‘Man Sneezing’ (2013). Fotografía de Tim Vernon.
Juan José Morales Rojo, 40 años recién cumplidos, funcionario del ayuntamiento desde los 26, administrativo. Llevaba una vida tranquila, sosegada, una vida como tantas otras, anodina pues. Huérfano desde antes de cumplir un año, se crió con su abuela, que se desvivía por él. Juan José hizo luego lo mismo con ella, la cuidó hasta el último momento. Hasta que falleció pocos meses antes de cumplir los cien años. No tenía aficiones aparte de leer y ver la televisión, y solo una vez había conocido carnalmente a una mujer, un día que acudió a un prostíbulo.
Durante los correspondientes días de permiso por el luctuoso suceso, su tranquila, sosegada e insustancial vida comenzó a parecerle aburrida, muy aburrida, cansina, cada día más. La astenia y el hastío dominaban su ánimo. Decidió cambiar. Se compró ropa más a la moda y en una famosa peluquería le hicieron un corte de pelo acorde con su nuevo look.
Llegó el momento de incorporarse de nuevo al trabajo. Como siempre, cogió el autobús. Iba lleno. Él, de pie, con la mano agarrada al asidero de la barra. De repente le entraron unas enormes ganas de estornudar, tremendas. No le dio tiempo ni a sacar un pañuelo y de su nariz salió mierda, llegando a salpicar a un niño de menos de un año que estaba a su lado, en un carrito. La reacción de los pasajeros se la pueden imaginar. Guarro, cochino, puerco, asqueroso, cerdo…, fueron los improperios más suaves que salieron de sus bocas. Nuestro hombre, petrificado, no alcanzaba a reaccionar. Los insultos subían de tono mientras él intentaba explicar lo que no comprendía. ¿Yo? ¡Yo no he sido! Yo… Bueno, pero… No sé, no entiendo nada… El conductor paró el autobús. Lo echaron sin contemplaciones al tiempo que los insultos subían de tono.
El ayuntamiento no quedaba lejos. Se fue caminando. Caminando y cavilando. Azarado, turbado, temeroso de que aquello volviera a repetirse. ¿Él? ¿Él sacaba mierda por la nariz al estornudar? Eso carecía de sentido alguno. No, no podía ser. ¡A saber qué demonios habría pasado en el autobús!
Cuando llegó, sus compañeros le expresaron sus condolencias y se extrañaron de su nuevo look, que dijeron que le favorecía, aunque no era lo que de verdad pensaban. A sus espaldas se descojonaron por el cambio. Se sentó en su mesa, encendió el ordenador mientras revisaba papeles y correspondencia y reemprendió sus habituales tareas, interrumpidas por el deceso de su abuela. No había olvidado el episodio del autobús. Seguía sin poder explicarse qué había pasado. Un percance que vete a saber que lo desencadenaría, concluyó. Su cabeza retenía el recuerdo, y lo dejó en eso, en un recuerdo, algo sumamente desagradable que no tenía por qué suceder otra vez.
Autoconvencido de que el episodio había sido una de esas malas jugadas de la vida, un hecho puntual, volvió a estornudar. Y volvió a estornudar mierda. La única diferencia es que esta vez sí tuvo tiempo de sacar un pañuelo. Fue al cuarto de baño, lo miró, estaba manchado de mierda. Se hurgó la nariz, no salía nada.
Su inicial preocupación se convirtió en angustia. Desconcertado, asustado, ahora era consciente de que alguna cosa rara, puede que grave, le pasaba. ¿Cómo remediarlo? ¿Qué clase de médico trataría un síntoma así? ¿A quién acudir? Muchas preguntas, para las que carecía de respuesta, obnubilaban su mente. En eso, estornudó otra vez. El mismo resultado. Se dio entonces cuenta de que solo le quedaba un pañuelo y fue a la farmacia a por más, y también a por un antihistamínico que le quitase las ganas de estornudar.
