La niña que quería matar a Dios

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Natalia tenía siete años cuando escribió aquella carta a los Reyes Magos pidiéndoles que le trajeran una muñeca, una cocina y un juego de lápices de colores. No era mucho, pues su mayor deseo figuraba al final de la misiva: “que se ponga buena mi abuelita”. Los Reyes fueron generosos con ella e incluso la obsequiaron con algún juguete más que no figuraba en la lista. Pero diez días después su abuela murió. Su madre le explicó que, por encima de todos, incluso de los Reyes Magos, estaba Dios, y que ese era su designio.

Al año siguiente, tomó la primera comunión. Por aquel entonces a Natalia le preocupaba el estado de su salud de su amiguita Paula. Había sufrido un accidente. Tenía su misma edad, eran vecinas, y el autobús escolar que la llevaba al colegio se salió de la carretera. Paula fue la peor parada. Los médicos dijeron que podía quedarse tetrapléjica. Natalia rezó con todas sus fuerzas para que se curara pronto y pudiera acompañarla en aquel ritual tan importante para ella. Asistió, pero sentada en silla de ruedas y con problemas en el habla. Natalia ni siquiera podía entender lo que decía.

Tres años después llegó el momento de la confirmación. Esta vez rogó al Altísimo por ella misma. Quería aprobar matemáticas e inglés, asignaturas que llevaba muy mal. Suspendió ambas.

Quiero ser monja, dijo a sus padres al cabo de un par de meses. La sorpresa de sus progenitores fue mayúscula. Eran católicos, iban a misa, pero más por convención que por convicción. ¿Por qué quieres ser monja?, ¿sabes lo que eso significa?, le preguntaron sin salir del asombro que les habían causado sus palabras. Claro –respondió Natalia–, casarse con Dios. ¿Casarse con Dios?, tú no sabes lo que estás diciendo, exclamó su madre. Sí, sí lo sé. Natalia lo tenía claro. ¿Y por qué quieres casarte con Dios?, inquirieron sus padres, convencidos de todo aquello era pura niñería. Para estar con él y poder matarlo, respondió Natalia.

Publicado anteriormente en este blog el 27 de enero de 2018.

El suicida

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“Suicidio” (1916). George Grosz.

