Cansados de ‘el hombre’

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¿Qué es lo que hoy produce nuestra aversión contra el hombre? –pues nosotros sufrimos por el hombre, no hay duda–. No es el temor; sino, más bien, el que ya nada tengamos que temer en el hombre; el que el gusano ‘hombre’ ocupe el primer plano y pulule en él; el que el ‘hombre manso’, el incurablemente mediocre y desagradable haya aprendido a sentirse a sí mismo como la meta y la cumbre, como el sentido de la historia, como ‘hombre superior’; –más aún, el que tenga cierto derecho a sentirse así, en la medida que se siente distanciado de la muchedumbre de los mal constituidos, enfermizos, cansados, agotados, a que hoy comienza Europa a apestar, y, por tanto, como algo al menos relativamente bien constituido, como algo al menos todavía capaz de vivir, como algo que al menos dice sí a la vida…

[…] El empequeñecimiento y la nivelación del hombre europeo encierran nuestro máximo peligro, ya que esa visión cansa… Hoy no vemos nada que aspire a ser más grande, barruntamos que descendemos cada vez más abajo, más abajo, hacia algo más débil, más manso, más prudente, más plácido, más mediocre, más indiferente, más chino, más cristiano –el hombre, no hay duda, se vuelve cada vez ‘mejor’… Justo en esto reside la fatalidad de Europa– al perder el miedo al hombre hemos perdido también el amor a él, el respeto a él, la esperanza en él, más aún, la voluntad de él. Actualmente la visión del hombre cansa –¿qué es hoy el nihilismo si no es eso?… Estamos cansados de el hombre…

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Friedrich Nietzsche: La genealogía de la moral (1887). Edición en español de 1972, traducción de Andrés Sánchez Pascual.

León Tolstói y la ciencia de cómo vivir

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El trabajo manual es obligación y felicidad para todo; la actividad intelectual es una labor peculiar que se convierte en deber y felicidad solo para quienes tienen la correspondiente vocación. […] El hombre que cumple la obligación de mantener su existencia con el trabajo de sus propias manos y, pese a todo, privándose del sueño y el descanso, encuentra la posibilidad de discurrir y laborar con buen fruto en el dominio intelectual, demuestra con ello su vocación. Quien rehúye ese deber moral común a todas las personas y, bajo el pretexto de su inclinación por las ciencias y las artes, se crea una vida de parásito, ese no producirá nunca más que seudociencia y seudoarte.

[…] El falso papel que la ciencia y el arte desempeñan en nuestra sociedad emana de que las tal llamadas personas instruidas, con los científicos y artistas a la cabeza, constituyen una casta privilegiada, igual que los sacerdotes. Y esta posee los defectos propios de todas las castas. Uno de ellos es que deshonra y humilla el mismo principio en aras del cual se organizó. En lugar de una religión verdadera se obtiene una religión falsa. En lugar de verdadera ciencia, seudociencia. Y asimismo respecto al arte. Un defecto de la casta es que gravita sobre las masas y, encima de eso, las priva de lo que se suponía iba a difundir entre ellas. Mas el defecto primordial de esta casta radica en la contradicción –consoladora para sus miembros– entre los principios que ellos profesan y su manera de actuar.

[…] Si los partidarios de las ciencias y las artes tuvieran realmente en cuenta el bien de la humanidad y supieran en qué consiste el bien del hombre […] se ocuparían solo de aquellas ciencias y aquellas artes que conducen a dicho objetivo. No habría ciencias jurídicas, ni ciencia militar, ni economía políticas ni ciencia de las finanzas, puesto que todas esas materias no tienen otra finalidad que el bienestar de unos pueblos en detrimento de otros. […]

No es en el conocimiento de las cosas en lo que estriba la sabiduría humana. Hay un sinfín de cosas que no podemos saber. No radica en eso la sabiduría, en saber cuanto más mejor. La sabiduría humana estriba en el conocimiento del orden en que es necesario saber las cosas […].

Y de todas las ciencias que el hombre puede y debe saber, la más importante es la ciencia de cómo vivir, haciendo el mínimo mal y el máximo bien […].

Mi fuero interno me dice que necesito el bien y la felicidad para mí, para mí solo. La razón me dice: todos los hombres, todos los seres desean lo mismo que yo. Todos los seres que buscan la felicidad personal, lo mismo que yo, me aplastarán: está claro que no puedo poseer la felicidad que yo deseo […]. No teniendo la posibilidad de alcanzar la felicidad, de aspirar a ella, esto equivale a no vivir.

