El primer abrazo a una hija

(c) Cuming Museum; Supplied by The Public Catalogue Foundation

“Padre e hija” (1880). Karl Wilhelm Friedrich.

En la plaza de San Agustín esperaban [a Samuel] Beatriz, Camila y sus abuelos, Esclafit y Monllor y doña Luisa. Bajó del coche [de la diligencia], abrazó a todos y todos le abrazaron a él. Beatriz estaba realmente guapa, con un vestido de muselina azul celeste y un peinado alto que dejaba sus facciones al descubierto. Seguía siendo la misma joven de cutis pálido, límpida y dulce mirada, con la que se casó. De su mano, la pequeña Camila no decía nada, parecía asustada, miraba a su yaya, que le susurraba al oído unas palabras de bienvenida que habían preparado y ensayado varias veces, pero de las que, al parecer, no podía recordar ni una sola palabra en ese momento. Samuel se quedó mirándola y sonrió. La pequeña se encogió de hombros e hizo un mohín, formándose unos pequeños repliegues sobre sus pómulos salpicados de pecas que conmovió el ánimo de Samuel, quien la levantó del suelo y la estrechó entre sus brazos. Era la primera vez que abrazaba a un niño. Se acordó de su amiga Brigitte. ¿Y qué hago yo con una niña? ¿Qué le digo? ¿Cómo me comporto?, le preguntaba. Simplemente déjate llevar y quiérela mucho, contestaba ella.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/10/20/el-primer-abrazo-a-una-hija/

Bienvenidos sean los ricos coleccionistas de arte

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“La Toilette” (1859), óleo de Camille Corot.

―¿Has conseguido la lista de precios de que hablamos ayer?
―Aquí llevo anotadas las cantidades que se han pagado en las últimas subastas ─y sacó un papel del bolsillo interior de la americana─. Veamos… Por un Courbet, El taller del pintor creo que se llamaba, se pagaron sesenta mil francos; treinta y nueve mil por La Barca, de Millet, y, ¡no te lo pierdas!, nada menos que ciento ochenta y cinco mil por La toilette, de Corot. Eso, con otros de menor cuantía, ninguno adquirido por menos de veinte mil francos, hace que en una sola mañana de subasta se haya alcanzado la cifra de ochocientos mil francos. Ahora se está organizando la venta de la colección de Mühlbacher: cuadros, dibujos, gouaches, miniaturas y pasteles de autores del siglo XVIII. Solo siendo archimillonario se podrá tomar parte en ella. Hay una extendida fiebre entre la gente de dinero por poseer obras de eximios pintores y de otros que no lo son tanto pero que los críticos se encargan de elevar al culmen del talento artístico. Ellos mismos fomentan ese coleccionismo en el que lo único que cuenta parece ser la firma del lienzo, lo que haya pintado da igual. Buen rédito sacan de sus opiniones, no lo dudéis. Así, esa extraña fascinación se extiende cada día más. Supongo que el hecho de poseer algo que nadie más puede tener en propiedad tiene mucho que ver. Algo único, que no se puede reproducir como las fotografías. Dar gato por liebre a quien de ese modo vive el arte es fácil. Te aseguro que los museos están llenos de copias falsificadas. Pero mientras dure esta moda, bienvenidos sean los ricos e ignorantes coleccionistas. Esto empieza a mover mucho dinero, mucho.

El corto tiempo de las cerezas (2015).

Nota: El salario semanal de un obrero en Francia en aquellos años era de 35 francos.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/10/08/bienvenidos-sean-los-ricos-e-ignorantes-coleccionistas-de-arte/

Los profesionales

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Como los cuadros, somos en función de nuestra cotización, de cómo se nos aprecia públicamente, o parezca que se nos aprecia. Criterios hay. Los profesionales, los expertos, se encargan de la correcta administración de bienes, personas incluidas, y deseos. Hay profesionales de toda clase: médicos, arquitectos, ingenieros, abogados, economistas, artistas, profesores, hasta políticos, y hay especialistas, analistas, certificadores de lo que está bien y de lo que no, aunque no digan que está mal, y hay también productores, que solo sirven para elaborar bienes a los que no siempre tienen acceso, que sueñan con vivir y pasan toda su existencia ansiando un mejor estatus, si no para ellos para sus hijos, que con suerte serán profesionales y podrán comprarse un piso que no siempre habrán construido los buenos profesionales y que, si van bien las cosas y no les desahucian, estarán pagando hasta aburrirse de estar encerrados en sus anónimas y monótonas paredes, oscuras aunque estén pintadas con colores claros, frías incluso si estos son cálidos, paredes sin luz, pues Rothko es patrimonio de los profesionales, y un coche con GPS aunque solo lo utilicen para ir a llevar los niños al colegio, si puede ser de pago, o concertado por lo menos, para que se eduquen el justo medio, para que olviden los extremos, para que no lleguen a conocerlos, no sea cosa que se fumen un canuto, por ejemplo, y se den cuenta del placer que se obtiene cuando no se produce y se intenta vivir. Obviamente, esto no puede suceder, sería el caos, es decir, un nuevo orden. Hay que seguir un protocolo, un proceso en cuyo desarrollo se mimeticen los comportamientos de definidores, expertos y profesionales, de los que se sienten ―lo son― superiores, los que saben dónde está la llave del interruptor y como se maneja este, los que te pueden dejar a oscuras en cualquier momento, cuando cuestiones el justo medio si decides vivir en vez de existir. Y es que ellos son cultos, educados, saben, conocen, dictan, y su buen hacer nos señala cómo hemos de comportarnos para no perdernos y tomar el camino adecuado.
[A todos] hemos de estarles agradecidos, sin ellos no sabríamos qué es la cultura, en qué ocupar nuestro tiempo libre, no conoceríamos los grandes tesoros que guardan los museos, o los conoceríamos pero no podríamos apreciarlos, como tampoco los grandes logros del conocimiento, nadie nos diría qué leer, qué música escuchar y a veces oír, qué comer, qué beber, de qué reírnos y por qué llorar, qué hemos de decir según a quién, cómo comportarnos en las diversas situaciones o ambientes que la vida nos depara, a quién amar. No tendríamos referencia alguna, nos perderíamos sin un modelo que imitar. Claro que también existen los que no son buenos profesionales, pero la gente apenas se fija en ellos al considerarlos como un igual, pues nunca salen en televisión, ni en las revistas o periódicos, ni se habla de ellos en la radio, e incluso los hay que no llevan distintivo alguno que los identifique.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/10/07/los-profesionales/