Las Brigadas Internacionales

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Grupo de brigadistas internacionales (1936-1937). / Fotografía de Juan Pando. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.

Ante las presiones del gobierno británico, que quería evitar que el conflicto bélico iniciado en España al sublevarse parte del Ejército contra el gobierno de la Segunda República el 18 de julio de 1936 pudiera extenderse al resto de Europa, el presidente francés, el socialista Léon Blum, propuso el 25 de julio de 1936 la no-intervención de las potencias y pidió la adhesión al recién creado Comité de No Intervención a Gran Bretaña, Estados Unidos, Italia, Alemania, Unión Soviética, Bélgica, Holanda, Checoslovaquia y Polonia. Un total de veintisiete países se sumaron y a finales de agosto suscribieron el Acuerdo de No Intervención en España.

Casi al mismo tiempo –y ante la evidencia de la inutilidad de tal iniciativa (como se demostró luego, el acuerdo no consiguió evitar la ayuda italiana, alemana y portuguesa al general Franco, y la soviética a la República)– miles de personas mostraban su solidaridad con la lucha de la izquierda española, una solidaridad activa que partía del convencimiento de que la única manera de frenar el avance del fascismo en Europa era impedir la victoria de los facciosos, pues la guerra española era solo la antesala de la catástrofe que después se cerniría sobre el continente.

Nacieron así las Brigadas Internacionales, unidades militares integradas por voluntarios extranjeros que lucharon a favor de la República durante la Guerra Civil Española. Los primeros grupos se formaron en julio de 1936 con participantes de la Olimpiada Popular de Barcelona, encuadrados en las centurias Thaelmann (alemana), Gastone Sozzi y Giustizia e Libertà (italianas), Commune de París (franco-belga) y Thomas Mann (inglesa).

Brigadistas del batallón La Marsellesa en Albacete (s. f.). / Fotografía de Luis Escobar. Centro de Estudios y Documentación de las Brigadas Internacionales de Albacete.

Brigadistas del batallón La Marsellesa en Albacete (s. f.). / Fotografía de Luis Escobar. Centro de Estudios y Documentación de las Brigadas Internacionales de Albacete.

Su organización se planteó en la reunión del Komintern del 26 de julio de 1936, con el propósito de integrar a todos los voluntarios (de ideología antifascista diversa) bajo la dirección comunista. El proyecto, patrocinado por el especialista inglés en cuestiones militares Tom Wintringham, por el embajador soviético en Madrid y por Palmiro Togliatti, Maurice Thorez y Georgi Dimitrov, fue aprobado en una reunión celebrada en Madrid (22 de octubre de 1936) entre el representante del gobierno de la República española, Diego Martínez Barrio, y los delegados del Komintern, Luigi Longo (italiano), Pierre Rebière (francés) y el polaco Stephan Wisniewski.

Participaron combatientes de más de 50 países de todo el mundo, con un total de 40.000 hombres a lo largo de la guerra, organizados en 15 brigadas. Los principales contingentes fueron franceses (10.000 voluntarios), italianos (2.500), belgas, yugoslavos, ingleses, canadienses y estadounidenses. Intervinieron eficazmente en la defensa de Madrid (noviembre de 1936) y en las batallas del Jarama (febrero de 1937), Brunete (julio de 1937), Belchite (agosto-septiembre de 1937), Teruel (diciembre de 1937-enero de 1938) y, finalmente, en la del Ebro (julio-noviembre de 1938). Una tercera parte de sus combatientes murieron en España.

Desfile de despedida de los brigadistas en Barcelona (26 de octubre de 1938).

Desfile de despedida de los brigadistas en Barcelona (26 de octubre de 1938).

Finalmente, el gobierno republicano, en complimiento de la resolución de la Sociedad de Naciones de 1 de octubre de 1938, ordenó su retirada, si bien quedaron en Cataluña algunos pequeños contingentes. Tal día como hoy, 26 de octubre, de 1938, tenía lugar en Barcelona el acto formal de despedida de la Brigadas Internacionales con un desfile de los brigadistas por la avenida 14 de abril (actual avenida Diagonal). Más de 300.000 personas llenaron las calles de Barcelona para despedir a estos hombres que, sin ser españoles, se involucraron directamente en el conflicto sabedores de su trascendencia internacional.