¿Así que, no puedo vivir?

[…] Yo solo puedo ser entonces feliz cuando en este mundo haya de existir un orden de tal naturaleza en el que todos los seres amen a los demás más que a sí mismos. Todo el mundo sería feliz si todos los seres dejaran de amarse a sí mismos, y amaran a los demás.

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León Tolstói en una carta dirigida al escritor Roiman Rolland, gran admirador suyo. Escrita en Yásnaia Poliana (finca propiedad de Tolstói; donde nació, vivió y fue enterrado). Fechada el 3-4 de octubre de 1887. Extraída del libro León Tolstói. Cartas (1984). Traducción de Pedro Mateo Marino.

Silvino Zapico, el minero a quien el franquismo castró

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El cuadro que encabeza estas líneas es de Eduardo Arroyo (El Minero Silvino Zapico es arrestado por la policía, tinta china sobre papel) y fue pintado en 1967 cuando este se hallaba autoexiliado en París. Silvino Zapico fue un minero asturiano al que detuvo la policía franquista en 1963 con motivo de la represión que siguió a la huelga de mineros asturianos, lo castró y apaleó, y se conoce como El arresto. En él vemos a un hombre vestido de negro a punto de entrar en la casa de Zapico, una niña trata de impedir la detención pero un personaje de evidentes trazos mironianos le invita a pasar. Es una clara referencia al papel condescendiente que Miró tuvo con la dictadura franquista. Pero no es de Miró de quien vamos a hablar.

En 1962 los mineros de Asturias protagonizaron una de las huelgas más sonadas que tuvieron lugar durante la dictadura franquista. El 5 de abril de dicho año, en el Pozo Nicolasa de Fábrica de Mieres, unos 25 picadores empezaron, progresiva y deliberadamente, a reducir su ritmo de trabajo. Por este motivo siete de ellos fueran suspendidos de empleo y sueldo. La solidaridad se convirtió en el principal motor de la respuesta obrera y el conflicto se extendió por toda Asturias y otras 25 provincias españolas. Un plante como el citado era motivo en aquellos tiempos para que sus protagonistas fueran juzgados por el código de Justicia Militar. Su delito: sedición.

Los huelguistas alcanzaron la cifra de 300.000 en toda España –la mayor con diferencia hasta entonces desde el fin de la Guerra Civil–, llegándose a decretar el estado de excepción en Asturias, Vizcaya y Guipúzcoa. El paro se mantuvo hasta principios de junio, si bien hubo nuevos plantes desde mediados de agosto a los primeros días de septiembre. Resultado de todo ello fue la deportación y dispersión de 126 mineros por 16 provincias españolas.

No fue obstáculo la represión para acallar a los mineros, y en 1963, en el mes de julio, las protestas se reprodujeron durante cuatro meses. La represión tampoco cesó y muchos mineros fueron detenidos y torturados. El minero Rafael González, de 36 años, murió el 3 de septiembre a consecuencia de los malos tratos recibidos en la Inspección de Policía de Sama de Langreo. Otros lograron sobrevivir, lo que no les libró del ensañamiento de los “defensores del orden”. Uno de ellos fue Silvino Zapico, que el mismo día del asesinato de Rafael González, y en el mismo lugar, fue castrado y apaleado. A su esposa le cortaron el pelo al cero. A otro minero, Vicente Bargaña, le quemaron los testículos. Al dirigente obrero Alfonso Braña lo torturaron y arrojaron luego su cuerpo a la calle, siendo recogido allí por un compañero suyo, pero se encontraba en tal estado que cuando llamaron a un médico para curarle este dijo no saber por dónde empezar.

No fueron estos los únicos casos, que fueron denunciados mediante una carta dirigida al ministro de Información y Turismo (Manuel Fraga Iribarne) que firmaron 102 intelectuales, entre ellos José Bergamín, Vicente Aleixandre, Pedro Laín Entralgo, José Luis López Aranguren, Gabriel Celaya, Antonio Buero Vallejo, Alfonso Sastre, Carlos Barral, Juan y José Agustín Goytisolo, Jaime Gil de Biedma, Paco Rabal y Fernando Fernán-Gómez. Los hechos fueron negados por el gobierno, que acusó a los firmantes de denunciar las “supuestas” torturas con la pretensión de “salir de su anonimato”. Finalmente, el 25 de octubre los 102 firmantes fueron expedientados “por delito de difusión de noticias falsas o tendenciosas”.

