Mi trabajo como editor: el Servicio de Publicaciones de la Diputación de Valencia.

001273

Inicio con esta entrada una especie de autobiografía de mis actividades profesionales con una doble finalidad. Por un lado, dejar constancia de las actividades profesionales a mi juicio más relevantes que he llevado a cabo, las circunstancias en que se dieron y qué ha supuesto para mí cada experiencia. Por otro –resultado precisamente de las experiencias vividas–, denunciar públicamente determinados comportamientos por parte de mindundis profesionales que en su día (2016) me afectaron hasta el punto de sufrir un infarto a causa de la miocardiopatía de Takotsubo (síndrome del corazón roto).

Esto es algo que hace tiempo tengo ganas de contar, muchas ganas, y que si no lo he hecho hasta ahora es porque alguien muy allegado a mí me pidió repetidamente que no lo hiciera. Pero ni así estoy dispuesto –más ahora que se acercan elecciones autonómicas y municipales– a continuar con este empacho emocional. Los empachos se vomitan, y eso es lo que pretendo hacer escribiendo al escribir estas líneas. Pero esto ya lo explicaré detalladamente en la entrada final, aunque no hay que ser ningún lince –menos aún para quien conozca mínimamente la política y la Administración valencianas– para darse cuenta de por dónde van las cosas.

Como quiera que en blog las entradas aparecerán en orden inverso a su fecha de publicación y puede que, entre ellas, figure alguna no relacionada con este asunto, he creído oportuno incluir en esta primera una especie de índice de las que tengo previstas publicar y que conforman un todo. Así, finalizada la tarea, podré añadir a cada una su respectivo enlace para que, quien lo desee, pueda leerlas de forma continua. En principio, serán las siguientes (los títulos puede que cambie alguno):

  1. Mi trabajo como editor: el Servicio de Publicaciones de la Diputación de Valencia.
  2. El Centre d’Estudis d’Història Local del País Valencià.
  3. La Associació Valenciana d’Arqueologia industrial (AVAI).
  4. Col·loquis Internacionals d’Història Local
  5. Taller d’història
  6. Llegó el PP. Y, con él, el ostracismo
  7. Mi paso por la Universidad
  8. Llegaron los mindundis de Compromís. Y, con ellos, el ninguneo, la arbitrariedad y el nepotismo.

Bueno, vamos ya con la primera entrada en sí, que va a quedar demasiado larga, y a las entradas largas, como sabemos, no se les presta demasiada atención. Mas eso me importa muy poco ahora. No puedo hacerlo de otra forma, o no sé. De todos modos, ya me encargaré yo de que quién tiene que leerla la lea (esta y las que siguen).

En 1980 entré a trabajar en la Diputación de Valencia con una tarea muy específica: montar un servicio de publicaciones. Tenía 26 años y unos rudimentarios conocimientos de cómo se editaba un libro. Mi experiencia en este campo se limitaba a haber colaborado con una editorial de reciente creación, Almudín, en cuyo consejo de administración figuraban socios como Vicent Ventura, Juan José Pérez Benlloch o Juan Gabriel Cort. El inspirador intelectual de la línea editorial era mi buen amigo Mario García Bonafé, a quien conocía desde un par de años antes por medio de otro gran amigo, lamentablemente ya fallecido (2002), Alfons Cucó. Su ayuda fue esencial, pero de esto también hablaré con más detalle en otras entradas.

El asunto es que yo por entonces, un recién licenciado, no tenía un trabajo estable e iba tirando como podía mientras elaboraba mi tesis de licenciatura: dando clases a maestros de valenciano en los cursos que organizaba el ICE (Institut de Ciències de l’Educació) o corrigiendo galeradas de las publicaciones de Almudín (donde, por cierto, publiqué mi primer libro en solitario) gracias a Mario. No recuerdo si fue a finales de 1979 o principios de 1980, pero sí perfectamente su llamada telefónica un día de ese periodo. La Diputación de Valencia, me dijo, iba a sacar a concurso una plaza de técnico superior para la que se requería ser licenciado en Filosofía y Letras y carreras afines con experiencia en el campo de la edición. ¿Yo?, le pregunté extrañado, pues era algo en lo que jamás había pensado y dudaba de mi capacidad para abordar dicho cometido. Has corregido galeradas –respondió Mario–, sabes cómo se hace un libro y Cort –visitaba la imprenta, Foco Berthe, a menudo– te ha explicado el cometido y el funcionamiento de las máquinas. ¿Crees que hay muchos que sepan de esto aparte de los profesionales?, ¿y crees que alguien con un trabajo fijo –el mundo laboral era muy distinto entonces– va a aventurarse en una cosa como esta? Además, hay otra plaza de diseñador gráfico.