La farmacéutica –a quien conocía por ser cliente habitual– quiso saber más detalles a fin de darle uno u otro medicamento. Respondía con vaguedades cuando le sobrevino un tremendo estornudo, más gigantesco que la primera vez, tanto que la bata blanca de la farmacéutica se manchó de mierda.
Perdón, no sé, ya antes… Deme alguna cosa… Mañana iré al médico… No sé cómo se podrá solucionar esto, si es que tiene solución… La farmacéutica intentó aliviarle quitando hierro al asunto. Tranquilícese, no es tan grave como cree. La gente no lo sabe. pero es más común delo que imagina. Nuestro hombre se calmó y le contó todo. Era hora de cerrar. Ella dijo que le sabía mal dejarlo en aquel estado de zozobra. Él sugirió timorato tomar algo, le estaría muy agradecido, serían de gran ayuda los consejos que pudiera darle. La farmacéutica no puso pega alguna. Fueron a una cafetería próxima, se sentaron en una mesa, pidieron una cerveza cada uno y entablaron animada conversación.
En un momento de la misma, cuando habían empezado a aflorar algunas intimidades, ella le confesó su secreto mejor guardado: era coprófila. Salieron de la cafetería con la complicidad que antes no tenían y quedaron para seguir charlando al día siguiente. Su relación fue estrechándose hasta que al cabo de un par de semanas se hicieron novios y luego se casaron, no sin que antes ella almacenara y pidiera más dosis de aquellos medicamentos que tenía en la farmacia para poder estornudar. Y fueron felices y comieron perdices. Sí, perdices, aunque casi siempre con una salsa al chocolate que les salía excelente. Sus invitados alababan el plato y preguntaban cómo se hacía aquella salsa tan suculenta. Pero nunca, a nadie, revelaron el secreto de la receta.
Una primera versión de este relato fue publicada en este blog el 29 de enero de 2018.
Reblogueó esto en El Noticiero de Alvarez Galloso.
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Qué bueno…👏👏👏
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Muchísimas gracias. Es una de esas ideas que se llaman de ‘bombero torero’ que te viene de pronto (igual tengo una mente enfermiza), te pones con ella y das vía libre a lo que tu mente imagina olvidando la razón.
Feliz domingo.
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Madre mía. La salsa de chocolate es casi una venganza al rechazo de la gente, no? Muy bueno.
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La verdad: no lo sé. Como decía en respuesta al anterior comentario, es esta una de esas ideas que se llaman de ‘bombero torero’ que te viene de pronto (igual tengo una mente enfermiza), te pones con ella y das vía libre a lo que tu mente imagina olvidando la razón.
Muchísimas gracias, Olga. Un abrazo.
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No, no, mente enfermiza no. Es que has hecho realidad de una metáfora. La razón aquí no pinta nada, o a lo mejor mucho. Gracias a ti. Una abrazo.
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Curiosamente la coprofilia es un sustantivo femenino, lo cual no resulta muy «inclusivo».
En inglés tienen «scat» que viene a ser lo mismo, pero es un sustantivo masculino, lo cual podría ser más igualitario para ciertos círculos…
En la wikipedia, bajo ese término aparece lo siguiente sobre otro tipo de práctica coprofílica:
«El Cleveland Steamer (traducido del inglés como «vapor de Cleveland») es un término coloquial usado en Estados Unidos para describir una forma de coprofilia, cuando alguien defeca en el pecho de su pareja.»
»En España es una práctica muy popular. Un gurú de esta práctica es White Jordan, gracias a él se ha normalizado compartir las experiencias relacionadas con esta práctica. White Jordan es partidario que la defecación sea una sorpresa y que la pareja no se lo espere, también le da mucha importancia a que haya una gran diferencia térmica entre la habitación y el exterior para que se aprecie el vapor. White Jordan en 2020 consiguió importar la práctica a Glasgow y hacerla evolucionar uniendo elementos típicos desarrollados en España con los de Escocia. Término que él definió como «Cleveland Rainny Steamer». »
¡ Nunca te irás a dormir sin haber aprendido algo nuevo… : – ) !
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