Covid-19: ¡Más madera! ¡Es la guerra!

El uso del lenguaje bélico domina el discurso oficial y oficioso sobre el Covid-19. El 10 de febrero de este año, cuando el virus se extendía en China a una velocidad inusitada y se empezaban a registrar casos de positivos en otros lugares del mundo, el presidente chino Xi Jinping llamaba a la “guerra popular” para frenar la epidemia. A medida que el Covid-19 fue pasando de epidemia a pandemia, los gobiernos de la práctica totalidad de los países afectados por esta fueron adoptando el lenguaje bélico para vencer al “enemigo común”. «Estamos en guerra», dijo el presidente de Francia, Emmanuel Macron, en un discurso a la nación televisado el pasado 16 de marzo. Al día siguiente, el presidente de España, Pedro Sánchez, declaraba: “El enemigo no está a las puertas. Penetró hace ya tiempo en la ciudad. Ahora la muralla para contenerlo está en todo aquello que hemos puesto en pie como país, como comunidad”. “Soy un presidente en periodo de guerra”, afirmaba Donald Trump el 17. Y así hasta hoy. Y sigue.

Se habla de economía de guerra, de industria de guerra, de batallas, de frentes, de trincheras, de primera línea de fuego, de combatientes… Por supuesto, también de víctimas caídas en el frente o muertas en la retaguardia y, como en todo conflicto bélico, de víctimas civiles.

En un estado de guerra es necesario elevar la moral de la tropa y mantenerla bien alta. Para ello es imprescindible el apoyo de la sociedad civil, que esta se muestre unida y que tal unidad sea manifiesta. Todos, pues, con la moral por las nubes, dispuestos a todo. Solo así venceremos.

Este discurso parece haber calado en la población, que hace gala de una solidaridad sin precedentes. Si nos dividimos, el virus nos ganará, se repite machaconamente. Las muestras de apoyo y cariño a los “bravos soldados que están en el frente” se dan todos los días en forma de aplausos colectivos y se trata de ayudar a las necesarias víctimas por daños colaterales, que siempre suelen estar alineados con los sectores más débiles de la sociedad.

La verdad es que no me creo nada de todo esto: ni estamos en guerra, ni somos tan solidarios como parece. ¿Guerra contra quién? ¿Contra un enemigo invisible? “Estamos combatiendo una epidemia, apelar a la guerra es una forma de humanización del virus. No hay un sujeto político o social que nos desafíe, ni un centro estratégico que dirija las operaciones.” [Josep Ramoneda: “El discurso de la guerra”, El País, 26 de marzo de 2020].

¿Y cuándo acabará esta guerra?, ¿cuándo expulsaremos a ese enemigo que –decía Sánchez– hace tiempo ya que penetró en las ciudades y se celebrará el correspondiente desfile de la victoria? Y, en tal tesitura, ¿cómo será este desfile? ¿Quién lo encabezará? ¿Los valerosos políticos y sus aguerridos asesores, los generales de esta guerra? Es lo habitual. ¿Sucederá igual que cuando entraron los aliados en París en 1945 y tanto el ejército estadounidense como como el francés excluyeron del mismo a los negros? Quiero decir: ¿desfilarán los “héroes” que en ese momento volverán a estar en paro? ¿A quién aplaudiremos en ese desfile?

En todo caso el fin de la “guerra” se presenta bastante lejano. Dice el doctor Tomàs Pumarola, jefe de microbiología del hospital Vall d’Hebron de Barcelona [“El virus parará cuando haya inmunidad poblacional”, El País, 10 de abril de 2020]: “El virus se parará en el momento en el que haya infectado a un número determinado de la población, cuando haya inmunidad poblacional. Si detectamos que el 30% de la población está infectada, es probable que deje de infectar durante un tiempo. Si solo se ha infectado el 10%, es posible que cuando se empiece a desconfinar, continúe infectando. […] Si hay un nivel de la población alto que le protege, cada vez le va a costar más y es posible que desaparezca o no. La clave es la vacuna. Si nos consigue proteger al 100% de forma duradera, conseguiremos eliminarlo definitivamente, como hicimos con la viruela. Pero si la vacuna no es 100% efectiva y el virus va cambiando, tendremos que convivir con él, con mucha menor malignidad.”. Los cálculos más optimistas establecen que esta no estará disponible hasta dentro de un año o año y medio, contando incluso con la improbable cooperación, absoluta al menos, de las multinacionales farmacéuticas.