Harto de existir sin haber vivido, cansado, agotado por el peso de no ser, David H.C., tomó la determinación de suicidarse. No fue una decisión espontánea, llevaba tiempo meditándola. Si no lo había hecho ya era porque no encontraba el método adecuado. Para él, por supuesto. ¿Cómo hacerlo?, se preguntaba una y otra vez. No quería una muerte lenta, ni dolorosa, sino rápida, segura y eficaz. Pensó primero en darse un tiro en la sien, pero ¿cómo conseguir una pistola?, ¿dónde? Además, nunca había tenido un arma en sus manos. ¿Sabría usarla? ¿Lo haría bien? ¿Y si no? ¿Qué pasaría si le temblaba la mano, cosa probable, y lo hacía mal, quedándose tetrapléjico?
¿Y un cóctel de pastillas? Tenía en casa benzodiacepinas, opioides y barbitúricos. Mezcladas con ron, su bebida preferida, se quedaría plácidamente dormido y no volvería a despertar. Pero enseguida le asaltó otra vez la duda. ¿Qué sucedería antes del último momento? Temía al miedo que pudiera sentir durante ese tiempo que creía que sería corto pero lo suficiente como para sufrir un ataque de pánico. Qué terribles instantes los últimos, pues. Lo descartó. Como también, por el mismo razonamiento, dejarse abierta la espita del gas. La mente entonces se encuentra completamente expuesta y vulnerable a cualquier pensamiento y podía arrepentirse cuando ya le fallaran las fuerzas. David H.C. deseaba morir, sí, pero quería que la muerte llegara como la vida, sin avisar. Y se acabó.
Las vías del metro. Me arrojaré a las vías del metro, resolvió a pesar del pavor que le daba imaginar el momento del impacto con la locomotora. No pudo hacerlo, ese día comenzaba una huelga de maquinistas que iba a prolongarse tres más.
Se fue a comparar una cuerda. Me ahorcaré. ¿Qué tipo de cuerda quiere?, le preguntó el dependiente. No sé, miraré a ver cuál necesito y volveré. ¿Cómo explicarle que una que respondiera a su propósito? En casa tenía una, pero no era, o no creía que era, lo suficientemente resistente. Buscó en internet y se dio cuenta de que todas las cuerdas no son iguales, no todas pueden aguantar el peso de una persona en el aire hasta que la tráquea y las arterias carótidas se compriman y lleguen la asfixia y la hipoxia cerebral, y hasta que estas se produjeran y encontrara la ansiada muerte podían pasar varios minutos, cinco como poco. Eso le horrorizaba. Para morir ahorcado se dio cuenta de que la cuerda debía trabajarse adecuadamente para poder hacer bien el nudo y que se deslizara con facilidad, y todo ello dependía del lazo, su calidad, el nudo, su forma y la consistencia. La muerte en la horca deja un aspecto lamentable a los que así han decidido, o decidieron por ellos, poner fin a su existencia, algunos también a la vida, con amoratados rostros que retratan las convulsiones de la agonía mientras que de la boca sale una espuma rojiza. Tales medidas eran, pues, necesarias para tener una muerte más digna, o cuanto menos decorosa. De cada diez personas que se arrojan al vacío, nueve quedan invalidas de por vida, había leído. Ahora bien, si se hacía desde muy alto la muerte era inmediata. Esto último le convenció.
Regresó a la tienda, compró la cuerda y se dirigió al puente de hierro levantado en su día para sortear un profundo barranco ahora en desuso, el tren hacía años que ya no pasaba por su ciudad. Justo en la mitad, donde mayor era la distancia hasta el suelo, ató la cuerda a la barandilla. Cuando se disponía a anudarla al cuello escuchó la voz de una niña. ¿Qué haces? Se quedó petrificado. Confiaba en que nadie le observaba y no se había percatado de la presencia de una niña rubita que tendría unos seis o siete años, de grandes ojos que se hundían en el rostro y mirada enternecedora que esbozaba una tímida mueca cercana una sonrisa.
Turbado, miraba a la pequeña y la pequeña a él. Ella con la curiosidad y espontaneidad propia de los niños. Él, con la ponderación y precaución de los adultos. Nada, nena, nada, probando la resistencia del puente para que cuando paséis no se derrumbe y os caigáis, acertó a contestar. La niña levantó los hombros y solo dijo ¡Ah¡, vale. Ya más circunspecto, añadió: Pero ya he terminado, estaba recogiendo las cosas. Y comenzó a enrollar la soga y a guardarla en la bolsa de deporte que llevaba con él. Está todo bien, no te preocupes que no te caerás. Vale, volvió a decir la niña, que ladeó su cabecita con un entendedor gesto que conmovió a nuestro hombre. ¿Y tú que haces por aquí sola? La niña dijo que estaba con mamá y papá, señalando con el dedito hacia uno de los extremos del puente. Una pareja hablaba con otra. Al parecer, la nena se había ido alejando de ellos sin que se dieran cuenta, percibiéndose de ello en ese momento. Elenita, ¿qué haces ahí? Ven inmediatamente. La niña dio media vuelta y se fue corriendo a reunirse con sus padres.
