La reunificación de Alemania y el triunfo del capitalismo

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Guardias fronterizos de la RDA presencian el derribo del Muro de Berlín (noviembre de 1989) / Reuters.

En un lúcido e interesante artículo que publicó la por entonces prestigiosa revista Debats (núm. 40, 1992) –nada que ver con la actual, anodina e insustancial, entregada al servicio de la endogamia académica–, Charles S. Maier apuntaba el hecho de que los cambios sociales que se iniciaron a finales de la década de 1960 –que se materializan en un recrudecimiento de los conflictos de clase, la contestación del movimiento estudiantil y la aparición de los llamados nuevos movimientos sociales– acabaron por erosionar tanto el statu quo político imperante en la Europa Occidental como en la  Oriental.

Los fenómenos sociales y las dificultades económicas de los años de 1970 tuvieron, lógicamente, diferente respuesta en el Este y en el Oeste. Mientras que este último mostró una notable capacidad de restructuración económica de la mano del neoliberalismo, las oligarquías burocráticas de los países de economía planificada no podían seguir el camino reformista de apertura hacia Occidente emprendido en los años de 1960 sin que ello pusiera en peligro el conjunto del sistema. La URSS y las democracias populares dieron marcha atrás a las reformas económicas que habían empezado a implantar y que suponían una mayor descentralización, más estímulos al trabajo y una cierta autonomía a las empresas. Estas medidas habían dado sus frutos y posibilitado un mejor bienestar para amplias capas de la población. Sin embargo, tras los sucesos de Checoslovaquia de 1968, las cosas cambiaron. El Nuevo Sistema Económico, que tan buenos resultados había proporcionado en el sentido apuntado en la República Democrática Alemana (RDA), tomó otro rumbo y se volvió a una política económica basada en la centralización.

Así, escribe Maier, “todos los fenómenos sociales que tanto alarmaron a los conservadores occidentales en relación con el funcionamiento de sus sociedades durante los 70 acabaron realmente subvirtiendo una década más tarde, y de manera mucho más efectiva, a los regímenes comunistas rivales. La competición por recursos escasos entre intereses en conflicto, los insidiosos movimientos pacifistas o la anarquía derivada del rock and roll ‘sobrecargaron’ al comunismo mucho más de lo que nunca llegaron a hacer con la democracia”.

LA RDA parecía ser la más sólida de todas las democracias populares. Desde 1953 no se habían dado estallidos violentos y la población disfrutaba de un aceptable nivel de bienestar, lo que no obviaba que esta pudiera apreciar las grandes diferencias de su nivel de vida con respecto al de la República Federal Alemana (RFA). Solo así se explica que en el verano de 1989 los turistas de la RDA de vacaciones en otras democracias populares comenzarán a refugiarse en las embajadas de Alemania Occidental en Budapest y Praga, así como en la representación permanente de la RFA en Berlín Oriental. El gran número de refugiados hizo que el gobierno de Bonn tuviera que cerrar las embajadas hasta que por fin, en septiembre, el nuevo gobierno reformista húngaro autorizó la salida general de los ciudadanos de la RDA de su país. No deja de ser sintomático el hecho de que, de las 343.854 personas que en 1989 pasaron de la RDA a la RFA, el 86 por cien tuviera estudios medios y el 24 estudios superiores, como también lo es, por otra parte, que en Alemania Oriental un 60 por cien de la población tuviera televisión y automóvil y un 15 poseyera, además, una segunda residencia.

Las multitudinarias manifestaciones que desde este momento se produjeron provocaron la caída de Honecker (octubre de 1989) y la apertura del Muro de Berlín un mes después. El camino de la reunificación estaba abierto. El propio Kohl presentó en noviembre al Bundestag un conjunto de diez puntos para “recuperar la unidad estatal de Alemania” que, a pesar de contar con el rechazo de la oposición y de destacados intelectuales como Günter Grass y con las reticencias de Francia y Gran Bretaña, contarán con el beneplácito de Gorbachov y despertarán el entusiasmo de los ciudadanos de la RDA. En septiembre de 1990 se reunían en Moscú los ministros de Asuntos Exteriores de la RFA y de las cuatro potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial (Unión Soviética, Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia) y el presidente de la RFA, Lothar Maizière, para firmar el Tratado sobre la regulación final respecto a Alemania, que entró en vigor el 3 de octubre de ese mismo año.