Hoy no hubieran castrado a Silvino Zapico. Hoy no podría existir ningún Silvino Zapico. Hoy la castración es mental. Hoy todos somos monórquidos de espíritu y lo llevamos la mar de bien. Pobre Zapico. Pobres de nosotros.

Soy loco por ti, América

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Más de 60 horas he empleado en la confección de este vídeo, que quiere ser un homenaje al pueblo latinoamericano. Si lo ven y les gusta les agradecería que así lo hicieran constar en YouTube. Muchas gracias.

Soy loco por ti, América.

Soy loco por ti de amores.

Soy loco por ti, México. Por ti, Cuba. Por ti, República Dominicana. Por ti, Guatemala. Por ti, Honduras. Por ti, El Salvador. Por ti, Costa Rica. Por ti, Nicaragua. Por ti, Panamá. Por ti, Colombia. Por ti, Venezuela. Por ti, Ecuador. Por ti, Perú. Por ti, Brasil. Por ti, Bolivia. Por ti, Paraguay. Por ti, Uruguay. Por ti, Chile. Por ti, Argentina.

Reseña de “El corto tiempo de las cerezas”

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No es una novela de ficción dentro de un entorno histórico concreto, sino que el autor, Manuel Cerdá, nos cuenta la historia de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX introduciendo unos personajes de ficción que le dan interés al relato, sin perder nunca el rigor historicista, a lo que, de otro modo, sería un frío relato histórico. Algún crítico lo ha comparado con Ken Follet, con ciertas matizaciones. Para mí las matizaciones son: en primer lugar, que Manuel Cerdà, como historiador que es, ha puesto el rigor histórico y la ética personal del historiador por encima del interés literario, sin que ello, y aquí radica el mérito, disminuya el interés de la novela. En segundo lugar, Manuel Cerdà es un humanista, un experto en cualquier manifestación artística […]

Quien habla en términos tan elogiosos de mi novela El corto tiempo de las cerezas es Josep Castelló i Vives en una reseña que publicó en su blog Trepig ayer, 10 de enero. Josep Castelló (Pedreguer, 1944) es un enamorado de su tierra y sus gentes, de su país y de su identidad, de la literatura y de las tradiciones de su pueblo y, sobre todo, de transmitir estas a sus hijos y, ahora, a sus nietos. Esta pasión le ha llevado a publicar Contes del pansero (2005), El tresor dels maulets (2008), El Montgó i l’esbarzer (2009) y El drac Ocaive (2018), que se enmarcan dentro de la literatura juvenil.

Josep Castelló es también, y ante todo, mi amigo, circunstancia esta que espero que nadie considere el principal motivo de su reseña. Yo sé que no es así, que su honestidad no se lo permitiría y que lo que ha escrito es lo que siente. Y esto hace que –independientemente de sus amables palabras hacia mi novela– su reseña haya sido una entrañable sorpresa para mí. Así pues solo puedo decir: moltíssimes gràcies, benvolgut Josep.El corto tiempo de las cerezas está disponible en edición de papel y ebook. Para conseguirla cliquen AQUÍ.

Los guías de la libertad: pasadores durante la Segunda Guerra Mundial

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La noche se presentó lluviosa, una lluvia tenue, una llovizna más bien que no impedía seguir avanzando pero que hacía las cosas más difíciles. La temperatura era gélida. El clima de los próximos días, no obstante, auguraba ser peor aún. Emprendieron, por tanto, el ansiado último tramo a pesar de las adversas condiciones. Faltaba poco y el grupo parecía contar con más ánimos que en los días anteriores, incluyendo el de la partida de Toulouse. El terreno era accidentado, algo más del que hasta entonces habían cruzado; también empezaba a ser más peligroso a causa del persistente sirimiri, era fácil resbalar.

―Ahora sí puedo decirles que ya prácticamente hemos llegado ─dijo el pasador en lo alto de una cima desde la que se divisaba las luces, escasas, de un núcleo habitado─. Aquello de allí es Arcavell. En cuanto descendamos estaremos en España.

El alivio que sintieron al oír las palabras del guía duró poco. Un desprendimiento de tierras a causa de la lluvia les sorprendió, un gran pedrusco golpeó al guía en una pierna.

