Miedo al miedo

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El miedo ya lo conocía. Temía a mis padres, a mis abuelos, a los maestros, incluso a los gatos. Pero descubrí que hay un miedo distinto, superior, más terrible y dañino, el miedo a lo desconocido, un miedo a lo que está por encima de nuestras percepciones y conocimientos, que no controlamos pero nos controla, irracional pues carecemos de referencias para enfrentarnos a él –no sabemos muy bien de dónde procede ni quien lo engendra pero está ahí– y del que para protegernos no sirve ni la soledad: está dentro de uno. Es el miedo al miedo, el miedo por excelencia.

Hasta entonces la oscuridad no me causaba ningún temor, tampoco la muerte. Ese día mis padres, mis abuelos, mis tíos Vicente y Eugenia, y no sé si alguien más, charlaban alrededor de la mesa, en el patio. Acabábamos de cenar. Noche serena. Un café, una copita…, los mayores. Los pequeños, mi prima y yo, escuchando, convidados de piedra, como corresponde a los niños en una reunión de adultos. Tía Eugenia, prima hermana de mi abuela, contó una de esas historias más propias de un día de tormenta que de una apacible noche de verano, de cuya certeza duda incluso el narrador pero a pesar de ello son seguidas desde el más absoluto silencio por los demás; una historia de miedo, de las que nunca se olvidan, al menos en mi caso.

fantasmasAl parecer, alguien que conocía, otra mujer, se despertó ya avanzada la madrugada al sentir una presencia extraña en el dormitorio, quedándose pasmada al presenciar –proyectada en una de las paredes– un halo de luz blanca, de forma circular, en el centro del cual se apreciaba el rostro de un ser querido recientemen-te fallecido –debía ser un familiar, cercano, pues los familiares, los directos sobre todo, son siempre seres queridos una vez fallecidos– que sonreía apaciblemente sin pronunciar palabra, lo que significaba, según la relatora del suceso, que en el más allá –es decir, lejos de aquí y de todos los lugares, incluso de la nada, si  no en la nada misma– era feliz, se encontraba bien aun habiendo muerto de una dolorosa enfermedad y que no debían estar afligidos por él. Mas supongo que el miedo impedía a aquella mujer descifrar el verdadero alcance de la representación, y la aparición volvió la noche siguiente, y la otra, hasta que averiguó al comentar el suceso con un curandero que vivía en una casucha a la salida del pueblo una especie de conjuro para librarse del espíritu de su ser querido: rezar tres credos y a continuación despedirle con un “Ve en paz”, ¿o era “Vete con Dios”? En todo caso, “Vete”.

Absortos como estaban escuchando el aterrador relato nadie se percató de que seguíamos allí mi prima y yo, los dos niños de la velada, despiertos (al menos yo, no sé mi prima). Así que nos acostamos tarde, a la misma hora que los mayores, no como habitualmente, primero los niños.

Esa noche dormí con mi madre, por si acaso, calculando el  riesgo de que me sucediese lo mismo que a aquella mujer. No me costó mucho conciliar el sueño, aunque de vez en cuando abría los ojos por si había alguna presencia extraña u observaba algún indicio misterioso. Pero no sucedía nada y, a pesar de que el temor a una posible aparición seguía firme y tenazmente incursionando en mi interior, me dormí.

Al día siguiente, lo primero que hice fue decirle a mi abuela que me explicase cómo era el credo, consiguiendo que me lo escribiera en un papel para aprenderlo de memoria. Con el papel en el bolsillo, sabiendo el conjuro, sentí una mayor seguridad, podía hacer frente a apariciones y a fantasmas. Tan seguro me encontraba que olvidé memorizar la letra.

Cuando llegó la noche, y con ella la hora de dormir, tuve que acostarme más pronto, como sucedía normalmente. Mis súplicas por quedarme un rato más, aduciendo falta de sueño, solo sirvieron para incrementar la angustia que sentía. Al poco mi madre volvía a mandarme a la cama y yo rogaba de nuevo permanecer despierto otro rato más. Así un par de veces, estando todo el tiempo entre súplica y súplica pendiente del transcurrir del mismo, pensando que en cualquier momento la moratoria finalizaría, como así fue. Mi madre me dijo que luego vendría a verme.

