El desahucio

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─ ¿Qué pasa, Robin? Vienes sudado como un pollo. ¿A qué tanta prisa?

─ No os habéis enterado, claro. Ahí abajo, en la calle donde vive Edu. Han ido a echarles de su casa.

─ ¿Quiénes?

─ Por eso he visto pasar cuando venía dos lecheras a toda hostia.

─ ¿Dos? Allí hay por lo menos diez. Se está armando un pifostio de mil pares de cojones. Hay mucha gente sentada frente al portal para que no puedan sacarlos del piso, más de cien personas. Yo me enterado al salir de casa, me lo ha dicho El Chino y me he ido con él para allá. Serían las nueve y algo, pero llevaban allí desde las siete y media de la mañana. También los maderos. Ya han avisado que si no se marcha todo el mundo empiezan a repartir gomazos.

─ ¡Qué cabrones! ¿Y Edu y sus padres?

─  No sé, creo que siguen en el piso, pero ya os digo que la cosa se está poniendo fea. He venido antes a avisaros, pero no estabais.

─ Acabamos de llegar.

─ ¿Os venís?

─ ¡Claro, hostias! Vamos.

Poco más de quinientos metros, seis calles, les separaban. Los cuatro muchachos se dirigieron hacia allí a paso apresurado. Los gritos y abucheos eran cada vez más perceptibles e inteligibles. Al dar la vuelta a la penúltima bocacalle se toparon con decenas de personas, de todas las edades, si bien predominaban los jóvenes, que corrían en dirección contraria a la suya.

─ ¿Qué pasa, Chino? ─preguntó Robin a su colega tras dar también media vuelta y ponerse a correr junto a él.

─ Los putos perros… Están rabiosos, reparten que da gusto, a quien sea.

Unos antidisturbios perseguían al grupo porra en mano. Al fondo se veía a otros con fusiles dispuestos a lanzar bolas de goma. Escasos metros les separaban.  Unos cuantos jóvenes, entre ellos El Chino y Robin, empujaron con todas sus fuerzas un par de contenedores. La calle era bastante estrecha y la acción surgió efecto:  frenó el ímpetu de los perseguidores, que no tuvieron más remedio que apartarlos para poder seguir. Ganaron así unos preciosos segundos, unos metros, los suficientes para ensanchar la distancia y que la gente se dispersara por diversas calles. Ellos se escondieron tras un montón de cascotes que todavía no se habían limpiado de un último derribo acaecido solo unos días antes. Desde allí vieron pasar de largo a unos cuantos antidisturbios que proseguían en su intento de alcanzar a quienes huían. Al poco llegó el silencio.

¡Putos maderos! ¡Qué asco! ¿Cómo ha sido, Chino?

─ Estábamos sentados, frente al portal.  Nada más irte tú a por estos comenzaron a dar badana para dejarlo libre. Uno de los mandamases dijo que iban a desalojar la calle y enseguida se acercaron con sus escudos y sus cascos, porra en mano y, ¡hala!, a la más mínima resistencia, al que no se levantaba enseguida, gomazo. La gente les decía de todo. Así que siguieron repartiendo hostias como panes, les daba igual quien fuera. A Ramón, el del quiosco, le han dado una leche y sangraba por la cara.

─ ¿Al quiosquero? Pero si es un viejales.

─ Dijo que él no se movía de allí, que lo que estaban haciendo no estaba bien, que cómo eran capaces de hacer una cosa así, dejar en la calle a una familia. Se cagó en los bancos, en los jueces y en los políticos. Dos lo cogieron de los sobacos. Ramón se agarró a los hierros de la puerta y no podían con él. Uno le dio un porrazo en la mano y, claro, se soltó. Les dijo, yo estaba cerca, lo vi y oí todo, que si de verdad eran personas lo que debían hacer era defender a la familia de Edu y que eran unos miserables. Miserables, dijo. Entonces fue cuando le dieron en toda la chola y se lo llevaron a rastras a una lechera. La gente gritaba que lo dejaran estar, les decíamos de todo: perros, vendidos, asesinos, ¿qué defendéis?, ¿a quiénes?, pero los muy cabrones empezaron a repartir con más ganas y se llevaban a las lecheras a cuantos podían a empujones y hostias. A Patri se la llevaron arrastrándola del pelo. Mientras, otros con unas enormes tenazas cortaban una cadena que alguien había puesto en la puerta para que no pudiesen entrar. Entonces nos pusimos a tirarles lo que encontrábamos a mano y echamos a correr.  Ellos nos siguieron, claro.  Empezaron las carreras, más hostias. Mira el gomazo que me han arreado, y menos mal que lo vi venir a tiempo, me di la vuelta y me agaché, el cachoperro apuntaba a la cara.