Para todos aquellos brigadistas que lucharon por la libertad, que dieron muestra de una solidaridad impensable en estos tiempos, mi más sentido recuerdo.

El jueves negro

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Wall Street el 24 de octubre de 1929. / The Library of the Congress (Washington).

Tal día como hoy, 24 de octubre, de 1929, tenía lugar el hundimiento de la bolsa en Wall Street (Nueva York), originando una grave crisis mundial, la mayor que el capitalismo había conocido hasta entonces, que daría origen a la Gran Depresión. Cayó jueves, siendo por ello conocido como el “jueves negro”.

Durante los llamados “felices años veinte” había dinero, mucho dinero, y los bancos del Estado bajaron los tipos de interés. La economía de Estados Unidos era la más pujante del mundo, todo eran beneficios. Invertir en bolsa era una manera rápida y fácil de obtener suculentos dividendos, todos sus valores avanzaban. ¡Pero si hasta en los principales hoteles de todos los estados del país los bancos llegaron a instalar unas máquinas que, sobre largas cintas de papel, proporcionaban información al instante de la evolución de las operaciones de Wall Street! Invertir en bolsa parecía el deporte nacional, era como jugar en el casino. Todo el mundo especulaba, incluso llegaron a venderse acciones de sociedades inexistentes. La economía se hinchó como un globo que se sabía que explotaría de un momento a otro, pero nadie dejaba de soplar mientras siguiera proporcionando beneficios. Y al final, claro, estalló. ¿Les suena la historia sin remitirnos a tiempos tan lejanos?

Les consecuencias del crac fueron, en un período de cuatro años, la reducción de la producción hasta la mitad y la multiplicación per ocho de la cifra de parados. El 1933, el presidente estadounidense F.D. Roosevelt creó el New Deal con el objetivo de luchar contra la Gran Depresión, que no remitió hasta el inicio de la Segunda Guerra Mundial.

En la actualidad, una medida como la de Roosevelt parece una utopía. Parafraseando la letra de las “Coplas de Don Hilarión”, de La verbena de la Paloma, adelantamos una barbaridad, una brutalidad, una bestialidad.

Los hechos de octubre de 1934 y la Revolución de Asturias

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Columna obreros detenidos por la Guardia Civil en la cuenca minera de Asturias (octubre de 1934).

En noviembre de 1933 los partidos del centro y de la derecha ganaron las elecciones a Cortes. LA CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), con 115 diputados de los 473 que integraban las Cortes, fue el primer partido en número de votos (24,3%) y escaños. Su jefe, José María Gil-Robles, esperaba ocupar la presidencia del gobierno. Pero la CEDA nunca había mostrado el menor compromiso con la república como forma de organización del Estado y su líder defendía la teoría del “accidentalismo” respecto a las formas de gobierno. El primer punto de su programa señalaba el “acatamiento del Poder constituido, según la enseñanza de la Iglesia”. Además, Gil-Robles había visitado la Alemania nazi, se había interesado por sus medios de propaganda política e incluso llegó a asistir al Congreso de Núremberg de 1933, el llamado Congreso de la Victoria por los nazis, que desde enero estaban en el poder.

Alcalá Zamora, presidente de la República, encargó entonces formar gobierno a Alejandro Lerroux, fundador y líder del Partido Republicano Radical (que había conseguido el 21,6% de los votos y 102 escaños), un republicano histórico. Pero, obviamente, sin el apoyo de la CEDA difícilmente podía gobernar, por lo que siguió una política contemporizadora que frenaba el ímpetu de los primeros años de la Segunda República. Y, así, la reforma agraria prácticamente se paralizó, los salarios agrícolas cayeron a los niveles de antes de proclamarse la República, la Iglesia mantuvo sus escuelas gracias a la ayuda estatal, para el Estado Mayor se nombró a declarados oficiales monárquicos y las organizaciones de izquierda y obreras fueron sometidas a un férreo control que trataba de contener su acción.

La entrada de la CEDA en el gobierno republicano el 4 de octubre de 1934 fue, en consecuencia, interpretada por la izquierda como un primer paso en el acceso del fascismo al poder. Ya las principales organizaciones obreras había advertido de que, en caso de llegar a tal situación, movilizarían a sus militantes y declararían la huelga general. Es lo que sucedió el 5 de octubre en varias ciudades, incluyendo Madrid y Barcelona, con desiguales resultados. Pero en ningún lugar los acontecimientos que siguieron alcanzaron la importancia que tuvieron en Cataluña y Asturias.

