El museo de mamá, la CIA y el expresionismo abstracto

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Tres damas de la alta sociedad, tan altruistas ellas y tan sensibilizadas con los graves problemas que sufría en aquellos momentos la sociedad estadounidense (la Bolsa de Wall Street se había hundido hacía poco), fueron las responsables de que el 7 de noviembre de 1929 abriera sus puertas por primera vez el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA). Eran las mecenas y coleccionista de arte Lillie P. Bliss, la galerista y coleccionista Mary Quinn Sullivan, y Abby Aldrich Rockefeller, de profesión su apellido, casada con el multimillonario John Davison Rockefeller, Jr.

El edificio Heckscher (esquina de la Quinta Avenida y la calle 57), primera sede del MoMA. A la derecha el hotel Plaza.

El edificio Heckscher (esquina de la Quinta Avenida y la calle 57), primera sede del MoMA. A la derecha el hotel Plaza.

El MoMA, el primer museo de arte moderno del mundo, nació con la finalidad de potenciar “las artes visuales de nuestro tiempo”. Pero no cualquier arte visual. Con el tiempo –cada vez más aquel proveniente de las tendencias abstraccionistas, es decir, “el arte por el arte”, sin contacto con la realidad, una especie de ente metafísico que se rige por sus propias leyes. También –cómo no– para arrebatar a París el título capital mundial del arte, que pasaba a Nueva York, la gran potencia del mundo tras el fin de la Primera Guerra Mundial.

Nelson Rockefeller, que fue director de MoMA durante las décadas de 1950 y 1960, veía el MoMA como una parte de su propia familia, hasta el punto de que lo llamaba “el museo de mamá”. Tras la Segunda Guerra Mundial –como cuenta, y demuestra, Frances Stonor Saunders en su libro La CIA y la guerra fría cultural (1999)– la CIA encontró en el MoMA un fiel colaborador en su campaña para crear un frente cultural “democrático” en su batalla “por la conquista de la mente humana”, como afirmaría más tarde Kennedy.

Jackson Pollock, Mark Rothko y Franz Kline.

Jackson Pollock, Mark Rothko y Franz Kline.

La CIA y el MoMA invirtieron vastas sumas de dinero en la promoción de la pintura abstracta expresionista y los pintores correspondientes como un antídoto contra el arte con contenido social. En palabras del propio Nelson Rockefeller, “la pintura de la libre empresa”. Exposiciones fuertemente subvencionadas de pintura expresionista abstracta fueron organizadas por toda Europa, se movilizó a los críticos de arte y las revistas especializadas publicaron como artículos y  venga artículos llenos de generosos elogios.

Y así acabaron aquellos pintores que fueron utilizados para tal fin, ajenos a los tejemanejes que unos y otros se traían entre manos. Pollock murió en un accidente de coche, conducía borracho, como solía estar siempre, se convirtió en un alcohólico. Rothko, enganchado a los tranquilizantes y el alcohol, terminó suicidándose. También Franz Kline se mató con el alcohol. La fama les había encumbrado; la fama les destruyó. Además, con espurios fines.

La Internacional

internacional

Sin pena ni gloria pasó el 125 aniversario de uno de los himnos más bellos jamás compuesto, La Internacional, que se cumplió en junio de 2013.

La InternacionalLa letra data de 1871 y fue escrita por Eugène Pottier (1816-1887) durante los días de la Comuna de París, formando parte de su obra Cantos Revolucionarios. Pottier, que trabajaba como dependiente en una papelería, participó en los hechos de la Comuna y fue miembro de su consejo. En 1888 Pierre Degeyter, tallista de profesión que ya contaba con cierta reputación como compositor –su verdadera vocación era la música y estudiaba por las tardes en el conservatorio de París–, la musicalizó. El 23 de junio de ese año se interpretó por primera vez en público, en una fiesta de los trabajadores de Lille (Francia). Emocionó, entusiasmó, convenció, y alcanzó enseguida una enorme popularidad en Francia y, acto seguido, en todo el mundo occidental entre la clase trabajadora.

En 1892, la Segunda Internacional la adoptó como himno, como harían también después la mayoría de los partidos y organizaciones obreras socialistas y comunistas. En 1919 Lenin a convirtió en himno nacional de la Unión Soviética (lo fue hasta 1943).

Hoy apenas se escucha. Son otros tiempos. Pero “La Internacional” no ha perdido un ápice de emotividad ni de belleza.

¡Arriba, parias de la Tierra!

¡En pie, famélica legión!

Atruena la razón en marcha:

es el fin de la opresión.

Del pasado hay que hacer añicos.

¡Legión esclava en pie a vencer!

El mundo va a cambiar de base.

Los nada de hoy todo han de ser.

Agrupémonos todos,

en la lucha final.

El género humano

es la internacional.