El Chino se levantó la camiseta y mostró un gran moratón en su espalda.

Unos veinte minutos después se acercaron de nuevo a la calle donde vivía Edu con su familia hasta unas horas antes. Ya no había nadie, unos pocos policías vigilaban el portal y otros más los extremos del tramo de la calle que daban a otras. Dieron media vuelta.

─ Míralos ─dijo Robin─, mira a los putos perros guardianes cómo protegen a los cerdos. El mejor poli es el poli muerto. Así se mueran todos, como dice ese de la tele, entre terribles sufrimientos.

Los demás rieron y añadieron otros improperios de su cosecha.

─ ¿Qué será de Edu y sus padres? ─preguntó Tomate.

─ ¡A saber! Se los habrán llevado también. No sé.

─ ¡Qué hijos de puta! ¿Y ahora qué harán?

─ A mí me dijo Edu hace unos días que si al final les echaban se irían al pueblo de sus abuelos. Viven aún y al menos allí tienen casa.

─ ¡Qué asco, tío! ¡Qué mierda todo!

─ Me las piro, estoy de una mala hostia que te cagas. Voy a ver si encuentro al Ripi y sus colegas. Creo que quieren ir al banco a montar un pifostio de mil pares de cojones. ¿Os apuntáis?

No encontraron al Ripi y a los otros y El Chino no se acordaba del nombre del banco. El Chino se fue. Les avisaría, quedaron, si conseguía averiguarlo.

─ Otra vez el puto parque, el puto banco. ¿Un banco no es un sitio donde descansar? Descansar eternamente será. ¿A quién hostias se le ocurriría poner el mismo nombre a cosas tan distintas? Los hay capullos.

Manuel Cerdà: Prudencio Calamidad (2017). Disponible a través de Amazon.

No Good Man: Bonnie and Clyde

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Hablaba el pasado domingo, día 10, de John Dillinger y publicaba un vídeo sobre este bandido social. Hoy voy a hacer algo similar con la que probablemente sea la pareja de bandidos sociales más famosa de la época contemporánea, la formada por Bonnie Parker y Clyde Barrow, conocida como Bonnie y Clyde.

Cuando Clyde –nacido en Telico (Texas) en 1909– conoció a Bonnie, tenía 20 años de edad y ya había sido detenido y pasado por correccionales por llevar a cabo varios hurtos a pequeña escala para poder comer –la crisis económica les tenía ahogados en deudas– y con su hermano mayor, Marvin Ivan (Buck), robar un camión lleno de pavos y otros vehículos, que este último volvía a vender. Bonnie Parker –nacida en Rowena (Texas) en 1910– era una joven de 21 años que se había casado a los 16 años con un delincuente y maltratador y divorciado poco después. Regresó con su madre y se puso a trabajar de camarera en un bar de su localidad natal. Allí conoció a través de un amigo común a Clyde el 5 de enero de 1930. El flechazo fue prácticamente inmediato y cuando unas semanas después este fue condenado a catorce años de prisión por robo de vínculos, Bonnie logró introducir una pistola en su celda y Clyde escapó. Lo detuvieron de nuevo y en 1932 se las arregló para conseguir la libertad condicional. Regresó a su casa de Dallas y se reunió con Bonnie, una apasionada de la poesía –escribió varios poemas– y el canto. Clyde decidió entonces abandonar la delincuencia y marchó a Massachusetts para trabajar en la construcción, pero no pudo aguantar más de unas pocas semanas. Los efectos recesivos de la Gran Depresión de 1929 hacían estragos entre los más humildes y Clyde y Bonnie encontraron en el robo la vía para salir de su mísera situación.

A partir de ese momento, empiezan a asaltar gasolineras y tiendas, y luego bancos. Entre febrero de 1932 y mayo de 1934 llevan a cabo numerosos atracos con una banda en la que, entre otros, estaban el hermano de Barrow, Buck, y su esposa Blanche, en los estados de Texas, Nuevo México, Oklahoma, Missouri, Luisiana, Arkansas, Kansas, Iowa e Illinois. La prensa los describe como una especie de nuevos Robin Hood.