En Cataluña, la aprobación por el Parlamento de una nueva Ley de Contratos de Cultivo, en abril, fue declarada inconstitucional. La Generalitat no aceptó el fallo y promulgó otra muy parecida. Las relaciones entre la Generalitat y el gobierno central se tensaron hasta el punto de que el 6 de octubre el presidente catalán, Lluis Companys, proclamaba “la República de Cataluña dentro de la República federal española”. Por otra parte, la resolución de Madrid era un síntoma evidente de la progresiva destrucción que se perseguía de la obra reformista del primer bienio republicano, lo que alentó la formación de la Alianza Obrera. Era esta una plataforma unitaria de carácter nacional entre diversas fuerzas obreras con el objetivo de oponerse al avance fascista después de la victoria electoral de la derecha que surgió de la iniciativa del BOC (Bloc Obrer i Camperol) y de la que formaron parte el PSOE, la UGT y la Unió Socialista de Catalunya, entre  otras fuerzas. La CNT y el Partido Comunista de España quedaron al margen, si bien este se sumó a última hora. La Alianza Obrera se extendió a todo el territorio español y se consolidó en 1934, jugando un más que destacado papel en los hechos de octubre. La huelga general y la recién proclamada República no sobrepasaron el día 7. Companys y su gobierno se vieron obligados a rendirse ante la acción del Ejército. La Generalitat fue suspendida, el gobierno catalán encarcelado y unas cincuenta personas murieron en las horas previas.

La Alianza Obrera perseguía en Cataluña objetivos diferentes a los de los nacionalistas. Su meta no era otra que la revolución social. Y eso fue lo que trató de poner en marcha en Asturias. Esta región era el único sitio del Estado en el que la Alianza había conseguido reunir a todas las organizaciones trabajadoras, incluyendo la CNT. Al declararse la huelga general, un comité integrado por socialistas, comunistas, trotskistas y anarquistas adoptó el lema de Unión de Hermanos Proletarios (UHP) y proclamó una comuna. La huelga adquirió así un carácter insurreccional y durante quince días la zona minera fue controlada por los comités locales de trabajadores, coordinados por un Comité Revolucionario. Al tiempo, se organizaba un Ejército Rojo que, a los diez días, alcanzó los 30.000 efectivos, en su mayoría obreros y mineros. El Comité formuló un programa reivindicativo concreto –con medidas como las nacionalizaciones y la disolución de las órdenes religiosas, del ejército y de la guardia civil– y organizó los servicios de alimentación, médicos y municipales sobre una base completamente ajena al dinero y a las diferencias de clase.

Grupos de descontrolados asesinaron en los primeros momentos a unas cincuenta o sesenta personas, la mayoría sacerdotes y policías. La respuesta del gobierno central fue enviar tropas de las divisiones de Burgos, Valladolid y Galicia para restaurar el orden. El ministro de Guerra, el radical Diego Hidalgo, siguiendo los consejos de su asesor militar, Francisco Franco, logró que también acudiera a sofocar la revolución el ejército de África y la Legión Extranjera.

Los obreros ofrecieron una encarnizada resistencia a la espera de la incorporación del resto del país a la sublevación. Pero esta no se produjo y el día 18 las tropas acababan con los últimos focos de resistencia. La actuación de estas fue muy desigual: mientras que las peninsulares obraron con comedimiento, las africanas –comandadas por el coronel Yagüe– sembraron el terror. Se calcula que durante los combates murieron más de mil obreros y unos trescientos de las fuerzas de seguridad y el ejército. La represión que siguió fue durísima: más de doscientos muertos y centenares de detenidos, muchos de los cuales fueron sometidos a tortura.

En el resto de España las detenciones rondaron la cifra de treinta mil personas entre militantes sindicalistas y concejales de izquierda de los municipios. Muchos de ellos permanecieron en prisión hasta la victoria, en febrero de 1936, del Frente Popular, que decretó la amnistía. En los consejos de guerra que tuvieron lugar en Barcelona y Oviedo se dictaron veintitrés penas de muerte, de las que finalmente –a causa de la presión de monárquicos y cedistas– se cumplieron dos.