Ni en dioses, reyes ni tribunos,

está el supremo salvador.

Nosotros mismos realicemos

el esfuerzo redentor.

Para hacer que el tirano caiga

y el mundo esclavo liberar,

soplemos la potente fragua

que el hombre nuevo ha de forjar.

Agrupémonos todos,

en la lucha final.

El género humano

es la internacional.

La ley nos burla y el Estado

oprime y sangra al productor;

nos da derechos irrisorios,

no hay deberes del señor.

Basta ya de tutela odiosa,

que la igualdad ley ha de ser:

No más deberes sin derechos,

ningún derecho sin deber.

Agrupémonos todos,

en la lucha final.

El género humano

es la Internacional.

La Internacional (secuencia de la película de Warren Beatty Rojos, 1981):

Auschwitz. 70 años de su liberación

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Entrada principal de Auschwitz-Birkenau vista desde el interior. Fotografía de Nelo Cerdà (2014).

Se cumplen hoy, 27 de enero, 70 años de la liberación del campo de concentración de Auschwitz –nombre alemán con el que se conoce la cuidad polonesa de Oświęcim, al sudeste de Katowice–, o mejor dicho, del complejo de campos de concentración de Auschwitz.

Este complejo de campos fue el más grande de cuantos creó el régimen nazi e incluía tres campos principales: un primer campo entró en funcionamiento en mayo de 1940 y pasó  a denominarse Auschwitz I desde principios de 1943, una vez que se amplió con Auschwitz II (comienzos de 1942), también denominado Auschwitz-Birkenau, y Auschwitz III (octubre de 1942), conocido asimismo como Auschwitz-Monowitz. En todos ellos los prisioneros eran utilizados para realizar trabajos forzados, aunque Auschwitz I y, sobre todo, Auschwitz-Birkenau funcionaron también como campo de exterminio.

Entrada al campo de Auschwitz I (2005)

Entrada al campo de Auschwitz I (2005)

Como la práctica totalidad de los campos de concentración alemanes, Auschwitz I fue construido para cumplir tres objetivos: encarcelar a los que el  régimen nazi consideraba sus enemigos –judíos, izquierdistas (comunistas especialmente), homosexuales, gitanos…–; disponer de abundante mano de obra –forzada– para las empresas de construcción de las SS u otras que trabajan para los nazis como IG Farben o la Krupp en la producción de armamento y otros elementos bélicos, y tener un lugar donde llevar a cabo la «solución final de la cuestión judía» mediante su exterminio.

Chimenea que se conserva de uno de los crematorios de Auschwitz.

Chimenea que se conserva de uno de los crematorios de Auschwitz.

Auschwitz I contaba con cámara de gas y crematorio. En un comienzo, los ingenieros de las SS construyeron una cámara de gas improvisada en el sótano del edificio de la prisión, y más tarde se edificó otra permanente, de mayor capacidad, en un edificio independiente fuera del recinto donde estaban los prisioneros. Asimismo, en el denominado “hospital de la Barraca” se hicieron investigaciones seudocientíficas en niños, mellizos y enanos y se practicaron esterilizaciones forzosas, castraciones y experimentos de hipotermia en adultos. El más conocido de los médicos que realizaron estos experimentos fue el capitán de las SS Josef Mengele. Cerca de este “hospital” se levantaba la Pared Negra, donde los guardias de las SS ejecutaron a miles de personas, en ocasiones en macabras ceremonias “amenizadas” con orquestas de prisioneros.

Auschwitz I. Fotografía de Nelo Cerdà (2014)

Auschwitz I. Fotografía de Nelo Cerdà (2014)

Pronto Auschwitz I resultó insuficiente para los siniestros propósitos nazis y se construyó Auschwitz II (Auschwitz-Birkenau), campo que tuvo la mayor población de prisioneros y que contaba con instalaciones para funcionar como centro de exterminio. Para entonces, las SS ya había experimentado con el gas Zyklon B y probado su efectividad a la hora de asesinar de manera rápida a gran número de personas. Pero fue en Birkenau donde su empleo se llevó a cabo de manera sistemática y masiva. Nada menos que cuatro grandes crematorios se levantaron entre marzo y junio de 1943, cada uno de los cuales contaba con un área para desnudarse, una gran cámara de gas y su correspondiente horno crematorio. Estuvieron en activo hasta noviembre de 1944 y se llegó a exterminar a diez mil personas diarias.

Llegada de prisioneros a Auschwitz.

Llegada de prisioneros a Auschwitz.

