Violeta, vendedora de amor (y 2)

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Violeta 2

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Violeta debió creer que era el momento apropiado para contarle su condición a la persona adecuada. No erró. Infiero también que don Cosme se sintió aún más atraído por Violeta al verla tan hundida y abatida. Igual fue entonces cuando se enamoró de ella. El amor a los desvalidos es consustancial al espíritu cristiano. (…)

Violeta y don Cosme resultaron ser convenientes, podían avenirse bien una y otro. (…) A ambos la vida los había ido poco a poco apartando de lo que se llama mundo real, que no es otro que aquel construido desde la irrealidad en que vivimos y que consideramos salvífico en tanto que siempre nos relacionamos con él desde el ego. Ambos se habían formado en el ascetismo, en una existencia austera y mortificante; don Cosme entregado al cuidado de su madre y a sus negocios, Violeta al de su hijo y también a sus negocios. En última instancia ambos se dedicaban a lo mismo: la venta de mercancía para subsistir; él más desahogadamente, ella con apuros, pero en el fondo desde los mismos parámetros, y por la fuerza ─las circunstancias─, por la fuerza pues. (…)

Violeta y don Cosme parecían estar destinados a auxiliarse el uno al otro en su porfía por escapar de la sordidez en que transcurría su existencia y, si no, al menos evadirse de ella y aliviar profundamente sus respectivos males procurando la satisfacción temporal de sus cuerpos; para las almas no existe terapia alguna. El día en que don Cosme subió a una de las habitaciones con Violeta le pagó por sus servicios, que al parecer no requirieron del sexo. Ella no quería, pero don Cosme insistió. Violeta acabó cogiendo el dinero. Es obvio que lo precisaba, como también, por lo que pude yo columbrar en nuestras charlas, que él no. Sí que lo cogiera.

En los siguientes encuentros propuso don Cosme que se vieran fuera del club, salir a cenar, tomar una copa por ahí, ir al cine, al teatro, pasear simplemente o charlar sentados en un banco del Parque de la Ilusión bajo los robles (…). No desconfiaba Violeta de la buena fe de don Cosme ni del verdadero sentido de sus intenciones, pero no podía abandonar el local cuando le viniese en gana, era su trabajo. Le sugirió este que se vieran después, o antes, de la jornada laboral. Le pagaría por ello, al fin y al cabo era también una forma como otra de utilizar su cuerpo. Por lógica debería pagar más, pues precisaba también de su espíritu. (…)

Finalmente Violeta aceptó, no sin ciertas reticencias. Entendía, por mucha aversión que sintiera, las transacciones comerciales entre puta y cliente con fines sexuales. Su cuerpo, como el de todas las otras mujeres que ejercían el mismo oficio ─no sé si llamarlo profesión─ era un artículo que, en función de su estado de conservación, como los tomates, las lechugas, las iglesias o los castillos, adquiría un valor determinado. No era gratuito, podía estar marchito o falto de una restauración, o bien conservar su lozanía por ser aún fresco o haber sido rehabilitado (esto último con mayor o menor fortuna, según la inversión efectuada en el negocio y el profesional contratado). Dependiendo de todo ello variaba su cotización. Pero la propuesta de don Cosme iba más allá, no quería su cuerpo, la quería a ella, deseaba su complicidad, conchabar ─vocablo que tiene doble acepción: puede referirse a la acción de contratar a alguien como sirviente o trabajador a sueldo, pero también a la unión de dos personas para un fin determinado, sobre todo si este se considera irregular, o prohibido─, y esto era totalmente  nuevo  para Violeta. (…)

Desconozco el momento en que Violeta decidió emprender con él ese viaje a la esperanza, es decir, a ningún sitio concreto, su hábitat natural, el de la esperanza. Mas lo cierto es que, con el tiempo, surgió entre ellos algo parecido al cariño, el afecto, la comprensión. Julián, el marido de Violeta, sabía de la existencia de don Cosme. Nada decía, me decía don Cosme. Julián no quería que Violeta trabajara en un club de alterne, pero callaba, aguantaba, tratando tal vez de convencerse de que era una nueva Irma la Dulce.

