Culpa, dominación y sumisión.

Ser sumisos es un mecanismo perfecto de dominación, tan inmejorable que incluso cuando dejas de creer en dioses y la Superioridad y en todos los sofismas en base a los cuales se ha construido tal artificio siguen existiendo marcas en lo más recóndito del espíritu que la razón no alcanza a borrar. Hemos de sentirnos culpables, infractores, pero ahí está el todopoderoso, los todopoderosos, para concederte el perdón.

Te perdonarán. Si te arrepientes. Si no lo haces de nuevo. Resígnate pues. Sé paciente. En este mundo sufrirás, sometido a los que están por encima de ti. Así es la vida, que no te angustien las calamidades, ya tendrás tu recompensa. Llegará en el otro mundo. O, si perseveras, incluso en este, te dicen los omniscientes definidores encargados de formar ciudadanos, es decir, seres dóciles.

Culpa. Hay que sentirse siempre culpable de algo, por algo, es la base de todo poder. Sin culpa no hay miedo.

Culpa. Remordimiento. Vergüenza. Confesión (declaración). Juicio. Arrepentimiento. Pena. Acatamiento. Claudicación. Otra vez.

Lo único que nos queda es la renuencia. La defección ante la epidemia espectacular y la aceptación de la inutilidad de cualquier aspiración es la única resistencia posible, la soledad la única compañera fiable. No erraba de pequeño al preferir mi mundo, si es que de un mundo propio puede hablarse en medio de la locura egotista. Un asedio permanente, sin embargo, contaminaba y degradaba toda experiencia, lo que producía en mí una cada vez mayor aversión por los elementos distorsionadores que impedían su natural evolución, elementos siempre debidos a la acción del hombre, o a su inacción, tanto da.

El fiasco, el desengaño, la indignación, la frustración, la impotencia fueron así absorbidos y superados por la aversión. No hay otra salida posible.

Cómo vive la otra mitad

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Niños durmiendo en la calle. / Jacob Riis.

Cómo vive la otra mitad: estudios entre las casas de vecindad de Nueva York (título original en inglés How the Other Half Lives: Studies Among the Tenements of New York) es un libro excepcional de la historia de Nueva York publicado en 1888, una denuncia de las paupérrimas condiciones de vida a que estaban abocados los habitantes de los barrios obreros de la metrópoli a finales del siglo XIX, especialmente los de Lower East Side, en el sureste de Manhattan, uno de los barrios más antiguos de Nueva York al tiempo que de los más degradados y, con diferencia, el más densamente poblado, con mucha diferencia, nada menos que la zona más habitada del planeta.

Su autor fue Jacob Riis (1849-1914), fotoperiodista y reformador social danés que había emigrado a Estados Unidos en 1870 en busca, como tantos otros, como los protagonistas de su obra, del sueño americano. Riis podría decirse que lo consiguió, pero era consciente de que su caso no dejaba de ser una excepción. Empezó a trabajar como reportero en la prensa neoyorkina y en 1877 el New York Tribune le encargó las crónicas policiales. La circunstancia le permitió conocer los bajos fondos de Nueva York para documentarse. De la experiencia saldría Cómo vive la otra mitad.

La fotografía social no era algo nuevo del todo. Once años antes de que apareciera la obra de Riis, el geógrafo y fotógrafo británico John Thompson había publicado un álbum titulado La vida de las calles de Londres (título original en inglés Street Life in London). Pero Riis iba más allá. No se trataba solo de fotografiar el entorno de miseria y depauperación en que vivía olvidada esa otra mitad, ni siquiera de acompañar estas con descripciones más o menos críticas acerca de sus infortunadas e injustas condiciones de vida. Riis incorporaba a su texto –de casi trescientas páginas– fotografías que él mismo tomaba –en 1887 se había inventado el flash y pudo y supo captar con su cámara imágenes de ambientes que hasta entonces, por falta de luz, no era posible–, pero también se servía de otros elementos gráficos como planos, documentos, estadísticas y otros testimonios, incluidos los de los habitantes de los barrios marginales de Nueva York, la “otra mitad”. Esa conjunción de recursos tan variados, más que la calidad literaria del texto, muy dickensiano, promovió una nueva manera de narrar desde el convencimiento de que la ficción debía estar al servicio de la realidad.