David H.C. marchó cabizbajo en dirección contraria, con la bolsa y la soga en su interior. Tenía ganas de llorar. No esperaba un encuentro así, que trastocara el equilibrio que creía haber conseguido para llevar adelante sus planes. Recordó que él también había sido un niño que jugaba con entusiasmo y no pensaba en nada. Ahora el juego se había convertido en trabajo, el entusiasmo en apatía y el pensamiento en obsesiva tortura. Se sentó en un banco de piedra, no podía más. Y lloró. Lloró hasta deshacerse, hasta vaciarse del todo y de todo y quedar desnudo de alma. Y sintió que tal vez seguía siendo un niño al que había corrompido un mundo en el que el único sentido de todas las cosas es que no tienen sentido.
Ya no estaba tan seguro de querer suicidarse. O sí. Más adelante. En su cuenta corriente le quedaban poco más de cien euros, era toda su fortuna. Los sacó del cajero automático. Suficiente, se dijo, para al menos despedirse de la vida como un bon vivant, algo que nunca había conseguido ser. Entró en un restaurante y disfrutó de una suculenta cena. Deambuló luego con su pesada carga emocional, buscando un lugar donde tomar una copa, o dos. Una mujer se le acercó. ¿Quieres pasar un buen rato, guapo? Estaba en el barrio chino. Era algo mayor, pero conservaba los rasgos de una belleza que debió ser incuestionable y un cuidado y sensual cuerpo. Subió con ella a la habitación de una destartalada casa que hacía las veces de prostíbulo. Hacía mucho tiempo que no estaba con una mujer. Copuló con ella como si fuese la primera vez y fuera ella la única mujer del mundo, y la más bella. Exhausto, quiso quedarse un poco más en la cama, a su lado, abrazado. Tú pagas, dijo ella, a quien ya había entregado los 35 euros que le pidió por su servicio y el uso de la habitación. Pasado el tiempo –para él un santiamén, para ella exactamente treinta minutos– le dijo que si se marchaba o si quería media hora más, y que antes que nada le pagase otros 35 euros por la media hora no pactada al principio. Echó mano a la cartera.
¿Cómo que no me puedes pagar? Entre lo que le había costado la cena y lo que ya había pagado a la mujer llevaba gastados 95 euros. No sé, llevaba más dinero, deben habérmelo robado, argumentó sin demasiado convencimiento. Eso ya lo he oído demasiadas veces. Podrías ser algo más original inventando excusas. David H.C. le juró que al día siguiente regresaría y saldaría la deuda. ¿Y yo qué? ¿Qué digo ahora?, ¿que financio a crédito los polvos? ¡Es que siempre me tienen que tocar a mí todos los cabritos salidos! ¡La hostia! Ayer otro que también le habían robado. Al menos este llevaba un buen reloj, ¿tú qué? ¡Maldita sea! No se puede confiar en nadie.
El tono de la voz de la mujer, cada vez más elevado, alertó al encargado, que también era su proxeneta. La puerta se abrió impetuosamente y apareció un tipo malcarado con pinta de pendenciero. ¿Qué cojones pasa aquí? Su voz llenó la habitación de ira. David H.C. trató de explicar cómo había acabado allí, que deseaba suicidarse, que no sabía cómo, que dudaba entre varias maneras, que se decidió por el ahorcamiento, que este debía ser desde una altura considerable, que ya iba a hacerlo cuando una niña… ¿Pero qué historia me estás contando? El colérico individuo no estaba para excusas ni subterfugios. ¡Y tú, inútil¡, ¿te crees que eres la Magdalena esa? Estoy de ti hasta los huevos. Te voy a dar una hostia que no te va a reconocer ni la madre que te parió. David H.C. interrumpió al pendenciero personaje. La señorita nada tiene que ver… No pudo siquiera terminar la frase. El sujeto lo cogió del cuello, lo estampó contra la pared y, le amenazó una navaja. Tú, calladito. Ni una palabra. Que contigo aún no terminado. David H.C. se revolvió y le dio un empujón. Arma en mano, el proxeneta fijó su desafiante mirada en él. No me obligues a usarla. ¡Subnormal, que eres un subnormal! Pero la paliza que te voy a dar no la olvidarás nunca. Y tú –a ella– lárgate de aquí. David H.C. le dio un empujón y trató de salir de la habitación con la mujer. El chulo la emprendió a puñetazos con él. David H.C. quiso responderle, pero la superioridad física del primero era abrumadora. Un simple empellón y nuestro hombre cayó por la ventana. Era un segundo piso, pero fue tan mala su fortuna que se desnucó. Y murió al instante, como deseaba, pero cuando menos lo deseaba.