En cuanto a la solidaridad, qué quieren que les diga. Somos solidarios porque tenemos miedo. No pongo en duda la buena voluntad de nadie –esto quiero que quede claro–, pero la razón última de esta circunstancia es que la incertidumbre reina por doquier y nos movemos por el instinto de conservación. No hay nada peor que el miedo al miedo. “¿Qué aportan las escenificaciones y apelaciones patrióticas en un momento en que la ciudadanía vive apurada por una situación extrema que nos obliga a separarnos de los demás, como paradójica forma de estar unidos?” [Ramoneda, art. cit.].

Miedo y obediencia siempre van de la mano. Nada sería igual sin el temor, sin la ansiedad que se siente frente a la posibilidad de perder las dádivas por el poder concedidas, sin sobrecogerse ante las múltiples posibilidades que pueden llevarnos a la ruina. Más en un caso como este que está por encima de nuestras percepciones y conocimientos, cuando nos enfrentamos a un “enemigo” que no controlamos pero nos controla (el Covid-19), pues carecemos de referencias para enfrentarnos a él. No sabemos muy bien de dónde procede ni quien lo engendra, pero está ahí.

Nunca hemos ‘luchado’ más unidos al tiempo que nunca hemos estado tan separados. Y lo que nos une y separa es la misma cosa: la incertidumbre, el miedo a lo desconocido. Es esta una reacción muy humana. Los niños temen la oscuridad, temen sentirse solos, desamparados, y buscan el cobijo de los padres o se refugian en sus maestros si están en el cole. Los adultos nos refugiamos en papá Estado y nos encomendamos a los expertos. Ellos saben lo que hay que hacer. Nosotros, pobre masa ignorante, nos arrojamos a sus brazos. Sin ningún tipo de reservas aceptamos primero el látigo y luego el terrón de azúcar, como en la doma.

A medida que se vaya restableciendo la “normalidad”, o se inicie una nueva “normalidad”, la solidaridad tal como ahora se muestra mucho me temo que irá menguando en favor del individualismo y el corporativismo. Desde mucho antes que el Covid-19 hiciera acto de presencia se nos viene anunciando repetidamente la llegada de una nueva crisis. Ahora, advierte el FMI (Fondo Monetario Internacional) que la incidencia del Covid-19 “provocará la recesión más profunda en la economía mundial desde la Gran Depresión de los años treinta, y será dos veces más grave que la Gran Recesión del 2009. […] España registrará un colapso del PIB del 8% –una revisión de casi 10 puntos porcentuales frente a la previsión anterior–, con una subida del paro a casi el 21%.” [La Vanguardia, 14 de abril de 2020]. ¿Entre ese 21% estarán los sanitarios contratados en estos momentos para hacer frente a la pandemia? ¿Encontrará abiertos el bar o la tienda de su barrio a la que solía acudir antes del confinamiento? ¿Qué habrá sido de los pequeños propietarios y sus trabajadores de aquellos establecimientos que no tuvieron más remedio que cerrar definitivamente? ¿Y con los cuatro millones de trabajadores afectados por ERTE? ¿Lucharemos otra vez entre nosotros por un puesto de trabajo por precario que sea? ¿Qué pasará cuando regresen los desahucios, cuando se acaben las moratorias de hipotecas, préstamos, pago de recibos de suministros básicos (agua, luz y gas) a los más vulnerables y estos no puedan liquidarlos? ¿Continuaremos siendo solidarios con ellos o defenderemos como sea nuestra estabilidad? ¿Quiénes serán entonces los héroes? ¿A quién aplaudiremos? ¿De verdad alguien se cree que la situación que estamos viviendo, y padeciendo, nos volverá mejores, que un nuevo sol alumbrará una nueva sociedad más solidaria y colaborativa? Yo, desde luego, no. Y no es porque sea un agorero, sino porque un simple repaso a la historia de la humanidad es más que suficiente para darse cuenta de lo infundado de tal suposición.

Mientras tanto, ¡Más madera! ¡Es la guerra! ¡Ánimo! ¡Adelante! ¡Venceremos! Al menos los Hermanos Marx cultivaban el absurdo y cuestionaban la necesidad de racionalizar todo cuanto existe y sucede. El espectáculo guerrero al que asistimos nada tiene que ver con esto. De absurdo nada, es simplemente incoherencia. Vean, si no, los debates del Congreso y las manifestaciones públicas de los políticos españoles.