Puede que aquí radique el mayor logro de Cómo vive la otra mitad, en el que Riis incluyó 15 imágenes en semitonos y 43 dibujos basados en las fotografías a lo largo de los veinticinco capítulos que describen por zonas, comunidades y temas la miserable vida de los pobres. El paisaje fundamental de la obra “es la casa de vecindad. Al principio fue el hogar espacioso y amable de los knickerbockers, que es como llamaban a los descendientes de los primeros colonos holandeses, es decir, a los neoyorquinos de pura cepa. Luego, fruto de las primeras oleadas inmigratorias y del traslado de los aristócratas a otros lugares, ‘las amplias habitaciones se subdividieron en varias más pequeñas, desdeñando las necesidades de luz y ventilación’. El paso siguiente fue la ocupación de la parte posterior de las casas: ‘Allí donde el imperturbable holandés tenía el huerto para cultivar sus tulipanes o las primeras coles del año, se construyó una casa, generalmente de madera, y que al principio solía tener dos plantas. Más tarde se le añadió otro piso, y luego otro. Donde antes vivían dos familias, se instalaron diez’. Aún faltaba un escalón: la conversión de las casas y bloques en barracones. El ejemplo es el famoso edificio de Gotham Court donde una epidemia de cólera provocó un índice de muerte de 105 por mil habitantes. (…) Su punto de vista es el de un higienista clásico, que exhibe incluso sus prejuicios (fuente de sus escasos errores de perspectiva), y baste para ello examinar el capítulo dedicado a Chinatown. Su escritura es clara y austera. Riis escribe siempre desde el lugar de Dios, evitando cualquier encarnación narrativa, más o menos emocional. A pesar de ello su vida y su larga experiencia de reportero de sucesos se advierte en algunas ráfagas. Como esa noche helada de noviembre en que sigue a un niño descalzo hasta una taberna de Mulberry Street, y ve cómo el niño entra y pide cerveza, y Riis se alza y prohíbe que le sirvan. Hasta que el tabernero le amenaza y le advierte que mejor se largue mientras llena impertérrito la jarra del niño. Yo querría saber qué pasó entonces, pero Riis tiene demasiado trabajo para seguir en Mulberry”. (Arcadi Espada, “La mitad en un cuarto”, El País, 24 de julio de 2004).

Veamos las quince fotografías de Cómo vive la otra mitad (vía Preus Museum, Horten, Noruega):

“Five Cent a Spot” Unauthorized Lodgings in a Bayard Street Tenement. Via Preus Museum

Cinco centavos la noche. Hostal no autorizado en una casa de vecindad de la calle Bayard.

“Mulberry Bend.” Via Preus Museum

Curva de [la calle] Mulberry (Mulberry Bend).

“Home of an Italian Ragpicker.” Via Preus Museum

Casa de un chatarrero italiano.

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Cotarro del bandido (calle Mulberry).

One of four Pedlars Who Slept in the Celler of 11 Ludlow Street Rear. Via Preus Museum

Uno de los cuatro buhoneros que dormían en el sótano de un edificio en Ludlow Street.

Baxter Street in Mulberry Bend. Via Preus Museum

Calle Baxter en la Curva de [la calle] Mulberry (Mulberry Bend).

Elizabeth Street Police Station-Womans Lodgers. Via Preus Museum

Comisaría de policía de la calle Elizabeth. Mujeres alojadas en sus bajos.

A Class in the Condemned Essex Market School, With the Gas Burning by Day. Via Preus Museum

Una clase en la escuela declarada en ruinas en el mercado de la calle Essex (Lower East Side), aprovechando las horas de calor que desprendía la combustión de gas.

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Patio de una casa de vecindad.

Group of Men. New York. Via Preus Museum

Grupo de hombres.

Hell on Earth. Via Preus Museum

El infierno en la tierra.

Bohemian Cigarmakers at work in their Tenement. Via Preus Museum

Familia oriunda de Bohemia trabajando el tabaco en su estancia de la casa de vecindad donde moraban.

Talmud School in Hester Street. Via Preus Museum

Escuela Talmud en la calle Hester.

Shoemaker Working in a house in the Yard of 219 Broome Street

Zapatero de la calle Ludlow trabajando en su morada.

n Poverty Gap, an English Coal-Heaver`s Home. Via Preus Museum

Morada de un carbonero y su familia.

Muy famosas han llegado a ser las fotografías que tomó Riis de niños durmiendo en la calle, si bien en la obra lo que aparece son dos dibujos hechos a partir de ellas. Estas son las instantáneas y sus correspondientes ilustraciones.