En diciembre de 1932, el FBI se enteró de que un automóvil abandonado en Michigan había sido robado en Oklahoma. Una búsqueda en Oklahoma de un segundo automóvil robado vinculó ambos automóviles con Barrow y Parker a través de un frasco de medicamento que encontraron en su interior prescrito para la tía de Barrow. El FBI emitió una orden judicial contra la pareja por transportar de un Estado a otro el segundo automóvil, robado el 20 de mayo de 1933. Durante ese año, Barrow y Parker mantuvieron varios tiroteos con la policía.

En noviembre de 1933 de la policía de Dallas trató de capturarlos, pero escaparon tras herir a dos agentes. En enero de 1934 en Waldo (Texas) ayudaron a cinco prisioneros a fugarse, resultado muertos dos guardias. Cinco días más tarde, mataron a un agente de policía en Miami y ​​secuestraron a un jefe de policía. Algunos de los miembros de la banda fueron capturados, pero no Clyde, ni Bonnie.

El Estado de Texas y el Gobierno Federal decidieron poner al frente de la investigación al antiguo ranger Frank A. Hamer, un elemento de cuidado y pocos reparos, o ninguno. Hizo de ello causa personal. “La investigación cada vez iba cercando más a la pareja y una de las pistas los llevó al día D. El 13 de abril el FBI consiguió una importante información: el viaje que harían el 21 de mayo a Luisiana para ver los Methvin, padres de un miembro de la banda. Tras acudir a una fiesta, la pareja queda en regresar dos días después. Sin embargo, aquella nueva visita sería la perdición de Bonnie & Clyde. […] No había amanecido y un grupo de seis policías encabezados por Frank Hamer, se ocultaban tras la vegetación de la carretera secundaria de Bienville Parish. Iban bien armados, sabían de lo que eran capaces los amantes del crimen, y habían estudiado cada uno de sus movimientos. El Ford V8 con Clyde al volante se para a charlar con el padre de Methvin. Tras una breve conversación, reanudan la marcha. En el interior ,Bonnie estaba recostada en el asiento del copiloto comiendo un sándwich. Todo parecía estar tranquilo. De improviso y sin advertencia previa, los agentes comienzan adisparar contra el vehículo. Durante pocos minutos descargaron toda la munición de sus escopetas, fusiles y pistolas [en el vídeo puede verse una muy buena recreación de la misma]. 167 proyectiles (hay quienes hablan de 107, 126 o 130) impactaron contra el coche y sus ocupantes.” [Mónica G. Álvarez: “La verdadera historia de Bonnie & Clyde, los amantes del crimen”, La Vanguardia, 23 de mayo de 2015). Era el 23 de mayo de 1934. Él tenía 24 años y ella 23.

¿Qué quieren que les diga? A mí esto me parece un asesinato con todas las de la ley, nunca mejor dicho, pues no les dieron el alto y no tuvieron posibilidad alguna de rendirse ni de defenderse. Bonnie tenía aún en la boca el sándwich que había comprado poco antes cuando Hamer se acercó al coche y la remató de dos tiros.

“La polémica se basa en ciertos aspectos del tiroteo y en cómo lo dirigió Hamer. Historiadores y escritores como E.R. Milner, Phillips y Treherne no imputan ningún asesinato contra Bonnie. ​ Los archivos del FBI contienen solo una causa contra ella, que supuestamente cometió Clyde en el robo de un coche. ​La única ocasión en la que Bonnie se supone que disparó un arma durante uno de los crímenes de la banda, fue gracias a una declaración de Blanche Barrow, en una entrevista a un periódico de Lucerne, Indiana, el 13 de mayo de 1933. Pero estas declaraciones no parecen tener consistencia. En el caso de que Bonnie hubiese disparado, habría empleado un Browning Automatic Rifle M1918 (B.A.R.), el único fusil automático que tenía la banda. Esta arma, robada por Clyde en una armería, pesaba cerca de 8,5 kg, y cargada podía llegar a los 11 kg, lo que suponía una tercera parte del peso de Bonnie, que apenas medía 1,50 y era menuda. Disparar 550 balas en un minuto parece una tarea bastante difícil, incluso para soldados entrenados. […] Después de la muerte, los hombres que fueron elegidos para vigilar los cuerpos […] permitieron a ciudadanos cortar trozos del cabello y del vestido de Bonnie, que posteriormente fueron vendidos. Hinton [ayudante del alguacil] encontró a un hombre que intentaba cortar un dedo de Clyde. El médico forense, una vez llegado a la escena, anotó lo que vio: ‘Casi todo el mundo empezó a recoger objetos de la escena del crimen, como trozos de cristal del coche, casquillos de bala o trozos de ropa ensangrentados. Uno de los hombres más jóvenes abrió su navaja e intentó cortar una de las orejas de Clyde’. ​ El forense llamó la atención a Hamer para que lo ayudara a controlar aquel ‘espectáculo circense’, y solo entonces se le ordenó a la gente abandonar la escena del crimen”. [Wikipedia: entrada “Bonnie y Clyde”].