―No sé si me la he roto, me duele mucho el tobillo y se está hinchando por momentos, no puedo seguir. Conservemos la calma. Queda poco, a mí me acercáis a esa caseta que hay nada más pasar esas rocas. Vosotros seguís el camino que os marco en este mapa. Deberéis esperar a que haya algo de luz, pues tenéis que distinguir bien los puntos que os señalo. Entonces bajáis por el camino que estoy dibujando y enseguida estaréis en Arcavell. Es un pueblo pequeño, no os vais a perder. Poco antes de entrar a él hay una casa con un pozo, esta que marco, se ve enseguida de todos modos. Fijaos bien, si sobre el pozo hay un cubo es que no hay peligro, si el cubo no está esperáis, no entréis ni os acerquéis hasta que lo veáis. Una vez seguros, preguntáis por Miquel El Ferrat, así como suena. Le explicáis lo que me ha sucedido, él se encargará de mí y os ayudará a llegar a La Seu d’Urgell. En La Seu no tenéis ya de qué preocuparos, los policías reciben cincuenta pesetas por persona por hacer la vista gorda, no tendréis problema para coger el tren para Barcelona.

Hicieron lo que Batet les indicaba. Le dejaron en la caseta y siguieron el camino que les había señalado sobre el mapa. El frío era intenso y de pronto se puso a nevar, copiosamente. Se refugiaron en un recoveco de las montañas que les rodeaban, ateridos y asustados. No lograban en esas condiciones precisar con exactitud donde se encontraban ni entender el mapa que les había hecho Batet.

―Esto es una locura, no puede acabar bien ─lamentaba el abogado parisino.

―Locura o no, no hay vuelta atrás ─dijo Sam.

―¿Y si volvemos al hostal?

―¿Cómo? ¿Por dónde? Si ya tenemos dificultades para poder interpretar lo que este buen hombre nos ha señalizado sobre plano. ¿Usted acaso recuerda el camino de vuelta?

―No puedo más. Nunca escaparemos.

La mujer rompió a llorar. Demasiada tensión, demasiada fatiga. No podía ser. Cuando estaban tan cerca.

―Volvamos tú y yo. Por aquí acabarán cogiéndonos.

―¡De aquí no se mueve nadie! Nos pondrían en peligro a todos. Después de lo que hemos pasado no pueden venirse abajo ahora. ¿No ven que tenemos a tiro de piedra nuestro objetivo? No sé las circunstancias que les han traído hasta aquí, pero estoy seguro que han sido muy poco agradables. Los que huimos de los nazis o sus colaboracionistas franceses hemos sufrido mucho. No creo que ustedes sean la excepción. ¿Van, pues, a echarlo todo a perder? ¿Ahora les va a poder el miedo? Si dan media vuelta se perderán. Entonces sí es fácil que les detengan y, luego, a los demás. Tranquilícense. Miren, está a punto de amanecer, ya casi no nieva. Hay que seguir.

Las palabras del hombre que habían recogido en el hotel París de Toulouse y que había permanecido callado prácticamente desde que iniciaran el camino causaron un efecto balsámico, tal vez por inesperadas. Nadie dijo nada más. La pareja se limitó a permanecer abrazada. Las primeras luces del alba iluminaron un paisaje completamente blanco y también los ánimos. Recuperada la confianza, que no la seguridad, desde lo alto de un peñasco, mapa en mano, trataban de reconocer sobre el terreno el itinerario marcado por Batet. La nieve dificultaba la observación.

―Este, este es el camino, por aquí, miren ─dijo jubiloso el hombre que había conseguido calmar la situación.

―¿A ver? Sí, este es, no hay duda ─confirmó el abogado.

―Vamos, antes que se haga completamente de día.

Todo parecía indicar que estaban en lo cierto: unos metros en línea recta, una curva, una subida, una bajada, todo cuanto divisaban se correspondía con las indicaciones marcadas en el mapa por Batet. Hasta que llegaron a una bifurcación.

―No estoy seguro de si es por aquí. Mirad, hay dibujado un sendero y ante nosotros hay dos.

Se detuvieron a analizar el mapa.

―Es este. ¿Ven? Aquí, esta línea, ese es el otro sendero ─señalo Sam al poco.

―Es verdad, ese es. Vaya mierda de mapa, apenas se distingue la línea.

―Lo hemos manoseado demasiado.