 

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En su día, el libro de Riis causó un gran impacto, llegando a impresionar a Theodore Roosevelt, quien al ser elegido presidente de Estados Unidos en 1901 promovió una serie de reformas sociales que paliaran la aterradora situación de esa otra mitad. Hoy se sigue reeditando como un clásico y sus imágenes son piezas de museo. Como tal las contemplamos, como algo del pasado. Y es lógico que así lo hagamos, con el distanciamiento que da el tiempo. Lo que ya no es tan lógico es que el enfriamiento se haya extendido también a las imágenes que vemos hoy en día, muchísimo más terribles que las de Riis, como si hubiéramos asumido que sea como sea que nos organicemos en sociedad, gobierne quien gobierne, siempre habrá excluidos y nunca desparecerá la desigualdad. Y así nos va. Esa otra mitad es hoy mayor que entonces.

El derecho a la pereza

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Bremen (Alemania), 1962. Fotografía de Henri Cartier-Bresson.

En estos tiempos en que el trabajo parece que se implora, en que gobernantes y políticos mendigan a los inversores unas migajas de su hacienda como buenos mamporreros que son del poder para que sus administrados puedan seguir existiendo –que no viviendo– con trabajos precarios y sueldos de miseria, en que se asume la marginalidad y la pobreza como algo inherente a cualquier forma de organización social, es más necesario que nunca reivindicar el valor de la propia vida y la toma de las propias decisiones. Y, en consecuencia, el derecho a la pereza, entendida esta como el derecho a vivir, a que el trabajo sea una prolongación de la vida y no al revés. La explotación no alcanza únicamente el tiempo de trabajo, también el dedicado al ocio.

Vivimos tiempos de metamorfosis social. Las bases sobre las que se sustenta la sociedad actual responden a un modelo que comienza a tambalearse. Ya no es el modelo de sociedad que surgió con la Revolución industrial y la Revolución francesa, el capital industrial pasa a ser un apéndice del financiero, la economía productiva está subordinada a la economía especulativa.

Por otra parte, las innovaciones tecnológicas son de tal magnitud que es imposible que pueda haber trabajo –digno y bien remunerado– para todos. El crecimiento continuo es a todas luces inviable. Siempre consumiendo, siempre comprando. ¿Qué? ¿Con qué dinero? La brecha entre ricos y pobres se amplía a marchas forzadas. Puede que también sea inviable que se trabaje menos y se viva mejor –en las condiciones actuales desde luego que no–, pero no por ello hay que pensar que nuestra manera de organizarnos sea inmutable. Los valores que sustentan nuestros principios pueden llegar a ser otros. ¿Por qué no? Cuáles, no lo sé. Cuándo y cómo tampoco. No soy futurólogo. Pero nunca está de más reivindicar el derecho a la pereza. La riqueza no la ha creado solo el capital, ni los bienes, ni la tecnología. Digo yo que el trabajo algo habrá tenido que ver.

“Le droit à la paresse”, edición de 1883.

“Le droit à la paresse”, edición de 1883.

El derecho a la pereza es el título de un opúsculo que publicó Paul Lafargue en 1883, Le droit à la paresse, y que previamente había aparecido en varias entregas en 1880 en el periódico L’Egalité. Lafargue fue un socialista francés que nació en Santiago de Cuba en 1842, pues su padre era un importante propietario de plantaciones de café en el país caribeño. Allí empezó a estudiar medicina, si bien terminó la carrera en Francia, de donde fue expulsado por sus actividades políticas. Se refugió en Inglaterra y fue entonces que conoció a Karl Marx, de quien terminó siendo su yerno (por cierto, a este no le hacía demasiada gracia que se casara con su hija Laura, no creía que pudiera ofrecerle un futuro demasiado prometedor).

Poco después, Marx lo envió a España, donde intentó fundar una sección marxista de la Primera Internacional, destinada a contrarrestar la influencia bakuninista. Acogido por Pablo Iglesias en Madrid, fue uno de los impulsores del movimiento socialista español. Regresó Francia en 1882 y fundó, con Guesdes, el Partido Obrero, que acabaría integrándose en la Sección Francesa de la International Obrera, germen del actual Partido Socialista de Francia.

Paul Lafargue en 1871.

Paul Lafargue en 1871.

