Los destructores de máquinas: el ludismo

Bedlam Furnace, Madeley Dale, Shropshire 1803 by Paul Sandby Munn 1773-1845

“Bedlam Furnace, Madeley Dale, Shropshire” (1803), acuarela de Paul Sandby Munn.

Desde mediados del siglo XVIII gran parte de Europa occidental, y Gran Bretaña de forma singular, conocieron un conjunto de cambios tecnológicos y sociológicos, propiciados por el proceso de industrialización, que conllevaron unas trasformaciones económicas y sociales sin precedentes hasta entonces. La humanidad estaba a punto de experimentar el cambio más trascendental de toda su existencia.

“Camino al trabajo” (1851), óleo de Jean-François Millet.

“Camino al trabajo” (1851), óleo de Jean-François Millet.

La Revolución industrial se materializó de forma diferente en cada país, pero en todos los lugares donde tuvo lugar actuaron como elemento común profundos trastornos sociales, consecuencia del cambio que experimentaban las estructuras sobre las que se asentaba la sociedad del Antiguo Régimen a otras más modernas que caracterizan la nueva sociedad industrial. La centralización de la producción en fábricas frente la antigua empresa familiar, la especialización de la actividad económica en vistas al merado nacional e internacional, el trasvase de población de los núcleos rurales a los centros urbanos, la aparición de nuevas clases sociales y de otra manera de entender las relaciones laborales –con una férrea disciplina en el trabajo y la sujeción a rígidos horarios en sombrías fábricas infernales– supusieron un cambio radical en la manera de vivir, en la propia concepción del mundo, de las clases populares. Este cambio no se llevó a cabo sin una fuerte resistencia por parte de los grupos afectados, que se manifestó en un importante número de conflictos sociales que, en un principio, tuvieron como objetivo primordial la destrucción de uno de los elementos más representativos del nuevo orden capitalista: las máquinas.

A finales de Setecientos, los trabajadores textiles de Leeds (Gran Bretaña) se quejaban de que las máquinas dejaban sin trabajo a miles de obreros, que por ello no podían “mantener a sus familias” al estar “privados de la posibilidad de enseñar un oficio a sus hijos”. Además, decían, comportan la despoblación, el abandono del comercio y la ruina de los agricultores. Podríamos citar muchos más ejemplos como este, pero en todos llegaríamos a la conclusión de que la introducción la maquinaria industrial dañaba seriamente los intereses de los trabajadores y era, por tanto, un enemigo natural al que había que destruir.

Grabado de 1813 de Ned Ludd.

Grabado de 1813 de Ned Ludd.

Según una vieja tradición, la palabra “ludita” –nombre con el que se conoce al destructor de máquinas– deriva de un tal Ned Ludlam (o Ludd), aprendiz de tejedor en Leicester (Gran Bretaña), quien en 1779 destruyó los telares de su maestro empleador al no poder soportar más las continuadas prisas y regañinas de este. Sin embargo, el ludismo no es un fenómeno nuevo de la sociedad industrial; desde el siglo XVI encontramos actos luditas en la historia de Gran Bretaña. Pero su generalización se producirá durante el proceso de liquidación de la legislación paternalista del Antiguo Régimen y la consiguiente aparición de la legislación laboral en la nueva sociedad de clases, en la que el trabajador era considerado únicamente una mercancía más de un orden social en el que el capitalista tenía plena libertad “para destruir las costumbres que regían la actividad comercial e industrial en general, bien mediante nueva maquinaria, el sistema de factoría o por una competencia sin restricciones, y reducción de salarios, desbancando a los rivales y envileciendo los niveles de vida y trabajo de la mano de obra cualificada.” [E.P. Thompson (1963): La formación de la clase obrera en Inglaterra]

Este nuevo orden social comportó una profunda transformación del modo de vida de la clase obrera: la ruptura que respecto al mundo anterior suponía la férrea disciplina de la fábrica, las insalubres condiciones en que llevaba a cabo su trabajo, la ocupación de mujeres y niños en las mismas condiciones, las largas y agotadoras jornadas laborales…, eran elementos ciertamente nuevos que no podían ser bien recibidos por la comunidad trabajadora. No ha de extrañarnos, pues, que esta sintiera una cierta nostalgia por el mundo preindustrial ante la agresión que suponía el industrialismo y que fueran las máquinas –símbolo del nuevo orden– el principal objetivo de su ira.