―Shh… Cállense. ─dijo de repente el abogado─. ¿Oyen?

Por el sendero que casi les confunde, se acercaba alguien. Inmóviles, guardaron un absoluto mutismo. Eran más de uno, pues escucharon voces. Sam y el otro hombre subieron al ribazo que separaba ambas sendas hasta su punto de convergencia, donde se hallaban. Se trataba de una pareja de guardias civiles, que al parecer también había advertido su presencia. Cargaban sus fusiles, hablaban en voz baja y miraban a uno y otro lado. Ya más cerca les escucharon decir: Quien sea debe estar por ahí, en el camino de al lado.

―Escóndanse tras esos arbustos y guarden silencio, ni respiren. Es la Guardia Civil, en un par de minutos estará aquí, saben que hay alguien, han oído algo ─indicó Sam a sus compañeros de viaje.

―¿Y usted?

―No se preocupen. A mí poco pueden hacerme. O me cogen a mí o nos cogen a todos. Yo, en realidad, no huyo de los nazis. Soy escritor. Pero ahora no hay tiempo para explicaciones. Venga, rápido, que no tardarán. Ya estamos seguros de cuál es el camino. Y de que ya estamos en España. Márchense cuando nos hayamos alejado. ¡Vamos! Háganme caso. Ustedes se juegan la vida, yo no.

Con mucha precaución hicieron lo que Sam decía.  La mujer le dio un beso en la mejilla.

Sam, como si no se hubiera dado cuenta de nada, se puso a caminar sendero arriba. No quería que sospecharan que no estaba solo y que los ruidos que los guardias habían escuchado creyeran que se debían a la típica ligereza de quien, sintiéndose seguro, cree que nada le va suceder.

¡Alto a la Guardia Civil!, se oyó de pronto. Sam se limitó a levantar los brazos.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), nueva edición 2019.

Colesterol, el gran engaño

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Es muy probable que, tras los ‘excesos’ gastronómicos de estas pasadas (y pesadas) fiestas, le haya subido el colesterol y ello le alarme, limitando en consecuencia la ingesta de determinados alimentos. ¿Tiene fundamento tal preocupación? Los masáis de Tanzania se alimentan de la leche, la sangre y la carne de sus vacas. Alimentación más rica en grasas saturadas es difícil. Tienen el colesterol alto, sí, pero el riesgo cardiovascular entre ellos es prácticamente inexistente. ¿Por qué? ¿Y por qué los franceses, que también tienen una dieta rica en grasas saturadas y una tasa media de colesterol superior la media, son quienes sufren la menor cantidad de infartos del mundo? ¿Será que el colesterol no es tan malo como lo pintan? Son preguntas que se plantean en el documental de 54 minutos de duración Cholestérol, le grand bluff (Colesterol, el gran engaño), que se estrenó en 2016 dirigido por Anne George y que coprodujeron Arte GEIE & Quark Productions.

¿Cómo se creó el dogma de que el colesterol es culpable de la mayoría de enfermedades cardiovasculares? La reputada periodista estadunidense de investigación Nina Teicholz nos explica cómo empezó todo: “En la década de 1950 hubo una ola creciente de infartos y enfermedades cardíacas. Hombres de mediana edad, en la plenitud de la vida, sufrían infartos de corazón. Se trataba de hombres cuyos padres nunca habían sufrido este problema. En 1955 el presidente Eisenhower sufrió un infarto que le obligó a ausentarse del Despacho Oval durante diez días. El pánico se extendió por todo el país”.

Entonces, Ancel Keys, investigador y patólogo de la Universidad de Minnesota, comenzó a interesarse por la cuestión y sugirió que la culpa era de las grasas saturadas, que elevaban el colesterol total, el cual, a su vez, obstruía las arterias y provocaba infartos de corazón. A principios de los 50 presentó un informe en el que achacaba tal circunstancia a “nuestro estilo de vida y nuestra dieta” y en 1958 puso en marcha un ambicioso plan: un estudio en siete países (Grecia, Yugoslavia, Italia, Países Bajos, Finlandia, EE UU y Japón) para observar el vínculo estadístico entre la alimentación, especialmente las grasas, la tasa de colesterol y el riesgo cardiovascular de la población. Más tarde, publicó una curva de mortalidad cardiovascular que encabezaba EE UU y concluyó que cuantas más grasas saturadas se consumen más infartos hay. Pero no incluyó a Francia, por ejemplo, que tiene un nivel muy bajo de infartos y consume abundantes materias grasas. Como pone de relieve el doctor Dominique Dupagne, Keys manipuló los datos. Cualquier investigador –sea del campo que sea– sabe que primero se formula hipótesis, luego se intenta obtener pruebas documentales y, cuando se considera que estas son irrefutables –lo que no quiere decir que necesariamente lo sean–, se razonan las conclusiones y se presenta la tesis. Él hizo lo contrario.

