Pensamientos revolucionarios

Todas las leyes humanas son obra del egoísmo, cuando no de la perversidad.

Los cuatro elementos

Yo creo que ya no los llama nadie así; pero no importa: los griegos, que en tantas cosas mostraron un acierto superior, así los denominaron. De todas suertes, en la antigua Grecia, en la moderna Francia y hasta en la futura Patagonia, el hombre –lo mismo el individuo que la especie– necesita de los cuatro elementos para poder vivir.

Sin embargo, siendo suyos no dispone de ellos.

Aire y agua, luz y tierra, son de todos y de cada uno por la única ley que no será nunca reformada ni abolida: por la ley suprema de la Naturaleza. Es increíble, pero cierto, que contrariando esta ley, más difícil de contrariar o eludir que las mezquinas legislaciones sociales, se ha conseguido privar al hombre de la posesión de aquellos cuatro elementos. A lo sumo, le han dejado tres. Ni aun eso, pues el dominio del aire ha sido limitado por un supuesto derecho contra natura, que encierra a seres humanos en viviendas sin ventilación. El agua misma suele estar sujeta a las limitaciones de la propiedad, pues hay propietarios –individuales o colectivos– hasta del agua que brota de las peñas o baja de las nubes.

Tal vez se niegue que ‘los cuatro elementos’ sean indispensables para el hombre, que ya sin ellos vive. Pero yo a mi vez, niego que viva; ¡si esto no es vivir! ¿Puede negarse que los cinco sentidos son necesarios solo por existir quien carezca de uno de ellos, o de más de uno?

Los mudos y los ciegos no conocen la plenitud de la vida; pero son excepciones en la humanidad.

Tampoco pueden gozar de la existencia los que no disponen de la tierra que, como el aire y la luz, debiera ser de todos. Y estos, ciertamente, no son en el mundo excepcionales como los ciegos o los mudos. Los que por su número constituyen excepción en la familia humana son precisamente los dueños y señores de la tierra, del aire, del agua… esperando que algún invento de Edison les permita apoderarse de la luz del sol y hacernos pagar contribución por la claridad del día.

N. ESTÉVANEZ

Conforme

La polilla, tan pequeña, diminuta, despreciable, acaba con los muebles, con los árboles, con los edificios. No ciertamente en un día, pero acaba con ellos.

Lo mismo ha de suceder con entidades sociales, históricas, potentes, como las naciones; su polilla las devorará.

¿Es un mal? ¿Conviene a la humanidad que los Estados se apolillen?

Importa poco; no es un mal ni un bien; es un hecho positivo, inevitable, fatal, como es natural la decadencia y la muerte de cuanto alumbra el sol.

Todos los seres, individuales o colectivos, está sujetos a las leyes de la naturaleza, ante las cuales no valen subterfugios, ni fraudes ni caciques, ni interpretaciones.

De ellas, sin embargo, ha intentado la humanidad defenderse; testigo: el pararrayos.

¿Y no se ha de defender de las ridículas reglamentaciones y de los absurdos códigos formulados por pigmeos?

¡También hay pararrayos para la nube negra de las legislaciones!

Todas las leyes humanas son obra del egoísmo, cuando no de la perversidad.

Morirán los legisladores, perecerán las leyes, sucumbirán los Estados, será disuelta la sociedad actual con sus artificios y convencionalismos. Solo sobrevivirán a las catástrofes dos entidades paralelas, que desempeñan análogas funciones en la economía del Universo, la humanidad y la polilla.

Tal vez al llegar aquí se preguntará el lector: ¿a qué viene esto?

Pues nada, es que acabo de leer en un periódico el renglón siguiente:

‘Los anarquistas, esa polilla de la sociedad…’.

Conforme.

N. ESTÉVANEZ

Mateo del Morral: Pensamientos revolucionarios de Nicolás Estévanez. Edición original: Barcelona, Antonio López, 1906. Texto extraído de la edición de José J. Olañeta Editor (Pequeña biblioteca Calamvs Scriptorivs), Barcelona-Palma de Mallorca 1978.

¡Ay, qué buena es Doña Elena!

¿Se acuerdan de Elena Francis, doña Elena, del programa Consultorio de Elena Francis? Los españoles que ya tienen una edad seguro que sí. Aunque el Consultorio se emitió entre los años 1947 y 1984, fue en las décadas de 1950 y 1960 cuando alcanzó mayor popularidad, llegándose a recibir quince mil cartas mensuales.