Grabado de 1830 sobre los actos luditas de Hampshire.

Grabado de 1830 sobre los actos luditas de Hampshire.

En la década de 1830 los condados del sur y el este de Inglaterra ─Hampshire y Wiltshire sobre todo─ se vieron agitados por una sucesión de revueltas campesinas: los trabajadores marchaban de un pueblo a otro en petición de mayores salarios, destrozando las máquinas trilladoras y quemando graneros y almiares. Capitán Swing era la firma que figuraba al pie de las cartas amenazadoras que, en los días anteriores a las revueltas, habían recibido los terratenientes, clérigos y granjeros acomodados, presentando las peticiones de los trabajadores.

Decía The Times que “casi no pasa una noche sin que a algún arrendatario le incendien una parva o un granero”. Los destructores de máquinas eran predominantemente “campesinos” o jornaleros agrícolas. Del volumen de la revuelta podemos hacernos una idea al considerar que hubo casi 2.000 personas juzgadas en 30 condados, 19 de las cuales fueron ejecutadas, 600 encarceladas y 500 deportadas a las colonias australianas.

Cuerda de presos deportados a Botany Bay (Australia).

Cuerda de presos deportados a Botany Bay (Australia).

Lámina de Henry Heath titulada "Swing!" (1830, Museo Británico).

Lámina de Henry Heath titulada «Swing!» (1830, Museo Británico).

¿Quién era el Capitán Swing? Son muchas las versiones que circularon en su día sobre él. Algunos lo describían como un desaliñado vagabundo, para los más era un respetable “forastero con una extraña vestimenta, pero de modales aparentemente por encima de las clases bajas”. Lo cierto es que todos y nadie vieron a Swing –como a Ludd–, que posiblemente nunca pasó de ser un personaje imaginario, un nombre utilizado para dar crédito a las cartas amenazadoras, las “cartas Swing”. Estas advertían a la víctima de las calamidades que le sobrevendrían si no accedía a las demandas del remitente, siendo el incendio la amenaza más frecuente. La mayoría eran lacónicas, como la siguiente: “Señor: Esta carta es para advertiros que si vuestras trilladoras no son destruidas por vos mismo, nosotros podremos manos a la obra. Firmado en nombre de todos. Swing”. O: “Esta es para informaros de lo que os sucederá, caballeros, si no destruís vuestras trilladoras y eleváis los salarios de los pobres y dais dos chelines y seis peniques diarios a los casados y dos chelines a los solteros. Os incendiaremos vuestros graneros con vosotros dentro. Este es el último aviso”. Nadie, sin embargo, hay que aclarar, fue quemado jamás con sus propiedades. Los ataques estuvieron siempre dirigidos contra la propiedad, no contra la vida de las personas, lo que muestra, como señalan Hobsbawm y Rudé [“Revolución industrial y revuelta agraria. El capitán Swing”, 1969] que “la escala de valores de los trabajadores era diametralmente opuesta a la de las clases altas, para quienes la propiedad era más preciosa ante la ley que la misma vida”.

Los sucesos de 1830 no son solo un ejemplo de movimiento campesino: también constituyen el único caso de un movimiento ludita que consiguió triunfar. La maquinaria no volvió a ser introducida en la campiña inglesa en la misma escala en que lo había sido antes de 1830. Se trataba de un intento por reafirmar los derechos de los trabajadores en tanto que hombres y ciudadanos en el nuevo orden social, un orden que los convertía prácticamente en esclavos, pues el capitalista tenía plena libertad para destruir las costumbres que regían la actividad laboral.