Reflexión no, vaticinio

No traigo a colación estos versos de Rafael Sánchez Ferlosio (de su excelente libro de aforismos, reflexiones, poemas y misceláneas Vendrán más años malos y nos harán más ciegos,publicado en octubre de 1993) como producto de una reflexión sobre el pasado que ha desembocado en la triste situación actual. No ha sido eso lo que me ha movido a hacerlo, sino el convencimiento de que lo peor está por venir, de que a esta “crisis del coronavirus” seguirá otra social que causará muchos más estragos. Sí, lo peor está por llegar.  Vendrán más años malos. Y nos harán más ciegos.

La caracola

La recuerdo en la casa de campo de mis abuelos paternos. Un buen día, Miguel –que se encargaba del cuidado de la casa todo el año– me descubrió su poder y despertó mi curiosidad por las profundidades del mar. Siempre había estado allí, encima de una mesita que había en el recibidor. Me llamaba la atención su extraña forma, pero sobre todo ese color nacarado de su interior. Me gustaba tocar su interior tan suave y delicado. Pero lo que yo ignoraba, nadie me lo había explicado –supongo que cuando eres niño se considera que ya tienes suficientes fantasías como para que encima te abran la puerta a otras que desconoces– era lo que se escondía en el interior de la caracola. Y Miguel me lo contó. Y la caracola se incrustó en mi memoria para siempre.

Me sorprendió un día acariciándola con la misma suavidad con la que a esa edad uno desliza su mano por la pilila, y me contó, extrañado de que yo no lo supiera, lo que sucedía cuando la acercabas al oído. Aquella fue una gran revelación: todo un mundo nuevo estaba ahora a mi alcance, era suficiente con acoplar la oreja a esa especie de auricular que tiene la caracola. Miré su interior. No se veía nada. Debes cerrar los ojos, me dijo Miguel. ¡Claro! Para eso debe estar hecha esa especie de boca gigante, deduje.

Vi entonces pececillos de colores acompañados del canto de las sirenas con las tetas sin cubrir. Plantas que nada tenían que ver con las que yo conocía eran las encargadas de iluminar el mar, brillaban como el oro y los pétalos de sus flores eran piedras preciosas. Alrededor de ellas las estrellas de mar bailaban rítmica y armoniosamente a los sones de una orquesta de centenares peces que dirigía un pulpo. Solo él podía hacerlo, se necesitaba un buen número de largos brazos para tantos músicos. Los peces más grandes transportaban a los más chicos hasta fabulosos parques con toboganes y columpios que colgaban de las ramificaciones de los corales. Cuando era un único pececito el que quería ir lo transportaban los caballitos. Había muchos más peces de lo que yo creía, de formas diversas y de todos los colores y tamaños. Resaltaba el color plateado de las sardinas, uno de los pocos peces que yo reconocía, junto a la merluza y los salmonetes. Entre ellos jugaban al fútbol.

No había oscuridad, como siempre había creído, en el fondo del mar. Todo lo contrario. Y vida, había también mucha vida. Yo también era un pez, me daba igual el que fuese, no sabía nada de peces. Eso sí, debía ser de muchos colores, pequeño y veloz. Ahora más bien soy un mero, un pez solitario que siempre cuenta con un buen número de agujeros donde cobijarse. Por aquel entonces el mero era para mí un pescado triste además de odioso (me obligaban a comerlo). Los peces que había en el interior de la caracola eran, en cambio, divertidos y gozaban de total libertad, ni siquiera iban al colegio, ni a misa. Me gustaba aquel mundo.

Un buen día, sin embargo, me enteré que la caracola tenía carne en su interior. ¿Quién se la habría comido?, pensé. Y que la hembra depositaba allí sus huevos. ¿Qué habrá sido de ellos?, cavilé. Pobre caracola, vivía en un mundo maravilloso y mira lo que es ahora. ¿La habría capturado alguien y comido su carne y los huevos? ¿De qué manera lo haría? Para mí los peces se pescaban con caña, no sabía más. Inferí que tal vez, en un despiste, se hubiese alejado demasiado de su mundo, hasta perderse. Cuando uno olvida el rumbo y se sale de la dirección marcada, pienso ahora, está jodido. Que se lo pregunten, si no, a la caracola.