Para mí, el programa está asociado a mi niñez. De su contenido no recuerdo nada, pero sí de todo lo que lo rodeaba, incluida su sintonía, que muchos años más tarde averiguaría que se trataba de Indian Summer, el excelente tema que compuso en 1919 Victor Herbert. Pasaba de pequeño muchas horas en el taller de la sastrería de mi padre, con las chicas que en él trabajaban y tenían siempre la radio puesta. Sonaba la melodía y llegaban los ¡chsss!, los calla, pues la señora Francis –que, como saben, luego resultó no ser tal señora– se disponía a aconsejar a las pobres desventuradas que sufrían por haber contravenido algunas de las sagradas normas del noviazgo o del matrimonio, ayudándolas a que fueran lo que tenían que ser: fieles servidoras del hogar sumisas a sus maridos. Nada más recuerdo. Y esto último porque lo leí después, claro.

No está motivado este vídeo, por tanto, por el recuerdo del programa. Lo que en realidad me ha movido a confeccionarlo es la canción que suena, ¡Ay qué buena es Doña Elena!, una canción de lo más divertida. La interpreta el grupo Patxinguer Z, el cual puede que, también los que ya cuenten con cierta edad, recuerden haberlos visto en el programa que emitió la segunda cadena de Televisión Española entre 1983 y 1985 Si yo fuera presidente, presentado por Fernando García Tola. Patxinguer Z surgió de una iniciativa, una de tantas, del músico, cantante, compositor, actor de doblaje y productor, Lluís Miquel Campos (1947), conocido en el mundo artístico como Lluís Miquel, una de las figuras más interesantes del panorama musical valenciano, difusor de la chanson entre nosotros con el grupo Els 4 Z. ¡Ah! La voz femenina es la de Mamen García, actriz también valenciana de amplia trayectoria profesional (en la actualidad pueden verla en un papel de una serie que se titula Señoras del (h)AMPA).

En fin, espero que se lo pasen tan bien viendo el vídeo como me lo he pasado yo haciéndolo. Que la vida se amable con todos ustedes.

Exijo mi parte. ¡Ya!

“Vemos una raza, confeccionadora de leyes, legislando sin saber sobre qué legisla, votando hoy una ley sobre el saneamiento de las poblaciones, sin tener la más pequeña noción de higiene; mañana reglamentando el armamento del ejército, sin conocer un fusil; haciendo leyes sobre la enseñanza o educación honrada de sus hijos; legislado sin ton ni son, pero no olvidando jamás la multa que afecta a los míseros, la cárcel y la galera que perjudicarán a hombres mil veces menos inmorales de lo que son ellos mismos, los legisladores. Vemos, en fin, en el carcelero la pérdida del sentimiento humano; al policía convertido en perro de presa; el espía, menospreciándose a sí mismo; la delación transformada en virtud, la corrupción erigida en sistema; todos los vicios, todo lo malo de la naturaleza humana favorecido, cultivado para el triunfo de la ley.

Y como nosotros vemos todo esto, es por ello que en vez de repetir tontamente la vieja fórmula ‘¡respeto a la ley!’, gritamos ‘¡despreciad a la ley y a sus atributos!’. Esta frase ruin: ‘¡Obedeced a la ley’, la reemplazamos por ‘¡Rebelaos contra todas las leyes!’

Piotr Kropotkin: La loi de l'autorité (La ley de la autoridad), artículo publicado originariamente en el periódico Le Révolté de Ginebra en 1882.

Banegas / Prensa Comunitaria Km. 169.

No quiero trabajar más de cuatro horas, cinco como mucho, al día. Quiero que por ello se me retribuya –también a todos los demás– lo suficientemente bien como para no tener que preocuparme por mi futuro ni el de mis descendientes, ni del de nadie más. Quiero disponer de tiempo para disfrutar y poder hacerlo sin impedimentos de carácter económico. Quiero tener los mejores servicios sanitarios sin tener que pagar nada por ello, ni por los medicamentos en caso de que los necesite. Quiero una vivienda digna sin tener que hipotecarme o estar pagando un alquiler que se lleve buena parte de mi salario, y que el agua y la luz sean gratuitas y… Y tantas cosas que esto parece que sea la carta a los Reyes Magos. Sin embargo, nada más lejos. Ese “quiero” no es una petición, es una exigencia. Lo que quiero, lo exijo. Exijo mi parte. Ya.

¿Que no puede ser? ¿Cómo que no puede ser? Claro que sí. Hay suficiente riqueza en este mundo para todo ello y para mucho más. ¿Qué está mal repartida? Pues que se reparta adecuadamente. A mí siempre me enseñaron que lo que está mal hay que corregirlo.