Movimientos como los del Capitán Swing se extendieron a otros países (Francia, Bélgica, Alemania, España…) a medida que avanzaba la Revolución industrial, pero no impidieron que esta siguiera adelante gracias a la explotación sin límites de los trabajadores, a los que se les daba menor valor que a las mercancías, aunque sí sirvieron para frenar innumerables abusos e injusticias. Hoy, me temo, los luditas serían calificados de terroristas.

Extracto de mi artículo “El ludisme” (1985), Debats, núm. 13, 5-15.

 

Todos somos negros

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O al menos muy oscuros. En origen todos los seres humanos fuimos morenos, oscuros de piel. Lo explica muy bien Marvin Harris (Nuestra especie, 1991). Todo depende en buena parte de la melanina, un pigmento al que debe la coloración la piel y cuya función es proteger las capas cutáneas superficiales del sol. La radiación solar convierte las sustancias grasas de la epidermis en vitamina D, imprescindible para una correcta absorción de calcio, el cual, como es sabido, resulta fundamental para la fortaleza de los huesos. La vitamina D está en presente solo en algunos alimentos, especialmente en los aceites e hígados de los peces. Los pueblos alejados de la costa no podían obtener la cantidad necesaria de vitamina D de los peces hasta tiempos relativamente recientes, por lo que esta dependía de los rayos del sol. Por eso, los esquimales no tienen la piel clara, pues su hábitat es rico en vitamina D.

A medida que los humanos fueron desplazándose desde África a otros lugares, y según se iban trasladando más al norte, la piel tuvo que adaptarse a los distintos climas. La necesidad de que fuese oscura para protegerse de los rayos del sol disminuía, así, según la latitud. Con una piel más clara, los humanos podían producir una suficiente cantidad de vitamina D. Hasta hace tan solo 10.000 años –puede que 12.000– negros y blancos compartimos el mismo color. Hasta esa fecha no existió la que denominamos “raza blanca”, y es posible –aunque esto sea solo una hipótesis– que el homo sapiens original no fuese tampoco lo que ahora entendemos por “negro”, sino –como decíamos al principio– muy oscuro de piel.

Reconstrucción de la cabeza de un hombre mesolítico.

Reconstrucción de la cabeza de un hombre mesolítico.

El cambio de pigmentación entre los humanos debió empezar, según Harris, hace unos 5.000 años y alcanzaría los niveles actuales poco antes de la era cristiana. Los pobladores de la Europa septentrional tenían necesariamente que vestir abundantes ropas para protegerse de los fríos inviernos. “Solo un circulito del rostro del niño –afirma Harris– se podía dejar a la influencia del sol, a través de las gruesas ropas, por lo que favoreció la supervivencia de personas con las traslúcidas manchas sonrosadas en las mejillas”.

La selección cultural completó el proceso. Cuando los humanos comenzaron a plantearse qué niños alimentar y cuáles descuidar, los de piel clara cobraron ventaja, ya que la experiencia mostraba que se criaban más altos, más fuertes y más sanos que los de piel oscura (al poder su piel absorber la vitamina D). Los de piel oscura, en cambio, no podían crecer igual si no tenían una alimentación rica en aceites e hígados de pescado, lo cual era imposible para las poblaciones alejadas de la costa. Así, en Europa, “el blanco era hermoso porque era saludable”.

¿Y en el resto? El periodo comprendido entre el 9.000 y el 4.000 a.C. –lo que conoce como Mesolítico– fue el último de la larga era glacial que empezó hace 100.000 años. El color de la piel de los diversos pueblos que poblaban la tierra fue adaptándose a las nuevas condiciones climatológicas, más cálidas, que permitieron el aumento de los bosques y la biodiversidad (aunque también provocó la inundación de amplias zonas costeras). Y, por supuesto, a los cambios que esto conllevó en su comportamiento y en su cultura material.