Más de 50.000 personas acudieron a ver sus cuerpos, expuestos públicamente en Dallas y unas 25.000 asistieron a su funeral. Querían ser enterrados juntos, pero la familia Parker no lo consintió. Clyde Barrow está enterrado en el cementerio Western Heights y Bonnie Parker en el Crown Hill Memorial Park, ambos en Dallas. Y con este triste y lamentable final termina la historia de Bonnie y Clyde, aquella “buena parejita, tan linda y jovencita, pero tan malvada”, como decían algunas versiones españolas de la canción The Ballad Of Bonnie & Clyde (Georgie Fame, 1967) allá por finales de los años 60 del siglo pasado, a raíz del éxito de la película Bonnie and Clyde (1967), que dirigió Arthur Penn y protagonizaron Warren Beatty y Faye Dunaway. Mas no es esta la canción que suena en el vídeo, sino No Good Man, que compusieron Irene Higgenbotham, Dan Fisher y Sammy Gallop en 1946 y grabó ese mismo año Billie Holiday. La letra habla de una chica que se enamora de un mal hombre, que nunca la trata como debería. Ella se dice que debería odiarlo, pero lo ama tanto… Según algunos, esta podría ser la historia de la pareja: la jovencita que se enamora del hombre equivocado. Mas también, como dice la canción, de alguien cuyo amor “está hecho de fuego”.

EL HOYO: UN DESAFÍO A LA INTELIGENCIA. Crítica de mi novela “El hoyo” por Gallego Rey en su canal de YouTube.

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Tenía previsto hoy publicar una entrada sobre Bonnie y Clyde con consideraciones sobre su biografía y un vídeo sobre su “trayectoria profesional”. Cuando iba a subirlo a YouTube me he encontrado con el que figura sobre estas líneas que Gallego Rey ha publicado en su canal. Así que he dejado para mañana a esta pareja de bandidos sociales y dedicar la de hoy a la crítica que Gallego Rey hace de El hoyo y escribió esta especie de bandido de la literatura que es servidor de ustedes.

No es frecuente, al menos para mí, leer este tipo de críticas. Y como quiera que uno también tiene su ego, me complace, y mucho, compartirlo aquí y reproducir algunas de las cosas que en él dice Gallego sobre mi obra:

“El arte es, sobre todo, un desafío a la inteligencia. “El hoyo” es, sobre todo, un desafío a la inteligencia y me atrevería a decir que ese “hoyo” […] es como un espejo al cual nos asomamos y nos devuelve lo que realmente somos”.

“Es un libro extremadamente inteligente y, además, escrito por alguien valiente, que lo ha escrito de forma y manera que no se ha fijado absolutamente en cómo escriben los demás, por dónde corre el agua o el viento”.

“Yo no puedo desgranarlo, venir aquí y destriparlo […], no puedo ponerme a hablar sobre la estética y la ética de “El hoyo” porque sería como un insulto a su creador y un insulto a la propia obra, porque es una obra a la que simplemente hay que llegar. Yo más bien diría que incluso es una obra que en un momento determinado puede escoger a sus lectores. Estoy también totalmente convencido […] de que “El hoyo” es una obra no apta para cualquier lector. A “El hoyo” hay que llegar […] con un bagaje para poder disfrutarlo, para poder aceptar ese desafío de la inteligencia. […]

¡Ah! Las reflexiones del final son francamente demoledoras y me he sentido plenamente identificado con ellas. No se las pierdan.

¡Salud!

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