] El derecho a formar partidos políticos queda, en realidad, circunscrito a unos pocos ciudadanos de condiciones privilegiadas, ya individuales, ya sociales.

[…] Esto supone que, aun en el país en que todos los ciudadanos mayores de edad son electores y elegibles ‘de jure’, solo unos cuantos son elegibles ‘de facto’.

[…] Lo único que el ciudadano puede hacer a través de los partidos, aun en la mejor de las democracias, si alguna vez es buena, es pedir que se siga gobernándole, ni importa por quién, ni aun cómo. Quien quiera decir todo lo contrario no hallará modo de hacerlo, y si lo hallase no le serviría para nada; siempre será gobernado por el gobierno que él no ha elegido. […]

El sistema político en que los partidos son ‘órganos sociales de la democracia’ está, por naturaleza, condenado a acabar en componenda, tertulia, farsa y corrupción. Ya supone el reparto del poder entre varios partidos, ya el turno de estos en el disfrute del mismo; y el hecho de que todos, sin posibilidad de aplicar su programa, pongan tal empeño en subir al poder o en mantenerse en él, solo se entiende considerando que el poder es el Estado, y el Estado una clase social privilegiada, a la que pertenecen todos los políticos, pero en mayor medida quienes adquieren más autoridad. […] Pero, aun dentro del régimen democrático, y sin que un partido elimine a los demás, es posible ver […] que el partido que llega al poder cambia hasta los porteros de los ministerios y los serenos de las aldeas, cae como una plaga de langosta sobre todos los puestos en que, a costa de la hacienda pública, se vive sin trabajar.

Con o sin honestidad, la política es una carrera en todas partes, y nada tiene de extraño que, así las cosas, los políticos den en carreristas. Tal es la regla general, solo confirmada por sus excepciones. Allá donde el político tiene intereses y medios de vida ajenos a la política, interviene en esta para defenderlos; donde no, la política es su medio de vida; y, como todos sabemos, hay que darles un buen sueldo, pues si no se les hace económicamente independientes se corrompen, ponen en venta su autoridad. Tenemos aquí un parasitismo de la peor clase, el cual no puede quedar disculpado con decir que las tareas gubernamentales no dejan tiempo al político para dedicarse a otras y que, como estas tareas son demandadas de un modo u otro por la sociedad, esta debe pagarlas.

[…] Podemos recordar el aviso de Lord Acton: ‘El poder corrompe; el poder absoluto corrompe absolutamente’.

Para acabar, ocupémonos de una contingencia muy digna de atención. Aun admitiendo que todos los defectos inherentes al sistema de partidos, producto y reflejo del estatal, todavía hay quienes insisten en la conveniencia de que el proletariado ‘tome el poder’ a través de su ‘partido de clase’ en un periodo democrático, para hacer la revolución desde el Gobierno. Esta ‘revolución desde arriba’ es ilusoria, porque el poder político –es decir: el gobierno y el parlamento, con todas sus funciones ejecutivas y legislativas– no es sino la manifestación de un estado social determinado y, sobre todo, la de un poder efectivo cuya suprema expresión es la fuerza armada. El poder político es tal mientras tiene tras sí la fuerza armada del Estado. […] Es lo que siempre ha ocurrido y en todas partes ocurrirá. De por sí, el llamado poder político es una ficción, un disimulo de la fuerza estatal, y esta solo puede respaldarlo o consentirlo, mantenerlo en activo, cuando él es su servidor.

José García Pradas: Origen, esencia y fin de la Sociedad de clases (1948, Rennes, MLE-CNT en Francia, Editorial Libertad).