La evolución de la piel negra siguió el mismo camino, pero al revés. “Con el sol gravitando directamente sobre la cabeza la mayor parte del año y al ser la ropa un obstáculo para el trabajo y la supervivencia, nunca existió carencia de vitamina D (…) Los padres favorecían a los niños más oscuros porque la experiencia demostraba que, al crecer, corrían menos riesgo de contraer enfermedades mortales y deformadoras. El negro era hermoso porque el negro era saludable”.

De ese modo, los humanos comenzamos a dividirnos también en función del color de nuestra piel. Y en esas seguimos. Solo que ahora sabemos que todos provenimos del mismo tronco genético y continuamos, espuriamente, dividiéndonos en base a lo indivisible.

El museo de mamá, la CIA y el expresionismo abstracto

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Tres damas de la alta sociedad, tan altruistas ellas y tan sensibilizadas con los graves problemas que sufría en aquellos momentos la sociedad estadounidense (la Bolsa de Wall Street se había hundido hacía poco), fueron las responsables de que el 7 de noviembre de 1929 abriera sus puertas por primera vez el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA). Eran las mecenas y coleccionista de arte Lillie P. Bliss, la galerista y coleccionista Mary Quinn Sullivan, y Abby Aldrich Rockefeller, de profesión su apellido, casada con el multimillonario John Davison Rockefeller, Jr.

El edificio Heckscher (esquina de la Quinta Avenida y la calle 57), primera sede del MoMA. A la derecha el hotel Plaza.

El edificio Heckscher (esquina de la Quinta Avenida y la calle 57), primera sede del MoMA. A la derecha el hotel Plaza.

El MoMA, el primer museo de arte moderno del mundo, nació con la finalidad de potenciar “las artes visuales de nuestro tiempo”. Pero no cualquier arte visual. Con el tiempo –cada vez más aquel proveniente de las tendencias abstraccionistas, es decir, “el arte por el arte”, sin contacto con la realidad, una especie de ente metafísico que se rige por sus propias leyes. También –cómo no– para arrebatar a París el título capital mundial del arte, que pasaba a Nueva York, la gran potencia del mundo tras el fin de la Primera Guerra Mundial.

Nelson Rockefeller, que fue director de MoMA durante las décadas de 1950 y 1960, veía el MoMA como una parte de su propia familia, hasta el punto de que lo llamaba “el museo de mamá”. Tras la Segunda Guerra Mundial –como cuenta, y demuestra, Frances Stonor Saunders en su libro La CIA y la guerra fría cultural (1999)– la CIA encontró en el MoMA un fiel colaborador en su campaña para crear un frente cultural “democrático” en su batalla “por la conquista de la mente humana”, como afirmaría más tarde Kennedy.

Jackson Pollock, Mark Rothko y Franz Kline.

Jackson Pollock, Mark Rothko y Franz Kline.

La CIA y el MoMA invirtieron vastas sumas de dinero en la promoción de la pintura abstracta expresionista y los pintores correspondientes como un antídoto contra el arte con contenido social. En palabras del propio Nelson Rockefeller, “la pintura de la libre empresa”. Exposiciones fuertemente subvencionadas de pintura expresionista abstracta fueron organizadas por toda Europa, se movilizó a los críticos de arte y las revistas especializadas publicaron como artículos y  venga artículos llenos de generosos elogios.

Y así acabaron aquellos pintores que fueron utilizados para tal fin, ajenos a los tejemanejes que unos y otros se traían entre manos. Pollock murió en un accidente de coche, conducía borracho, como solía estar siempre, se convirtió en un alcohólico. Rothko, enganchado a los tranquilizantes y el alcohol, terminó suicidándose. También Franz Kline se mató con el alcohol. La fama les había encumbrado; la fama les destruyó. Además, con espurios fines.