Paul Lafargue se suicidó junto con Laura el 26 de noviembre de 1911, dejando un escrito en el que explicaba los motivos: “Estando sano de cuerpo y espíritu, me quito la vida antes de que la impecable vejez me arrebate uno después de otro los placeres y las alegrías de la existencia, y de que me despoje también de mis fuerzas físicas e intelectuales; antes de que paralice mi energía, de que resquebraje mi voluntad y de que me convierta en una carga para mí y para los demás. (…) Muero con la alegría suprema de tener la certidumbre de que, en un futuro próximo, triunfará la causa por la que he luchado durante 45 años. !Viva el comunismo! !Viva el socialismo internacional!”. Paul tenía 69 años y Laura 66, y ambos, sin descendencia, habían acordado tal medida hacía tiempo

Gran expositor de las doctrinas marxistas, escribió Le Socialisme et la conquête des pouvoirs publics (1899) y Le déterminisme économique de K .Marx (1909), entre otras obras. Pero ninguna como El derecho a la pereza, que gozó de gran popularidad en su momento si bien esta fue decayendo a medida que el socialismo –sobre todo después de la Revolución rusa de 1917– hizo suyo el término productividad. En El derecho a la pereza defendía una sociedad basada en la utilización de las máquinas y la tecnología para liberar al ser humano del trabajo, al que nadie debería dedicar más de tres horas diarias, pudiendo disfrutar del resto del tiempo para su propia realización personal. ¿Hay algo más actual en un mundo en que la tecnología ha alcanzando niveles inimaginables hace solo pocas décadas atrás?

Una extraña locura se ha apoderado de las clases obreras de las naciones donde domina la civilización capitalista. Esta locura trae como resultado las miserias individuales y sociales que, desde hace siglos, torturan a la triste humanidad. Esta locura es el amor al trabajo, la pasión moribunda por el trabajo, llevada hasta el agotamiento de las fuerzas vitales del individuo y de sus hijos, escribe Lafargue. Las máquinas [sustituyan máquinas si quieren por el instrumento o aparato que consideren] deben estar al servicio del hombre, no al revés, hay suficientes adelantos tecnológicos para no trabajar más de tres o cuatro horas diarias, pero la codicia… ¿Por qué han de existir los menesterosos cuando cada día se avanza más en la tecnología, en la ciencia? Si todas las necesidades humanas pueden satisfacerse. Pero, sobre todo, se pregunta Lafargue, ¿por qué hay tanta gente que acepta su triste suerte con absoluta resignación? Su respuesta: El proletariado, traicionando sus instintos y olvidando su misión histórica, se dejó pervertir por el dogma del trabajo (…) Un ciudadano que entrega su trabajo por dinero se degrada a la categoría de los esclavos, comete un crimen, que merece años de prisión. Cierto, ¿qué es eso del amor al trabajo? El trabajo un vicio, ¡qué acertado! No comprenden que el sobretrabajo que se infligieron en los tiempos de pretendida prosperidad es la causa de su miseria presente. (…) Dennos trabajo; no es el hambre sino la pasión del trabajo lo que nos atormenta. Y estos miserables, que apenas tienen la fuerza como para mantenerse en pie, venden doce y catorce horas de trabajo a un precio dos veces menor que en el momento en que tenían pan sobre la mesa. Y los filántropos de la industria aprovechan la desocupación para fabricar a mejor precio.

Ahora bien, prosigue Lafargue, convencer al proletariado de que la palabra que se les inoculó es perversa es una tarea ardua superior a mis fuerzas. ¿Cómo pedir a un proletariado corrompido por la moral capitalista que tome una resolución viril? Todo es inútil: burgueses que comen en exceso, clase doméstica que supera a la clase productiva, naciones extranjeras y bárbaras que se sacian de mercancías europeas; nada, nada puede llegar a absorber las montañas de productos que se acumulan más altas y más enormes que las pirámides de Egipto: la productividad de los obreros europeos desafía todo consumo, todo despilfarro (…) a pesar de la sobreproducción de mercancías, a pesar de las falsificaciones industriales, los obreros invaden el mercado de manera innumerable, implorando: ¡trabajo!, ¡trabajo! Como los loros de la Arcadia, repiten la lección de los economistas: «Trabajemos, trabajemos para incrementar la riqueza nacional». ¡Idiotas! Pero si hasta Dios descansó para toda la eternidad tras seis días de trabajo. Eso sí, él mandaba, y les dijo a los demás que debían ganar el pan con el sudor de su frente, de la suya, no la de él, él a descansar. Trabajen, trabajen, proletarios, para aumentar la riqueza social y sus miserias individuales; trabajen, trabajen, para que, volviéndose más pobres, tengan más razones para trabajar y ser miserables. Hay que luchar por el placer, no por el trabajo, por los Derechos de la Pereza, mil veces más nobles y más sagrados.

Insisto: más actual imposible.