Me presenté, por supuesto. Solo concurrimos dos. Y gané el concurso, siendo contratado por un año. Conmigo entró también Tomás Gutiérrez, diseñador gráfico que luego dejaría la plaza por un trabajo mejor. Transcurrido el año, se convocó la plaza de jefe de Sección de Servicio de Publicaciones (o algo así). Esta vez nos presentamos tres personas. Mi experiencia en la propia Diputación resultó decisiva y me convertí en funcionario, TAE, grupo A, nivel 24.

Paralelamente, se estaba constituyendo la Institució Valenciana d’Estudis i Investigació (IVEI) mediante consorcio entre la Generalitat Valenciana y la Diputación de València, en la que se integraba la Institución Alfonso el Magnánimo, creada por la Diputación en 1948. Al frente de la IVEI figuraba Josep Picó –a quien conocí entonces y con el que también trabé una muy buena amistad– y Mario García Bonafé era el director de Publicaciones. Lo primero que hicimos fue delimitar muy bien los campos de actuación en el tema de publicaciones entre la Diputación y la IVEI. Obviamente, los cometidos eran distintos. Entre nosotros siempre hubo una colaboración absoluta, hasta el punto que nos pasábamos manuscritos que creíamos que se ajustaban mejor a las líneas editoriales de unos u otros.

En 1982 se publicó un Catálogo general de publicaciones que todavía incluía las de la Institución Alfonso el Magnánimo, pues la IVEI no se materializó realmente hasta 1985. De las casi 500 publicaciones que en él figuraban, cuando en 1984 se publicó un primer catálogo de las que correspondían únicamente a la Diputación de Valencia este contaba con 91 títulos. En 1989 los títulos eran ya 192 y se habían creado nuevas colecciones. Luego nacería el Centre d’Estudis d’Història Local e iniciaría, con él, una etapa nueva.

Creo que no lo hicimos tan mal. Entre otras cosas –como lanzar la primera colección de libros para la enseñanza básica en valenciano o la colección de partituras de música de autores valencianos Retrobem la nostra música–, en 1983 fuimos galardonados con el Premio al libro mejor editado que otorga anualmente el Ministerio de Cultura en la categoría de Libros Infantiles y Juveniles por El pardalet sabut i el rei descregut, editado en 1982, de Josep Palomero, con ilustraciones de Manuel Boix y coordinación de edición a cargo de Josep Palàcios. Y en 1986 el Premio al libro mejor editado en la modalidad Obras Generales y de Divulgación por Ronda dels veins de l’Ermita, editado en 1985, sobre un texto de Alfons Roig y dibujos de Artur Heras, coordinador también de la edición.

Diversas circunstancias –que detallaré en la próxima entrada– me llevaron a la creación del Centre d’Estudis d’Història Local, que se puso en marcha en 1989. No por ello dejé el Servicio de Publicaciones. Así me lo pidieron los responsables políticos del momento (lo cierto es que se podían compatibilizar las dos cosas).

Trabajábamos en el Servicio solamente seis/siete personas: un encargado de corregir las galeradas de las publicaciones, un responsable de las cuentas presupuestarias, uno/dos administrativos, un mozo del almacén y el encargado del mismo, y yo, que dirigía el Servicio. Por supuesto, contaba con colaboraciones puntuales en determinados momentos y para determinadas tareas, pero nunca andamos sobrados de medios. Todo lo contrario. Al final yo mismo diseñaba y maquetaba parte de las publicaciones.