Acabé yéndome a la cama. Permanecí con la luz encendida esperando que mi madre llegase, hasta dormirme. Luego entró alguien, supongo que mi madre, y la apagó. Cuando desperté al cabo de un tiempo indeterminado, que no debió ser demasiado prolongado, la habitación estaba a oscuras. Sentí un miedo como nunca antes, ni después. No me atrevía a abrir los ojos del todo, los mantenía medio cerrados y apenas respiraba, no quería despertar más sensaciones, como si estuviese escondido detrás de un velo protector semitransparente que no me impedía entrever lo que ocurría pero sí ser visto.

Conocí entonces la oscuridad. El día y la noche eran para mí un continuum en el que ambos conceptos únicamente se distinguían por el tipo de actividades que correspondía a cada momento. La oscuridad era un elemento nuevo, confuso e inaccesible, mayor con los ojos abiertos, asociada a la noche y la muerte, un campo de batallas nocturnas del que solo se podía salir perdedor. No servía de nada pelear con la oscuridad y el silencio, menos con la muerte, ni con aquella que a los ocho años creemos siempre que proviene del exterior ni con la que después se nos muestra enraizada en lo más íntimo de nuestro ser, un laboratorio donde experimentar con indisciplinadas angustias y culpas supuestas, un palimpsesto que conserva a pesar de cualquier argumento o raciocinio huellas de temores pasados, aparentemente vencidos, que en la densa quietud de la noche cobran de nuevo carta de naturaleza. Contra el desasosiego del espíritu nada pueden palabras y pensamientos. De todo ello nunca antes había sido consciente y tal vez tampoco lo fuera entonces, convirtiéndose el desconocimiento en el mayor aliado del miedo, como pude comprobar esa noche y cerciorarían noches posteriores.

Fotograma del corto “Juan con miedo” (2010) de Daniel Romero.

Fotograma del corto “Juan con miedo” (2010) de Daniel Romero.

Abrí los ojos completamente y, de pronto, advertí una sombra que se movía. Puede que alguien se levantara, puede que el aire moviese la lámpara, pero lo que fuera llenó de extrañas e indescifrables figuras la pared. Encendí raudo la luz, saqué el papel y me puse a leer lo más aprisa que podía el credo que había escrito por la mañana mi abuela. Tres veces. No quedándome satisfecho –el miedo no amainaba–, repetí de nuevo el conjuro, que hube de interrumpir al oír a mi abuela que me regañaba por tener todavía la luz encendida. Entonces lamenté no haber aprendido el credo de memoria. Había tenido todo el día para ello pero me entregué a la molicie, como siempre.

Al día siguiente, tras pasar la noche prácticamente en vela, lo primero que hice fue coger el papel. Lo leí una, dos, tres, muchas veces, no sabría sacar la cuenta, hasta conseguir aprenderlo de memoria. Le dije a mi abuela que me lo preguntase a ver si me lo sabía. Lo hizo, y yo lo repetí tal cual ella lo había escrito. Lo sabía. ¡Uf!

Llegada la hora de ir a la cama el miedo regresó. Con la oscuridad. ¿Y si el conjuro no funcionaba conmigo? ¿Y si me equivocaba? Creo en Dios Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de la Virgen María, padeció bajo el poder de… Y ahí me perdí. ¿De…? ¿Qué venía luego? Sabía que era un nombre propio, y masculino, pero no podía recordar cuál. Repasaba todos los nombres de hombre que conocía, de amigos, de familiares, de vecinos, de tebeos, sin resultado alguno. Encendí la luz. Poncio Pilatos, ese era. Pilatos, Poncio Pilatos, Poncio Pilatos, lo repetí varias veces. Probé a recitar de nuevo el credo, de memoria, antes de apagar la lámpara de noche. De corrido. No hubo problema, me lo sabía.

La oscuridad esa noche era completa, todo el día había estado nublado y hacía fresco. La ventana estaba cerrada. Recité el primer credo, sin error, luego el segundo y el tercero, sin tampoco equivocarme, dije Ve en paz, Vete con Dios y Vete, las tres fórmulas posibles con que acababa el conjuro. Por si acaso. Y me dormí.

Así pasé muchas noches, las de muchos meses, no sé cuántos, amedrentado en la oscuridad y envalentonado con la luz de la mañana al no haber ocurrido nada unas horas atrás. Al final era algo mecánico, rutinario, ya casi había olvidado el motivo y seguía recitando los credos todas las noches. Lo de rezar, no obstante, empezaba a tenerlo cada día menos claro. Con el tiempo, otros menesteres –las chicas sobre todo– ocuparon mi mente y un buen día, al despertar, me percaté de que la noche anterior me había dormido sin acordarme de los credos ni del conjuro y todo seguía igual.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/05/20/miedo-al-miedo/

La niña que quería matar a Dios

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Óleo de Charles Burton Barber (1879).

