El barrio de San Patricio

paysages-dusines

“Paysages d’usines” (1923), óleo de Théophile Alexandre Steinlen.

No era San Patricio un barrio venido a menos, siempre había sido menos que los demás, desde que comenzaron a levantarse en los años de 1950 casas, casuchas y chabolas, algunas de ellas construidas por la noche con materiales de desecho, para albergar los numerosos inmigrantes (…) que acudían desde las poblaciones vecinas y de otras más alejadas en busca de trabajo en la metalurgia, o de trabajo simplemente. Situado junto a la ribera izquierda del río, sus límites –que sus moradores solamente traspasaban en contadas ocasiones, las precisas, pues cuando alguien decía que residía en el barrio de San Patricio enseguida lo miraban mal– cumplían con todos los requisitos que caracterizan un gueto: acotado al este por el río, al norte por la zona fabril, al sur por el puerto y al oeste por las vías del tren, quedando así separado irremisiblemente de la ciudad. Un alto índice de drogadicción, una mayor incidencia de las enfermedades infecto-contagiosas, violencia doméstica, actitudes xenófobas y racistas, delincuencia y conflictividad entre los jóvenes o un alto índice de absentismo escolar, constituían las principales aportaciones del barrio a las estadísticas con que se medía el grado de bienestar del conjunto de los vecinos de la ciudad. En consecuencia, y ante tan raquítica contribución a la prosperidad general, en San Patricio la iluminación, como todo, era insuficiente. Más ahora. Yo lo comprobé. Fui una noche. Unas pocas farolas irradiaban una luz tenue, viscosa, amarillenta, intermitente la mayoría de las veces. Eran farolas viejas, medio torcidas. Escasos eran asimismo los contenedores de basura, las papeleras, deficiente el asfaltado, las alcantarillas se obstruían enseguida con la lluvia hasta el punto que a veces era difícil distinguir entre una calle y un arroyo, todas sus infraestructuras eran anticuadas o de mala calidad, hasta el autobús, medio desvencijado, que era el más antiguo de cuantos había en circulación, el estridente sonido de su motor despedía una especie de chillidos metálicos, y hasta no hace mucho sus habitantes no conocían el verdadero color del agua del río, a veces rojiza –las más–, otras añil, en ocasiones cetrina, según los pigmentos con que trabajaran los tintes situados unos cientos de metros más arriba, pero siempre contaminada con dioxinas.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/11/11/el-barrio-de-san-patricio/

En Manhattan (un día de 1905)

turistas-en-un-e28098observation-automobile_-nueva-york-principios-del-siglo-xx

Turistas en un ‘observation automobile’. Nueva York, principios del siglo XX.

Ya en Manhattan, a Samuel le llamó la atención el desmesurado tránsito de sus calles. Las aceras estaban atestadas de gente, a simple vista se advertía que buena parte de esa muchedumbre era originaria de otros lugares. Nueva York contaba con tres millones y medio de habitantes, poco menos que Londres pero más que París o el resto de grandes ciudades europeas. Uno viajaba a estas últimas y al preguntar por el número de moradores decía incrédulo: ¿Tantos?, pero en Nueva York respondía: ¿Solo?, ¿acaso esos inmensos edificios están vacíos? El movimiento de las calles neoyorkinas denotaba el desmedido modo de vida de sus habitantes, en el que todo parecía exceder lo razonable. Los acicalados turistas que llenaban los observation automobile se asombraban no tanto de la animación que reinaba en las vías públicas o los altos edificios de ladrillo rojo oscuro, piedra y hierro como de la gran cantidad de espacio que todavía quedaba por edificar, en una desmedida competición cuya meta estaba nada menos que en el cielo. Ya había algún edificio que estaba a punto de rascarlo, como el Park Row Building, en pleno distrito financiero de Manhattan, levantado en 1899, que con sus 119 metros y treinta pisos, era el edificio más alto del mundo. El progreso no tenía límites. Eso al menos opinaba un grupo de cuatro forasteros del asiento de detrás del que ocupaban Samuel, Camila y William. La codicia tampoco, apostilló el primero a este último.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/11/10/en-manhattan-un-dia-de-1905/

 

Yo besé a Rosaura y Rosaura me besó a mí

yo-besc3a9-a-rosaura-y-rosaura-me-besc3b3-a-mc3ad

Yo besé a Rosaura y ella me besó a mí. Ese era el hecho. Eso sucedió. Pero si ahora me reencontrase con Rosaura, Rosaura ya no sería Rosaura, la Rosaura que yo había conocido, sería otra Rosaura, como yo no era aquel yo, sino otro yo. ¿Qué lugar ocuparía ahora aquel beso en los recuerdos de Rosaura? ¿Lo habría olvidado? ¿Seguiría presente en su memoria? Si lo recordaba es que para ella fue, simplemente fue, lo que ya es; si solo rara vez lo rememorara es que seguía existiendo pero no fue lo que para mí fue, por lo que ya serían dos cosas distintas un simple hecho, o tres si, contrariamente a lo que yo creía, alguien llegó a contemplar la escena. Tres cosas distintas, tres significados diferentes, un mismo hecho, y es posible que donde yo viera amor Rosaura únicamente apreciase un gesto cariñoso de despedida, y el hipotético observador simple concupiscencia. Pero yo besé a Rosaura y Rosaura me besó a mí. Eso fue. Claro que nada es lo que es y tampoco lo que parece. Un reencuentro (…) podría corromper mi recuerdo, incluso romperlo en mil pedazos, y tendría que empezar de nuevo, o abandonar la empresa, tal vez recomponerme, y de ahí a la locura hay un paso.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/11/04/yo-bese-a-rosaura-y-rosaura-me-beso-a-mi/