Los trenes llegaban a Birkenau abarrotados de judíos de casi todos los países de Europa ocupados por Alemania (o de los aliados a ella). Su traslado se efectuaba en condiciones tan penosas que muchos fallecían durante el trayecto. Los que sobrevivían eran  muchas veces “recibidos” con música que, obligatoriamente, interpretaban orquestas de prisioneros. Nada malo nos puede suceder, pensaban. Y confiados avanzaban hacia la cámara de gas creyendo que iban a las duchas para ser desinfectados aquellos que las SS no consideraban aptos para realizar trabajos forzados. Los efectos personales de las víctimas eran confiscados y clasificados para ser enviados a Alemania. Además de Auschwitz III, las autoridades de las SS en Auschwitz crearon 39 subcampos entre 1942 y 1944.

Supervivientes de Auschwitz tras su liberación.

Supervivientes de Auschwitz tras su liberación.

El 27 de enero de 1945 el ejército soviético entró en Auschwitz, Birkenau y Monowitz y liberó a alrededor de 7.000 prisioneros, la mayoría enfermos y moribundos. Hasta ese día, se contabiliza que fueron asesinadas un millón y medio de personas, y de hambre y de diversas enfermedades murieron unas 500.000.

Auschwitz es, ante todo, símbolo del horror, del delirio, de la barbarie. Pero simboliza también algo más: en nuestro mundo los intereses económicos priman sobre las personas. Las conexiones entre Wall Street y el nacionalsocialismo vienen de lejos y los lazos económicos de los Rockefeller, los Ford, los Bush o los Harriman con los Krupp o los Thyssen estaban bien consolidados.

IG-Farbenwerke Auschwitz

Factoría de IG Farben in Monowitz (cerca Auschwitz) en 1941.

Ya en 1941, una investigación desveló un cártel entre la Standard Oil estadounidense de John D. Rockefeller y la IG Farben (IG Farbenindustrie AG), un conglomerado alemán de compañías químicas fundado el 25 de diciembre de 1925 al fusionarse las compañías BASF, Bayer, Hoechst. IG Farben llegó a tener una filial en Auschwitz donde se producían las mayores cantidades de gasolina sintética y goma que necesitaba el ejército alemán. Sus instalaciones eran más grandes que el propio campo. Llegó a tener una mano de obra de trescientos mil “esclavos”, de los que murieron al menos treinta mil. IG Farben fue el mayor apoyo de Hitler. Nada más finalizar la guerra, las investigaciones del gobierno estadounidense determinaron que sin IG Farben no hubiera sido posible. Ya un año antes de que Hitler se hiciera con el poder, IG Farben donó nada menos que cuatrocientos mil marcos al partido nazi. Iniciada la guerra, sus responsables aseguraron a Hitler que podían fabricar gasolina artificial, solucionando así el problema de la escasez de petróleo, y todos los explosivos y toda la gasolina sintética que empleaba la Wehrmacht procedían de IG Farben. Es más, cuando se ocupaba un territorio, automáticamente IG Farben se hacía cargo de sus industrias. El poder de la Farben era, pues, enorme, y su rama farmacéutica llegó incluso a experimentar sus medicamentos en los presos. Sin embargo, su director, Otto Ambros, declarado culpable en Nuremberg de esclavización y asesinatos en serie, fue condenado solo a ocho años de prisión y acabó trabajando en la US Army Chemical Corps. No fue el único, ni mucho menos.

Decenas de miles de zapatos de las personas que murieron en el campo de concentración de Auschwitz. Fotografía Auschwitz Museum.

Decenas de miles de zapatos de las personas que murieron en el campo de concentración de Auschwitz. Fotografía Auschwitz Museum.

Cuando al final la guerra James Stewart Martin, que estaba al frente de la Sección Económica de Guerra del Departamento de Justicia para la investigación de la estructura de la industria nazi publicó un libro titulado Todos los hombres honorables (1950), escribió en él que las dificultades que encontró en Alemania para poder desarrollar su trabajo de investigación no provenían de los empresarios alemanes, sino de las empresas de Estados Unidos que se habían enriquecido gracias a la guerra.

“La memoria intenta preservar el pasado solo para que le sea útil al presente y a los tiempos venideros. Procuremos que la memoria colectiva sirva para la liberación de los hombres y no para su sometimiento”, escribió Jacques Le Goff (1988, Histoire et mémoire). Pues para que sirva a la liberación recordemos Auschwitz y conozcamos su historia, y esta no es, ni mucho menos, la de unos cuantos dementes que en su locura arrastraron al mundo al peor de los escenarios del siglo XX. Es –por desgracia– algo más compleja.

El vídeo con que finalizamos la entrada –que hicimos en su día para este blog– recoge imágenes del ascenso del nazismo y la persecución a los judíos. El tema que suena es An allem sind die Juden schuld (Los judíos tienen la culpa de todo), canción que compuso Friedrich Hollaender en 1931 tomando la melodía de la popular habanera de la ópera de Bizet Carmen. “De todo tienen la culpa los judíos. / Los judíos tienen la culpa de todo”. La versión es de la cantante alemana de cabaret y actriz Annemarie Hase (1900-1971).