Terminaba de este modo el mundo dividido y, historiográficamente hablando, el siglo XX, pues –como acertadamente señaló Hobsbawm– no son los años los que fijan los límites de los periodos de la historia, sino los procesos sociales y económicos. Y se iniciaba un tiempo histórico nuevo con Estados Unidos como único poder global y su modelo político-económico-social como único posible. Se cerraba una batalla por la conquista de la mente humana, que dijo Kennedy, y comenzaba un nuevo tipo de sociedad “constituida por un conjunto de individuos egocéntricos completamente desconectados entre sí que persiguen tan solo su propia gratificación (ya se la denomine beneficio, placer o de otra forma)” [Hobsbawm 1994: Historia del siglo XX]. El capitalismo había impuesto su lógica, había triunfado. Y en esas seguimos.

El escándalo del estraperlo

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Ruleta creada por Strauss y su socio Perlo.

Ochenta años han pasado desde que el 19 de septiembre de 1935 estallara un escándalo de corrupción política que provocó el fin de la coalición entre el Partido Radical y la CEDA (Confederación Española de Derechas Autonómas) durante la Segunda República española.

Algo más de un años antes, por mayo de 1934, Daniel Strauss, un aventurero holandés nacionalizado mexicano, y su socio italiano Perlo (o Perlowitz) trataron de obtener de las autoridades republicanas la legalización de una ruleta trucada que habían inventado, a la que habían bautizado como estraperlo (por la combinación de los apellidos de ambos).

Lo intentaron primero en Cataluña, donde no les fue concedido el permiso. En septiembre de 1934 Strauss consiguió introducirla en el Casino de San Sebastián y poco después en el Hotel Formentor (Mallorca), aunque fue inmediatamente clausurada por la policía, pues los juegos de azar estaban prohibidos en España, así como en la mayoría de países europeos.

Strauss exigió una compensación económica a diversos políticos por esta prohibición, sin éxito. Entonces remitió toda la documentación del asunto a Alcalá Zamora, presidente de la República. Entre los documentos librados había algunos que probaban el regalo de unos relojes de oro y de otros objetos que este había hecho a autoridades relevantes del Partido Radical por un montante total de medio millón de pesetas, cantidad importante para la época pero no exorbitante.

El 19 de septiembre los documentos salieron a la luz y poco después Alejandro Lerroux, presidente del Gobierno, dimitió del cargo, pues muchos partidarios y allegados suyos estaban implicados en el escándalo.

Ya ven, igualito que ahora. ¿Es verdad que todos los políticos son iguales o, acaso los que no, son los sistemas de gobierno?

Los últimos asesinatos del franquismo

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“El que suscribe nunca ha tenido, desde que asiste a procesos políticos en España, un sentimiento tan acusado de asistir a tal simulacro de proceso, en definitiva una farsa siniestra, sobre todo si pensamos en la suerte que se reserva a los acusados.”

Estas palabras fueron escritas por Christian Grobet, abogado suizo (aunque nacido en Nueva York), miembro de la Liga Suiza de los Derechos Humanos que, en calidad de observador de la Federación Internacional de los Derechos del Hombre, asistió al primero de los consejos de guerra que acabó con la condena a muerte por fusilamiento de once militantes antifranquistas, de los cuales cinco fueron fusilados tal día como hoy, 27 de septiembre, de hace cuarenta años. Un día antes, el Consejo de Ministros indultó a los otros seis.

No fue al alba –como dice la canción que en su memoria escribió Luis Eduardo Aute los días previos a las ejecuciones– sino un poco después, aunque eso es lo de menos. A las 8:30 de la mañana un pelotón de guardias civiles y policías, todos voluntarios, ponía fin a la vida de Ángel Otaegui, miembro de ETA, de 33 años, en el penal burgalés de Villalón. Cinco minutos más tarde, en un claro del bosque situado al junto al cementerio de Cerdanyola del Vallès (Barcelona), era fusilado Juan Paredes Manot Txiki, también miembro de ETA, a los 21 años. A partir de las 9:20, en el de tiro de Hoyo de Manzanares (Madrid), y a intervalos precisos de veinte minutos, eran asesinados los otros tres, militantes del FRAP: José Luis Sánchez Bravo, de 22 años; Ramón García Sanz, de 27, y José Humberto Baena Alonso, de 24.