Pronto, el colesterol pasó a formar parte de los intereses industriales. La industria agroalimentaria empezó a promocionar alimentos que estaban en concordancia con lo que decía Keys y viceversa: las farmacéuticas productos bajos en grasas y aceites vegetales. Surgieron diversas teorías en contra, pero los intereses de las industrias farmacéutica y agroalimentaria acabaron imponiéndose. Así, al patólogo Kilmer McCully, que formuló la hipótesis de que las placas de las arterias se desarrollan cuando la cantidad de homocisteína es excesiva, se le retiraron los medios y se le cortaron las vías de financiación, hasta que un buen día –lo cuenta él mismo– “el director de relaciones públicas del Hospital de Massachussets me llamó y me dijo que cerrara el pico, que en el futuro no quería volver a oír mi nombre asociado al hospital o a Harvard”. Si su teoría no hubiese tenido sentido nadie se habría interesado, nadie habría actuado contra él. Prueba de que su teoría no era descabellada, pero sí dañina para los intereses mencionados, es el descubrimiento que revela el documental de documentos confidenciales internos de la industria azucarera que demuestran que esta subvencionó investigaciones en los años 70 para que el colesterol figurara como único responsable de las enfermedades cardiacas.

Para probar la incidencia del colesterol en las enfermedades cardiovasculares, las autoridades sanitarias pusieron en marcha un ensayo clínico en el que participaron 3.800 hombres con una tasa de colesterol muy elevada. Un grupo fue sometido a una dieta baja en colesterol y se les administró colisteramina, que reducía la tasa de colesterol en sangre. Se empezó entonces a hablar de los países mediterráneos, que consumían aceite de oliva y fibras y tenían entre ocho veces menos infartos que los finlandeses y cuatro menos que los escoceses. Se hicieron pruebas y el grupo que consumían una dieta mediterránea tuvo un 50% menos de infartos. Pero una vez más, los resultados se obtuvieron de una mala selección (el ensayo se hizo con hombres de mediana edad y el resultado se generalizó al conjunto de la población) y de una interpretación errónea de las conclusiones: también en los países mediterráneos se consumen quesos y embutidos. No era la suya una dieta contra el colesterol, sino de otra forma de dieta.

Había que bajar, pues, el colesterol sí o sí. Y entonces se produjo el milagro: corría el año 1971 cuando el doctor Akira Endo descubría en Japón las estatinas, de las que consiguió aislar la pravastatina (1979) y la simvastatina (1982). Así lo vivió el doctor Mikael Rabeus, cardiólogo: “Fue algo extraordinario. Estábamos atónitos. De repente había una pastilla que podíamos recetar a las personas que habían sufrido un infarto y que, además, se reducía la mortalidad, el riesgo de recaída, etc. Era fantástico. Las administramos desde el primer momento”.

Prácticamente nadie, al principio, cuestionó lo que habían publicado prestigiosas revistas científicas internacionales acerca de los nuevos medicamentos. De nuevo nos lo explica el doctor Dupagne: “El colesterol no es un veneno que fluye por las arterias, es una grasa esencial para la fabricación de nuestras células. Sin él, no podemos vivir. El objetivo no es reducir el colesterol como el que reduce el arsénico en la sangre, por así decirlo. Se trata de un producto, o más bien de una familia de productos, que desempeñan funciones metabólicas muy valiosas, y cuando trastocamos algo para tratar de proteger el corazón podemos alterar otras cadenas metabólicas, ya sea en el campo del cáncer, en enfermedades autoinmunes y en multitud de cosas. Y cada vez que lo hacemos existe el riesgo de reparar una cosa mientras estropeamos otra, y encontrarnos con que hemos bajado la tasa de colesterol, pero hemos aumentado el riesgo de otras enfermedades”.