Pues bien, y ya termino, toda esta esta experiencia adquirida, que se incrementó notablemente con el tiempo como podrán leer en las entradas que siguen, todos mis conocimientos –soy capaz de diseñar un libro y de llevar a cabo todos los pasos que requiere su edición, y también he dirigido varias obras colectivas, en alguna de las cuales colaboraron más de doscientas personas– en 2015, cuando Compromís se hizo cargo del área de Cultura de la Diputación, fueron ignoradas deliberadamente. Y es que hay puestos muy apetitosos y personas muy faltas de ética. Todos sabían que mi único deseo era jubilarme cuanto antes, que a nada aspiraba. Mas, por si acaso… Un trepa mindundi al que llamaré Mi única Vocación [es] Ir Medrando mostró gran interés por conocerme, y cuando lo hizo mostró ser –yo, lamentablemente, me di cuenta bastante después– un ducho marrullero que solo buscaba información para que a otro colega suyo, medrador meritócrata, nadie pudiera hacerle sombra para dirigir el apetitoso organismo y poderlo rebautizar con el nombre I Ara Meu. Bendiciendo la martingala, figuraba el diputado del área, un policía local que me recuerda a aquel que describe Jarry en “El cerebro del agente de policía”, ese al que al practicarle la autopsia encontraron su caja craneal vacía de todo rastro de cerebro y rellena de diarios viejos (puede que de consignas en su caso).

¿Qué hicieron? Convocar un concurso público para ocupar dicha plaza porque, decían, no se podía cubrir con ningún funcionario. Y, efectivamente, no se podía. ¿Por qué? Porque quedaban excluidos los historiadores. Sociólogos sí, historiadores no. De ese modo evitaban cualquier tentación de que tanto yo, como otro funcionario que sí aspiraba al puesto, pudiéramos presentarnos. Así de descarado. Cuando me enteré de todo esto, cogí tal cabreo que todavía me dura. ¡Ay si llego a saberlo a tiempo! Jubilarme seguía siendo prioritario para mí, pero así no. Me plantee entonces pleitear contra tal arbitrariedad. De hecho, hablé por medio de un amigo con una abogada de uno de los bufetes con más prestigio de Valencia y le pasé documentos. Me dijo que ganaría el pleito, que de ningún modo se sostenía que no se trataba de un concurso amañado. Todos sabíamos quién iba a sacar la plaza y ninguno nos equivocamos. Como sé ahora quién ganará cualquiera de las que puedan convocarse en el Área de Cultura. Si sale alguna y quieren saberlo antes del fallo me lo preguntan. No soy adivino, pero tampoco bobo. No pleiteé por la razón antes apuntada: alguien muy allegado a mí me pidió repetidamente que no lo hiciera. Ya no es posible. Solo me queda denunciar públicamente la maniobra. Y en esas estoy. Quemado, eso sí. Se nota, ¿verdad?

Aún queda más, pero lo dejo para la última entrada.

¿A quién coño voy a mirar? Al que tengo delante

Mossos cargan contra concentrados de CDR al intentar alcanzar los de Jusapol

Antena 3 Noticias

Yo miro al que tengo delante, Prude ─respondió Robin─. ¿Qué voy a mirar si no? Y el que tengo enfrente es el puto madero. ¿Quiénes han echado hoy a Edu y a sus padres de casa? Ellos. ¿Que se lo habían ordenado otro? Ya lo sé, ¿y qué? A mí qué hostias.  Quienes han dado esa orden y a los que han hecho para que se diera, jueces o banqueros, o quienes cojones sean, los que mandan, vamos, no estaban allí. Allí estaban sus esbirros, ellos estaban en sus despachos o en sus casonas. ¿Qué? ¿Vamos a por ellos? ¿Les echamos nosotros de sus casas? ¡Los cojones! Están bien protegidos, a ellos no podemos nosotros echarlos, ellos a nosotros sí. Nos plantamos allí muchos, mil, dos mil, los que sean, yo qué sé de cantidades, ante la casa de uno de estos. ¿Qué pasaría? ¿Qué harían los robocops? Ni acercarnos podríamos. Hostias y más hostias. Como esta mañana cuando lo de Edu. Siempre hostias. O aguanta y calla. ¿Dónde quieres que mire?, ¿a quién coño voy a mirar?