El Consejo de Guerra sumarísimo, como relató Grobet y otros, estuvo plagado de irregularidades. Fue una farsa en la que los fiscales militares ni siquiera pudieron aportar prueba alguna que corroborase su versión: ni testigos, ni huellas dactilares, ni las armas con las que se suponía habían cometido los atentados por los que se les juzgaba. Nada. Hoy se sabe que varios de ellos no tenían responsabilidad alguna en los hechos. Entonces también. Pero es que se trataba, ante todo, de una venganza, una más. Por eso no se tuvo en cuenta ninguna de las peticiones de clemencia que llegaban de todo el mundo, pues la sentencia levantó una oleada de protestas a nivel internacional. Ni los ruegos del papa Pablo VI, ni las palabras de su propio hermano Nicolás –“Tú eres un buen cristiano, después te arrepentirás”– hicieron mella en Franco, que cuando se acostó la noche del 26 dio la orden de que no se le despertara bajo ningún concepto. Por supuesto, menos caso se hizo aún a gestos como los del primer ministro sueco Olof Palme, que hucha en mano pedía ayuda para las familias de los condenados, ni a que el presidente mexicano Luis Echeverría pidiera la expulsión de España de la ONU. Es más, apenas cuatro días antes la policía expulsó del país a un grupo de intelectuales franceses –entre ellos Yves Montand, Costa-Gavras y Regis Debray– al pretender difundir un escrito de condena suscrito por Jean Paul Sartre, André Malraux, Louis Aragon y Pierre Mendès France.

Todo ello se achacó –una vez más– a la alianza conspirativa de los eternos enemigos de esa España “Una, Grande y Libre”. En la concentración que se preparó para apoyar al régimen en la plaza de Oriente de Madrid el 1 de octubre de dicho año, el dictador –acompañado entre otros del futuro rey de España Juan Carlos de Borbón– dijo: “Todo lo que en España y Europa se ha armado obedece a una conspiración masónico-izquierdista, en contubernio con la subversión comunista-terrorista en lo social, que si a nosotros nos honra, a ellos les envilece”.

Fueron los últimos crímenes de la dictadura, un régimen que nació matando y continuó haciéndolo hasta el final. Eso sí, Franco –que moría apenas dos meses después– falleció en un hospital y fue enterrado con todos los honores. Vino luego la Monarquía, la Transición, la democracia parlamentaria, y en 1977 la Ley de Amnistía declaró exentos de cualquier responsabilidad todos los hechos y delitos de intencionalidad política ocurridos entre el 18 de julio de 1936 y el 15 de diciembre de 1976. Ello, evidentemente incluía a los dos bandos. Así, los torturadores y asesinos del franquismo se libraran de ser juzgados algún día.

Nunca ha habido el menor interés por revertir la situación. Antes al contrario, se ha obstaculizado cuanto se ha podido –y más– el cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica de España y la investigación de los crímenes de la represión franquista que abrió el juez Baltasar Garzón –que investigaba también otros casos de corrupción en los que aparecen implicados relevantes cargos políticos– solo sirvió como excusa para apartar al molesto juez de la carrera judicial.

Ahora, el proceso abierto por la juez argentina María Servini de Cubría para investigar el genocidio y los crímenes de lesa humanidad del franquismo ya ven con qué interés ha sido acogido por las autoridades españolas. La Fiscalía española no considera “necesario” detener a los principales inculpados. Servini declaraba hace solo unos días al diario Público: “Tengo la sensación de que me ponen palos en las ruedas para investigar”.

Bien está, pues, que al menos recordemos este vil quíntuple asesinato y que sigamos clamando por la no impunidad de estos criminales y sus cómplices. Y que reflexionemos sobre el hecho de que los que hoy consideramos víctimas de la lucha por la libertad en su día fueron calificados de terroristas y criminales.