Pero con el tiempo se ha demostrado que las placas en las arterias se deben a un proceso de calcificación que las crea y se origina un trombo. ¿Y el colesterol? Esto dice al respecto en el doctor Mikael Rabaeus, cardiólogo: “Me gustaría que alguien me explicara esto. Después de dos millones de años de evolución del ser humano, ¿por qué habría un colesterol malo y uno bueno? No quiere decir nada. Si los dos colesteroles son secretados por el hígado desde hace dos millones de años es que necesitamos los dos. En segundo lugar, ¿qué es lo que hace que aumenten o disminuyan? En el caso del HDL, el llamado colesterol bueno, lo que lo hace aumentar es la actividad física. Y está claro que la actividad física durante los últimos diez mil años era muy alta en todos los hombres y tenían un HDL más bien elevado. Pero no es el HDL elevado el que nos protege, es la actividad física la que hace que enfermemos menos. En cuando al LDL es lo mismo, pero a la inversa. Sencillamente, consumimos menos LDL cuando somos sedentarios y, por lo tanto, tiende a elevarse un poco, pero una vez más: es el sedentarismo el que nos mata”.

Las estatinas, sin embargo, siguen recetándose, especialmente la simvastatina, a pesar de que –como decíamos en el párrafo anterior– pueden aumentar la calcificación de las arterias coronarias, que es el síntoma distintivo de una enfermedad cardíaca potencialmente letal. ¿Cómo es posible? Esta es la explicación del doctor John Abramson, catedrático de Medicina: “El 85% de los ensayos clínicos, y hasta el 97% de los ensayos más importantes, están patrocinados por laboratorios privados. Ahora bien, hemos calculado que hay cinco veces más posibilidades de encontrar un resultado positivo en un medicamente cuando el ensayo está financiado por un laboratorio privado en comparación con un ensayo del mismo medicamento financiado por un instituto público. Es un aumento bastante considerable de las posibilidades. Tendemos a considerar que los ensayos científicos son objetivos, pero cuando nos fijamos en cómo se estructura el sistema nos damos cuenta de que las compañías privadas patrocinan los ensayos clínicos para promover la venta de sus fármacos”.

¿Cómo se puede decir que las estatinas reducen el riesgo cardiovascular y al mismo tiempo aceptar que las estatinas aumentan el score cálcico, considerado por algunos como lo que mejor predice el riesgo cardiovascular? Ambas cosas son incompatibles.

Con el tiempo, muchos pacientes empezaron a sufrir los efectos secundarios de la simvastatina: debilidad muscular, fatiga, pérdida de memoria… Cosas de la edad, solía –suele– decir el médico al paciente que ya lleva un tiempo tomándola. Mas lo cierto es que, como afirma ya casi al final el cardiólogo e investigador del Centro de Investigaciones Científicas Michel de Lorgeril: “Las estatinas entran en el cerebro y alteran la síntesis de colesterol en el cerebro. Es un efecto terrible que hasta hace poco había sido ignorado, y solo gracias a la presión de algunos médicos y toxicólogos las autoridades sanitarias han admitido que, efectivamente, las estatinas provocan problemas de memoria y trastornos del sueño. Es decir, es un claro efecto neurotóxico”.

Cuando vi el documental –del que ya hablé en otra entrada– yo estaba tomando simvastatina. Hacía menos de un año que había sufrido un infarto a causa del síndrome de Takotsubo (síndrome del corazón roto). Hice lo que el documental advierte al final: “No interrumpa su tratamiento sin consultar a su médico”. Consulté a mi médica y dejé de tomar simvastatina. Me ha ido bien.

Poco después, en un análisis rutinario de sangre me salió que tenía carencia de hierro, por lo que debía comer más alimentos ricos en dicha sustancia, entre ellos carnes rojas, hígado, marisco…, alimentos que se supone son malos para el llamado colesterol alto. Al mes, la carencia de hierro había desparecido. Seguí a partir de ese momento comiendo y bebiendo aquello que me apetecía sin otro criterio que el sentido común, criterio que mi médica me aconsejó mantuviera siempre. ¿Cuánto colesterol (‘malo’) tengo ahora? El mismo que confiesa tener uno de los médicos entrevistados en el documental: ni idea. Y, la verdad, físicamente me siento cada día mejor. Me siento como lo que soy: un chaval de 65 años que hace gala de la máxima “Menja fort, caga fort i no tingues por a la mort” (Come fuerte, caga fuerte y no temas a la muerte”.

Si quieren ver el documental completo doblado al español, aquí lo tienen.