La ciudad del sol

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“Tránsito en espiral” (1960). Remedios Varo.

En la casa de campo de mis abuelos paternos, a unos pocos kilómetros del pueblo en que nació mi padre, cercana a un antiguo balneario, pasábamos todos los meses de agosto. El río que trascurría prácticamente a su lado, el bello paisaje de sauces que lo envolvía, el mismo balneario ya en desuso, los recovecos que se abrían por doquier, los exploraba cual intrépido aventurero que unas veces era un indio, otras un vaquero, un bandolero tipo Robin Hood, un fugitivo de alguna causa injusta o cualquier otro personaje que la mente de un niño puede imaginar, que no son pocos. La ciudad quedaba entonces lejos, muy lejos, y el colegio, los maestros, los exámenes…

Cuando el tiempo lo impedía, cuando hacían su aparición las fugaces tormentas de verano, subía al desván, a escudriñar los múltiples objetos que allí se almacenaban, no sé si también en el recuerdo. Había muchos libros de mi abuelo, impenitente lector ya entonces fallecido. En mi abuela los achaques de la edad empezaban a hacer estragos e iba a venirse a vivir con nosotros.

Escuché que iban a vender la casa y cambiar el campo por la playa. Tal vez por eso, los libros de mi abuelo estaban allí, en cajas de cartón, como tantas otras cosas. Empecé a ojearlos, las fotografías las tenía ya muy vistas. Me llamó la atención un volumen, de menor grosor que los demás. Su encuadernación era preciosa, de piel de color rojo y estampaciones en oro formando triángulos en las cuatro esquinas de la portada, en cuyo centro había un curioso sol con sus rayos, también dorado, bajo el cual, troquelado, aparecía el título: La imaginaria ciudad del sol –que me resultó de lo más sugerente– y el nombre del autor: Tomasso Campanella. Lo de Campanella me hizo gracia.

Comencé a leer, su comprensión no era difícil. Pronto en mi imaginación comenzó a tomar forma aquella ciudad situada sobre una colina y dividida en siete grandes círculos, en los que había inmensos palacios, galerías en cuyas paredes se representaban figuras matemáticas y se describía la tierra, ánforas adosadas a los muros llenas de centenarios brebajes que usaban como remedios de sus enfermedades, paredes en las que había pintadas toda clase de piedras preciosas y vulgares, todos los mares, ríos, lagos y fuentes del mundo, todas las especies de árboles y hierbas, de peces, aves y animales terrestres, todas las artes mecánicas, sus instrumentos y el diferente uso que de cada uno de ellos se hacía en las diferentes naciones… Su modo de vida era muy distinto al que conocía. En la Ciudad del Sol todo era de todos, hasta los placeres, cada uno de sus moradores recibía de la comunidad, regida por sabios, lo que necesitaba.

Fui a por una libreta y un lápiz. Me marchaba al día siguiente y deducía que era el último mes de agosto que pasaría allí. Copié algunas de las frases que más sugerentes me parecían (también desconcertantes): Hombres y mujeres visten igual (…) todos se educan en todas las artes y aprenden con facilidad () las casas, los dormitorios, los lechos y todas las demás cosas necesarias son comunes () cambian de vestido cuatro veces al año y son los médicos quienes determinan la clase y necesidad de los vestidos () la soberbia es repudiada como el vicio más execrable () no existe la fea costumbre de tener siervos pues se bastan y sobran a sí mismos () las funciones y servicios se distribuyen a todos por igual, ninguno tiene que trabajar más de cuatro horas al día () la pobreza extrema convierte a los hombres en viles, astutos, engañosos, ladrones, intrigantes, vagabundos, embusteros, testigos falsos, etc., la riqueza los hace insolentes, soberbios, ignorantes, traidores, petulantes, falsificadores, jactanciosos, egoístas, provocadores, etc., la comunidad hace a todos los hombres ricos y pobres a un tiempo: ricos, porque todo lo tienen; pobres, porque nada poseen y al mismo tiempo no sirven a las cosas, sino que las cosas les obedecen a ellos

Hoy, casi cincuenta años después, buscando otras cosas –como suele ser habitual en estos casos–, he encontrado aquella libreta, ya de hojas amarillentas y ajada escritura. El tiempo pasa, los recuerdos caen en el olvido. Hasta que despiertan de nuevo. Como ahora. Entonces, la memoria vuelve a ser realidad. Digo bien: realidad (“Lo que es efectivo o tiene valor práctico, en contraposición con lo fantástico e ilusorio”, RAE). Y es que, como dijo Simone de Beauvoir “¿Qué es un adulto? Un niño inflado por la edad”.