Violeta ya había hablado con Julián de don Cosme, desde hacía tiempo. (…) Le contó que era un hombre de vida solitaria necesitado de compañía, y qué mejor compañía que aquella de la que al separarnos lo hacemos más reconfortados con nosotros mismos, como le sucedía a don Cosme. Violeta sabía que así debía ser, no era tonta, ella estaba para escuchar y comprender, asentir en lo que para él resultaba incuestionable y discutir lo que estimase dudable, y estaba también el afecto desprovisto de interés que sentía Violeta por aquel hombre necesitado. (…)

Don Cosme no puso objeción alguna cuando Violeta le dijo que quería presentarle a su marido, solamente preguntó qué le parecería a Julián su visita. Sabía tan bien como Violeta que ella nunca dejaría a Julián ─años de infortunio habían fortalecido los vínculos entre dos almas débiles─ y que su papel se reducía al de gregario. Toda su vida lo había sido, gregario, analogía y extensión de su madre. Sin ella se hallaba incompleto. (…)

Finalmente, don Cosme fue invitado a comer. Mejor que a cenar, de día la vida se ve distinta, también la muerte, que parece acecharnos con más ahínco a partir del anochecer. Conoció a Julián, al hijo de su protegida, la casa en que moraban, el barrio en que se hallaba su hogar. Todo fue bien. (…)

Don Cosme conocía bastantes particularidades de la vida de Violeta y no se sorprendió al ver la humilde casa que compartía con su hijo y con Julián en el barrio de San Patricio, ni descubrió nada realmente nuevo al tenerlos a estos cara a cara, al menos nada sustancial. Violeta le había hablado de todo ello espontáneamente, con la franqueza que acompaña el desahogo emocional, pero le impactó sobremanera la visión del barrio en que se hallaba la morada, más pobre aún que las vidas cotidianas de quienes lo habitaban, tan cercano al caos como alejado de lo que se supone ha de ser un espacio donde vivir. Sus pocas calles estaban siempre llenas de gente, sobre todo de día. Ancianos de años se sentaban en los pocos bancos que había en un descuidado y destartalado parque, o en sillas que sacaban a la calle, con otros cuya vejez ya se había acomodado en su espíritu e incluso mostraba sus señales en sus rostros independientemente de su edad. Unos y otros trataban entre charlas y chascarrillos llevar con resignación la extremaunción social que dosificadamente se les administraba a diario. De todos modos, por muchos que fueran y mucho que hablaran, aunque fuera a gritos, en el barrio solía imperar el silencio, un silencio que a veces rompía el sonido de deteriorados motores de vetustas furgonetas cargadas de chatarra. También las sirenas de los coches de la policía cada vez con mayor frecuencia. Personas de todas las edades convivían, coexistían sería más preciso, en un espacio cerrado de accesos bien definidos. A todos ellos les unía la indolencia, el abatimiento, el desaliento, la falta de ánimo para cambiar su suerte. (…)

Fue en ese ambiente de miseria y fracaso, de desigualdad y malestar, de degradación física y moral en el que cualquier ilusión, por ingenua que fuera, parecía pretenciosa, o tal vez a causa de él, donde don Cosme encontró la familia que seguramente había deseado tener siempre ─incluso desde antes de la muerte de su madre─ pero nunca se atrevió a causa del desgraciado accidente sufrido a los veinte años. A partir de ese momento comenzó a sentirse cada día más intimidado ante la presencia de una mujer, especialmente si le resultaba atractiva o simplemente adecuada. ¿A qué mujer podía gustarle un tuerto? ¿Cómo pretender a nadie si no era capaz de mirar a los ojos fijamente, si se sentía grotesco con su inexpresivo ojo de cristal y consideraba risible su aspecto? ¿Podría considerar alguna mujer digno de confianza al poseedor de una mirada tan poco límpida, que igual infundía temor que mofa? ¿Quién en esas condiciones desearía compartir su vida con él?, aparte de su madre, claro. Pero con ella no podía tener sexo y, en consecuencia, resultaba imposible la comunión absoluta que deseaba, y eso buscaba don Cosme mientras se refugiaba en el seno de su madre, sabedor de que más pronto o más tarde sería expulsado de allí.

Como cristiano que era, aunque no practicante, le resultaba imposible entender que la vida pudiese transcurrir por otro camino que no fuese el de la resignación, la abnegación, la conmiseración. ¿Qué mejor, pues, que una puta para sustituir a una madre?

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