Natalia tenía siete años cuando escribió aquella carta a los Reyes Magos pidiéndoles que le trajeran una muñeca, una cocina y un juego de lápices de colores. No era mucho, pues su mayor deseo figuraba al final de la misiva: “que se ponga buena mi abuelita”. Los Reyes fueron generosos con ella e incluso la obsequiaron con algún juguete más que no figuraba en la lista. Pero diez días después su abuela murió. Su madre le explicó que por encima de todos, incluso de los Reyes Magos, estaba Dios, y que ese era su designio.

Al año siguiente, tomó la primera comunión. Por aquel entonces a Natalia le preocupaba el estado de su salud de su amiguita Paula. Había sufrido un accidente. Tenía su misma edad, eran vecinas, y el autobús escolar que la llevaba al colegio se salió de la carretera. Paula fue la peor parada. Los médicos dijeron que podía quedarse tetrapléjica. Natalia rezó con todas sus fuerzas para que se curara pronto y pudiera acompañarla en aquel ritual tan importante para ella. Asistió, pero sentada en silla de ruedas y con problemas en el habla. Natalia ni siquiera podía entender lo que decía.

Tres años después llegó el momento de la confirmación. Esta vez rogó al Altísimo por ella misma. Quería aprobar matemáticas e inglés, asignaturas que llevaba muy mal. Suspendió ambas.

Quiero ser monja, dijo a sus padres al cabo de un par de meses. La sorpresa de sus progenitores fue mayúscula. Eran católicos, iban a misa, pero  más por convención que por convicción. ¿Por qué quieres ser monja?, ¿sabes lo que eso significa?, le preguntaron sin salir del asombro que les habían causado sus palabras. Claro –respondió Natalia–, casarse con él. ¿Casarse con Dios?, tú no sabes lo que estás diciendo. Sí, sí lo sé. ¿Y por qué quieres casarte con Dios?, inquirieron convencidos de todo aquello era pura niñería. Para estar con él y poder matarlo, respondió Natalia.

Misantropía

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“Diógenes” (1873), óleo de Jules Bastien-Lepage.

Las cuatro paredes de mi casa son el único ámbito en que al menos siento estar protegido del rigor de la denominada vida real, la presumiblemente objetiva, la verdaderamente imaginaria. La relación con la gente nunca ha sido mi fuerte, desde la infancia. Cuestión de intereses, disposiciones distintas ante situaciones comunes.

La futilidad de nuestras intenciones la observé desde niño. Mis opiniones nunca eran tenidas en cuenta, como mucho eran tomadas con chanza por los mayores, a veces recibía alguna regañina por usar vocablos inadecuados, poco más, cosas de niños, nada trascendente. Lo mismo sucedía con mis acciones, o eran irrelevantes o eran perjudiciales, para mí o para los demás. Mi inclinación a la soledad era atribuida al retraimiento y la introversión, así me animaban a jugar con chicos de mi edad, lo que me obligaba a tomar decisiones, todo juego tiene sus reglas que deben ser de obligado cumplimiento, pero no siempre podemos llevarlas a efecto, algunas requieren unas cualidades físicas que no todos poseen, cierto grado de habilidad, de interés, además del estado de ánimo de uno y de los demás participantes, dándose la paradoja de vernos obligados a elegir entre las diversas posibilidades que se nos presentan, a decidir libremente, pues, cuando es del todo imposible, se requiere la  previa aceptación de las pautas establecidas y la adaptación a las mismas, lo contrario nos conduce necesariamente al fracaso.

Pronto advertí que las mismas circunstancias rodeaban del mismo modo cualquier otra situación, fuera en casa, en el colegio, con los amigos cuando los tuve, con las chicas cuando las descubrí, con los mayores. Un mismo esquema, una misma salida para todo. Siempre tropecé con la incomprensión, la arbitrariedad, el absurdo, aunque los partícipes en un hecho o situación concretos constituyeran el bastidor de un lienzo, que no se ve pero es indispensable para fijar la tela, que es más poderoso de lo que aparenta pues sin él la tela no se sostendría.

Publicada originalmente en:  https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/05/12/misantropia/