Es bien conocido el poema que escribió en 1934 Bertolt Brecht cuando estaba exiliado en Dinamarca “Preguntas de un obrero ante un libro”. Aquel en el que el obrero pregunta, nos pregunta, quiénes en realidad hicieron posible los grandes logros de la historia. ¿Únicamente quienes los decidieron y ordenaron? ¿Ellos solos? ¿No necesitaron de obreros para construir sus magnas edificaciones?, ¿de soldados en sus guerras y conquistas? Pero, en los libros de historia, dice Brecht, solo figuran los nombres de los reyes y demás mandatarios.

Nada ha cambiado: en los libros, periódicos y demás medios de comunicación, siguen figurando los ‘grandes hombres’ (y mujeres) como los verdaderos hacedores de la historia. Ahora bien –y esto ningún historiador lo cuestiona–, la historia (conjunto de hechos) la hacemos entre todos con nuestro esfuerzo y trabajo y nuestro proceder cotidiano. El pasado, por tanto, no es únicamente el de los ‘grandes hombres’ y las grandes gestas, es el pasado de los seres humanos colectivamente, en tanto que organizados en sociedades. Y ese pasado no puede aislarse en el tiempo. Sus consecuencias, sus logros, sus reveses, se prolongan hasta el presente.

Somos producto del pasado y todos somos actores, aunque no desempeñemos papel de protagonista principal. Así se reconoce incluso desde determinadas instancias políticas. Por eso se erigieron en su día las diversas tumbas al soldado desconocido, desde el monumento al Landsoldaten (soldado de infantería) de 1849 en Fredericia (Dinamarca) al de Bagdad de 1982. A ello responde el nacimiento del Estado del Bienestar, a procurar una mejor redistribución de la renta y mayores prestaciones sociales para los más desfavorecidos. Responde no sin importantes matices. ¿Se hubiera desarrollado este modelo de Estado y organización social si no hubiera existido la Unión Soviética y el bloque de países del Este? Es decir, si el común de las gentes no hubiese tenido la posibilidad de abrazar un modelo alternativo y antagónico. Ya hemos visto qué ha sucedido tras caída del Muro de Berlín.

Tal vez por ello, en la actualidad “tan solo 26 personas poseen la misma riqueza que los 3.800 millones de personas que componen la mitad más pobre de la humanidad” y “el número de milmillonarios se ha duplicado, incrementándose su riqueza en 900.000 millones de dólares tan solo en el último año, lo cual equivale a un incremento de 2.500 millones de dólares diarios. Además, entre 2017 y 2018, cada dos días surgía un nuevo milmillonario en promedio. Frente a estos datos, llama la atención la situación de la otra cara de la moneda, los pobres, cuya riqueza se ha visto reducida en un 11% perjudicando a 3.800 millones de personas.” [Informe de Oxfam Itermon de 21 de enero de 2017].

¿Cómo han conseguido acumular esos 26 fortunas tan inmensas? Esos y otros que conforman la élite financiera con la aquiescencia de sus títeres del mundo empresarial, político, académico y de los medios de comunicación. ¿Ellos solos? El dinero no cae del cielo. Sin el concurso de otros agentes, sean colaboradores bien remunerados o trabajadores explotados en mayor o menor grado, ¿dispondrían de ese capital? No lo creo. Sin embargo, esa riqueza no revierte en absoluto en aquellos que, por su profesión o simplemente a causa de la necesidad, han contribuido, y no poco, a que sus poseedores lleguen a ese privilegiado estatus económico y social, sobre todo en los últimos. Pagan comparativamente menos impuestos que la mayoría de los contribuyentes. Si los pagan, pues gran parte de sus capitales se desvía hacia paraísos fiscales. Cuando fallezcan, sus hijos heredarán la fortuna; los hijos de los trabajadores, en cambio, solo heredarán un futuro más precario y desigual.

¡Pues no! ¿Qué cojones es esto? No, no y no. Quiero mi parte. Exijo mi parte. No en metálico, en bienestar material y calidad de vida, en trabajar menos y disponer de tiempo para disfrutar, en que estén cubiertas todas mis necesidades básicas y se respeten mis derechos fundamentales –que son los de la colectividad–, en no tener que preocuparme, como decía al principio, por mi futuro ni el de mis descendientes, ni del de nadie más.

Exijo mi parte y la quiero ahora. Ya está bien de componendas y de mostrarse serviles ante las élites financieras y las leyes del mercado. No somos mercancía. Tanto me da que quienes les rinden pleitesía sean la derecha de siempre, la disfrazada de moderada, la pusilánime socialdemocracia actual –o lo que queda de ella–, o esas nuevas izquierdas que con su discurso verde y de desarrollo sostenible, de medidas alcanzables, y sin una identificación clara con un nuevo sistema social, terminan diluyéndose en el actual y robusteciéndolo.

Versión ampliada de la entrada publicada el 2 de febrero de 2018.