Manuel Cerdà: Prudencio Calamidad (2017). Disponible solo a través de Amazon.

Uber, estafa, crispación e indefensión

Uber-1440x808

No hay manera de pasar un día tranquilo, un día que no recibas alguna llamada telefónica comercial o cualquier otra notificación burocrática vía correo ordinario o electrónico. No hay día que no surja algún engorro que otro.

Es lógico que así sea. Vivimos en una sociedad en la que “la opresión va de la regulación del individuo y de sus comportamientos a los medios y a la difusión extrema de un sistema de producción y de consumo forzado y presente en todas partes. Esta opresión, para persuadir y coaccionar, se sirve de la burocracia y de sus impedimentos, de los formularios, de los impresos, de modos de hacer y de los plazos de pago, un continuo sistema de distracción del individuo. El hombre … tiene una ocupación que despilfarra un montón de tiempo y que constituye además una opresión mental” (Enrico Baj: ¿Qué es la ‘patafísica?, ed. 2007, p. 65).

Así que aquí estoy, una vez más, como tantos otros, despilfarrando tiempo, un montón de tiempo. Y es que no hay manera.

Les explico. Esta mañana abro el correo electrónico y me encuentro con uno de Uber que dice: “Hola, Víctor Manuel: Haz clic en el siguiente enlace para confirmar tu dirección de correo electrónico”. Ni me llamo Víctor Manuel ni he solicitado jamás sus servicios, siquiera he contactado con ellos una sola vez. Más abajo figura la opción “Eliminar suscripción”. Clico en ella e inmediatamente entra otro correo suyo: “¡Bienvenido a Uber! Ya eres parte de la comunidad Uber. Para solicitar un viaje, sólo debes seleccionar tu destino y el tipo de servicio que deseas”.

Obviamente, me mosqueo e intento averiguar de qué va esto. Busco en internet y nada, no hay forma de contactar telefónicamente con Uber. Los correos, por otra parte, no admiten respuesta. Llamo al Servicio Territorial de Comercio y Consumo de la Generalitat Valenciana por si pueden informarme qué hacer. Me atiende una mujer que no sabe qué es eso de Uber y me pide que se lo deletree. Empezamos bien. Al final, tras esperar un rato a que realice unas consultas, me dice que llame a la Agencia Estatal de Protección de Datos y me facilita dos teléfonos: 901 100 099 y 912 663 517. Bien. Vamos a allá. “Si desea (…) marque (…)”. Lo de siempre. Marco la opción que creo corresponde a lo que deseo comunicar. Me atiende otra mujer. Otra espera, también debe realizar unas consultas. Pasado un tiempo, resulta que he de marcar la opción 4 y no la 2, que es la que yo creía. ¿Me puede pasar con alguien, pues? Me responde que están todos ocupados, que llame pasados cinco o diez minutos. Marco de nuevo a los cinco, a los diez, a los once, a los doce… Todavía podría estar llamando. La respuesta siempre la misma: no me pueden atender en ese momento, he de intentarlo de nuevo.

Una hora larga ha trascurrido ya y no he conseguido nada. Solamente una crispación tan innecesaria como no deseada. Busco más información en internet al tiempo que sigo marcando, ya de forma compulsiva, los números antes citados. Nada. Al final, llamo al Servicio de colaboración ciudadana del Cuerpo Nacional de Policía, donde me informan que debo presentar denuncia ante un juzgado y me aconsejan que inmediatamente llame al banco por si tratan de cobrarme algún recibo.

Afortunadamente, el director de la sucursal bancaria donde tengo mi cuenta es amigo mío (por eso la tengo ahí). Me dice que no es tan fácil impedir el posible fraude por la manera en que este tipo de mafias opera, pero que no me preocupe porque va a dar instrucciones de que ningún recibo a mi nombre se pague sin autorizarlo él expresamente. Menos mal.

Ya casi son las tres de la tarde cuando me dispongo a redactar esta entrada. El primer correo lo abrí pasadas las 11:30.

Y fin del primer capítulo. Mañana al juzgado con la captura de pantalla de los putos correos, mañana a seguir despilfarrando tiempo y a incrementar la sensación de impotencia y de opresión mental. ¡Puta mierda!